Estas almas tienen tal conocimiento de lo que supone para un alma la pérdida del cielo, que están dispuestas a todo con tal de salvarla

Tomado del Libro: Conocí a Petrilla, un Alma víctima
Escrito por: andrésdeMaría


2… El día que la conocí

Conocí a Petrilla una tarde de 1979. Me invitó a visitarla una santa mujer residente en Valladolid y natural de Canarias y con quien la unía una gran amistad. Madre de 10 hijos; el mayor, falleció hace unos años. Su delicadeza y sensibilidad espiritual hacen que este mundo sea para ella, una fuente inagotable de dolores y gozos. Su esposo, falleció poco después que Petrilla. Hombre inquieto, asturiano. En sus conversaciones destacaba su inmediata relación con El Padre. Quizás su ascendencia judía fuera la causa. Que El Padre le tenga en su seno. Seguro que Carlos de Foucault ha hecho de intermediario. ¡Cuántos viajes hizo a África para recordar las huellas del francés solitario y enamorado de la adoración de la Eucaristía en los desiertos saharianos!

Nunca olvidaré la acogida que en aquel entonces me dispensó el matrimonio.

Cuando visité por primera vez a Petrilla llevaba casi 50 años en la cama. Al entrar en su habitación, nos recibió con una sonrisa inconfundible, angelical. Yo estaba nervioso, pues aparte de que no tengo que esforzarme para conseguirlo, era un ambiente para mí desconocido y que imponía las cautelas propias de algo que te recuerda muy directamente la conversión y lo sobrenatural, teniendo además en cuenta, de que yo me encontraba iniciando el combate del inicio de mi conversión.

Al presentarme Ana, Petrilla me besó la mano pensando quizás que se trataba de un sacerdote. Su conversación cautivaba por su alegría y sencillez. Además, con qué atención sabía escuchar.


Dios quiso que conociera a una buena samaritana, que pagó por “millones de deudas humanas”, y entre ellas estaba la mía. Era Cristo quien vivía en ella.


Su habitación estaba “decorada” con varios cuadros e imágenes. Destacaba un rosario enorme extendido encima de su cabecera, y una imagen de un precioso Niño Jesús situado frente a ella.


Niño Jesús, que se lo trajo una mañana una monja, respondiendo a un deseo que Petrilla manifestó el día anterior en oración secreta al Señor. Con qué agradecimiento y cariño recordaba Petrilla el acontecimiento. Y qué alegría le dio a la monja saber que había sido ella, el medio para conseguir el deseo secreto de Petrilla.


3… Lo que recordé al conocerla

En cierta ocasión me contaron una anécdota de Medjugorie que me va a venir muy a mano, para seguir presentando a Petrilla.

Las apariciones de La Santísima Virgen habían dado comienzo en el pueblo de Medjugorie, antes en Yugoeslavia, hoy es Croata. El párroco, padre franciscano, vio como entraba corriendo a la sacristía el vidente más joven, aún un niño, de las citadas apariciones. El niño, sin otro comentario, le urge al padre para que dé un mensaje muy importante que acababa de dar la Virgen. El padre le escucha, y espera los minutos que faltan para dar comienzo el rosario.


Llegado el momento, sale con el pequeño vidente y poniéndole de rodillas en el mismísimo altar, anuncia ante el asombro de los feligreses, que el niño va a dar un mensaje muy importante y urgente de la Santísima Virgen.


El niño levantando muy firme la voz y les dice:

“La Santísima Virgen dice que es muy urgente que recemos todos los días el Santo Rosario”.

A partir de ese día, ¿qué pasó? Que el padre franciscano estaba feliz al comprobar que se llenaba diariamente la Iglesia, para dirigir a la Virgen con renovada devoción de sus feligreses, mayoritariamente nuevos, las avemarías completas de las cuentas del rosario.


El altar y la inocencia del niño, hicieron el milagro de crear el ambiente necesario, para que la presencia espiritual de la Virgen, se manifestase en los corazones de los que asistieron a la Iglesia aquella tarde.


Y este hecho es el que me recordó a Petrilla; cuando clavada en el altar de su lecho, y siempre sonriente, trasmitía, y de qué manera, la imagen de nuestra Madre, ayudándonos a reforzar el compromiso de una verdadera conversión, siempre y para todos tan necesaria.


4… El día que se ofreció incondicionalmente

En repetidas ocasiones Petrilla me recordó el momento de su entrega incondicional al Señor. Pero siempre lo hizo en un tono “muy bajito” y prudente. Yo aunque no entendía bien lo que decía, guardaba silencio, movido por un profundo respeto a su forma de manifestarse.

Y para aclarar mejor este punto, me he valido del testimonio de Anita, amiga de Petrilla y uno de los “ángeles de la guarda” del Hno. Ginés, del cual luego hablaré.


Anita, que me acaban de informar el otro día que también se ha ido al cielo, me dijo que fue el día de La Inmaculada, sin precisarme con exactitud los años que contaba Petrilla, siendo alrededor de los 14, cuando cayó desmayada en la Iglesia de Pampliega en el momento de la Consagración. Y que el levísimo aliento que observaron, fue el que la salvó de darla por muerta los tres días que duró su espectacular estado.


Tres días que estuvo en el Cielo, con experiencias como las que nos recuerda S. Pablo.


El Señor la invitó a que mirase hacia la tierra, comprobando que una multitud incalculable de almas la suplicaban gritando: “Ven, ven Petrilla”. Y Petrilla, con la documentación ya visada para quedarse en la Casa del Padre, decidió volver a la Iglesia Militante, ejerciendo la profesión de víctima durante casi 75 años.


Es muy posible que fuera en esta ocasión, cuando Dios la mostró todos los pecados del mundo al ir caminando por una gran avenida, siendo tal el impacto, que huyó corriendo por la primera callejuela, encontrándose con que no tenía salida, terminando por aceptar la misión que Dios la proponía.


Esta escena me la contó varias veces ella misma.


Pero como ya he dicho, estas almas tienen tal conocimiento de lo que supone para un alma la pérdida del cielo, que están dispuestas a todo con tal de salvarla.


Como anécdota, comentaba el otro día con el P. Rey, que las almas del purgatorio coinciden todas en sus revelaciones, al decirnos que de ninguna de las maneras volverían a este mundo, debido al peligro que supone volver a ser viandante. En cambio las del cielo volverían todas y a cualquier precio, con tal de poder ganar méritos, aunque estos sean mínimos.

 

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