14 de Diciembre: San Juan de La Cruz (1542-1591)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia. Madrid – Barcelona 1853. Tomo III. Noviembre, Día 24, Página 437.



San Juan de La Cruz, Confesor

Muy favorecida ha sido siempre del Cielo nuestra España; pues en todas las edades la ha enriquecido Nuestro Señor de varones insignes: y si ha sido madre de muy ilustres sujetos en otras materias; mucho más lo ha sido en la santidad, dando a la Iglesia esclarecidos escuadrones de innumerables y fortísimos mártires, santísimos patriarcas, perfectísimos monjes, purísimas vírgenes y devotísimos confesores. Uno de ellos fue el bienaventurado San Juan de La Cruz, en quien en estos últimos tiempos (cuando la naturaleza humana parecía estar desmayada para la virtud, como avivada y poderosa para los vicios) resucitó Nuestro Señor la austeridad de los profetas, la desnudez de los apóstoles, el fervor y pureza de Elías, la penitencia y soledad de Pablo, la contemplación de Antonio, la santidad de Benito, el amor de la cruz y del padecer de Francisco, y la celestial y mística sabiduría de San Dionisio Areopagita: porque en todas estas virtudes resplandeció admirablemente este santísimo varón, ayudando a la portentosa madre y virgen Santa Teresa de Jesús a levantar con sus hombros la esclarecida reforma de los padres carmelitas descalzos, para mucha gloria de Dios y edificación de la Iglesia, siendo el primer carmelita descalzo que vio el mundo, para padre de tantos santísimos hijos como ha tenido y tiene esta gloriosa reforma.

Para escribir su vida, se ha de notar que, como le escogió Nuestro Señor para capitán y caudillo de tan gloriosa empresa (contra la cual se había de armar el mundo y todo el infierno, con tan terribles y molestas persecuciones como se leen en su historial, está toda entretejida de varios sucesos y raros acontecimientos: y aunque en todos ellos resplandece la santidad de este admirable varón; pero en unos más que en otros: y porque para algunos fuera menester referir largas historias, iremos entresacando lo que pareciere de más utilidad y edificación de las almas (que es lo que aquí se pretende), dejando lo demás para las historias, y contentándonos con la brevedad suficiente para nuestro propósito.

Nació el Santo Padre en Hontiveros, villa antigua y noble, en el obispado de Ávila de Castilla la Vieja. Su padre se llamó Gonzalo de Yepes, rama noble y antigua de la alcuña y villa de este nombre, de quien, entre otros, procedieron el ilustrísimo don Diego de Yepes, obispo de Tarazona, y el doctísimo Fr. Antonio de Yepes, cronista de la religión de San Benito. Se enamoró Gonzalo de una virtuosa y honesta doncella, llamada Catalina Álvarez, natural do Toledo, y se casó con ella sin dar cuenta a sus parientes. Tanto lo sintieron los de Gonzalo, que del todo lo desampararon. Viéndose así y falto de caudales, se aplicó al ejercicio de su mujer, que era un telar de sedas, cuya pobreza y humildad vivió alegre y satisfecho, acaudalando más virtudes que riquezas. Tuvieron tres hijos: el primero, Francisco de Yepes, que casado en Medina del Campo, supo vivir tan religiosa y santamente, que le acreditó el Señor con maravillas; el segundo se llamó Luis, que en su temprana edad se lo llevó Nuestro Señor; el tercero Juan, de quien aquí hablaremos, que nació (a lo que se presume) a los 24 de junio de 1542.

Toda su niñez fue pronóstico de la admirable vida y gloriosos asuntos para que le tenía destinado el Cielo; porque la mansedumbre, la quietud, el silencio y la devoción no fueron en él de niño, sino de religioso y de santo. Cooperaba la buena madre, que habiendo enviudado presto, criaba sus hijos con toda virtud, y con especialidad les imponía en la devoción de Nuestra Señora. Tanto se le entrañó al niño Juan, que desde luego obligó a la Santísima Virgen a favorecerle, pues desde los cuatro a los cinco años empezó a experimentar los favores de tal Madre. Jugando un día con sus iguales a la orilla de una balsa profunda y cenagosa, arrojando unas varillas al agua, cayó en ella y se hundió a lo profundo: y aunque tres veces volvió a salir, la última se desapareció por grande rato. Huyeron asustados los otros niños, y él volvió a la lengua del agua muy sosegado y alegre. Vio entonces a la orilla a la Santísima Virgen, que le ofreció la mano para que saliese afuera. Rechazó el niño darle la suya, por verla llena de cieno para no manchar tanta belleza: duró algún rato la recíproca y devota porfía, hasta que pasando un labrador (que sin duda fue el ángel de su guarda), le alargó la aguijada y le sacó a tierra como a otro Moisés, para que fuese maestro y legislador en los desiertos del Carmelo.

Éste fue el primer favor que recibió de María santísima; pero causó tanta envidia al demonio, que barruntando de aquí mayores cosas en aquel niño, quiso acabarlo de una vez. Siendo ya de siete años, le salió a un camino en figura de un monstruo horrible, abierta su infernal y espantosa boca para tragarlo. No se asustó Juan, sino que con valor y reposo muy superior a sus años le hizo la Señal de la Cruz: se retiró al momento el enemigo, y desapareció guardando para mejor tiempo mayores batallas; y Juan tomó también la Cruz por defensa para los combates futuros.

Creciendo más en las virtudes, que en los años, le acomodó su madre en un seminario de niños, para que aprendiese las primeras letras. Las aprendió con facilidad, y señalándose entre los demás en la virtud y buenas inclinaciones, como el sol entre las estrellas, era el imán y la admiración de todos. Quien más se prendó de tanta virtud fue don Alonso Álvarez de Toledo, administrador de un insigne hospital que había en aquella villa de Medina del Campo: y teniendo ya doce años Juan, se lo pidió a su madre para que asistiese en el hospital, ofreciendo darle alimentos, estudios y capellanía. Presto conoció don Alonso la buena elección que había hecho, con el cumplido desempeño y raro ejemplo que daba de sí Juan de Yepes. Creció todo con el caso siguiente.

Había en el patio del hospital un pozo profundo: y como el santo mozo era nuevo en la casa, y andaba tan encogido dentro de sí, cayó en él, sin que le pudiesen valer. Las voces fueron iguales al espanto de los que lo vieron, y presto se convocó la vecindad. Llegándose algunos a la boca del pozo, vieron a San Juan sentado sobre las aguas: le alargaron una soga; y asido de ella saltó muy alegre. Le preguntaron, cómo no se había abogado, y tan sin turbación estaba sobre las aguas. Respondió con humildad muy sincera, que una hermosísima Señora, al tiempo de caer lo recibió en Su manto, y hasta entonces lo había sostenido sobre el agua, para que no se hundiese a lo profundo; y que así a la Santísima Virgen debía él la merced y todas alabanzas.

Reconocido a este nuevo favor de la Virgen, crecía por instantes en Su devoción: rezaba Su Oficio menor de rodillas: gastaba en su presencia largas horas; y sabiendo que servía a la Madre y al Hijo en sus pobres, se dedicó con nuevo fervor a servirlos, y lo hacía con extraña caridad, siendo para todos de grande consuelo y alivio. Para poder cumplir con esto y con los estudios, se quitaba mucho del sueño, gastando gran parle de la noche, ya en oración, ya en asistir a los que veía de peligro. Para que el cuerpo estuviese más ágil en el servicio del alma, hizo su cama de unos sarmientos desiguales: su comida era parca: el vestido honesto: la mortificación continua, así en el cuerpo, castigándole con cilicios, disciplinas y ayunos, como en los sentidos, que traía siempre reprimidos.

Con tan buena disposición le alumbraba el Señor copiosamente: porque le quería para farol de Su Iglesia: corrió con facilidad la gramática, retórica y filosofía, en que salió muy consumado. Ya entraba por este tiempo en los veinte años, en que dándole el administrador más tiempo para sus estudios y ejercicios, él frecuentaba más el de la oración, en la cual pedía continuamente al Señor que le encaminase en Su servicio y diese el estado de vida, en que le pudiese servir y serle más agradable. Estando un día encendido en esta oración, oyó una voz que le dijo: «Servirme has en una religión, cuya perfección antigua ayudarás a levantar.» No entendió por entonces lo que el Señor pretendía en estas palabras; pero las depositó en su corazón, humilde y resignado a Su Santísima Voluntad.

No pasó mucho tiempo, que llegaron a fundar convento en aquella villa los padres carmelitas de la Observancia: y sabiendo él que aquella religión se fundó bajo el patrocinio de la Sacratísima Virgen, se le renovaron los ecos de la Voz; y entendiendo ser aquella profesión para donde Dios le llamaba, trató de vestir su hábito. Se lo dieron gustosos los religiosos, sabiendo cuán religioso era ya en las virtudes. Le recibió, siendo ya de edad de veinte y un años, y dejando el apellido de Yepes, se llamó Fr. Juan de San Matías. Estando en el noviciado, corrió tan veloz, que su humildad, su obediencia, su puntualidad en el coro y oración, servían más a la admiración que a la imitación. Profesó al siguiente año, y poco después pasó al colegio que la religión tiene en Salamanca, donde estudió la teología con suma aprobación, juntando siempre la oración y espíritu con las letras. Aunque en lo público profesó la regla mitigada por el Papa Eugenio, en lo secreto guardaba la primitiva dada por San Alberto, patriarca de Jerusalén, en cuanto los superiores se lo permitían. No comía carne, y continuaba los siete meses de ayuno: guardaba grande recogimiento en la celda, sumo retiro de seglares y perpetua asistencia en el coro; y cuando rezaba el Oficio Divino a solas, siempre era de rodillas. Le dieron una celda estrecha y oscura: abrió un pequeño agujero en el tejado para recibir un rayo de luz con que poder repasar sus lecciones: pero gozaba de una ventanilla con su vidriera que salía al Santísimo Sacramento, que era todo su consuelo y Celestial Luz de su alma. Esta breve clausura, desnuda de toda alhaja y curiosidad, era su celda: su cama de tablas desiguales, sin lienzo, sin colchón y un leño por cabecera: los hábitos exteriores eran muy pobres, y los interiores tan penitentes, que a raíz de las carnes vestía un jubón hecho de esparto, anudado y torcido, a modo de malla o red, y los calzones de lo mismo; y cuando se los desnudaba, era para tomar sangrientas disciplinas, o ponerse más ásperos cilicios.

Acabada la teología, y entrando en los veinte y cinco años de edad, le mandaron los prelados se ordenase de Misa, aunque resistiéndolo su humildad. Después de haberse ordenado, se preparó para celebrar la Misa primera, con largas vigilias, con tan fervientes deseos, con tanta humildad y encendido amor de Dios, que parece quería exceder a los Serafines. Lo que sumamente deseaba y pedía a Dios con instancia, era que le conservase Su Majestad toda su vida la blanca estola que le vistió en el Bautismo, y que hasta entonces, por especial gracia Suya, había procurado guardar intacta. Cuando en la Misa tuvo al Señor en sus manos, de suerte enfervorizó la súplica, que mereció oír por respuesta: «Yo te concedo lo que Me pides.»

Quedó el Santo Sacerdote tan agradecido como consolado; porque juntamente sintió en su alma una espiritual renovación, y haberle el Señor concedido una pureza tan feliz, que le restituyó a la inocencia de un niño de dos años, y confirmó en gracia, al modo que a los Sagrados Apóstoles, para que jamás le llegase a ofender con culpa grave, como se supo de sus confesores y de dos personas espirituales a quienes Nuestro Señor lo reveló: y a esto parece aludía lo que la Santa Madre Teresa solía repetir (siendo ya el siervo de Dios carmelita descalzo), diciendo, que el P. Fr. Juan de la Cruz era una de las almas más puras y santas que Dios tenía en Su Iglesia, y que le había infundido grandes tesoros de luz, pureza y sabiduría del Cielo.

Para asegurar más tales tesoros, deseaba esconderlos y retirarlos más del mundo: y para hacerlo iba tratando de pasarse a la Cartuja para vivir más desconocido y más a solas con Dios. Andando con estos pensamientos, vino de Salamanca a Medina en ocasión que la Santa Madre Teresa acababa de fundar el convento de sus monjas en aquella villa, y disponía el fundar otro de frailes, también descalzos, porque hasta entonces sólo había fundado monjas.

Tenía para todo, las debidas licencias; pero le faltaban sujetos que lo principiasen. Noticiada de las buenas calidades de Fr. Juan de San Matías, le declaró sus intentos de fundar un convento de la misma orden muy reformado, y en donde los frailes profesasen también la misma austeridad, pobreza, retiro y regla primitiva que ya había entablado en las monjas: y que pues este mismo espíritu le tiraba a la Cartuja; buena Cartuja tendría aquí dentro de su orden.

No fue menester más para que le diese su consentimiento el siervo de Dios; porque mientras hablaba la Santa, le acordó el Señor, que esto era lo que le dijo antes de tomar el hábito en aquellas palabras, «que sería religioso en una religión, cuya perfección antigua ayudaría a levantar», con que desde luego se ofreció con gusto a la Santa.

Aún no tenía la Santa Madre sitio ni casa alguna para el efecto; pero Dios, que era el principal Autor de este negocio, presto le envió un caballero que le ofreció una casa o cortijuelo en la aldea de Domelo, entre Valladolid y Medina del Campo, que es en Castilla la Vieja. Estaba la casa en un campo desabrigado, expuesto a todos vientos y soles, junto a un arroyuelo llamado Risalmar: consistía toda ella en un razonable portal: a un lado de él corría una cámara no muy larga, tan baja, que casi ofendía las cabezas: encima un desván a teja vana, a quien daba o quitaba luz una teja que servía de ventana: fuera de esto había una cocinilla, y todo lo abrazaba una cerca rústica.

Aquí envió Santa Teresa al bendito Fr. Juan con un peón, para que aliñasen y compusiesen aquella pobre posada en forma de convento, mientras iban dos frailes más que ya tenía prevenidos, para que diesen principio a la reformación. Todo el ajuar que llevaba era un recado para decir Misa, y el hábito de pobre y riguroso sayal que la Santa Madre le dio, cosido por sus manos para vestirlo en descalzándose. Con este pobre aparato llegó a Duruelo; y con el grande fervor de espíritu que llevaba, le pareció haber llegado a las Indias de sus mayores riquezas y al centro de sus deseos. Todo el día gastó en formar y componer aquel resumido convento, modelo y ejemplar originario de todos los que ahora ocupan las cuatro partes del mundo.

Comenzó barriendo toda la casa, y después de bien limpia la adornó de calaveras y cruces que hizo de palo rústico. A la noche, cuando le faltó la luz del día para poder trabajar, se acordó habían pasado lodo el día sin comer. Envió al compañero a pedir alguna limosna, con que pasaron aquella noche. Al otro día, dispuesto el monasterio bien pobremente, se vistió su hábito descalzo, angosto y breve, hasta el tobillo, en la forma que ahora lo llevan los padres carmelitas descalzos, todo muy estrecho y reformado, descalzo del todo, sin abrigo, sin defensa de pies y piernas; porque después admitieron las sandalias o alpargatas que ahora usan. Así desnudo y recoleto presentó a los ojos del mundo la figura del primer descalzo carmelita, renovador de la antigua severidad profética. Admiraban los labradores en aquel nuevo ermitaño el áspero traje nunca visto, la aspereza de vida, el aspecto endiosado y el trato todo del Cielo. Le oían palabras de vida, y al olor de tanta santidad se iban tras él; y no se hablaba de otra cosa por las aldeas comarcanas, sino del fraile descalzo. No dejó de acometer el demonio al nuevo guerrero de muchas maneras en este tiempo; pero no sacando más que confusión lo dejó por entonces.

Casi dos meses estuvo solo el Santo Padre aguardando los compañeros que llegaron a 27 de noviembre de 1568: y habiendo pasado la noche en larga y fervorosa oración, dijeron Misa al otro día; e hincándose de rodillas delante del Santísimo Sacramento, renovaron la profesión y renunciaron solemnemente la regla mitigada en que antes habían vivido, y prometieron a Dios Nuestro Señor y a la Virgen María del Monte Carmelo, y al reverendísimo padre general, vivir conforme a la primitiva sin mitigación hasta la muerte. Mudaron los sobrenombres, por haberlo así introducido la Santa Madre en las religiosas: el P. Fr. Antonio de Heredia se llamó Fr. Antonio de Jesús: el padre Fr. Juan de San Matías se apellidó de la Cruz; y el hermano Fr. José se nombró de Cristo; haciendo todos tres un Cristo Jesús crucificado, con que dieron principio a la familia de los carmelitas descalzos, para grande edificación del mundo y gloria de Dios. Presto llegó el padre provincial de la Observancia, y nombró por prior al P. Fr. Antonio de Jesús: por superior al P. Fr. Juan de la Cruz; y al hermano Fr. José de Cristo cupieron las llaves de portería y sacristía.

Dejando lo demás para la historia de la religión, proseguiremos la vida del glorioso San Juan de la Cruz, a quien cupo la mejor parle de aquellos primitivos favores, por ser el primero que se descalzó, y en quien Dios derramó las primicias del espíritu de que se había de alimentar la religión, y su buen olor alegrar toda la Iglesia. Adelantó aquí su penitencia con extraños rigores: el jubón y calzoncillos de esparto le parecían suaves: las disciplinas no le satisfacían si no las teñía en sangre: los cilicios, cobardes si no taladraban sus miembros: la cama era un rincón del coro con una piedra por almohada: después de maitines se quedaba en oración hasta la mañana: tan absorto estaba en ella, que calándose muchas veces de la nieve que caía por entre las tejas, se iba a prima sin repararlo: gastaba la mañana en decir Misa, y confesar e instruir a aquellos serranos bien necesitados de doctrina: iba a predicar una y dos leguas lejos a pie descalzo, y volvía a desayunarse al convento.

Pasó con el oficio de maestro de novicios a la fundación de Mancera, donde mostró la gracia que Dios le había dado para discernir los espíritus y conocer los talentos y discreción admirable para el magisterio de las almas. Careciendo de todo esto el que gobernaba el noviciado de Pastrana en Castilla la Nueva, hubo de ir el siervo de Dios a componer aquel seminario, que con los indiscretos fervores y penitencia que el maestro introducía necesitaba de moderación prudente. Reducido aquel noviciado al debido temple, pasó al colegio recién fundado en Alcalá y fue su primer rector. Edificó aquella insigne universidad con notable ejemplo, admirando todos, no menos sus letras que su santidad, cogiendo la religión el fruto de muchos y grandes sujetos, que movidos con tal ejemplo renunciaron el mundo y abrazaron el nuevo instituto.

Pasado un año volvió a Pastrana, y de allí a Ávila a petición e instancia de la Santa Madre, para confesor del ilustre convento de la Encarnación de aquella villa, de monjas carmelitas de la Observancia, en la cual había tomado el hábito y profesado la misma Santa: y ahora los prelados (aunque ya descalza) la habían hecho priora de dicho convento, para que le regulase e impusiese en el retiro, espíritu y oración que a sus descalzas: y conociendo la Santa que nadie le podía ayudar más para conseguir este efecto que el padre Fr. Juan de la Cruz, negoció se lo enviasen. Fue allá con el P. Fr. Germán de San Matías por compañero; y con tal arte, prudencia y espíritu, confesó y supo llevar y enseñar aquellas benditas religiosas, que si antes era convento de mucho tráfago, ya se podía ahora contar por uno de las descalzas: ya no se trataba allí sino de oración y de muy grande recogimiento: las rejas estaban desiertas y sólo trataban con Dios y con el Santo Padre, aunque con tanta circunspección, que no admitía de ellas cosa alguna ni comunicación, sino para confesión o provecho de sus almas: con que fue muy grande el fruto espiritual que hizo en las religiosas, con igual ejemplo y edificación de toda la ciudad.

No se olvidó Nuestro Señor de acreditar con maravillas al siervo que tan de veras trabajaba en su mayor servicio. A doña María de Yera, religiosa grave de aquel convento, dio tan súbita y mortal enfermedad, que antes que obrasen los remedios, le privó de los sentidos, y lo que se tuvo por cierto, también de la vida. Desconsoladas las monjas llamaron al Santo Padre y una le dijo: Buena cuenta ha dado vuestra reverencia, padre nuestro, de su hija; pues la ha dejado morir sin sacramentos. Calló el siervo de Dios, y retirado al coro, se puso en oración, y haciendo instancias a Su Majestad, fue tan eficaz, que la religiosa ya difunta a vista de muchas comenzó a mudar semblantes, abrir los ojos, menear las manos y mostrar alientos de vida. Alegres las monjas, acudieron de tropel al coro a dar al Santo Padre el aviso, el cual sin turbación respondió a aquella religiosa que le había dado quejas: Hija, ¿está contenta? Con que las confirmó en lo que ya ellas creían, de que aquella maravilla fue efecto de su oración; y aun se confirmaron más viendo que en habiéndola el Santo confesado y administrado los demás Sacramentos se quedó luego difunta.

Estando también un día de la Santísima Trinidad en el locutorio hablando con la Santa Madre, que, como hemos dicho, era priora, de suerte se engolfaron en la consideración de aquel inefable Misterio, y tan altamente los ilustró Su Majestad, que aquellas dos almas seráficas se fueron desprendiendo de los sentidos, volando a la esfera adonde el Señor los llamaba. La Santa quedó arrobada, sentada en un banco dentro de su locutorio; y el Santo Padre, que al principio que comenzó a sentir aquella dulce violencia se asió a los brazos de la silla para impedirla, mas no pudo, venciendo la velocidad del alma a cuerpo y silla, los levantó por el aire hasta dar en el techo de la pieza.

Hablando pues la Santa de este caso, dijo haber sido la causa, la alteza y claridad con que el siervo de Dios había hablado del Misterio de la Santísima Trinidad, y que no se podía hablar de Dios con el P. Fr. Juan, porque luego se trasponía o hacía trasponer. Le sucedió también por este tiempo, que estando contemplando los Dolores que padeció Cristo en la Cruz, se le representó a la vista tan llagado, herido y vertiendo Sangre como en ella estuvo. Lo que aquella vista causó en su alma, el Santo lo reservó para sí; pero lo que nos dejó que notar, fue el quedarle en su imaginación tan impresa, que no siendo pintor, tomó la pluma y dibujó la Imagen en un papel, sacando el dibujo en perfil esforzado (donde es más dificultosa la perspectiva), y salió tan milagroso, que lo alaban mucho los primorosos en el arte.

Grande rabia causaban en el demonio tantas virtudes y favores del siervo de Dios: y armándole reñidas peleas y enredados combates, no pudo sacar más ganancia que quedar confuso, y ser ocasión de mostrar el Santo el grande poder que Dios le había dado sobre los demonios, ganando el nombre de segundo Basilio, como se vio en los casos siguientes. A una monja de cierta orden comenzó a molestarla con espíritu de blasfemia, arrojándola proposiciones contra la fe y tentaciones contra la castidad. Las comunicó con el Santo Padre, que conociendo al autor de su inquietud, la aplicaba a tiempo las medicinas: mas aunque se sosegaba la paciente en su presencia, en ausentándose volvía a su porfía el demonio; y para enredarla más, tomaba la figura del santo padre, y en el confesonario la influía con doctrinas perniciosas. Volviendo el verdadero confesor y enterado del arle de su enemigo, procuró remediarlo dándola por escrito lo que le había de responder, cuando sintiese semejantes tentaciones. No desistió con esto el engañador; antes usando del mismo ardid, escribió otro papel imitando la letra y firma del Santo, y en él la decía, como por no poder excusar cierto viaje, la quería dejar cierta advertencia acerca de lo que antes la había dado por escrito; porque considerándolo mejor, hallaba que tenía algunas doctrinas tan apretadas, que la habían de causar nuevos escrúpulos y turbarla más la conciencia. Como la religiosa conocía la letra, gozaba de su libertad; aunque extrañó lo opuesto de su doctrina. Volvió el Santo a su convento: conoció el embeleco de Satanás: pidió el billete; y aunque conoció ser la letra muy semejante a la suya, no sus proposiciones: con que desengañó a la religiosa: y viendo la aflicción de aquella alma y astucias de su enemigo, valiéndose de los exorcismos de la Iglesia, y armas de su poderosa y encendida oración, conjuró al demonio y le venció, dejando libre de su infestación a la paciente.

De mayores circunstancias fue otro caso; porque son innumerables las artes que el demonio tiene para engañar las almas. En otro convento recibió el hábito cierta doncella, que siendo de edad de seis años, se le apareció el demonio en figura corporal, y ella, agradada de su aparente hermosura, le entregó todo su afecto. Era de su natural aguda y muy salada en sus dichos. Valiéndose el demonio de su inclinación la ofreció hacerla más docta y más discreta que los varones más sabios; y así lo cumplió, sacándola por condición que le había de hacer una cédula firmada con su sangre, de que no había de reconocer a otro que a él por esposo. En todo vino la desdichada, tan aficionada y perdida, que ya aborrecía a Dios. Creciendo en edad, por secretos juicios de Dios entró en el convento, donde la recibieron con gusto. Hablaba todas las lenguas: sabía todas las arles; y en la teología discurría tan sutilmente, que tenían su ciencia por infusa. Por ser estas cosas tan extraordinarias, entraron en sospecha los prelados de su religión: y sabiendo la santidad y sabiduría del Cielo del Santo Padre Fr. Juan de la Cruz, le rogaron la examinase; y aunque por su humildad se excusó mucho, las grandes instancias le rindieron. Fue al convento: y saliendo la religiosa al locutorio, luego que se vio en su presencia, no solo la bachillera calló y la sabia enmudeció, sino que comenzó a temblar y sudar por ver se había conocido su enredo. Con luz superior reconoció el Santo Padre la causa de aquella enfermedad, y la declaró a sus prelados diciendo como estaba engañada del demonio, y era menester conjurarla muchas veces; porque era ya antigua la posesión.

Se despidió con esto; mas los prelados de la religiosa, dándole todas sus veces, le suplicaron que pues había descubierto la enfermedad, aplicase los remedios. Lo hizo por el bien de aquella alma; y al segundo conjuro obligó al demonio a que declarase todo su maleficio. Confesó todo lo que queda dicho, y que allí estaba Lucifer, en cuya ayuda habían ya acudido tres legiones; mas asistido el Santo de las del Cielo, prosiguió más fervoroso sus diligencias. El efecto fue, que viendo la paciente que ya sabía toda su perdición, se la confesó más despacio y muy por menudo. Entonces tomó la mano el siervo de Dios, y tales cosas la dijo de la misericordia de Dios, que empezó como a despertar y desear su remedio. Bramaba Lucifer enfurecido contra el descalzo, y no pudiendo volverse contra él, porque le temía, se disfrazó tomando su hábito y figura; y llamando al locutorio a la religiosa, como desdiciéndose de lo que antes la había dicho, tanto la exageró la gravedad de sus culpas, la imposibilidad del perdón y el poder del demonio, para hacerla cumplir la cédula que le había dado, que la pobre se deshacía en lágrimas, y así se entraba por las puertas de la desesperación. No se le encubrió al Santo Padre lo que estaba pasando: acudió diligente para probarle cara a cara a Luzbel, como era padre de la mentira y del fingimiento: pidió a la tornera le llamase a la religiosa: respondió que no podía ser; porque estaba en el locutorio con el P. Fr. Juan de la Cruz. ¿Cómo puede ser eso (replicó el padre), si yo soy Fr. Juan de la Cruz, y no el que allí está? Asustada la tornera, le dijo que lo fuese a ver, fue allá, y al punto que lo vio se desvaneció el demonio y halló la monja casi desesperada. Habiéndola restaurado y animado, ponderándola la flaqueza del demonio, pues huía de un pobre fraile descalzo, empezó a conjurar los demonios en presencia de muchas monjas que ya habían acudido al locutorio: y tanta fue su eficacia y la gracia de Dios que en él obraba, que no solo obligó a los demonios a confesar que su príncipe los había enviado para hacer desesperar aquella alma, sino que también a que saliesen de su cuerpo y volviesen la cédula. Todo lo cumplieron a su pesar, y a vista de todos arrojaron la cédula que luego quemó el Santo Padre. Quedó con esto la religiosa libre en el cuerpo y en el alma; y sus prelados tan agradecidos y admirados del Santo Padre, que le aclamaron por segundo Basilio.

No solo lo quitó al demonio estas presas, sino otras muchas: entre las cuales fue una dama principal que con su hermosura y donaire hacía mucho daño en el pueblo. No bastando otros medios que intentaron sus deudos, la persuadieron que se confesase con el descalzo carmelita: y aunque lo resistió mucho, al fin se redujo a hacerlo. La recibió el confesor con mucha caridad, y de tal manera trocó su alma, que vestida de grosera jerga, devota, penitente y retirada, borró las liviandades pasadas. Otra, que con voto había consagrado a Dios su castidad, de suerte la mancillaba, que con sus liviandades era público tropiezo y escándalo.

Acertó por su buena suerte a comunicar al Santo Padre, y con la eficacia de sus encendidas exhortaciones la dejó tan compungida, que apartándose de la ocasión, lavó con sus lágrimas el sacrilegio pasado. Lo sintió tanto el cómplice, que buscando al Santo, le dio tantos palos, que lo derribó en el suelo, dejándolo muy maltratado. Sentido el demonio de tantas ánimas como le sacaba de las uñas el descalzo, le armó un lazo para cogerle la suya. Encendió en el corazón de una hermosa y honesta doncella un grande fuego de lujuria, y tanto lo atizó y lo sopló, que sin poderse valer la cuitada, se salió a deshora de su casa y se arrojó al aposento del siervo de Dios. Le dijo la pasión que la traía: reconociendo el Santo ser obra de Satanás y violencia diabólica, pasando de su modestia a su eficacia, de tal manera la afeó el arrojo de su liviandad, y tal golpe de razones y consideraciones la arrojó, que la desaló en un mar de lágrimas; y corrida y enmendada, volvió a su casa muy diferente de lo que había salido de ella. No saliéndolo bien este lance, intentaron otros sus enemigos, y por si mismos le hacían continua guerra y le atormentaban con fieros golpes y visiones horribles; pero de todos le sacaba el Señor con victoria, y él le correspondía con profunda humildad y con nuevos deseos de padecer más por Su Amor.

Se los cumplió su Majestad largamente, después de haber trabajado cinco años en la cultura del dicho convento de la Encarnación; porque en otra parte le tenía prevenida tan larga tela de persecuciones, penalidades y trabajos, que no cabe en esta breve relación: basta saber, que con increíble constancia e invicta paciencia pudo decir lo que decía el Santo Job: «¿Tengo yo por ventura fortaleza de piedra, o mi carne es de bronce?»

Viéndole pelear tan esforzadamente Su Majestad, varias veces le consoló, y la Virgen Santísima por tres veces le visitó y llenó el alma de luces y celestiales consuelos.Con ellos compuso en esta ocasión aquellas divinas y profundas canciones que empiezan: «¿En dónde te escondiste?», que después explicó altísimamente, y andan impresas en sus libros. Salió finalmente de esta pelea y tribulación, para alumbrar y enriquecer su religión con prelacías, doctrinas y ejemplos de su santa vida, así como el antiguo José salió de la cisterna, para reinar y favorecer a Egipto. Pero tan saboreado salió del padecer y de las penas, que oyendo poco después cantar esta copla:

«Quien no sabe de penas
en este triste valle de dolores,
no sabe de buenas,
ni ha gustado de amores;
pues penas es el traje de amadores:»

Se quedó arrobado por una larga hora. El arrobarse entre consuelos, revelaciones y otras comunicaciones suaves del Cielo, es ordinario; pero arrobarse al sonido de las penas, de las amarguras y del padecer, cosa es bien rara y de espíritu muy descarnado y sólido.

Después de esto fue a gobernar el convento del Calvario, que resplandecía en observancia, toda virtud y rigor de vida; mas como era tan alta la suya, lodo lo levantó de punto. La oración, silencio y penitencia que entabló con su ejemplo y su exhortación, dejaron muy atrás las que hasta entonces habían practicado, aunque eran muy grandes. Estaba este convento pobre y en desierto: y aun que se padecían muchas necesidades, aquí acudía el Señor con maravillas, por la oración y confianza de Su siervo.

Faltando una vez el pan, mandó se buscase algún mendrugo y se pusiese a la mesa; y bajando la comunidad, como solía, al refectorio, les hizo una plática tan espiritual en alabanza de la pobreza, que sin comer bocado se levantaron de la mesa satisfechos; pero apenas se recogían a las celdas, cuando llamando a la portería, halló el oficial a un hombre, que con una carta que traía le dio una carga de mantenimientos. Avisado el Santo Prelado que estaba en oración, y abriendo la carta, se puso a llorar. Preguntado por qué lloraba; respondió: Lloro, hermano, porque nos tenga el Señor por tan flacos, que aun un día no nos fía el que padezcamos abstinencia.

En Iznatorafe se entró el demonio en el cuerpo de un hombre miserable que le atormentaba mucho, y no le podían echar con los exorcismos de la Iglesia: llamado el Santo Padre, luego que le vio el paciente, empezó a dar grandes voces, y decir: Ya tenemos otro Basilio en la tierra, que nos persigue. Así fue; porque, sin que le valiese su grande resistencia, la eficacia de los conjuros del Santo le echó presto fuera de aquella pobre criatura.

Aun no estuvo siete meses en el Calvario, cuando hubo de ir a fundar el colegio de Baeza, cuya fundación ya antes había profetizado. Tan conocida fue aquí su santidad y sabiduría, que los mayores doctores de las escuelas en los púlpitos y cátedras lo ponían por ejemplo a sus oyentes.

Por este tiempo le comunicaba Dios tan altas luces del Misterio de la Santísima Trinidad, que dijo una vez a las religiosas de Granada: De tal manera comunica Dios a este pecador el Misterio de la Santísima Trinidad, que si Su Majestad no esforzara mi flaqueza con particular socorro del Cielo, fuera imposible vivir.

Le mandó Su Majestad un día dijese Misa de la Santísima Trinidad, para consuelo de una religiosa; y al tiempo de consagrar se le aparecieron las Tres Divinas Personas en una nube trasparente, y tales dones le comunicaron, que refiriéndolos después a la religiosa, la dijo: ¡Oh, hija, cómo la agradezco haya sido ocasión de que me mandase el Señor decir Misa de la Santísima Trinidad! ¡Oh, qué gloria y qué bienes gozaremos con su vista! Y encendiéndose como un Serafín, por media hora quedó arrobado y despidiendo clarísimos resplandores.

Aunque el Señor le levantaba a tan altas comunicaciones de la Divinidad, no se olvidaba el Santo Padre de la Sacratísima Humanidad de Cristo, sabiendo que ella es el camino para ir al Padre, y la puerta para entrar a Dios; antes bien la llevaba siempre delante de los ojos, procurando no solo celebrar con singular devoción todos Sus Misterios, sino copiar y trasladar en su propio cuerpo los dolores y martirios de Su Santísima Pasión y Cruz: y así celebraba el Nacimiento con extrañas demostraciones de regocijo, y la Semana Santa, no solo con extraordinarias mortificaciones y penitencias, sino con el corazón traspasado de dolor, que se le conocía bien en el exterior aspecto lastimado y compasivo.

Donde más dulcemente se engolfaba, hasta perder la tierra de vista, era en el Santísimo Sacramento y en los Misterios de la Misa. Una vez, después de haber consumido el Sanguis, se quedó con el cáliz en la mano, y estuvo por tan largo espacio elevado, que una santa mujer que oía la Misa exclamó: Llamen a los Ángeles que acaben esta Misa; porque solos ellos pueden proseguirla con tanta devoción: que este Santo no está para ello.

Muchas veces fue vista diciendo Misa, que del Sagrario salían rayos de Luz, que terminándose a su rostro, se lo bailaban de divinos resplandores: otras le salían de su rostro tan vivos, que deslumbraban a los que los veían. Los vio una vez un estudiante que le ayudaba a la Misa, y no solo le quitó la vista de los ojos (como él mismo afirmaba), sino que le penetró de manera el corazón, que luego se entró religioso dominico con nombre de fray Domingo de Sotomayor. En otras ocasiones le vieron resplandecer el rostro entre las tinieblas de la noche. Estas luces exteriores, índice eran de las interiores que por la abundancia rebosaban afuera para edificación de los prójimos.

Con tanta Luz del Cielo, penetraba los interiores, y registraba los pensamientos de los otros, y las cosas distantes no se le escondían. Una mujer, llamada María de la Paz, como le vio pequeño de estatura y de tan poca ostentación, pensó dentro de sí que no debía ser hombre de letras. Fuese con esto a confesar con el Santo Padre, el cual la dijo luego: Hija, letrado soy, aunque pecador. Respondió ella: ¿Por qué lo dice, padre? Y el Santo la dijo: Porque lo habéis menester.

A otra hija de confesión del Santo, que era muy sierva de Dios, la perseguía tanto el demonio, que cuando venía a la iglesia del convento, en medio de la calle y al umbral, la daba tantos golpes, que la dejaba como muerta. Desde su celda lo descubría el Santo Confesor con Luz del Cielo; y acudiendo antes que nadie le pudiese avisar la socorría, y ahuyentaba los demonios. De estos casos le sucedieron muchos; pero fue más notable el que le sucedió en una casa en que había diez y seis enfermos de peligro, y los once ya oleados. El compañero del Santo, que era hijo de aquella casa, se afligió mucho viendo el peligro de tantos; pero el siervo de Dios lo dijo entonces: No tenga pena, que ninguno de los diez y seis que están en la cama morirá de esta enfermedad, aunque están en el estado que vemos. Le preguntó el compañero cómo lo sabía, y respondió: Así me lo ha dicho quien lo puede hacer. Y así sucedió; porque todos recobraron la salud.

Dos años pasó en este colegio de Baeza con estos santos ejercicios, y dejando aquella fundación bien medrada en lo temporal y espiritual, se hubo de trasladar a Granada, con los oficios de difinidor general y prior de aquel convento. Cuatro años estuvo aquí continuando las maravillas de su gracia y los ejemplos de su virtud, con colmados frutos de su espiritual enseñanza, en beneficio universal de todos, así seglares como religiosos y religiosas.

A su santo celo y diligencia se debe también la fundación del convento de las religiosas de esta ciudad: porque él la solicitó y la ejecutó: y se le conoce bien ser obra de tal mano; pues es uno de los conventos de carmelitas descalzas, que más florecen en opinión y observancia. En el convento de sus frailes asentó estrecho recogimiento. Y como lo confirmase tan exactamente con su ejemplo, que ni para pagar las visitas que le hacían salía de casa, le procuraron persuadir los religiosos que saliese alguna vez, porque le echaban de menos los seglares. Se rindió el Santo Prelado a la importunación, y determinó visitar a los señores arzobispo y presidente. Comenzó por este último, y pidiéndole le perdonase el no haber hecho antes lo que debía; le respondió el presidente: Padre Prior, más queremos a vuestra paternidad y a sus frailes en su casa, que en las nuestras; porque con lo primero nos edifican, y con lo segundo nos entretienen. El religioso retirado nos lleva el corazón; y el que sale por salir, ni a nosotros edifica, ni para sí gana crédito. No hubo menester más para que, abreviando la plática, sin visitar al arzobispo, se volviese a su convento y refiriese el suceso muchas veces, para persuadir a sus religiosos el total retiro y confirmarlos en él. También les persuadía mucho la viva confianza en Dios; y Su Majestad se la premiaba con maravillas: pues por dos veces que el convento se halló con urgente necesidad, les proveyó milagrosamente. Solía repetir muchas veces el Santo Padre: ¡Oh, esperanza del cielo, que tanto alcanzas cuanto esperas!

A la opinión que ya trajo de místico y espiritual maestro, acudieron muchas almas a su confesonario, y asimismo las religiosas de su nueva fundación, todas le reconocían por Padre y le comunicaban sus almas como maestro. Él los fue disponiendo de manera a unos y otros, que recibiendo como tierra buena su celestial doctrina, fueron muy copiosos los frutos, y en el Santo tan frecuentes las maravillas en conocer los interiores, en profecías, y en echar los demonios de muchos cuerpos, que fuera nunca acabar el referirlos: solo diré una cosa que aquí le sucedió, para que se vea por cuán invencible le tenían los demonios.

Llegando a conjurar una endemoniada, en tanto que el Santo se apartó para encomendarla a Dios, oyó el compañero que la mujer, hablando entre dientes, decía con rabia: ¡Qué no pueda yo vencer este frailecillo! ¡Qué no halle mi astucia modo para derribarle! ¡Qué habiendo tantos años que me persigue en varias partes, aquí no me quiera dejar! Sabiendo el Santo, después de su oración, lo que había dicho el demonio, no haciendo caso de ello, lo expelió con la facilidad que otras veces. Tanto temor le tenían, que solo su vista les acobardaba y hacía huir, como se vio en otro caso.

Había salido a la iglesia a confesar por falta de otro confesonario: y una persona muy espiritual que allí estaba, vio que en un rincón de la iglesia estaban muchos demonios con apariencia de diferentes fieras, los cuales salían a tentar a los que estaban orando; mas advirtió que cuando el Santo levantaba o volvía los ojos adonde ellos estaban, todos atropellándose huían a esconderse en su rincón.

El año de 1585 hubo de acudir al capítulo que se celebraba en Lisboa, donde fue segunda vez electo en difinidor segundo. Había entonces en un convento de aquella grande ciudad una monja muy celebrada y tenida por prodigio; todo el mundo creía ser cosa del cielo: los capitulares como forasteros, siguiendo la voz pública, la iban a ver, celebrando sus dichos y hechos, y teniendo por reliquias algunas cosillas que les daba. Quisieron persuadir al Santo Varón que no dejase de ver aquella maravilla; mas él les respondió: Anden, padres, ¿qué quieren ver una mujer ilusa? Callen, que presto descubrirá Dios el engaño: y así fue, declarando el suceso, que el Santo Padre fue el que sin verla la conoció mejor, pues se comprobó ser todo embuste del demonio.

Este capítulo de Lisboa se concluyó después en Pastrana, habiendo venido de Génova el nuevo provincial, y entonces se determinó que los difinidores fuesen también vicarios provinciales, cada uno en su distrito. Cupiéronle al santo difinidor y vicario provincial las casas de Andalucía. En este oficio, como mayor, despidió mayores luces; la humildad, la observancia, la desnudez y mortificación de súbdito, lucieron más siendo prelado. No admitió más aparato que un jumentillo, porque sus fuerzas ya gastadas no le permitían andar a pié continuadas jornadas: y aun este alivio lo repartía con el compañero, que era un hermano lego, haciéndole a veces subir a caballo, y él se iba a pie como sirviéndole de mozo. Ninguna provisión llevaba por los caminos, fiándolo todo de la Providencia Divina. En los mesones, y cuando por los caminos se detenía a descansar, presto se apartaba, y después lo hallaba el compañero puesto en oración y algunas veces levantado en el aire. La autoridad de los oficios aseguraba con mayor humildad.

Diciendo un religioso delante alguna gente, que el Santo Padre había sido prior en cierto convento, respondió el Santo: También en ese mismo convento fui cocinero. Un prelado grave de cierta orden, oyéndole alabar mucho el retiro y soledad, le dijo: Vuestra paternidad debe ser hijo de algún labrador, pues tanta inclinación muestra al campo: a que respondió el humilde padre: Aún no soy tanto como eso, que mis padres fueron unos pobres tejedores de buratos. Entrando en los conventos, los santificaba y alegraba con su presencia, y con la grande luz del Cielo que tenía, ora maravillosa la prudencia y discreción con que disponía y gobernaba las cosas de los particulares y de las comunidades; con que llenaba las prendas de un perfectísimo prelado.

Amplificó su provincia, fundando nuevos conventos. El primero fue el de Córdoba, en el cual le sucedió un grande milagro; porque para edificar la iglesia, comenzaron a derribar una pared vieja: la socavaron tanto, que cayó sobre la celda en que estaba el Santo Padre, y toda la hundió. Asustados todos, creyendo habría muerto el Santo Provincial, acudieron seglares y religiosos para desenterrarle. Apartadas las ruinas, le hallaron alegre y sereno en un rinconcillo, sin lesión ninguna. Le preguntaron cómo había sido aquello. Respondió, que la de la capa blanca (así llamaba a Nuestra Señora) milagrosamente le había librado de aquel riesgo.

En Guadalcazar tuvo una grande enfermedad, y los médicos aseguraban que se moriría; pero el Santo dijo: Malo estoy y mucho padeceré; pero no moriré de ésta: porque aún no está acabada de labrar la piedra: y así fue. Durante esta enfermedad, para aplicarle ciertos remedios, le hubo de quitar el enfermero una cadenilla de hierro de agudas puntas que traía tan asida a las carnes, que por algunas partes no se veía. Se quedó con ella el enfermero: y aplicándola después de algunos años a un enfermo desahuciado, con una mortal modorra y calentura, al punto estuvo sano y bueno, que al día siguiente fue al convento a dar gracias a Dios por el beneficio.

Habiéndose dispuesto el fundar convento de monjas en Madrid, se encargó la ejecución y el acompañar las fundadoras al Santo Padre. En el camino, pasando por vado el río Guadiana, se vieron las monjas en gran peligro por llevar grande corriente; mas el Santo Provincial, siguiéndolas con su jumentillo, la pasó tan sin él, que vieron algunas de las monjas que iba sentado sobre las aguas, y con nueva maravilla le vieron después salir todo enjuto.

En la última jornada, para entrar en la corte sin registro y sin concurso, salieron de Getafe puesto el sol: con que les cogió la noche en medio de la jornada: pero a vírgenes tan prudentes y a Padre tan ceñido, el Cielo les envió lámparas, cercando el carro y todo el acompañamiento con un resplandor tan celestial, que dejando lo demás del campo en su oscuridad, les clarificó el carril basta entrarlos en la villa.

Vuelto el Santo a la provincia, fundó otro convento de frailes en la Mancha Real; y al año siguiente, por expresa revelación de Dios, fundó el de Caravaca: y yendo a fundar otro en Bujalance, libró dos mujeres poseídas del demonio; y diciendo un día Misa, le regaló el Señor mostrándosele cercado de un globo de luz que todo lo rodeaba y dejaba iluminado. Llegando después de la Misa a la reja para hacer una plática a las monjas, todavía se continuaba el resplandor tan a lo sensible, que entrando los rayos por la reja, los participaron las religiosas. Con estas luces proféticas conoció las tinieblas que padecía en su celda una religiosa llamada Bárbara del Espíritu Santo: la hizo llamar, y la dijo: ¿Cómo no me dice, hija, lo que padece? Pues ya que ella lo calla, yo se lo quiero decir: y diciéndole punto por punto todo lo que en su interior padecía, la consoló, y aseguró que presto estaría en paz. Vio también en espíritu que las monjas de otro convento estaban divididas en la aprobación de una novicia, y las escribió que le quitasen el hábito, sin embargo que era sobrina de un obispo.

Como el Santo Padre era como aquel árbol que vio San Juan, que todo el año daba frutos, y sus bojas eran para salud de las gentes, continuó también por este tiempo sus milagros y maravillas en beneficio de las almas y de los cuerpos. Se hallaba una religiosa con tan mortal accidente, que ordenó el médico la sacramentasen muy aprisa. Llamaron al Santo Padre para que lo hiciese; pero diciéndole un evangelio, y poniéndole sus manos en la cabeza estuvo sana y al otro día se levantó.

Llevando las monjas para fundar en Málaga, dio María de Cristo tan peligrosa caída de la cabalgadura, que todos creyeron era muerta. Estuvo un rato sin sentido, derramando mucha sangre de la cabeza: llegó el Santo, y limpiándole la herida con su pañuelo, sin otro beneficio, se levantó sana y prosiguió su viaje.

Yendo otra vez de camino con su compañero el hermano Fr. Martín, y un hermano donado, llamado Pedro de Santa María, dio éste tan mala caída, que por muchas partes se rompió la canilla de una pierna. Lastimados los compañeros, y tratando de la cura, hallaron la canilla hecha a pedazos y que sonaba como una caña muy cascada. Le tenía la pierna el hermano Fr. Martín; y siendo el médico el Santo Provincial, no le aplicó más remedio que un poco de su saliva, y atando la pierna con el pañuelo, le subieron sobre el jumentillo. Llegados a una venta dijo el Santo: Aguarde, hermano, y le apearemos para que no se lastime. Respondió: ¿Qué es lastimar, padre nuestro? Ya no me duele la pierna; y tentándola vio que estaba sana. Saltó en tierra, y se halló tan sano y sólido como antes de la caída. Por milagrosa calificaban los dos hermanos la cura: pero el Santo Padre, para deslumbrarlos, les dijo: Callen ahí: ¿qué saben ellos de milagros? Mas viendo que no bastaba, les mandó con obediencia el silencio.

Rematemos con otro caso de mayores circunstancias. Caminando en otra ocasión con el hermano Pedro de la Madre de Dios desde Baeza a Jaén, hubo de pasar un río: llegó al vado, y venía tan lleno, que los arrieros no se atrevieron a vadearle. Quiso también el Santo Provincial quedarse con ellos; pero alumbrado del Señor, dijo al compañero se quedase; y él con el jumentillo se entró por el río. A poco trecho tropezó el jumento, y viendo su peligro el Santo Padre, llamó a la Santísima Virgen, que acudiendo luego a socorrerle, le asió de las puntas de la capa, y llevó sobre las aguas basta dejarlo en la orilla, con grande admiración de los que lo miraban.

Salió, también la cabalgadura: y volviendo a subir, a todo correr no paró hasta la venta que llaman de Doña María: halló en ella un pasajero mal herido con tres puñaladas que el hijo del huésped le había dado: admiró el Santo Padre la benignidad del Señor con aquella alma, y más cuando llegándole a consolar, supo que era religioso profeso de cierta orden, que andaba apóstata. Lo confesó y lo dispuso por espacio de dos horas; y al fin de ellas arrepentido y reconocido a Dios, expiró con grande y muy singular consuelo del Santo Confesor, considerando cuántos milagros obró Nuestro Señor por la salvación de aquella alma.

Mucho deseaba el Santo Padre verse descargado de oficios, por el grande amor que tenía a la soledad y retiro, y deseoso de tratar a solas con Dios; pero aún no se lo permitía Su Majestad. Habiendo concluido la ocupación de vicario provincial, le hicieron segunda vez prior del convento de Granada; y aunque con muchas lágrimas lo renunció, no quiso el capítulo adquirir sus ruegos. Se rindió a la carga el humilde Padre, y prosiguiendo su gobierno con el acostumbrado ejemplo y crecido fruto de las almas, se le notó por este tiempo que sus hábitos y remiendos despedían un olor celestial y peregrino. Llegó ocasión en que a grandes instancias se hubo de rendir a mudar hábito, y el que dejó se los vistió otro religioso, estimándolo por reliquia, aunque bien pobre. Al punto echó de sí tal fragancia, que se persuadieron los demás que iba cargado de olores. Se excusaba el religioso con la verdad, y llegaron a creerla, cuando quitándose el hábito el religioso, reconocieron todos nacer de solo el hábito la fragancia. Era el santo aquel buen olor de Cristo de que se gloriaba el Apóstol; porque en todo deseaba conformarse y asemejarse a Cristo crucificado, humillado y abatido: por lo cual, continuamente y con muchas ansias le pedía tres cosas: la primera, que no le llevase de esta vida siendo prelado; la segunda, que le diese que padecer por Su Amor: y la tercera; que muriese habitando donde no le conociesen: y se las concedió el Señor, como lo mostró la experiencia y el mismo Santo Padre lo dijo a su venerable hermano francisco de Yepes, y a otros, previniéndoles que si lo viesen despreciado, abatido y cercado de dolores, no lo extrañasen; porque los había pedido al Señor y se los había concedido.

Ya corría un año de este priorato, cuando se innovó el gobierno de los Descalzos por autoridad apostólica, empezando a ser congregación, dividida en diferentes provincias, formando un supremo tribunal de vicario general y seis difinidores. Cayó sobre el siervo de Dios la elección de d¡finidor primero, y juntamente de prior del convento de Segovia, donde había de residir aquel grave tribunal, que llamaban consulta, con que a un tiempo se halló presidente de la consulta (en ausencia del vicario general) y prelado del convento; y en ambas ocupaciones resplandeció su santidad, su sabiduría, su prudencia y su entereza, con una admirable humildad y encendida caridad con que lo sazonaba todo. Dejando muchos casos particulares de profecías, éxtasis y conocimiento de los interiores, y otras cosas milagrosas que eran muy comunes en el Santo, sólo referiremos aquí tres, que fueron más notables.

Todo el tiempo que estuvo en esta casa de Segovia, advirtieron, así religiosos como seglares, que le asistía una paloma muy hermosa, que no se hacía con los demás, estando siempre sobre la celda del Santo Padre. Conferido el caso entre los religiosos, dijeron, que lo mismo había sucedido en Granada, y que a donde quiera que iba le seguía. Acostumbraba el siervo de Dios en esta casa retirarse muchas veces a una cueva o ermita que había en la huerta; y era cosa maravillosa ver como solían entonces acudir allí muchos pajarillos, y cantando dulcemente, le daban regaladas músicas. Estando, finalmente, una vez orando delante de una Imagen de Cristo con la Cruz acuestas, le habló Su Majestad en aquella, y le dijo: ¡Fr. Juan! Pero como el Santo Padre era tan espiritual, y estas hablas y revelaciones sensibles las tenía por sospechosas, no hizo caso, hasta que repitiéndose la Voz segunda y tercera vez se puso atento, y oyó que lo decía: ¿Qué quieres en premio de lo que por Mí has hecho y padecido? A que respondió con toda prontitud: Padecer, Señor, y ser menospreciado por Vos. El flaco pidiera honra y descanso; pero el esforzado caballero de Cristo pide penas y abatimientos en premio de sus humildes trabajos.

El año de 1561 acabó el oficio de difinidor, y queriendo el Señor cumplirle lo que tanto le había pedido, dispuso que lo dejasen sin oficio alguno. Alegre el Santo Padre viéndose desembarazado, se retiró en el convento de la Peñuela, a seis leguas de la ciudad de Baeza, en Andalucía, por ser convento solitario y eremítico, y en que florecía la penitencia y austeridad de vida. Redujo allí la suya a una continuada tarea de retiro y oración. Las mañanas gastaba en el coro y decir Misa: las tardes, o se salía por aquellos montes a desahogar su espíritu en alabanzas del Creador, o las pasaba en su celda recogido, ya de rodillas, ya en cruz, orando y otros santos ejercicios, hasta que la campana lo llamaba a los actos de comunidad. En esta soledad se hallaba como en su centro, y ocupándose tan sin embarazos en solo Dios, vivía tan abstraído de todo lo de acá, que no parecía hombre terreno, sino ángel humano. No atreviéndosele los demonios de cerca, le armaron tan funesto nublado en el aire sobre todo el sitio, que en sus furiosos rayos, truenos y piedras parecía lo habían de acabar lodo y hundir el convento. Viendo el Santo Padre la turbación de los religiosos, y conociendo los autores que la causaban, saliéndose al medio del claustro, se quitó la capilla, y mirando al cielo, hizo con ella cuatro cruces hacia las cuatro partes del mundo: y al momento se dividió el nublado en otras cuatro partes, y a toda prisa dejó el cielo sereno, desvanecida la tempestad y confusos los enemigos: los cuales aunque quedaron vencidos, pero no enmendados; pues que ya que no les salió bien el agua, trataron de valerse del fuego, y ver si podrían abrasar con llamas al que no habían podido ahogar con diluvios.

Tenía el convento un pedazo de huerta y olivar cercado no de paredes, sino de las mismas malezas del monte, y por de fuera algunas haces de siembra. Corriendo buen viento para desviar el fuego, quiso un hermano quemar los rastrojos que habían quedado de la siega: valiéndose los demonios de la ocasión, presto revolvieron el viento contra la huerta y el convento, y encendieron tales llamas, que ya sin resistencia amenazaban lamentable incendio de todo el sitio. Asustados los religiosos, llamaron al Santo Padre, el cual haciendo breve oración delante del Santísimo Sacramento , tomó el hisopo y agua bendita, y se puso entre la cerca y el fuego, cuyas llamas pasando por encima del santo, llegaban ya a lamer los sarmientos de la barda, con que a poco espacio perdieron al Santo de vista. Se pasmaron todos temiéndole abrasado; mas el Santo Padre, luchando con Dios y su oración contra el infierno, consiguió la victoria que se comenzó a mostrar en dos maravillas singulares: la primera, que emprendiendo el fuego en las jaras y sarmientos de que se componía la cerca (a semejanza de la zarza de Moisés), no los quemaba ni ofendía: la segunda, que descaeciendo las llamas, vieron el Santo Padre en medio de ellas elevado en el aire, y que pisándolas, poco a poco se fue bajando sin traer lesión en persona, ni olor de fuego en sus hábitos, viniéndose alegre hacia los religiosos, y dejando en todo el sitio ahogado el fuego y sus autores.

Mucho edificó el siervo de Dios a toda la Iglesia con la santidad y virtudes de su santa vida; pero nada menos la enseñó con su mística y justísima doctrina. Y porque en esta soledad de la Peñuela le dio la última mano a sus escritos, daremos aquí noticia de ellos. Muchos religiosos y religiosas de la orden, admirando su celestial magisterio místico, le rogaron se los dejase escritos para bien de muchas almas. Rendido a las instancias, escribió los libros siguientes: el primero, Subida del Monte Carmelo: el segundo, Noche obscura: el tercero, Cántico Espiritual; y el cuarto, Llama de Amor Viva. Se trasladaron después en varias lenguas, imprimiéndolos en latín el P. Fr. Andrés de Jesús, natural de Polonia, y de la misma orden, añadiendo otros cuatro tratados menores: el primero, Cautelas espirituales contra los tres enemigos del alma: el segundo, Cartas a diferentes personas: el tercero, Sentenciario Espiritual; y el cuarto, Devotas Poesías. Y aunque es ya muy conocida y pública la alteza y utilidad de esta doctrina; dejando los muchos elogios que de ella escribieron las mejores plumas, solo referiré el que los Cardenales Torres y Deti, para despachar los remisoriales para la canonización del Santo Padre, hicieron en esta forma: «Escribió libros de teología mística, llenos de celestial sabiduría, los cuales andan divulgados en diferentes reinos con tan sublime y admirable estilo, que juzgan todos no ser ciencia adquirida con ingenio humano, sino revelada e infundida del Cielo. Es su lección muy provechosa para discernir las revelaciones verdaderas de las falsas, y esforzar las almas en el camino y vida de la perfección. Por lo cual los que leen estos libros comparan su doctrina con la de San Dionisio Areopagita.»

Y el señor Cardenal Ginetti refiere a la sagrada congregación el dicho del doctísimo y venerable P. M. Fr. Juan Bautista Lezana, carmelita observante, a quien se había remitido la revisión de dichos libros por estas palabras: «La revisión de los opúsculos del siervo de Dios, Juan de la Cruz, según la forma de los nuevos decretos que me encomendó la sagrada congregación, fue remitida al P. Fr. Juan Bautista Lesana, carmelita, uno de los consultores de esta sagrada congregación: por cuya relación, que presentó en escrito, consta; que en dichos opúsculos no se halla cosa contra la fe y buenas costumbres, ni contienen doctrina nueva, ni peregrina, ni ajena del común sentir y costumbre de la Iglesia; sino antes más doctrina tan altamente sublime, que apenas se podía hallar otra más levantada, si no es en los códices sagrados.» Todo esto se dice de los libros del Santo Padre: y nadie que los lea con humilde y verdadero deseo de aprovecharse de su doctrina lo extrañará; porque experimentará los admirables frutos que causa en las almas en el total desasimiento de las criaturas, y buscar y hallar al Creador.

Se iba el Santo acercando a la corona de sus méritos: y para que fuese más preciosa, la labró el Señor nuevas piedras de penas y dolores en su última enfermedad. Le envió unas calenturas, que presto le derribaron en la cama, y originándose de ellas una grande inflamación a la pierna derecha, puso a todos en cuidado. Avisado el padre provincial, al punto envió orden para que se fuese a curar a Baeza o a Úbeda, y mandó al padre prior que luego lo ejecutase y cuidase mucho del enfermo. Instaba el prior se fuese al colegio de Baeza, por ser casa más acomodada y el rector muy hijo del santo padre, y no al convento de Úbeda, nuevo y mal acomodado, y cuyo prior estaba adverso al Santo Padre por haberle mortificado algunas demasías. Mas como él deseaba padecer, y halló en Úbeda la ocasión: eligió el ir a aquella casa, en donde había de padecer más y era menos conocido. Con el movimiento del camino creció la inflamación e iba con notable fatiga. Llegando al puente del río Guadalimar, le dijo el hermano: A la sombra de este puente podrá vuestra reverencia descansar un rato y comer un bocado. Sí, descansaré (respondió el enfermo), porque llevo necesidad: pero tratar de comer es excusado, porque tengo total inapetencia. Replicó el hermano: ¿Es posible que nada apetece vuestra reverencia? A que respondió: Sola una, que son unos espárragos; pero en este tiempo (era a fin de setiembre) no es posible hallarlos. Estando el compañero en esta aflicción, y mirando al río, vieron los dos dentro de él una peñuela, y encima de ella un manojo de espárragos muy frescos, atados con un mimbre. Los sacó el hermano: los admiró el Santo, y por mucho que procuró disimular la maravilla, no pudo negar había sido milagrosa.

Llegado a Úbeda, fue recibido del prior con poco agrado, y con mucho de los demás. Pero el camino de suerte agravó la enfermedad, que el humor, bajando a la pierna, al otro día reventó por cinco bocas en forma de cruz, dejando la mayor sobre el empeine del pie. De todas salía tanta materia que llenaba las escudillas, y cundiendo por todo el cuerpo hizo en él balsas de humor corrompido, particularmente en ambas pantorrillas. Este accidente y continua calentura le causaron tal flaqueza que no se podía rodear en la cama, si no es asiéndose de una soga, y ayudado de los enfermeros. A su rigor excedía su paciencia, y a todo la que mostró en lo recio de su cura. Le abrieron desde el empeine del pie hacia arriba por la espinilla más de una cuarta, de modo que se le descubrió la canilla de la pierna, con tal tolerancia en el enfermo, que admiró al cirujano, a quien después dijo con alegre serenidad: Si es menester cortar más, córtese muy enhorabuena, y hágase la voluntad de mi señor Jesucristo; que yo estoy dispuesto para lo que Su Majestad mandare y ordenare de mí. A este dolor del cuerpo se recreció a este segundo Job el desagrado del prior. Sus visitas eran de juez, sus palabras de apasionado y sus obras tan de miserable, que no solo no le daba más que un poco de carnero, sino que prohibía que de fuera le regalasen, diciendo que bastaba el tomar carne para la enfermedad que tenía. Finalmente, por saber que esta sequedad la sentían y censuraban los religiosos, mandó que ninguno entrase en su celda, echando la llave a su rigor y el Santo a su sufrimiento. No pudo tan ejemplar paciencia y santidad conocida estar oculta mucho tiempo: la publicaron cirujanos y religiosos, con que se movieron muchas personas devotas a acudir al enfermo. Unas le enviaban regalos, otras hilas y lienzos, y otras se encargaron de lavar los paños y vendas. Ya los religiosos habían avisado al padre provincial, que vino a toda prisa, e informado del estado de la enfermedad y sequedad del prior, después de haberle reñido ásperamente, dijo: Abran, padres, esas puertas para que no solo los religiosos, sino los seglares entren a ver este espectáculo de santidad, y queden admirados con su admirable paciencia. Trueno y rayo fueron estas palabras del celo y caridad del venerable provincial, que juntamente atemorizaron y alumbraron al prior, el cual comenzó a venerar al que antes perseguía; y postrado a sus pies, no solo le pidió muchas veces perdón, sino ejecutó sus consejos, y en adelante predicó sus alabanzas. Queriéndole dar algún alivio, dispuso (rehusándolo el enfermo) un rato de música, y en tanto que duró, estuvo el Santo tan suspenso, que vuelto en sí, y preguntado qué le había parecido de la música, respondió: No la oí, porque otra mejor me ha ocupado en este tiempo. Empezaba ya a gustar la del Cielo, de la cual añadió: Satiabor, cum apparuerit gloria tua.

Con otras maravillas acreditó aquí Dios la santidad de Su siervo. La materia que salía de las llagas era tan diferente de las demás que no solo no olía, sino que sabía bien. Tomando el enfermero una porcelana llena de la sangre y materia que salió cuando le abrieron la pierna, viendo cuán bien olía, dijo: Ésta no es materia; y bebiendo dos tragos de ella, se le quitó un dolor de cabeza que padecía. Encontrando otro religioso una escudilla de la misma materia, juzgando por su buen color y olor ser alguna salsa regalada, se la bebió toda con buen gusto. Las señoras que lavaban las vendas y paños que servían al Santo Padre, testificaron que tenían un olor celestial, y que su tacto les causaba interior consuelo. Les llevaron una vez con la ropa del Santo Padre la de otro enfermo, y luego con el olor conocieron no ser toda del Santo, y por el diferente olor pudieron apartar la una de la otra. También sucedió a muchas de estas personas, que buscando en sus casas algunas cosas de regalo para sí, no las hallaban; y cuando las buscaban para regalar al santo enfermo, luego se les venían a las manos, cuidando Dios del alivio y asistencia de su fiel amigo con tan singulares providencias.

Dos meses y ocho días habían pasado, cuando creciendo la enfermedad, desconfiaron todos de la vida del enfermo. La víspera de la Concepción, que cayó en sábado, mandó el médico le diesen el viático: y alegre el Santo con la nueva, dijo: Laetaus sum in his, quae dicta sunt miki: in domun Dómini ibimus. Mas como sabía mejor que el médico, no solo el día sino también la hora en que había de morir, dijo, que se difiriese hasta su tiempo. El jueves siguiente lo pidió diciendo no duraría mucho. Le pidieron les repartiese sus alhajas, que eran hábito, rosario, breviario y correa; y respondió: Yo soy pobre; esa acción es del prelado: al cual pidió de limosna un hábito y un poco de tierra en que enterrarse, perdón de los enfados de la enfermedad, y a los demás de los descuidos que había tenido, siendo súbdito y prelado. Animándolos a todos a la observancia de su profesión, le interrumpieron las lágrimas. Viernes 13 de diciembre, día de Santa Lucía, pregunto qué día era: y sabiendo que viernes; ya no preguntó más por el día sino por las horas: y como le pidiesen la causa, añadió: Helo preguntado; porque, gloria a mi Dios, tengo de ir esta noche a cantar maitines al Cielo.

Llegándose después el venerable provincial, quiso alentarle acordándole lo que había trabajado por la reforma: mas el humilde Padre tapándose los oídos con ambas manos, le dijo: No me acuerde vuestra reverencia sino mis muchas culpas y pecados; y solo tengo para satisfacer por ellos, la Sangre y merecimientos de Jesucristo. A las cinco de la tarde recibió la extremaunción: a las nueve, habiendo preguntado y sabido qué hora era: exclamó: ¡Qué aún me faltan tres horas!, añadiendo: Incolatus meus prolongatus est. A las once y media pidió llamasen al padre provincial y a todos los religiosos. Habiendo acudido, se hincaron todos de rodillas, y le suplicaron les echase su bendición; pues les dejaba con su ausencia tan desconsolados. Se excusaba el Santo, pidiendo al padre provincial se la echase su reverendísima, pues era prelado de todos. Al final ruego del provincial y lágrimas de todos, se hubo de rendir, y les echó su bendición: después de esto pidió le leyesen algo del libro de los Cantares: y en el punto de las doce, le rodeó un globo grande de luz como de fuego resplandeciente, cuya claridad ofuscaba unas veinte luces que ardían en el altar y celda. En medio de la celestial llama se veía estar como ardiendo aquel abrasado serafín. A esta sazón dio el reloj las doce; y sonando la campana del convento, preguntó, qué tañían. Respondiéndole que a maitines, pasó mansa y amorosamente los ojos por los presentes y por despedida les dijo: Al cielo me voy a cantarlos: y poniendo sus benditos labios a los pies del Crucifijo, y diciendo: In manus tuas commendo spiritum meum, cerrando la boca y los ojos, se lo entregó dulcemente, sábado a la misma hora que había dicho, 14 de diciembre del año 1591, a los cuarenta y nueve de su edad, y veinte y ocho de religión, habiendo vivido los cinco primeros en la Observancia, y los veinte y tres en la Reforma: a la cual, habiendo sido el primero de ella, vio en sus días dilatada en España y en las Indias en seis provincias, y con vicario general propio de la familia.

No dilató el Señor el dar testimonios de la gloria de Su siervo. En expirando, se sintió por todo el convento una celestial fragancia: su rostro quedó muy hermoso y sonroseado. Aunque llovía y bacía mucho frío, acudió luego tanta gente, que se hubieron de flanquear las puertas del convento a la una de la noche; y llegándose todos a besarle las manos y los pies, se tenía por dichoso el que podía alcanzar alguna reliquia suya. Entre otros llegó un carpintero llamado Iruela, pidiendo a grandes voces lo dejasen ver  al Santo; porque en aquel punto le había librado de un grande peligro de cuerpo y alma. A más de estos en expirando se apareció a su grande bienhechora doña Clara de Benavides y a Luisa de la Torre, mujer de gran de virtud, que arrebatada en espíritu le vio con el rostro muy resplandeciente, que sustentaba sobre sus hombros aquel convento de Úbeda. En Segovia apareció a Beatriz del Sacramento, religiosa de su orden, con el hábito chapeado de joyas de oro y sembrado de estrellas, con una hermosísima corona en la cabeza; y la dejó del todo sana, estando antes tullida. En la misma ciudad de Úbeda, años después obró una singular maravilla. Por mayo habiéndose formado una terrible tempestad y nublado formidable, y acudiendo muchos a implorar su patrocinio, fue visto a la luz de los relámpagos con su hábito de carmelita descalzo, que luchando con las nubes, las deshizo y apartó de los términos de la ciudad.

Al entierro acudieron sin haberles convidado, así el Clero, religiones y caballeros, como de los demás, tanta multitud, que no cabían en el convento ni en la calle. Con harto trabajo le sacaron a la iglesia, donde sin poderlo remediar, le cortaron muchos de sus hábitos. El P. Fr. Domingo de Sotomayor, hallándose presente, intentó su devoción corlarle un dedo; y retirando el Santo la mano, le cayó encima desmayado. Llegando a besar el pie un religioso de otra religión, con los dientes le arrancó una uña.

Le enterraron entonces en tierra; pero el cielo dio bastantes muestras de que merecía más glorioso sepulcro, con las luces que se vieron salir de la sepultura. A los nueve meses se descubrió el santo cuerpo, y luego se percibió una grande fragancia, y hallaron el cuerpo entero y fresco: quisieron corlarle un dedo; y al punto salió sangre, como si estuviera vivo. Al año siguiente fue trasladado secretamente a Segovia; pero cuando Úbeda lo supo, sintió tanto el despojo, que negoció breve de Clemente VIII, año de 1596, para que se le restituyese. Los prelados de la religión, para excusar competencias entre tan ilustres ciudades, lo compusieron dividiendo entre ellas el santo cuerpo; a Úbeda le cupo un brazo y las dos piernas; y a Segovia la cabeza con lo restante.

Tumba de San Juan de la Cruz en el Convento de Segovia, España.

Prosiguiendo después el Santo en hacer muchos milagros y prodigios, dando especialmente salud a muchos enfermos ya desahuciados, y hechas las debidas informaciones y procesos, a los 6 de octubre de 1674 la santidad de Clemente X mandó se publicase el decreto de su beatificación, como se hizo: y reducida después dicha beatificación en forma de bula, la despachó su santidad el año siguiente de 75, a 25 de enero. Fue después canonizado a 27 de diciembre del año de 1726 por la santidad de Benedicto XIII, de la sagrada orden de Santo Domingo: y a 22 de marzo de 1732 la santidad de Clemente XI concedió por toda su religión rezo y misa, todo propio del santo con rito de primera clase y con octava; trasladando o anticipando el día de su fiesta, y mandando que de allí en adelante se celebrase el día 24 de noviembre, así como antes se celebraba a los 14 de diciembre, día en que murió el Santo: lo cual se hizo para que se pudiese rezar con octava; porque desde el día 17 de diciembre basta el día de Navidad, según las rúbricas del breviario romano, deben cesar todas las octavas.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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11 de Diciembre: Madre Santa Maravillas de Jesús (1891-1974)

11 de Diciembre
Año: 1926 / Lugar: CERRO DE LOS ÁNGELES-MADRID, España
Revelaciones del Corazón de Jesús sobre el Cerro de los Ángeles
Vidente: Madre Santa Maravillas de Jesús (1891-1974)



Datos Biográficos de la Madre Santa Maravillas de Jesús

María Maravillas Pidal y Chico de Guzmán nació en Madrid, el 4 de noviembre de 1891, y murió 11 de diciembre de 1974, en el Convento de La Aldehuela de Getafe. Al entrar en la vida religiosa tomó el nombre de Maravillas de Jesús. Fue canonizada por la Iglesia Católica en 2003, es considerada una de las grandes místicas del siglo XX.

Hizo sus votos religiosos en el año 1921. En 1923, por inspiración Divina tomó la decisión de fundar un convento de Carmelitas Descalzas en Getafe, en el Cerro de los Ángeles, junto al monumento levantado en el centro geográfico de España. El Obispo de Madrid-Alcalá, Leopoldo Eijo y Garay, acogió con entusiasmo la idea y en 1924 la Hermana Maravillas y otras tres monjas carmelitas de El Escorial se instalaron provisionalmente en una casa de Getafe para atender desde allí la edificación del convento. El 30 de mayo de 1924 hizo su profesión solemne, y en Junio de 1926 fue nombrada priora de la comunidad del Monasterio del Sagrado Corazón y Nuestra Señora de los Ángeles, que fue inaugurado el 31 de Octubre de 1926.

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Revelaciones del Corazón de Jesús a la Madre Maravillas

Tomadas de Laura Lázaro en el video, El Cerro de los Ángeles, Lugar de Gracia

El Cerro de los Ángeles es un lugar de Gracia. Es un lugar emblemático que se encuentra a 14 Km del Sur de Madrid, concretamente en la Diócesis de Getafe. Allí ocurrieron unos hechos que merece la pena que sean contados. Este lugar tiene la presencia del Corazón de Jesús y también del Corazón de María. Ella fue la Precursora y también la que eligió ese sitio para Su Hijo. Satanás odia especialmente este sitio y tiene un interés especial para que sea silenciado. Es por esto que hoy quiero contaros lo que allí aconteció y qué lugar especial es éste.


¿Qué es el Cerro de los Ángeles? ¿Qué ocurrió allí?

En 1919, se elige este lugar, que era centro geográfico de España, para construir un gran monumento al Sagrado corazón de Jesús, y se construye gracias a las aportaciones de miles de españoles por suscripción pública, salvo la Imagen de Jesús que fue una donación privada.

El 30 de Mayo de 1919, ante este monumento, el rey Alfonso XIII Consagra a España al Sagrado corazón de Jesús, con toda solemnidad. La altura del monumento era de 28 mt, contando la figura. Y la figura, solo ella medía 9 mt. El Rey Alfonso XIII leyó de pie la Consagración, con el Santísimo Sacramento expuesto sobre el altar en una custodia de plata de la casa real. Un día de júbilo y de alegría y en muchas ciudades sonaron las campanas de las iglesias al realizarse la Consagración.


Las Carmelitas Descalzas

La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, siempre fue íntima y profundamente vivida por las Carmelitas Descalzas. El Señor tenía grandes designios para este sitio, y a los 4 años que Santa Maravillas se encontraba entonces en el convento de El Escorial, en el Carmelo de El Escorial, empieza a recibir inspiraciones del Señor para que funde un convento en el Cerro de los Ángeles. Estas llamadas las tenía en el coro, en la celda, en el refectorio y en todas partes, y eran insistentes. Ella llegará a decir que el Señor le pedía a gritos esta fundación, con el fin de acompañar al Sagrado Corazón de Jesús en Su soledad y pedir por la salvación de las almas.

El sentido profundo de este Carmelo viene de hecho expresado en un papelito que fue hallado unos meses después de morir la Madre Maravillas. Este papelito dice así, son palabras de Jesús a la Madre Maravillas:

“Aquí quiero que tú y esas otras almas escogidas de Mi Corazón, Me hagáis una Casa en que tenga Mis delicias. Mi Corazón necesita ser consolado y este Carmelo quiero que sea el bálsamo que cure las heridas que Me abren los pecadores. España se salvará por la oración.”

A partir de esta gracia, especial empeño y dedicación tuvo la entonces Hermana Maravillas hasta ver conseguida la importante obra que Jesús le había encomendado. Ella y tres hermanas más formaron la primera comunidad que fue originariamente instalada en Getafe hasta que se terminaron las obras del convento.

Convento de las Carmelitas Descalzas del Sagrado Corazón de Jesús y Nuestra Señora de los Ángeles.

Desde la festividad de Cristo Rey, el 26 de Octubre de 1926, fecha en la que ocuparon el convento, el Sagrado Corazón de Jesús tiene una lámpara que se mantiene siempre encendida, con luz de penitencia y oración. Por estos años empieza a crecer cada vez más la hostilidad hacia la Iglesia Católica. Hay ataques, amenazas, incendios; por tanto, dos hermanas de la comunidad a petición de la Madre Maravillas guardan el monumento por las noches para que no sea profanado o no sea atacado. Llega la Madre Maravillas, en su celo por proteger al Corazón de Jesús, a pedir a Roma que en caso necesario puedan entregar la vida para defenderlo.

El 11 de Mayo de 1931, son incendiados templos, iglesias y conventos en Madrid, y esta situación se empieza a propagar ya por todo el país. Ante esta situación, el Obispo le pide a las Carmelitas Descalzas del Cerro que abandonen ese lugar porque es ya muy peligroso. Ellas obedecen, se dispersan por distintos sitios, se alojan en domicilios de sus familiares, pero en el Cerro de los Ángeles, con permiso del Obispo, se quedan la Madre Maravillas y tres monjas más para proteger el Cerro y dar la vida, si es necesario, por el Corazón de Jesús. Al día siguiente la Madre Maravillas obtiene el permiso del Obispo para que todas las monjas que quieran volver vuelvan al Cerro de los Ángeles, y vuelven absolutamente todas.

La situación progresivamente empeora y en 1934 empiezan ya los primeros mártires antes de estallar la guerra civil, los mártires por ejemplo de Turón.

El 1 de Mayo de 1936, un grupo de mozos intentan asaltar el Cerro de los Ángeles. Llegan, un día y otro, noticias de Sacerdotes apresados o asesinados. Y la Madre Maravillas ofrece la posibilidad a las hermanas de alojarse en domicilios de sus familiares. Todas deciden quedarse donde el Señor las ha reunido.

El 22 de julio los milicianos entran en el convento de las Carmelitas Descalzas y lo registran, pero no encuentran nada. Se las llevan y no saben muy bien qué hacer con ellas. Deciden entre, o bien darles un paseo, —esto de darles un paseo significaba llevarlas a algún sitio y fusilarlas, un sitio oculto, apartado; o bien, llevarlas detenidas a Getafe. Y optan por la segunda acción. Primero son recibidas por las Ursulinas, y finalmente estuvieron alojadas, ocultas en Getafe en un piso, durante la guerra civil.

Pasado un tiempo el Obispo de Madrid las escribe y les solicita, que todas vuelvan de nuevo al Cerro de los Ángeles porque los nacionales están a punto de tomar la ciudad de Madrid. La Madre Maravillas vuelve al Cerro con tres hermanas, primero se aloja en Getafe y desde Getafe va al Cerro para ver en qué situación está. Y la situación es devastadora, está totalmente destruido el monumento del Sagrado Corazón de Jesús.

¿Qué fue lo que ahí ocurrió?

Al inicio de la guerra civil española, el 23 de Julio de 1936, cinco jóvenes que fueron a defender y a guardar el monumento, de posibles atentados, son asesinados. Y cinco días después de este martirio, milicianos del bando republicano llevaron a cabo una ceremonia, por ellos mismos fotografiada, la de fusilar la Imagen del Corazón de Jesús. Intentaron destruir el monumento y la Imagen del Sagrado Corazón de Jesús pero no lo consiguieron por la dureza del material, así que decidieron dinamitarlo. Destruyeron el monumento, destruyeron el convento de las carmelitas descalzas y destruyeron la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, todo quedó devastado.

La prensa afín publicó en portada y en primera página las fotografías de aquel fusilamiento y comentó favorablemente el hecho, lo llamaron desaparición de… El ayuntamiento de Getafe en decisión refrendada por el gobierno de la república, cambió el nombre del Cerro de los Ángeles por el del Cerro Rojo. Y el monumento fue dinamitado pocos días después, el 7 de Agosto de 1936, que casualmente era primer Viernes de mes.

Las Carmelitas inician en seguida las obras de reconstrucción, pero desde cero y de forma, claro, muy despacito. En 1940, el padre Alfonso Torres, un Sacerdote que era un enamorado del Corazón de Jesús, está de ejercicios y paseando por esta zona contempla muy triste todos los escombros. Y mientras está contemplando este panorama piensa en Jesús, en qué pensaría Jesús cuando le estaban destrozando, cuando Él había dado la vida por ellos y amaba a los hombres de manera extrema. En ese momento llevado por una inspiración, sin duda, pone su atención en un gran bloque y a los obreros que están allí les pide que por favor, volteen ese bloque y ante sus ojos ve algo impresionante: el Corazón de Jesús estaba intacto, apenas un pequeño golpe en uno de los lados por el impacto con el suelo, ninguna bala le había alcanzado. Esto se vivió lógicamente como un gran signo, como un gran milagro del Señor, cuando estaba todo completamente destruido.

Este Tesoro se encuentra hoy en el Carmelo del Cerro y lo veneran muchísimo las carmelitas, le llaman la Santa Reliquia. La Madre Maravillas pidió expresamente, que en cada Carmelo fundado por ella, fuera llevado un trocito del antiguo monumento y en él se grabara, se esculpiera la réplica exacta del Corazón.

Reconstrucción del Monumento

Con oración y trabajo van reconstruyendo el monasterio con un gran esfuerzo, las propias monjas han de arreglarse para reedificar el convento con pocas ayudas, pues faltan brazos y también materiales, se carece de todo, pero en cambio las vocaciones empiezan a llegar, y cada vez más fueron muchas las vocaciones en aquel momento.

La Madre, para que sepáis como curiosidad, que dormía unas tres horas, lo hace sentada en el suelo, acostándose sólo en la tarima, es decir en la cama que se usa en las celdas. Esto ya lo venía haciendo desde 1931, a los comienzos de la república.

Terminada la guerra el nuevo régimen da orden de reconstruir el Monumento y de recuperar su nombre original, y dio orden de construir un nuevo Monumento, réplica del anterior, que comenzó a edificarse en 1944 y que fue inaugurado en 1965. La imagen de Jesús del nuevo monumento mide 11,5 mt y su pedestal 26 mt, es decir, es un poco mayor que el anterior.

Como curiosidad el saber que el monumento está situado en lo alto del Cerro y que se puede ver desde muchos km alrededor.

Vista aérea del Cerro de los Ángeles, considerado el centro geográfico de la península Ibérica, con el nuevo Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, réplica del anterior Monumento de 1919.


Fuente:
Apostolado de los Sagrados Corazones Unidos
https://es.wikipedia.org/wiki/Cerro_de_los_%C3%81ngeles
https://es.wikipedia.org/wiki/Maravillas_de_Jes%C3%BAs

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10 de Diciembre: Icono Milagroso El Signo de Nóvgorod, Rusia (1170)

10 de Diciembre 
Año: 1170 / Lugar: NÓVGOROD, Rusia
Icono Milagroso El Signo de Nóvgorod
Milagros



Icono Milagroso El Signo de Nóvgorod

La gran Catedral de Santa Sofía de Nóvgorod, dedicada a la Sabiduría de Dios, fue fundada por el Príncipe Yarosláv el Sabio, su hijo Vladimir y el Obispo Lucas como una iglesia para toda la ciudad. Fue construida de 1045 a 1050 y es la iglesia más antigua de toda Rusia, pero a diferencia de la Sofía de Kiev, su interior no estaba decorado con inscripciones desde el principio. Sólo en 1108 los maestros comenzaron a pintar la iglesia. Antes de eso la pintura consistía de imágenes separadas, como los iconos en las paredes y en los pilares, que fueron descubiertos durante los trabajos de restauración a finales del siglo XIX.

Los anales tienen la leyenda, que la imagen del Salvador al día siguiente tenía el puño cerrado. El mural se había vuelto a pintar por tres veces hasta que al cuarto día desde lo alto escucharon la Voz de Cristo, que pidió dejar la imagen con el puño cerrado, porque mientras Él sostiene en Su Mano Nóvgorod, la ciudad está a salvo. Así orando en la iglesia y dirigiendo su mirada al Cielo, los novgorodienses pudieron ver personalmente la mano que había tenido su destino común.

Icono “El Signo” en la Catedral de Santa Sofía de Nóvgorod, (parte inferior a la derecha).


El Icono Milagroso

En la Catedral de Nóvgorod está guardada la reliquia nacional de Rusia —el icono de la Madre de Dios “El Signo”, que en 1170 defendió la ciudad del príncipe Suzdal cuando por él era atacada. La leyenda se formó posteriormente a base del icono, “Batalla de los novgorodienses contra Suzdal”, que narra sobre el evento.

“Batalla de los novgorodienses contra Suzdal”

Se dice, que en el año 1170 las fuerzas combinadas bajo la dirección del príncipe de Suzdal, se acercaron a los muros de Nóvgorod. Los habitantes de la ciudad no tenían a quién recurrir en busca de ayuda, sino a Dios. Día y noche oraron, pidiendo al Señor que no los abandonara. En la tercera noche, Ilya, Arzobispo de Nóvgorod, oyó una voz hermosa que le indicaba que tomara la Imagen de la Santísima Madre de Dios, para llevarla en procesión por la ciudad. Mientras se llevaba el Icono, el enemigo soltó sobre la procesión una nube de flechas, una de las cuales golpeó el rostro de la Virgen. De Sus ojos comenzaron a fluir Lágrimas y el icono volvió la cara hacia la ciudad. Inmediatamente después de la aparición de esa Señal Divina, los atacantes experimentaron un terror inexplicable y comenzaron a caer uno tras otro. Los habitantes de Nóvgorod, envalentados por Dios, entraron sin miedo en la refriega y salieron victoriosos.

La fe de los novgorodienses era fuerte e inconmovible. La culminación de todo tipo de desastres, así como la liberación de los tártaros en 1238 y la salvación de una pestilencia muy grande en 1391, todo recibía una explicación en Santa Sofía, “La Sabiduría de Dios”.

Santa Sofía: “La Sabiduría de Dios”

Catedral de Santa Sofía de Nóvgorod, Rusia.


Fuente:
https://es.wikipedia.org/wiki/Catedral_de_Santa_Sof%C3%ADa_de_N%C3%B3vgorod
http://www.apariciones.cl/apariciones-por-tema/29-1170-icono-del-signo-de-novgorod-rusia
http://visitnovgorod.es/sights/st_sophia_cathedral.html
http://susiripa.blogspot.com/2014/11/novgorod.html
https://forosdelavirgen.org/14894/nuestra-senora-del-signo-fiesta-ortodoxa-10-de-diciembre/

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8 de Diciembre: Aparición de la Virgen de los Milagros de Caacupé, Paraguay (1603)

8 de Diciembre
Año: 1603 / Lugar: CAACUPÉ, Paraguay
Aparición de la Virgen de los Milagros de Caacupé
Vidente: indígena guaraní, José



Aparición de la Virgen de los Milagros de Caacupé

En Caacupé, la Ciudad de los Milagros, rodeada de colinas, arbustos y una vegetación increíble, dones que la Divina Providencia por Su Bondad ha regalado a estas tierras, surge el Santuario Mariano más importante de Paraguay.

La Imagen de la Virgen de los Milagros de Caacupé fue esculpida por un artista indígena a inicios del siglo XVII, como exvoto hecho por el escultor, debido al milagro de la Virgen ante una situación de grave peligro. 

Antecedentes

Relieve que representa a Fray Luis Bolaños y el Milagro del agua.

La primera población se acomodó en aquella zona alrededor del año 1600. Al final de Diciembre de 1606, Fray Luis Bolaños llegó a esta región habitada por los indios guaraníes. En aquel tiempo el lugar había sido devastado por una terrible sequía que duró 7 años. En Enero de 1607, Fray Luis Bolaños se dirigió al lugar donde ahora surge la Ykuá y se encontró con los indios belicosos, a quienes intentó evangelizar en Nombre de Dios. Los indígenas lo rodearon y en tono amenazante pidieron a Bolaños una prueba de la potencia del Dios del que estaba hablando en Su Nombre, diciendo en guaraní: “Si Dios existe de verdad, queremos ver Sus milagros, veamos si hará surgir agua de aquí o te mataremos con nuestras flechas.”

Frente a la amenaza, Bolaños exploró la tierra con su bastón de leño, después alzó los ojos al cielo para rezar, y dijo: “Muevan esta piedra y el agua saldrá.”

El indígena movió la piedra que Bolaños había tocado con el bastón, el agua comenzó a salir de manera abundante. ¡Los misioneros pudieron salvarse y comenzaron con su misión evangelizadora! Desde aquel momento hasta hoy, el agua ha seguido surgiendo de las entrañas de la tierra, aun durante los períodos de grandes sequías.


Aparición de la Virgen

La historia narra que un indígena de nombre José, se había dirigido hacia el bosque del valle Ytú en búsqueda de comida y madera. Era un indígena guaraní convertido de la misión franciscana de Tobatí. Contó José, que se encontraba en peligro de muerte rodeado por indígenas Mbayaes, tribu que había rechazado la fe cristiana y se había declarado enemiga de los convertidos, y lo perseguía con intención de darle muerte.

Entonces se le apareció la Virgen María, que le dijo: “¡Ka’aguy cupe-pe!” —que traducido significa: “Ve dentro de los arbustos de hierba”, refiriéndose a la Hierba Mate. Allí encontró un tronco grueso donde se podía esconder, agachado y tembloroso, pidiendo protección a la Madre del Cielo, La Inmaculada, a quien los frailes le habían enseñado a amar profundamente.

El indio José talla con la madera del árbol de Mate la estatua de la Virgen.

En ese momento, le promete esculpir, con la madera del árbol protector, una grandiosa Imagen de la Virgen, si le permitía salir de esa situación. Sus perseguidores se fueron sin notar su presencia y el indio escultor, agradecido, apenas regresó a ese lugar, tomó del árbol la madera de la que tenía necesidad para su trabajo.

En seguida los misioneros testimoniaron, que en el lugar de la Aparición surgió una fuente, cuya agua había ayudado a los guaraníes a sobrevivir el calor veraniego.

Del tronco fueron creadas dos esculturas iguales: la más grande para la Iglesia de Tobatí y la más pequeña para el indio, que la conservó para su devoción personal.

 



Las inundaciones

Años más tarde las grandes inundaciones que creó el lago de Ypacaraí, amenazaba con destruir los pueblos de los alrededores; los frailes franciscanos, junto con los habitantes de la región, organizaron intensos grupos de oración para pedir que el agua se calmara.

Se narra que el Padre Luis de Bolaños bendijo el agua, y que éstas comenzaron a entrar hasta llegar a los límites actuales. Regresando la calma, sobre el agua apareció flotando una valija cerrada, que contenía en su interior una Imagen de la Virgen, reconocida por los presentes como la que había tallado el indígena años atrás.

Según la opinión de los críticos de arte, especializados en tallas de madera, la Imagen es una creación artística de belleza supra-terrestre. Desde ese momento la gente la llamó la “Virgen de los Milagros”.

Sucesivamente el indio escultor se estableció junto con su familia en aquellos valles, seguro que la Virgen María lo habría de proteger por siempre. Construyó un humilde oratorio que atraía, como un imán, a los habitantes de los alrededores, quienes juntos le dieron vida a un pueblo autóctono conocido principalmente con el nombre de Ytuensí.

En 1765, la zona ya era notada como el valle de Caacupé y tal costumbre se reforzaba cada vez más hasta el día de la fundación de Caacupé, el 4 de abril de 1770.

En los documentos históricos no se encuentran noticias relativas a la escultura más grande, que se dice fue robada por los salvajes Mbayaes, así como no se revela la suerte del escultor indígena guaraní. Pero aunque nunca se sepa a quién debe la iglesia esa obra de inspiración divina, nuestra fe nos dice que ya está desde hace tiempo compartiendo con nuestra Madre Celestial… Y quién podría negar que no estuviera hoy intercediendo por todos los que van al Santuario a rendir homenaje a la Virgen Inmaculada.

Basílica de la Virgen de los Milagros de Caacupé.


Fuente:
Carlo Acutis: http://www.aparicoesdenossasenhora.org/es/avm/caacupe
https://es.wikipedia.org/wiki/Virgen_de_Caacup%C3%A9

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8 de Diciembre: Apariciones de la Virgen María en Ocotlán, México (1541)

8 de Diciembre
Año: 1541 / Lugar: OCOTLÁN, México
Apariciones de la Virgen María
Vidente: indio Juan Diego Bernardino



Apariciones de la Virgen María en Ocotlán

En el año 1541, una terrible epidemia de peste devastaba el pueblo de la zona de Ocotlán, en México. Un día, el indio Juan Diego, un joven devoto que colaboraba con los religiosos y curaba a los enfermos, subiendo por el occidente de la colina de San Lorenzo, se adentró en un bosque de “ocotes” (pinos) que se encontraba cerca de un precipicio.

Improvisadamente se le aparece la Santísima Virgen, que le dice con gentileza:

“Dios te salve, hijo Mío. ¿Hacia dónde te diriges?”

Juan Diego se sorprendió muchísimo, pero también estaba muy feliz por aquel encuentro. Era muy devoto de la Virgen y se preocupaba por hacer Su altar estuviera siempre lleno de flores. Logró decir:

“Llevo agua del río para mis enfermos que siguen muriendo sin posibilidad de cura”.

La Madre de Dios lo invitó a seguirla:

“Ven Conmigo y te daré otra agua que pondrá fin al contagio y permitirá no solo sanar a todos los enfermos, sino a todos cuantos la beban; porque Mi Corazón, siempre dispuesto a ayudar a los enfermos, no soporta ver tantas desgracias sin hacer nada para ponerle remedio”.

Juan Diego, que conocía bien la zona, no había visto nunca una fuente de agua por allí, pero de igual manera siguió a Nuestra Señora hasta una gruta donde Ella le mostró la fuente de Agua Santa.

“Toma toda el agua que desees, y ten por seguro que al contacto con una gota, aunque sea pequeña, los enfermos no solo sentirán alivio sino que sanarán por completo”.

Juan Diego, obediente, llena su ánfora con el agua milagrosa y sigue su camino hacia su pueblo natal, Xiloxoxtla. Una vez ahí, les da el agua a los enfermos de peste y todos sanaron rápidamente. En seguida se difunde lo sucedido y muchísimas personas se dirigieron al pueblo en búsqueda de curas y para escuchar los testimonios de la Aparición de la Zoapilzin (Señora), la Virgen María.

La Virgen le había dicho a Juan Diego:

“Ordena de Mi parte a los religiosos, de poner una Imagen Mía en este lugar, para representar Mi perfección y también para hacer que a través de ésta Yo pueda conceder Mis gracias y Mi clemencia: deseo que sea colocada en la capilla de San Lorenzo.”

Los religiosos pusieron en discusión lo que había dicho Juan Diego y se dirigieron personalmente al lugar en el cual habían sucedido los hechos. Llegando al lugar cuando era ya de noche, y fueron sorprendidos por el prodigio que contemplaron: los árboles ardían en llamas altísimas sin consumirse. De aquí se deriva el nombre de Ocotlán, que es la unión de dos palabras en lengua Náhuatl: “ocotl” (ocote o pino) y “tlatla” (arder). Es decir Ocotlán, el pino que arde.

La atención de los presentes fue dirigida en particular a un gran pino sobre el cual se apoyó una señal de reconocimiento antes de regresar al convento. Al día siguiente, tomaron y abrieron con un hacha el pino indicado. Con gran sorpresa descubrieron que el corazón del árbol estaba constituido por una bella escultura que representaba a la Virgen Inmaculada.

La multitud en fiesta, junto con los religiosos, transportaron sobre la espalda la Imagen hasta la capilla de San Lorenzo, cerca de 500 metros arriba, en la cima de la colina. La Imagen fue colocada en el trono ocupado por San Lorenzo Mártir. Se narra que el sacristán, molesto porque habían cambiado de lugar a San Lorenzo, quitó en dos ocasiones a la Virgen Madre del trono, para colocar de nuevo a San Lorenzo. Y cada vez, durante la noche, alguno volvía a poner a la Virgen en el trono. El sacristán entonces quitó a la Virgen por tercera ocasión y colocó de nuevo a San Lorenzo en su lugar. Esta vez puso la Imagen en un baúl sobre el cual se echó a dormir para evitar que la estatua fuera regresada al trono. Fue enorme su sorpresa cuando vio llegar a los mismos Ángeles para tomar a la Reina del Cielo y regresarla al trono de manera milagrosa. La Virgen quería quedarse con Sus hijos y estamos seguros que San Lorenzo, como tantos otros Santos, fue feliz al cederle su lugar que bien le corresponde por el hecho de ser la Madre de Dios.



Fuente de Agua Santa en la Capilla del Pocito.


Más tarde la capilla de San Lorenzo fue sustituida por la elegantísima Basílica de Nuestra Señora de Ocotlán. Los cimientos de la Basílica actual fueron colocados el 13 de enero de 1687. Desde entonces, la Madre continúa recibiendo a Sus hijos para hacerlos entrar en el Corazón de Jesús y de Su Iglesia.

La estatua milagrosa de Nuestra Señora de Ocotlán encontrada dentro del árbol.

La fachada del Altar mayor tiene en el centro a la Virgen Inmaculada, la Mujer del Apocalipsis (12:1). La Virgen apoya sus pies sobre tres globos terrestres que San Francisco sostiene de rodillas. Los globos representan a los religiosos franciscanos, las clarisas y la Orden Terciaria de laicos. La Virgen está rodeada por los siete Arcángeles (San Miguel a lo alto). A la derecha de la puerta principal se encuentra San Ambrosio y sobre él, San Jerónimo. A la izquierda de la puerta se encuentra San Agustín y sobre él, San Gregorio. Se trata de cuatro teólogos que han escrito sus obras inspirados por la Virgen. Los 12 Apóstoles están representados en grupos de tres en cada columna, para simbolizar el hecho que son los pilares de la Iglesia. También vemos en la fachada muchas frutas: Jesús es fruto del vientre de María Santísima y todos los que entran son llamados a recibir muchos frutos espirituales.

Basílica de Nuestra Señora de Ocotlán.


Fuente:
Carlo Acutis: http://www.aparicoesdenossasenhora.org/es/avm/home
https://www.corazones.org/lugares/latino_a/mexico/ocotlan/ocotlan.htm

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1° de Julio: Reliquia de la Preciosísima Sangre de Jesús en Neuvy-Saint-Sépulcre, Francia (1257)

Lunes de Pascua – 1° de Julio 
Año: 1257 / Basílica de San Esteban, NEUVY SAINT SÉPULCRE, Francia
Reliquia de la Preciosísima Sangre de Jesús



Reliquia de la Preciosísima Sangre de Jesús

En la iglesia de Neuvy-Saint-Sépulcre se conservan dos gotas de Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, recogidas en el Calvario en el momento de la Pasión. El Cardenal Eudes, regresando de Tierra Santa las llevó a Francia en 1257.

Esta Reliquia, es decir, la Sangre coagulada y pura, porque no está mezclada con agua o tierra, se conserva desde 1257 en esta iglesia, que fue edificada en la primera mitad del año mil siguiendo el modelo del Santo Sepulcro de Jerusalén.

Para rendir honores a la Santa Reliquia de la Preciosísima Sangre de Jesús, se concedieron numerosas indulgencias. En 1621, el Arzobispo de Bruges, André Frémiot, fundó la Cofradía de la Preciosísima Sangre con el fin de promover el culto. Dos años después, el Papa Gregorio XV, concedió nuevas indulgencias a los devotos de la Santa Sangre.

Cada lunes de Pascua y el primero de Julio de cada año se celebran Misas solemnes y procesiones para adorar y honrar la Sagrada Reliquia. Son muchas las gracias que han sido atribuidas a la invocación a la Santa Sangre de Neuvy-Saint-Sépulcre.

Basílica de San Esteban, Neuvy-Saint-Sépulcre, fundada en 1049. Allí se custodia la preciosa Reliquia de la Santa Sangre de Jesús.


Fuente:
Larochelle-Neuvy-spanish

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“Ustedes son Mi esperanza, ustedes que intentan amar sinceramente a Mi Hijo.”

Medjugorje, Bosnia-Herzegovina
Mensajes de la Reina de la Paz

Mensaje, 25 de Noviembre de 2018
Vidente Marija

“Queridos hijos, éste es un tiempo de gracia y de oración, un tiempo de espera y de donación. Dios se da a ustedes para que lo amen por encima de todo. Por eso, hijitos, abran sus corazones y sus familias para hacer que esta espera se convierta en oración y amor, y especialmente en donación. Yo estoy con ustedes, hijitos, y los exhorto a no renunciar al bien, porque los frutos se ven y se escuchan a lo lejos. Por eso el enemigo está enojado y utiliza todo para alejarlos de la oración.

Gracias por haber respondido a Mi llamado.”


Mensaje, 2 de Diciembre de 2018
Vidente Mirjana

“Queridos hijos, cuando vienen a Mí, como a una Madre, con un corazón puro y abierto, sepan que los escucho, los aliento, los consuelo y, sobre todo, intercedo por ustedes ante Mi Hijo. Sé que desean tener una fe fuerte y manifestarla de la manera correcta. Lo que Mi Hijo les pide es una fe sincera, fuerte y profunda; en consecuencia, de cualquier manera que la manifiesten es válida. La fe es un secreto maravilloso que se guarda en el corazón. Ella se halla entre el Padre Celestial y todos Sus hijos, se reconoce por los frutos y por el amor que se tiene hacia todas las criaturas de Dios.

Apóstoles de Mi amor, hijos Míos, confíen en Mi Hijo. Ayuden a todos Mis hijos a que conozcan Su amor. Ustedes son Mi esperanza, ustedes que intentan amar sinceramente a Mi Hijo. En el nombre del amor, por la salvación de ustedes, según la voluntad del Padre Celestial y por Mi Hijo, estoy aquí entre ustedes. Apóstoles de Ni amor, que sus corazones, con la oración y el sacrificio, sean iluminados por el amor y la luz de Mi Hijo. Que esa luz y ese amor iluminen a todos los que encuentran, y los haga regresar a Mi Hijo. Yo estoy con ustedes. De manera especial, estoy con sus Pastores. Los ilumino y los animo con Mi amor maternal para que, con sus manos bendecidas por Mi Hijo, bendigan al mundo entero.

¡Les doy las gracias!”


Fuente:
https://rosasparalagospa.com/

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Día de Pascua: Milagro Eucarístico de DOUAI, Francia (1254)

Día de Pascua 
Año: 1254 / Lugar: Colegiata de San Pedro, DOUAI, Francia
Milagro Eucarístico

Custodia con la Reliquia de la Hostia Milagrosa.



Milagro eucarístico de Douai

El Milagro eucarístico de Douai se manifestó en el momento en el que un Sacerdote distribuía la Comunión a los fieles. Accidentalmente, dejó caer una Hostia consagrada. Inclinándose para recogerla, ésta se elevó sola hasta posarse en el purificador. Luego, en vez de ella, apareció un espléndido Niño que fue contemplado por todos los fieles y religiosos presentes en la celebración. A pesar de que son ya más de 800 años desde que ocurrió el Milagro, aún hoy es posible admirar la Hostia del Milagro. Todos los jueves del mes, en la iglesia de San Pedro de Douai, se reúnen numerosos fieles en un ambiente de oración delante de la Hostia Prodigiosa.

Bonum universale de Apibus es el título de una obra escrita por uno de los testimonios oculares del Milagro, el padre dominico Tomás de Cantimpré, doctor en teología y Obispo sufragáneo de Cambrai. El día de Pascua del año 1254, en la iglesia de San Amado, en Douai, un Sacerdote estaba distribuyendo la Comunión. Y mientras lo hacía, cayó accidentalmente de sus manos una Hostia. Pero, mientras se inclinaba para recogerla, ésta se elevó por sí sola, posándose finalmente en el purificador. Luego, en vez de la Hostia, apareció la imagen de un espléndido Niño que pudo ser contemplado por todos los fieles y religiosos presentes en la celebración. La noticia se propagó velozmente. El Obispo de Cambrai, Tomás de Cantimpré, se dirigió inmediatamente a Douai para constatar personalmente los hechos.

Él mismo describe así: “Me dirigí hacia el decano de la Iglesia, seguido por muchos fieles, y le pedí ver el Milagro. El decano abrió la caja donde había depositado la Hostia del Milagro. Viéndola, al principio no noté nada en particular. Sin embargo, era consciente que nada me podía impedir ver como los otros el Sagrado Cuerpo. No tuve siquiera el tiempo de hacerme preguntas al respecto cuando mirándola de nuevo noté el Rostro de Cristo coronado de espinas con dos gotas de Sangre que le caían de la frente. Entonces, me arrodillé inmediatamente y llorando comencé a dar gracias a Dios”.

Se sabe que en el año 1356, es decir, un siglo después de la aparición, se celebraba anualmente, en el miércoles de Pascua, una fiesta en memoria del Milagro del Santísimo Sacramento. El documento que nos recuerda el Milagro indica que esta usanza existía ya desde hace tiempo. La preciosa Reliquia del Milagro fue conservada y honrada hasta la Revolución. Luego, se perdió todo rastro. En octubre de 1854, el párroco de la iglesia de San Pierre en Douai, descubrió casualmente una pequeña caja de madera bajo el Cristo del altar de los difuntos. Allí se encontraba la pequeña Hostia, aún blanca pero dañada en los bordes.

Una carta escrita en latín decía: “Yo, el que escribe, canónigo de la insigne iglesia colegial de San Amado, doy fe que ésta es realmente la verdadera Hostia del Santo Milagro que yo he rescatado ante el peligro inminente de la profanación y que felizmente la he conservado. La he conservado en esta píside y he dejado este testimonio escrito de mi propio puño y letra para los fieles que la descubrirán en un futuro próximo (5 de enero de 1793)”.

Altar Mayor, La Gloria en el Tabernáculo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Colegiata de San Pedro, Douai, Francia.


Fuente:
Douai-spanish

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“No te vayas lejos de Mí, hijo de Mi Alma, porque te perderás y no podrás encontrar el camino de vuelta”

La vidente Isabel recibe Locuciones de Nuestro Señor Jesucristo respaldadas por su director espiritual y publicadas en el sitio: http://elpastorsupremo.es/

MENSAJE 54
2 DE DICIEMBRE, 2018

Aquí estoy, aquí vengo, ¡oh Israel de Mis entrañas!, por ti he muerto en la Cruz[1], por ti bajé del cielo[2], pero no reconoces Mi venida[3].

Vuelvo y volveré a estar ante ti, ante tus ojos, tu corazón se llenará de Mí, y tus ojos mirarán al que es Rey[4]y tres veces Santo[5]. ¡Oh, Jerusalén de Mis entrañas!, vuelvo y volveré[6]por ti, por tu amor.

Días vendrán, ¡oh Jerusalén!, que el niño llorará y nadie podrá consolar su dolor, y el anciano se llenará de la tristeza de su juventud perdida, de sus años perdidos en balde, de sus años olvidados en su memoria, de tanto bien como dejó de hacer y tanto mal como hizo[7].

¡Oh, hijos de Mis entrañas!, cuánto dolor sentiréis al volver la vista atrás, y ver vuestra vida inútil y vacía tantas veces, sin el sentido que hubiera dado la Gracia y el Amor de Dios a vuestros años.

El niño llorará con el desconsuelo de la soledad y del amor perdido, pues nadie tenderá la mano a nadie, y el egoísmo reinará en vuestras casas y en vuestros corazones[8], porque la desolación de un mundo vacío de amor y lleno de dolor estará ante vuestros ojos.

¿Qué haces, pueblo Mío, que no buscas la Luz de la Gloria de Dios, la Gracia en tu vida, el Amor en tu corazón? Un día os lamentaréis de haber vivido como pobres ovejas sin pastor[9], sin redil donde descansar, sin escuchar el silbo de Amor de vuestro Buen Pastor[10], sin la paz de las praderas verdes[11]y el descanso bajo el cielo azul, porque buscasteis por caminos tenebrosos y llenos de maldad y negrura; ése fue vuestro camino y no os cansasteis de caminar por él; seguisteis por él día tras día y nada os importó Mis llamadas de Amor a salir de él, y venir a Mis dulces pastos de Amor, donde corre el agua fresca y la sombra cobija en las horas de calor, donde vuestro Buen Pastor os hubiera cargado sobre sus hombros y acariciado vuestros rostros, enjugado vuestras lágrimas[12]y sonreído a vuestro lado; no, no preferisteis Mis pastos de Amor y de Paz, y elegisteis vuestros propios caminos, caminos de perdición que os llevan, y os llevarán al infierno, si no ponéis freno a vuestra vida desenfrenada y entregada a todo lo que es de este mundo[13].

¡Oh, Israel!, en esta tarde[14]Me dirijo a ti, porque quiero llegar a tu corazón, quiero vivir en él[15], reinar en él y que seas Mío; Mío para siempre, para toda la eternidad.

No huyas de tu Dios y tu Salvador, no huyas de Mí, pequeño[16]de Mi Alma, que soy tu Buen Pastor y te haré recostar en verdes praderas y te miraré con todo Mi Amor.

El tiempo de la desolación[17]se acerca a vuestras vidas, y el Evangelio se cumplirá en este tiempo, pero no lo creéis y vivís enajenados de la verdad, del bien y de la verdad.

¡Oh, pueblo Mío!, aquí estoy para hacerte llegar Mis Palabras de Amor; escucha, hijo; escúchame por compasión, porque el tiempo está llamando a tu puerta, el tiempo de la desolación, de la purificación de este mundo. Este mundo será purificado, como lejía de lavandero[18]correrá por sus calles y plazas, y todo será purificado, lavadas sus manchas de pecado, de error y de confusión, de la perversión de este mundo; será purificado su corazón, sus manchas de pecado, de idolatría[19], de falta de fe en su Dios y Salvador.

El tiempo se acerca, el tiempo de la desolación está a tu puerta, hijo, prepárate, cíñete el flanco, apriétate tu cinturón, cálzate las sandalias, y ven, ven a Mi ejército de Amor, el de los pobres y lisiados[20], pero de ardiente corazón por su Señor y Salvador, vienen tras de Mí[21], Me siguen sin vacilar, sus ojos están puestos en Mí[22]y no Me dejan de mirar, son felices en Mi Amor, casi tocan Mi manto de lo cerca que quieren estar siempre de Mí. ¡Oh, hijos!, que vuestro sueño, vuestro anhelo sea tocar Mi manto[23]y Yo Me volveré, y te miraré y sabré que has sido tú, y te bendeciré por tu amor y tu fe.

¡Oh, Israel!, que tienes a tu Dios tan cerca de ti, que te ama sin cesar, que murió por ti en la Cruz y ora por ti al Padre[24].

Ven, hijo, ven, ven a Mí que te daré un Reino de Amor y ya en esta vida llenaré tu alma del calor de Mi Gracia, de la sabiduría de Mi Palabra[25], de la Luz que alumbra las tinieblas[26]de la noche.

Ven y no te dejes engañar por los que hablan en este mundo de amor, y nunca lo han conocido, porque el amor es entrega, sacrificio y martirio.

Mírame en la Cruz, es la expresión máxima del amor[27]y ¿qué ves en ella?

Obediencia[28]y Amor hasta el martirio; ése es el camino que he elegido para ti, pues fue el Mío, y te digo: “Sígueme[29], ven tras de Mis pasos y no te alejes de Mi caminar, pues en él estoy y siempre Me encontrarás.”

¡Oh, hijos de Mi Alma!, cuánto os amo y no os dejo de mirar, pero el león rugiente[30]está entre vosotros y quiere perderos, alejaros de Mí; no se lo permitáis, acercándoos cada día y con frecuencia a Mis Sacramentos de Amor, los que dejé en este mundo para vuestra salvación y santificación.

No te vayas lejos de Mí, hijo de Mi Alma, porque te perderás y no podrás encontrar el camino de vuelta y llorarás perdido y sin rumbo, desconsolado, fatigado de tanto caminar perdido, sin encontrar tu hogar, tu calor, tu amor.

Fija tus ojos en tu Salvador, mira la Cruz, mira Mis heridas[31], fueron por ti, por tu amor, y aún sangran de dolor cuando te vas por caminos de pecado que te alejan de Mí.

Escúchame, hijo, pon atención a tu Dios y tu Salvador que hoy te habla: Ven, hijo, ven a Mis praderas de Amor y recostado en Mi pecho[32]descansa, descansa del dolor y del sufrimiento de este mundo, ampárate bajo Mi cayado de la serpiente infernal, ahí no podrá alcanzarte porque estás en Mis brazos de Amor y Yo te defenderé del enemigo cruel, pero si estás solo y perdido la serpiente te tragará y no tendrás solución.

Ahora es el tiempo, el tiempo del amor, del perdón, de la reflexión en el silencio de vuestro cuarto donde reina el silencio y la paz, lejos del bullicio de la vida y de tantas conversaciones, de las opiniones de los demás que tanto os confunden y no os dejan caminar, alejaos de todo y cerrad la puerta de vuestra habitación y allí invocad al Dios del cielo y presentaos ante Mí, quedaos Conmigo, y os haré ver la realidad de vuestra vida, el momento presente de vuestra vida, tendréis una luz nueva, una Luz que os asistirá y veréis vuestra vida como Yo, Jesús, la veo, y os asistiré con la Fuerza de Mi Santo Espíritu[33]para caminar a Mi lado, en Mi ejército de Amor, nada os importará ya tanto que Me dejéis, presa de la confusión y el error, sino que como fuertes soldados avanzaréis decididos y llenos de fortaleza por el camino de vuestro Salvador; pero antes debéis limpiar vuestro pecado, que no os deja acercaros a Mí en el silencio de la oración.

Una vez más, hijos, una vez más os digo: “Escuchad Mis Palabras, y un día os alegraréis de haberlas puesto en práctica”.

Un cielo nuevo y una tierra nueva[34], un nuevo sol iluminará esta tierra de pecado porque lo antiguo pasará y no habrá recuerdo del mundo pasado.

Viviréis en un eterno gozo, donde ya no habrá sombras de miedo ni terror nocturno[35], todo será luz y la Gracia brillará en vuestras almas, pero antes debéis padecer por el Hijo del hombre.

Adelante, Mis valientes[36]combatientes[37], que os asisto con la Fuerza de Mi Santo Espíritu, no dudéis ni vaciléis en el seguimiento de Cristo, el Señor de vuestras vidas, que Yo, Jesús, os asisto y estoy con vosotros[38], y un día os pagaré en el cielo todos vuestros esfuerzos y cansancios, sufrimientos y torturas por Mi causa, por el Hijo del hombre. Adelante y no miréis atrás que el tiempo de Mi Gracia es hoy y ahora.

Te asisto, hijo, en cada instante de tu vida, no tengas miedo que Yo, Jesús, estoy contigo y no Me aparto de ti, no te apartes tú de Mí, no te alejes de Mí.

Ven, ven a Mis pastos de Amor, a Mis verdes praderas y recuéstate en Mi pecho[39], ampárate en Mi cayado y duerme tranquilo, descansa como un niño en brazos de su madre, de la mano de su padre, descansa de las fatigas, del cansancio de este mundo perverso que gobierna Satanás, príncipe del mal y de la mentira[40].

Ven junto a Mí y trae a todos a Mi redil, aquí estarás a salvo del lobo[41]feroz, del rugiente león, aquí podrás descansar y dormir en Mis brazos tiernos de Amor; nada te inquietará, nada te asustará porque Yo, Jesús, velo tus sueños y cuido tu vida.

Hijo, ¿no estás aún cansado del sufrimiento y de tanto dolor de este mundo?, ¿no te has dado cuenta aún de los lazos de la mentira y de la perdición que rondan tu vida?, ¿no quieres descansar en Mi Paz?, ¿no quieres vivir seguro del mal del diablo que anda buscando a quien devorar?[42]

Ven, hijo, ven a Mí, ven a tu Buen Pastor y descansa en Mí; dime: “Que Tu Sangre me lave, oh Mi Buen Jesús, Pastor de mi alma. Que Tu Sangre me limpie de todo mal, oh mi Jesús, mi Buen Pastor. Que Tu Sangre me haga vivir en medio de la muerte del mal que circunda mi vida sin parar, oh mi Buen Jesús, mi dulce Pastor. Que Tu Sangre cubra mi vida entera y empape mi alma, y en ella viva para siempre, para una eternidad, oh mi Buen Jesús, Pastor de Mi Alma, Mi Buen Pastor”. Dímelo en el silencio de tu habitación, y Mi Sangre caerá sobre ti y te limpiará, te hará vivir, te dará la vida eterna, porque en ella encontrarás la Vida; Mi Sangre te salvará.

“Oh, mi Buen Jesús, mi dulce Pastor, mi Buen Pastor”, decid con el corazón y el alma las palabras que os digo, y desead que lleguen a Mi Santo Corazón.

Queridos hijos de Mi Alma, escuchad Mi Voz, amad a Mi Santo Corazón, reparad con vuestro amor la Herida del Costado de vuestro Dios y Señor[43].

Un cielo nuevo y una tierra nueva, esperad, hijos, esperad, que llega vuestra liberación[44].


[1] Jn 19, 17-30
[2] Jn 1, 1-18
[3] Jn 1, 10-11
[4] Sal 47, 7 ; Lc 23, 3
[5] Is 6, 3 ; Ap 4, 8
[6] Jn 14, 28
[7] Rom 7, 19-20
[8] Mt 24, 12
[9] Is 53, 6 ; Mt 9, 36 ; 1Pe 2, 25
[10] Jn 10, 1-18
[11] Sal 23
[12] Ap 21, 4
[13] Col 3, 5-9 ; Gál 5, 19-21
[14] Isabel miró el reloj y eran las 16.15 de la tarde.
[15] Jn 14, 23
[16] Mt 18,  4; Lc 18, 16-17
[17] Dn 9, 27; Mt 24, 15
[18] Mal 3, 2-3
[19] Sab 13, 10-19 ; Sab 15
[20] Lc 14, 21
[21] Mt 15, 21-28
[22] Lc 22, 61-62; Mt 27, 55
[23] Mc 5, 24-34 ; Lc 8, 40-56
[24] Jn 17 ; Heb 9, 14-15 ; 1Tim 2, 5
[25] Ef 1, 17-18
[26] Lc 1, 78-79
[27] Jn 10, 11; 15, 13
[28] Heb 5, 7-10
[29] Mt 9, 9; Lc 9, 23; Jn 21,19
[30] 1Pe 5, 8
[31] Is 53, 5 ; 1Pe 2, 24
[32] Jn 13, 23
[33] Ef 1, 13-14
[34] Is, 65, 17 ; 66 ,22; 2 Pe 3, 13; Ap 21, 1-8
[35] Sal 91, 5
[36] Jos 1, 9
[37] Ef 6, 10-18
[38] Mt 28, 21
[39] Jn 13, 25; 21, 20
[40] Jn 8, 44
[41] Jn 10, 12
[42] 1 Pe 5, 8
[43] Jn 19, 34
[44] Lc 21, 28

Fuente:
http://elpastorsupremo.es/wp-content/uploads/2018/12/MENSAJE-54.pdf

Mensajes de la vidente Isabel publicados en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/vidente-isabel/

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3 de Julio: Santo Tomás, Apóstol y Mártir (†73)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia. Madrid–Barcelona 1853. Tomo III. Diciembre, Día 21, Página 562.



Santo Tomás o Tomé, Apóstol

Fue Santo Tomás de nación galilea, y pobre pescador, y uno de los doce Apóstoles, que Dios Nuestro Señor escogió para predicadores de Su Evangelio, y conquistadores del mundo: y parece que entre los otros Apóstoles fue uno de los más aventajados; pues la Santa Iglesia en el canon de la Misa, y en las Letanías le pone luego después de San Juan y en el quinto lugar.

Lo que hallamos de este glorioso Apóstol en el Sagrado Evangelio, es primeramente, que cuando Cristo Nuestro Señor quiso volver a Judea para resucitar a Lázaro, diciéndole los otros discípulos que no fuese, y que se acordase que poco antes los judíos le habían querido apedrear; sólo Santo Tomás con grande ánimo le dijo: Vamos nosotros también y muramos con Él; que es señal del grande amor que tenía a su Divino Maestro; pues quería dar la vida por Él, y de su gran constancia y fortaleza: porque aquellas palabras no son de hombre que temía, sino de hombre que amaba; no de quien ponía espanto, sino ánimo a los demás: ni de quien creía poco, sino de quien confiaba mucho.

Después de esto, en la noche de la Cena, habiendo el Señor ordenado de Sacerdotes y comulgado a los Apóstoles, y haciéndoles sobre cena aquel dulcísimo y amorosísimo sermón, entre otras razones les dijo que iba a aparejarles lugar, y que sabían el camino por donde iba. Aquí Santo Tomás, mostrando el deseo que tenía de saber y aprovechar, dijo: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo es posible que sepamos el camino? Y con ocasión de esta pregunta respondió el Señor una sentencia maravillosa y suavísima, y de gran consolación para todos los fieles: Yo (dice) Soy el Camino, la Verdad y la Vida: porque (como dice San Cirilo) Cristo es Camino, enseñándonos lo que hemos de hacer: es Verdad, que con la luz de la fe nos alumbra; y es Vida, que nos santifica: y (como dice San León, Papa ) es Camino de santa conversación, Verdad de doctrina divina, y Vida de bienaventuranza sempiterna: y (como dice San Bernardo) es Camino en el ejemplo, Verdad en la promesa, y Vida en el premio: es Camino de los que comienzan, Verdad de los que aprovechan, y Vida de los perfectos: y (como dice San Agustín) según la humana naturaleza es Camino, y según la divina es Verdad y Vida.

Además de esto, el mismo día de la Resurrección de Cristo, estando los otros Apóstoles juntos en el Cenáculo, se les apareció el Señor y les mostró Sus Llagas, dándoles a entender que Él era el mismo que antes había tratado y conversado con ellos, y que ya había resucitado. No se halló a esta vista Santo Tomás, porque estaba ausente: la causa no se sabe: pero cuando volvió y supo de los Apóstoles cómo Cristo Nuestro Señor se les había aparecido vivo, triunfante y glorioso, y con las señales de las Llagas que en la Cruz había padecido, resplandecientes y hermosas; Tomás dijo aquellas palabras que escribe el evangelista San Juan: «Si yo no viere con mis ojos en Sus manos las Llagas de los clavos, y entrare estos mis dedos en ellas, y si no pusiere mi mano en Su Costado, no creeré que es Él, ni que ha resucitado»: las cuales palabras, dado que algunos santos doctores, por excusar a Santo Tomás, las han querido interpretar blandamente, como San Ambrosio, que dice, que dudó Tomás, no de la resurrección de Cristo, sino de la manera con que había resucitado: y San Agustín, que dice, que no dijo estas palabras Tomás porque él dudase, sino por quitar de los otros cualquiera duda e incredulidad; y que eran palabras de quien preguntaba, y no de quien negaba; y San Cirilo Alejandrino, y San Gaudencio y Metafraste, que por varios caminos las excusan; pero no hay para qué buscar estas interpretaciones y excusas, sino confesar llanamente que Tomás dudó, y fue incrédulo, como Cristo Nuestro Redentor le dijo: Noli esse incredulus, sed fidelis: No quieras ser incrédulo, sino fiel: y permitió el Señor que cayese, para que no cayésemos nosotros, y que al principio no creyese, y tocase con sus manos las Llagas, para confirmar nuestra fe y sanar la infidelidad de muchos: y así San Gregorio: «¿Pensáis (dice) que fue acaso que Tomás, escogido discípulo de Cristo, fallase, cuando Él vino a los apóstoles? ¿Y que después viniendo, oyese: oyendo, dudase: dudando, palpase, y palpando, creyese? No se hizo esto acaso, sino por dispensación divina. Porque la soberana clemencia del Señor trazó las cosas de manera, que dudando el discípulo, tocase en su Maestro las Llagas de la carne, para sanar en nosotros las llagas de la infidelidad: porque más nos aprovechó para despertar nuestra fe la infidelidad de Tomás, que la fe de los otros discípulos: porque cobrando él la fe por tocar las Llagas, nuestros corazones se establecen en la misma fe, y desechan todas las dudas que nos pueden inquietar.» Esto es de San Gregorio.

Y San Agustín dice: «¡Qué buena fue la ignorancia que instruyó a los ignorantes y enseñó a los incrédulos! ¡Qué provechosa fue aquella incredulidad que sirvió a la fe de todos los siglos!» Mas si Tomás falló y poco tiempo fue incrédulo, presto se levantó y recompensó aquella culpa con una perfectísima y excelentísima confesión de su fe: porque el benignísimo Salvador, como vigilante y amoroso Pastor, viendo a aquella oveja fuera de camino, la recogió y redujo a Su rebano; y tornando después de ocho días a aparecerse a los Apóstoles, estando con ellos Tomás, y habiéndolos saludado, se volvió a él y le dijo: Pon aquí un dedo y mira Mis manos: extiende tu mano y toca Mi costado; y no seas incrédulo, sino fiel. Quedó asombrado Tomás con la vista y dulzura del Salvador, y entendió que era Dios el que había visto su corazón, y estando ausente, sabido lo que había dicho: y tocó (por obedecer) las Llagas en aquel cuerpo sagrado y glorioso, esmaltadas y resplandecientes: porque aunque para su fe bastaba el haberlas visto (como dice San León); pero para nosotros importaba mucho que las tocase con sus manos: y traspasado de amor y atónito con la novedad, y derretido de gozo, alzó la voz y dijo: Dominus meus, et Deus meus: Señor mío y Dios mío; confesando que aquel Señor que había sido crucificado, y ahora veía resucitado, era verdadero Señor suyo, y Señor de todo lo creado, y que juntamente era verdadero Dios, y en todo igual al Padre.

Y aunque parece que creyó Tomás lo que vio; todavía (como dice San Agustín) una cosa vio, y otra creyó: vio al Hombre, y creyó que era Dios; y con su confesión y tocamiento de las Llagas nos enseñó lo que debemos creer, y deshizo todos los errores que acerca de la gloria de Cristo los herejes habían de inventar: y por esto el artículo de la resurrección de Cristo, en que confesamos en el Credo que resucitó, y decimos aquellas palabras: Surrexit a mortuis; San Agustín y otros las atribuyen a Santo Tomás.

Otra vez se hace mención en el Evangelio de Santo Tomás: porque yendo San Pedro a pescar, llevó consigo algunos de los Apóstoles y discípulos, y entre ellos a Tomás. Gastaron toda la noche en pescar sin provecho alguno: les apareció a la mañana el Salvador; y estando en la ribera, les mandó que echasen la red a la parte derecha del navío, así lo hicieron, y prendieron gran copia de peces, y salieron con ellos a tierra, en donde los aguardaba el Hijo de Dios, y allí dio el sumo pontificado a San Pedro. Esto es lo que hallamos de Santo Tomás en el sagrado Evangelio: lo demás hemos de sacar de graves y antiguos autores, dejando algunas cosas apócrifas sin fundamento, que otros escriben en su vida.

Después que el Santo Apóstol Tomás recibió el Espíritu Santo con los demás Apóstoles, y hubo predicado en Jerusalén y Judea aquella doctrina del cielo, que había oído a su Maestro y Señor; apartándose de los demás, se fue por varias y diferentes provincias y naciones del mundo, para sacarlas de la ceguedad en que estaban, y alumbrarlas con la luz del Evangelio. Primeramente fue a Oriente, donde halló a los tres bienaventurados reyes magos, que de aquella región, guiados por la estrella, habían venido a Belén a dar vasallaje y adorar a Dios Niño recién nacido, y los bautizó el Santo Apóstol, y los tomó por compañeros en su trabajo y predicación. Así lo dice el autor sobre San Mateo, que con nombre de San Juan Crisóstomo anda entre sus obras: y Doroteo y Sofronio y un calendario antiguo dicen lo mismo.

Además de esto, envió este glorioso Apóstol a Tadeo, uno de los setenta discípulos, a Abagaro, rey de Edesa, para que le predicase el Evangelio, como Cristo Nuestro Redentor por cartas se lo había prometido: así lo afirma Eusebio Cesariense en su Historia, y Nicéforo Calixto. Después ilustró los medos, persas, hircanos, y el Martirologio romano añade los bracmanes y otras muchas naciones, y con los rayos y resplandores de la luz evangélica penetró hasta la India, como lo dice el Martirologio romano, y se saca de Orígenes, y de Eusebio Cesariense, y de San Gregorio Nacianceno. San Juan Crisóstomo añade, que los etíopes fueron lavados y blanqueados por este Santo Apóstol con el agua del bautismo: y los abisinios, que son los pueblos de Etiopia, sujetos al preste Juan, hoy día tienen particular devoción y reverencia a Santo Tomás como a su primero y propio Apóstol: y no menos le tienen por tal los pueblos de Alemania, como lo dice el Obispo Guillermo Lindano, varón doctísimo: y en aquella provincia hay templos muy antiguos, dedicados a Santo Tomás, Apóstol: y aun en las partes más septentrionales, y casi debajo del mismo polo ártico, hay iglesias de Santo Tomás, reconociendo aquellas gentes el beneficio que por medio de su predicación recibieron.

Y no solamente predicó el Santo Apóstol a todas estas provincias y naciones; pero en el Brasil, escribe el P. Manuel de Nóbrega, provincial de la Compañía de Jesús, que fue en aquella provincia, que los naturales de ella tienen noticia de Santo Tomás, y de haber pasado por aquella tierra, y que muestran algunos rastros y señales de ello, las cuales el mismo padre había visto por sus ojos.

Pero donde el Santo Apóstol más tiempo vivió, fue en la India Oriental, como en propia y particular provincia que el Señor le había encomendado para labrarla y cultivarla, y sembrar en ella la semilla del Cielo. En esta provincia dice Simeón Metafraste que entró Santo Tomás muy humilde y muy pobre, sus cabellos crecidos y desmelenados, el rostro amarillo y seco, su cuerpo tan extenuado, que más parecía sombra que cuerpo, cubierto con un vestido viejo y roto: de esta manera despreciado en los ojos de la gente, y rico con el tesoro de Cristo, que llevaba en su corazón, comenzó a predicar que los dioses que adoraban eran falsos, y que no había sino un Dios vivo y verdadero, Creador del cielo y de la tierra, y Salvador del género humano, Jesucristo, confirmando con innumerables milagros su predicación apostólica, y convirtiendo a muchos a nuestra santa religión. Por esto los enemigos de ella y amigos del culto de sus falsos dioses, le alancearon y mataron; y el Santo Apóstol, libre de las miserias de esta temporal y breve vida, se fue a gozar de la eterna; y su martirio fue en la ciudad de Calamina, que ahora se llama Malipur, a 21 de diciembre, y en el año de Cristo de 73, según Onufrio, imperando Vespasiano. Esto es lo que se tiene por cierto, sacado de buenos y graves autores.

Otras cosas hay o fabulosas, o menos ciertas y probables: y Gelasio, Papa, da por apócrifos los actos de Santo Tomás, y antes de Gelasio, San Agustín los tuvo por sospechosos. Otros libros con nombre de este Santo, intitulados Circuitus, Actus, Evangelium, et Apocalypsis Thomae, son reprobados por San Atanasio, Epifanio, Inocencio Papa, Cirilo y por Gelasio Papa. Y puesto caso, que en la vida de Santo Tomás, que escribió Abdías Babilónico, a quien otros autores modernos han seguido, puede ser que haya algunas cosas verdaderas; pero como no sabemos cuáles son y están mezcladas con otras falsas y reprobadas de la Iglesia; es bien que nos guardemos de ellas, para que no afirmemos lo incierto por cierto, y lo falso por verdadero.

Pero no será contra esto el referir aquí, lo que en la India, donde predicó el Santo Apóstol, se tiene comúnmente por cierto de su predicación, vida y muerte, según lo escriben los padres de la Compañía de Jesús, que hoy día andan por aquellas mismas tierras, alumbrando a los gentiles y reformando a los cristianos, y haciendo oficio de apóstoles del Señor. Dicen, pues, que el apóstol Santo Tomás comenzó a predicar en la India por la isla de Zocotota, y que allí hizo algunos cristianos: de allí pasó a los reinos de Jaranganor y Colon, que son de malabares: y que después atravesó las altas sierras de la India, y pasó a los reinos de Narsinga, o hizo su asiento en la ciudad de Malipur, y por otro nombre Calamina, que está junto al golfo de Bengala o Coromandel.

En esta ciudad dicen que fabricó un templo, con ocasión de cierto milagro que hizo, trayendo muy fácilmente una viga de inmensa grandeza, que mucho número de hombres y elefantes no podían mover, y que en esta iglesia puso una Cruz de piedra, con una letra que decía: «Cuando llegare el mar a esta piedra, por divina ordenación vendrán hombres blancos de tierras muy remotas a predicar la doctrina que yo ahora enseño, y a renovar la memoria de ella.» Dicen más: que cuando los portugueses conquistaron aquella tierra, ya entonces llegaba el mar a aquella piedra: de lo cual tuvieron grande admiración y consuelo los cristianos. Y añaden, que habiéndose convertido el rey Sagamo, que a la sazón era señor de aquella tierra, y otros muchos con él, por la predicación del Santo Apóstol, los bracmanes y sacerdotes cobraron grande enojo y saña contra él: y no habiendo podido con calumnias ni embustes derribarle, se determinaron a matarle, pareciéndoles que mientras él viviere, ni ellos ni sus dioses serían estimados como solían: y así un día, estando el Santo Apóstol en una cueva, como media legua de la ciudad, haciendo oración como solía delante de una Cruz, que tenía esculpida en una piedra, arremetiendo a él como lobos rabiosos, hiriéndole con palos y piedras, uno de ellos le atravesó con una lanza, de cuya herida cayó muerto. Tomaron el santo cuerpo sus discípulos, y le sepultaron en el templo que él mismo había edificado, y con él pusieron un pedazo de la lanza con que había sido muerto, y el báculo que traía, y un vaso en que recogieron alguna tierra de la que había sido regada con su preciosa sangre. Esto es lo que de la India escriben, y lo que los naturales tienen escrito en sus anales, y lo que cantan comúnmente por las calles los niños malabares en su lengua.

Altar y Cruz en la cueva de Santo Tomás, Pequeño Monte (Chinnamalai).

 

 

El cuerpo de este glorioso Apóstol, dice el Martirologio romano que fue trasladado de la India a la ciudad de Edesa en Mesopotamia, y que de allí fueron traídas sus preciosas reliquias a la ciudad de Ortona. Sócrates, Sozomeno, Rufino y otros autores graves hacen mención de esta traslación, y escriben que en Edesa se le edificó un solemne templo, al cual venían en romería los fieles de muchas y distantes provincias de la cristiandad por su devoción: y San Juan Crisóstomo añade, que tenían en tan gran veneración el sepulcro de Santo Tomás, como el de los Apóstoles San Pedro y San Pablo; y el Obispo Equilino refiere un milagro, que se hacía de un sarmiento seco, que ponían en las manos del Santo Apóstol cada año, la víspera de su fiesta, y el día de ella se hallaba verde, y con un racimo de uvas, con grande admiración de todos, suponiendo que estaba en Edesa el cuerpo del Santo Apóstol. Bien puede ser, que por haberse edificado en Edesa templo a Santo Tomás, y haber él enviado a Tadeo (como dijimos) al rey Abagaro, y convertido aquella ciudad, se haya creído que su santo cuerpo estaba allí sepultado, o (y es lo más probable) por haberse traído de la India allí alguna reliquia, y parte de su cuerpo.

Mas los autores modernos, graves y dignos de fe, afirman estar hoy día en la ciudad de Malipur, donde fue martirizado, y traen tan ciertos testimonios, que no se puede dudar de ello: porque siendo rey de Portugal don Juan el III, el año de 1523, cavando dentro de una capilla, y rompiendo un muro debajo de dos grandes piedras, se halló el cuerpo del sagrado Apóstol, y junto a él la lanza con que le martirizaron, y un bordón con que andaba: y don Duarte de Meneses, virrey, mandó labrar allí una iglesia, y poner en ella en una arca de plata el cuerpo del Santo Apóstol: por cuya devoción muchos portugueses vinieron a poblar aquella ciudad, y por honra del sagrado Apóstol se llamó después ciudad de Santo Tomás. Esto refiere don Juan de Barros, diligente historiador portugués, en la tercera década de Asia.

Según la tradición, la Cruz tallada en piedra sobre la que estaba rezando el apóstol, que fue manchada con su propia sangre en su martirio, se conserva hoy día en el Santuario.

Y el Obispo Gerónimo Osorio, varón doctísimo y de grande autoridad, al fin del libro III de la Historia del rey Manuel de Portugal escribe, que en el año del Señor de 1572, el Obispo de Coenin (que es en la India) envió al infante Cardenal don Enrique (que después fue rey asimismo de Portugal) una información auténtica, en la cual se contenía: que en la ciudad de Malipur o de Santo Tomás, en la iglesia, que por tradición se tiene ser el lugar donde fue martirizado, se muestra una Cruz cortada en piedra, con algunas manchas de sangre, los remates de la cual son unas flores de lis, y en el de en medio una paloma, y sobre ella un arco con ciertas letras incógnitas, todo en una pieza. Tiene toda la ciudad devoción de asistir a una Misa que se dice con grande solemnidad, en honra de la Anunciación de la Virgen, cada año el día de la fiesta de Su Expectación, a los 18 de diciembre, y tres días antes de la fiesta de Santo Tomás. Sucedió que el año de Cristo de 1571, al tiempo que en la Misa se decía el Evangelio, viéndolo todos los que estaban presentes, la Cruz comenzó a destilar sangre por las manchas que se ha dicho tenía: y fue en tanta cantidad, que el Sacerdote que decía la Misa, limpiando con los corporales la sangre, quedaron bañados en ella, y la Cruz con mejor lustre que primero. Causó esto grande admiración y devoción a los que allí estaban, y alabaron todos a Dios. Lo mismo sucedió otros años el mismo día y a la misma hora. Leyeron aquellas letras incógnitas, que dijimos, dos bracmanes muy doctos entre indios, y sin saber el uno del otro, se conformaron que decía así: «Tomás varón divino, enviado por el Hijo de Dios y su discípulo, fue a los reyes de Sagamo, para dar noticia del verdadero Dios a la gente que en él había, donde obró grandes maravillas; y al cabo puesto de rodillas sobre esta piedra, haciendo oración a Dios, fue por un brácmano alanceado y muerto.» Todo esto refiere el Obispo Gerónimo Osorio.

Y los padres de la Compañía de Jesús lo mismo, como cosa ciertísima; y dicen, que alguna vez ha sucedido este milagro de la Cruz, diciendo ellos la Misa el día de la Expectación del parto de Nuestra Señora: y que es cosa maravillosa, que en comenzando a decir el Evangelio de la Misa mayor, y no antes, comienza también la Santa Cruz a mudar poco a poco su color natural (que es blanco): trocándole en amarillo, y después en negro, y de negro en otro más claro color del cielo: hasta que acabado el Sacrificio de la Misa, se torna a su color natural. Y lo que más admira y aumenta la devoción es, que así como va mudando la Santa Cruz el color, va destilando unas pequeñas gotas de sangre, y poco a poco se van engrosando, hasta caer con tanta copia, que los paños con que se limpia quedan teñidos de la misma sangre: y si algún año deja de haber este milagro, se tiene por cierta señal de algún gran trabajo que les ha de venir, como la experiencia lo ha mostrado. Por este tan insigne y tan ordinario milagro que Nuestro Señor obra en glorificar a Su Santo Apóstol, todos aquellos cristianos le tienen gran devoción y acuden a su sepulcro: y no solamente los cristianos, pero los mismos sarracenos y gentiles visitan aquel templo, y hacen fiesta al Santo el 1° día de julio: y aunque no siguen ni obedecen a su doctrina, le tienen en grande veneración.

El padre San Francisco Javier, uno de los primeros compañeros que tuvo el Santo Padre Ignacio de Loyola, para fundar la religión de la Compañía de Jesús, y el primero de ella que pasó a la India Oriental, y la iluminó con los resplandores del Evangelio y con muchos y grandes milagros, y convirtió innumerables almas a la fe de Jesucristo; cuando quería emprender alguna grande hazaña en servicio del Señor y beneficio de aquellos pueblos, se iba en romería a visitar el cuerpo del Santo Apóstol Tomás, y se estaba allí muchos días y noches en oración, suplicando a Nuestro Señor por los merecimientos de Su Apóstol, que le diese a él parte de su espíritu, celo y fervor, para renovar la fe de Su Santo Nombre, que el Apóstol había plantado: y rogando al mismo Apóstol, que pues el Señor le había encomendado a él la viña de aquella gentilidad para que la cultivase, y ahora estaba tan destrozada y desierta; que le alcanzase gracia para seguir sus pisadas, imitar sus virtudes y renovarla para beneficio de las almas y gloria del mismo Señor: pues todo lo que él hiciese, lo haría como ministro suyo y ayudado de su familia, y refloreciendo la religión cristiana en aquellas partes, crecería su gloria accidental. Con el favor, pues, de este Santo Apóstol, animado el padre San Francisco Javier, y alentado con un aliento del cielo, acometió cosas tan grandes, y las acabó como se ve en su vida: y todo esto redunda en gloria de Tomás, a quien tan de veras se encomendaba y deseaba imitar.

Innumerables fueron los milagros que el Santo Apóstol hizo en vida y después de muerto. San Gregorio Turonense en el libro de la Gloria de los mártires refiere algunos, y dice, que en su tiempo la lámpara que ardía delante de su sepulcro de noche y de día, no tenía necesidad que le echasen aceite u otro licor, porque sin él perpetuamente ardía: que en la feria que se hacía el día de su fiesta y por los treinta días siguientes, concurriendo muchos mercaderes a comprar y vender sus mercaderías, no se hallaba mosca que diese fastidio a los que venían: que había gran copia de agua, que se hallaba muy somera a cada paso, siendo la tierra de suyo muy árida y seca: que pasados los treinta días volvía la falta de agua, y la muchedumbre de moscas; y que Dios enviaba una copiosa lluvia para limpiar las inmundicias que se habían hecho con la feria en aquella ciudad.

Marco Veneto (que anduvo por aquellas partes de la India, antes que los portugueses las descubriesen) escribe, que en la provincia de Malabar, en la cual está el reino de Calicut, había un linaje de hombres, que descendían de los que mataron a Santo Tomás, y que por más fuerza que les hagan, no es posible llevarlos y hacerlos entrar en el templo de Malipur, donde está el cuerpo del Santo Apóstol.

Algunos autores escriben otra cosa más notable y singular, y dicen: que el año de 1120, siendo Calixto II Sumo Pontífice, vino a Roma por su devoción un patriarca de la India llamado Juan, y que en público consistorio dijo al Papa y a muchos cardenales y prelados que estaban allí presentes, que el glorioso Apóstol Santo Tomás cada año aparecía visible, y con su propia mano comulgaba a su pueblo, dando la Sagrada Hostia a los dignos y dejando de darla a los indignos. Esto refieren muchos autores, y puede ser que sea verdad; porque para Dios, que es Todopoderoso y grande honrador de Sus Santos, no hay cosa imposible ni difícil.

De Santo Tomás Apóstol hacen mención los autores arriba citados, y escribieron su vida San Isidoro y Simeón Metafraste.

Catedral Basílica de Santo Tomás en MALIPUR, hoy CHENNAI (Madrás), India.

 

 


Fuente:
https://arquitecturaycristianismo.com/2015/11/17/santo-tomas-apostol-en-chennai-india/
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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