21 de Abril: San Anselmo, Arzobispo de Canterbury (1033-1109)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1855 – Tomo I, Abril, Día 21, Página 548.

Ubicación…

San Anselmo, Obispo y Doctor

Nació San Anselmo en la ciudad de Augusta, llamada Pretoria, que está en los confines de Piamonte y de Borgoña. Su padre se llamó Gundulfo, y fue longobardo de nación: el cual, viviendo en Augusta, se casó con una matrona por nombre Ermemberga, de la cual tuvo a Anselmo. Eran los dos nobles y ricos; mas muy desemejantes en la vida y costumbres: porque el padre se daba mucho a sus gustos y entretenimientos, sin tener cuidado de su casa y familia; la mujer al contrario atendía al gobierno de su casa, y a las obras de virtud y piedad, en las cuales perseveró hasta el fin de su vida, la cual acabó santamente. Pero fue Nuestro Señor servido que Gundulfo, viéndose libre del vinculo del matrimonio, siendo ya de mucha edad, y cansado del mundo, le dejó, y se hizo monje, y en el monasterio dio su alma a Dios. Estos fueron los padres de Anselmo, que desde niño se dio al estudio de las buenas letras: y siendo de quince años, considerando los lazos y peligros que hay en todas las cosas del siglo, determinó renunciarlas, y acogerse al puerto seguro de la religión para salvarse. Pidió el hábito de monje a un abad, y no se le dio por temor de su padre. Tuvo una enfermedad peligrosa, y se confirmó más en su buen propósito; pero después que cobró salud, se entibió de aquel fervor, y con su edad de mozo, y riquezas, y regalos, y ruinosas compañías, y especialmente con la muerte de su madre, a quien tenía grande amor y respeto, soltó la rienda a sus gustos y apetitos, olvidado de su primera vocación y espíritu, y aun del estudio de las ciencias, en las cuales antes con diligencia se había ocupado. Mas al mismo tiempo que Anselmo se dejaba llevar sin freno de sus gustos, Nuestro Señor por Su clemencia le miró con ojos de piedad, y permitió que su padre carnal se disgustase con él, de manera, que no le podía ver sin enojo y desabrimiento: y para aplacarle, ninguna cosa que Anselmo hiciese, era parte, ni la humildad y sujeción del hijo era bastante para dar satisfacción al padre. Fue este enojo del padre tan continuo y tan terrible, que obligó a Anselmo, por excusar otros mayores inconvenientes, a dejarle, y partirse de su casa, por buscar fuera de ella la paz y quietud que en ella no hallaba. Se partió, pues, con un compañero, y gastó tres años loablemente en Borgoña, y en Francia, en los estudios. Supo que en un monasterio de San Benito, llamado Beco, de la provincia de Normandía, vivía un varón muy famoso en bondad y letras, que se decía Lanfranco, de nación italiano, y de la ciudad de Pavía, al cual de varias partes del mundo concurrían muchos mancebos, para ser de él enseñados, y cultivados con su doctrina. Movido Anselmo de la fama de tan notable varón, se fue a él, y le suplicó que le recibiese debajo de su magisterio, le admitiese a su familiaridad, y le enseñase como maestro a discípulo. Lo hizo Lanfranco: y Anselmo, estimando en mucho el tenerle por maestro, atendía con gran vigilancia al estudio do las Divinas Letras, sin perdonar a trabajo, n¡ fatiga: en las cuales hizo maravilloso progreso, y no menos en la virtud, y deseo de la perfección: porque con la conversación y familiaridad de su maestro, vino a revivir y reflorecer aquel deseo antiguo de dar libelo de repudio a todas las cosas de la tierra, y abrazarse con las del cielo, y consagrarse totalmente al servicio del Señor: verdad es que se halló muy perplejo y suspenso en el camino que había de tomar: porque por una parte se inclinaba a vivir apartado y solitario, por darse más a la contemplación: por otra le parecía más seguro estar en monasterio debajo de la obediencia; y por otra dudaba, si por ser ya muerto su padre, y dejándole heredero de grande hacienda, sería mayor servicio de Dios el quedarse en el siglo, y dispensar a los pobres cada año la renta de ella. No quiso resolverse por sí Anselmo, por no errar: lo consultó con Lanfranco, su maestro, declarándole llanamente todo lo que tenía en su corazón, y poniéndose en sus manos con grande resignación de seguir en todo su consejo. Mas tampoco quiso el maestro en cosa tan grave dar consejo a su discípulo; pero le remitió a un venerable y santo varón, llamado Maurilio, Arzobispo de Ruan, por cuya obediencia a la sazón se gobernaban los monasterios de San Benito de aquella provincia. Fueron los dos al Santo Prelado, y le propusieron la duda; y él aconsejó a Anselmo, que se abrazase con la profesión de monje, como la más perfecta y más segura. Bajó su cabeza Anselmo, y sujetó luego su cerviz al yugo del Señor, y tomó el hábito de monje en el mismo convento, donde Lanfranco era prior, y abad Herluino, persona muy estimada por sus raras virtudes, y por haber fundado a su costa aquel monasterio. Entró en él Anselmo, siendo ya de veinte y siete años, y se dio con tanto cuidado y atención a imitar las virtudes de los otros monjes, que en espacio de tres años vino él a ser dechado, y como un claro espejo de religión; de manera, que habiendo sido elegido Lanfranco por abad de otro convento, Anselmo fue puesto en su lugar por prior, con gran contento de los otros monjes, y pesar suyo. Pero las ocupaciones del nuevo cargo no le estorbaban, que no se diese al estudio de su propia perfección, y a especular los altos méritos de la Sagrada Teología, y a escribir cuestiones profundas, que no se habían tratado hasta aquel tiempo. Para hacerlo mejor, ponía más fuerza en la oración, y en la pureza del corazón, y santa intención de la gloria de Dios, y en el bien de sus prójimos, que en la intensa especulación y curiosa y continua lección de libros; y así Nuestro Señor le alumbraba el entendimiento, y le declaraba con Su Luz, lo que sin ella no pudiera entender. Estuvo una vez muy dudoso y perplejo, pensando, en qué manera los profetas habían visto, no solamente las cosas presentes, sino también las pasadas, y por venir, y las habían escrito, y anunciado con tanta seguridad y firmeza. Estando, pues, una noche muy embebecido en esta duda, volvió los ojos desde su cama hacia la parte del dormitorio, y de la iglesia, y esclarecido con Lumbre Divina, vio claramente que algunos monjes componían el altar: otros aparejaban en el coro los libros: otros encendían las velas; y que uno tocaba la campana, y luego todos los monjes se levantaban de sus camas, para hallarse en el Oficio Divino: y con esta ilustración del cielo entendió, cuán fácil cosa era a Dios Nuestro Señor mostrar a los profetas en espíritu las cosas distantes; pues a él le había sido concedido verlas con los ojos del cuerpo, no obstante las paredes y los otros impedimentos que había de por medio, para no poderlas ver. Le dio a más de esto el Señor una discreción de espíritu tan delicada, y tan acertada, que penetraba fácilmente las costumbres y las inclinaciones de cualquiera condición de personas, que trataban con él, hasta entender los más íntimos secretos del corazón; y juntamente descubría el origen y raíz de las virtudes y de los vicios, y enseñaba con preceptos, y con ejemplos maravillosos, cómo se habían de alcanzar las unas, y huir de los otros: y él correspondía a esta tan grande liberalidad del Señor con la debida gratitud, y prontitud de servirle, teniendo muy diligente custodia de sí mismo, guardándose de todo lo que le podía ser estorbo, o hacerle indigno de tan altos y regalados favores. Se daba mucho al ayuno; y había hecho un hábito en él tan grande, que ni tenía hambre, cuando dilataba la comida, ni gusto, cuando comía. Dormía muy poco: gastaba todo el tiempo en el gobierno de su oficio, o en consolar a los que venían a él afligidos, o en la meditación y oración, o en los estudios, componiendo y enmendando algunos libros. Derramaba muchas lágrimas por sus culpas y por los pecados de los prójimos, y por las miserias de esta vida, y por el deseo encendido y ansia de la eterna que esperamos. Su caridad, prudencia y dulzura en el gobierno de su monasterio era admirable, especialmente para con los que o no eran tan obedientes, o estaban disgustados, por haberles pesado que Anselmo, que en comparación de ellos era novicio en la religión, fuese prior y prelado. Con estos de tal manera peleaba el santo varón, que con su blandura vencía la dureza de sus corazones; y con su humildad y modestia los rendía a su voluntad. Particularmente mostró esto, y el espíritu benigno y suave que el Señor le había dado, con un monje mozo, llamado Osberno, que era muy hábil y de grande y vivo ingenio, pero inquieto, libre y maldiciente, y contrario al santo pastor. Le ganó con dulzura y regalo la voluntad: le daba mano para que se holgase y entretuviese; y le robó de tal suerte el corazón, que después fácilmente le redujo a todo lo que quiso, quitándole las licencias que le había dado, y ajustando a la regla y observancia del convento, y enmendando aquel mozo, que parecía incorregible, con sus santos consejos, y reformándole de tal manera, que parecía un dechado de toda virtud. Después habiendo caído malo Osberno, le curó San Anselmo con maravilloso cuidado, dándole él por su mano de comer y de beber, y asistiéndole a su enfermedad con afecto de verdadero padre: y habiendo sido el Señor servido de cortarle el hilo de su vida, y llevarle para Sí, el Santo Padre dijo Misa por él cada día todo el año siguiente; y cuando él no podía, hacia que otro le supliese aquella falta; y procuró que otros muchos siervos de Jesucristo dijesen muchas Misas por aquella alma que tanto le había costado: dando en esto ejemplo a todos los superiores de las religiones, de cómo se han de haber en ganar y corregir a los inquietos, y curar a los enfermos, y rogar por los difuntos que están a su cargo.

Y no fue menor ejemplo de su caridad, la que él usó con un viejo en la religión, pero mozo en la virtud, que por instigación del demonio estaba muy tentado contra el Santo Prelado, y no le podía ver con buenos ojos, ni hablar bien de él. Cayó malo el pobre monje: y estando para morir, una noche comenzó a dar gritos y alaridos espantosos, porque le parecía que dos lobos crueles le abrazaban y le ahogaban. Entendió esto San Anselmo, y entró en la enfermería: hizo la Señal de la Cruz, diciendo: «En nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;» y luego el enfermo se sosegó y confesó, y dijo, que cuando Anselmo hizo la Señal de la Cruz, había visto salir de su boca una como lanza de fuego, con la cual aquellos lobos espantosos habían huido: y el Santo le confortó, y exhortó al dolor y arrepentimiento de sus pecados, y le confesó y le dio la absolución, y le avisó que a la hora de nona daría su espíritu al Señor: y como el Santo lo dijo, así fue, quedando todos muy edificados de su caridad, y maravillados de su espíritu y luz del Cielo, que tenía.

Esta misma benignidad mostraba el Santo Prelado en el cuidado de los enfermos, visitándolos a menudo, consolándolos, y recreándolos, y sirviéndolos él mismo muchas veces por sus manos, y haciendo oficio, no solo de verdadero padre, sino también de madre dulcísima: y así acudían a él los monjes en todas sus necesidades, con tan grande confianza, como un niño a su madre; y esta confianza hacía que le descubriesen los secretos, pasiones y llagas de su corazón, y que el Santo Padre las curase con mucha facilidad; porque sabía la raíz y causas de ellas: pues esta conjunción de los miembros con cabeza, y buena correspondencia de los súbditos con su superior, es la salud y vida de la religión. Se ocupaba de buena gana en cultivar los mancebos de mediana edad; porque le parecía, que su trabajo era más fructuoso, y que eran como una cera no dura, como los viejos, ni demasiadamente blanda, como los niños, sino en conveniente proporción, y bien dispuesta para poderse en ella imprimir, y conservarse cualquiera cosa de virtud.

Se usaba en aquel tiempo criar en los monasterios de los monjes hijos de caballeros y personas principales, o para religiosos, o para que crecidos en edad volviesen a sus casas, y fuesen aprovechados a la república. Vino, pues, un abad, que era tenido en grande opinión de santidad, a visitar un día a San Anselmo: y tratando con él del gobierno de los monasterios, se comenzó a quejar mucho de la libertad y desobediencia de los mozos nobles, que tenía a su cargo, y a decir, que él de día y de noche velaba sobre ellos, y los hacía azotar, y castigar severamente, y que cuanto más los apretaba, tanto le parecía que se hacían peores, y más incorregibles. Le preguntó Anselmo, ¿cómo salían aquellos mozos, cuando eran grandes, y qué provecho sacaba de aquellos tantos azotes y castigos? Respondió el abad, que comúnmente salían groseros y bestiales. Aquí tomó la mano el varón de Dios, y le dijo que no le parecía aquel modo acertado: porque si se plantase en una huerta, dice, una noble planta, y se cercase alrededor de tal manera, que no pudiese crecer, ni extender sus ramas; claro está que no medraría, ni crecería, ni daría fruto, por haberla cerrado tanto, y como ahogado. Pues lo mismo sucede en criar los mozos, que son como unas plantas nobles y delicadas: las cuales no se han de criar con espantos, amenazas, y azotes, sino con amor paternal, y con una suave y discreta libertad: porque cuando ellos no conocen, en los que los gobiernan, ni amor de padre, ni ternura de corazón, ni entrañas piadosas; todo lo que se les dice, y se hace con ellos, piensan que nace de odio y aborrecimiento; y cuanto más crecen en la edad, tanto más crece la sospecha y aversión contra sus maestros: porque siempre los miran como alguaciles, fiscales y verdugos. Finalmente enseñó San Anselmo al abad, que el buen gobernador ha de saber mezclar lo dulce con lo amargo, y la blandura con la severidad, y curar las llagas, no solamente con el vino, que escuece, sino también con el aceite, que desencona y ablanda: porque el pan duro, y la corteza, aunque es bueno para los que tienen buenos dientes; no es manjar conveniente para los niños, que toman el pecho: y si el superior quiere llevar a todos por un rasero, y no tiene discreción para distinguir las condiciones e inclinaciones de las personas que gobierna, necesariamente hará muchas fallas en su gobierno, y afligirá y echará a perder a muchos de sus súbditos.

Resplandeciendo, pues, San Anselmo con los rayos de tan excelentes y esclarecidas virtudes, se comenzó a extender su fama en toda Normandía, Francia, Flandes e Inglaterra, de manera que muchos hombres nobles, letrados y cuerdos concurrían al monasterio, donde él era prelado, para recibir el hábito de la religión de su mano, y vivir debajo de su disciplina; y él era tan moderado y prudente, que nunca exhortaba a nadie, que se dedicase a Nuestro Señor, más en su monasterio que en otro; sino que queriendo ser religioso, y vivir en perfección, escogiese la religión, y el convento que mejor le estuviese; porque si después se arrepintiese, no tuviese ocasión de murmurar y quejarse de él. De esta manera creció mucho en el número de muy buenos, y santos sujetos, y en posesiones y hacienda aquel monasterio Beccense: del cual habiendo muerto el abad Herluino, fue escogido por común consentimiento Anselmo en su lugar, sin poderlo él resistir con ruegos, y con lágrimas y suspiros, y con echarse a los pies de los monjes, suplicándoles por la Pasión de Jesucristo, que no echasen sobre sus flacos hombros carga tan pesada: pero no pudiendo resistir, bajó la cabeza, entendiendo ser aquella la Voluntad del Señor. Gobernó, siendo ya abad, aquel monasterio con maravillosa santidad y prudencia: y porque tenía en Inglaterra aquel convento muchas y ricas posesiones, tuvo necesidad San Anselmo de pasar a aquel reino, para ver aquella hacienda: lo cual él hizo de buena gana; porque su buen padre y maestro Lanfranco, por sus raras virtudes había sido de abad codomense, asunto al arzobispado cantuariense.

Llegado a la Isla de Inglaterra, fue recibido en todas partes con mucha fiesta y honra; y él se mostraba a todos afable y amoroso, acomodándose a la condición de cada uno de los que trataba, en todo lo que podía sin pecado: y a este propósito solía decir el Santo, que el que en todas las cosas, que puede, sin ofensa de Nuestro Señor, procura dar gusto a los otros, y hacer la voluntad ajena; viene a merecer delante del Señor, que así como él se conformó con los otros en esta presente vida por amor de Dios; así en la otra el mismo Dios, y todas las cosas criadas le den gusto, y se conformen con Él: y al contrario, el que por su gusto no da gusto a su hermano, merece, que le midan con la misma medida, con que él midió a otros.

Entre los otros, que en Inglaterra reverenciaron y honraron al Santo Abad, fue uno el rey Guillermo el Conquistador, que por fuerza de armas la había sojuzgado, y con ser tenido comúnmente por hombre feroz y áspero, se mostraba muy benigno y humano a Anselmo; el cual, después de haber estado en aquel reino el tiempo que fue menester, se volvió a Normandía a su convento. Muerto el rey, y habiéndole sucedido en el reino su hijo, que se llamaba Guillermo como el padre, o Wilelmo, persona muy mal inclinada, y que parecía más tirano, que no rey; porque pretendía oprimir al Clero y a la Religión, y usurpar los bienes de la Iglesia; queriendo algunos señores principales del reino irle a la mano, rogaron a san Anselmo que tornase a Inglaterra, para que con sus santas y prudentes amonestaciones detuviese al rey, y no corriese y se despeñase, como caballo desbocado y sin freno: y el Santo, movido de los ruegos de tantas y tan principales personas, y juzgando que Dios Nuestro Señor sería servido de aquella jornada, pospuso su quietud al trabajo, y se puso en camino, y llegó a Inglaterra, donde fue recibido de todos con tan grande honra; y el mismo rey le salió a recibir hasta la puerta de su palacio, y le dio secreta y grata audiencia; y después habiendo caído malo el rey de una peligrosa enfermedad, avisado que la Iglesia de Cantorbery estaba sin Pastor, por haber muerto Lanfranco, su Arzobispo, y maestro de San Anselmo; nombró al discípulo por sucesor de su maestro en la misma Silla, y quiso que San Anselmo tuviese la misma dignidad, de la cual era sobre todos los otros merecedor, y tanto más digno, cuanto él se tenía por más indigno. Finalmente, fue constituido en aquella Iglesia principal, y cabeza del reino de Inglaterra, con grande y extraordinaria repugnancia, y contradicción suya; pero con no menor alegría y aplauso de todo el reino, y fue consagrado en su metrópoli a los 4 de diciembre por todos los Obispos. Al principio se le mostró el rey Guillermo amigo y benévolo; porque esperaba, que el nuevo Arzobispo le había de hacer algún gran donativo; pero cuando entendió que Anselmo estaba lejos de darle la hacienda de los pobres, como era codicioso y avaro, se desabrió con él, así por esto, como porque las costumbres de los dos eran muy contrarias, y el Arzobispo estaba siempre atento a cumplir las obligaciones de su oficio, y a mirar por el bien espiritual de sus ovejas, y por el reino; y el rey no tenía cuenta, sino con desollarle, y seguir sin rienda sus apetitos. Pasó tan adelante la indignación del rey contra Anselmo, que sus lisonjeros y ministros, y otra mucha gente perdida le comenzaron a perseguir, y maltratar, y hacer agravios al Clero y a las Iglesias, sin poderlo el Santo Prelado resistir; porque los que lo hacían, estaban armados con la autoridad y potencia del rey: y aunque San Anselmo estaba aparejado para dar su sangre por la verdad, y por la defensa de la libertad eclesiástica; todavía juzgó, que era mejor por entonces desviarse, y salir de Inglaterra; porque con esto se aplacaría el rey, y cesaría aquella tempestad. Suplicó, pues, al rey, que le diese licencia para ir a Roma, por el palio, que se suele dar a los Arzobispos, y recibirle de mano del Sumo Pontífice Urbano II, que a la sazón presidía en la Silla de San Pedro. Se turbó el rey con esta demanda, y respondió que él era papa en su reino, y no conocía ni quería que se nombrase en él otro papa sino él. Se afligió sobre manera el varón de Dios: juntó a todos los Obispos y Abades, para reprimir y apagar aquella centella de fuego infernal, antes que abrasase todo el reino, proponiéndoles el ánimo del rey, y la gravedad o importancia de aquel negocio; y halló los más de los Obispos inclinados a la voluntad del rey (¡tanto puede la lisonja y ambición, y la potencia de un rey absoluto y furioso!), y que a voces decían, que era impío, y rebelde al rey y al reino, cualquiera que dijese, que en el reino de Inglaterra se había de obedecer a otro, que al rey Guillermo, en las cosas eclesiásticas y temporales, de manera, que quitaron la obediencia al romano Pontífice, negando el primado y suprema potestad que tiene sobre toda la Iglesia Católica. Como vio esto el Santo Prelado, y que no podía contrastar con una tormenta tan horrible y espantosa, suplicó al rey que le diese licencia para salir del reino, e ir a Roma: y como el rey no se la quisiese dar, sino con condición, que le desterrase del reino, y no volviese más a él; habiendo exhortado a los monjes, clérigos y pueblo con palabras graves, y amorosas a toda virtud, se vistió de hábito de romero, y se partió, llorando y gimiendo todo el pueblo, y se embarcó en Douvres, y pasó a Francia, y llegó a León, donde fue muy bien recibido del Arzobispo de aquella ciudad, y tenido en suma veneración.

Supo el Papa Urbano lo que había sucedido, y mandó a Anselmo que fuese a Roma, en donde fue honrado de toda la corte, y regalado, y acariciado del Sumo Pontífice, y alabado con tan graves y encarecidas palabras en presencia de los Cardenales, y de otros señores de su corle, que Anselmo quedó confuso, sin poder alzar los ojos de pura vergüenza, juzgando, por su humildad, que era muy diferente en el alma y en los ojos del Señor, de lo que parecía de fuera.

Se detuvo San Anselmo algunos días por orden del Papa en un monasterio de la Orden de San Benito, cerca de la ciudad de Capua, donde Dios Nuestro Señor por sus oraciones sacó de una peña durísima una fuente de agua viva, que se llamó el Pozo del Obispo Cantuariense; y era de tanta virtud, que sanaba a los dolientes de calenturas, y otras enfermedades. También se halló San Anselmo por mandado del Papa en el Concilio de Bari, y en él mostró su gran sabiduría y prudencia, especialmente en convencer a los griegos, y probar que el Espíritu Santo procede del Padre; y del Hijo, como de un principio: y en otro concilio que se celebró en Roma, ayudó a establecer las cosas graves e importantes que se decretaron en él.

Finalmente, el Sumo Pontífice, de consentimiento de todos los prelados, con particular consolación de Anselmo, fulminó sentencia de excomunión, tanto contra los legos, que osasen dar la investidura de los obispados, cuanto contra los eclesiásticos, que de mano de los legos la recibiesen: y con esta resolución, y con la bendición de su santidad, se partió el varón de Dios de Roma para León de Francia, donde pensaba entretenerse con el Arzobispo de León, perdida la esperanza de volver a Inglaterra, mientras que el rey Guillermo viviese. Mas estando allí ocupado en sus ordinarios ejercicios de virtud, y en ayudar al Arzobispo, tuvo nueva que el rey Guillermo a los 2 de agosto, andando a caza, había sido traspasado de una saeta por el corazón, y que luego había expirado, y acabado su triste vida. No se puede creer el dolor que con esta nueva tuvo el Santo Prelado, y las lágrimas de amargura que derramó, diciendo, que de muy buena gana hubiera él dado su propia vida, por librar a su rey de un fin tan lastimoso y desdichado. Polidoro Virgilio en la vida de Guillermo dice, que un soldado francés, llamado Gualtero, le hirió, y hubo algunas señales y prodigios del cielo, del castigo que el Señor le quería dar; y antes que San Anselmo tuviese la nueva de su muerte, le dijo San Hugon, abad cluniacense, que el rey había sido acusado delante del tribunal de Dios, y había sido juzgado y condenado a fuego eterno; porque Nuestro Señor, aunque permite que los malos reyes aflijan sus reinos, se sirve de ellos, como de ministros y verdugos de Su Justicia, a la postrera los castiga, y ejecuta en ellos Su furor.

A Guillermo sucedió en el reino su hijo Enrico, primero de este nombre; el cual viendo que todo su reino estaba afligido por los desafueros y violencias de su padre, temiendo alguna rebelión por razón de estado, se mostró benigno y comenzó a deshacer los agravios que había hecho su padre, y a honrar a los Sacerdotes y a mirar por las Iglesias y a dar contento a todo el pueblo. Y como San Anselmo era varón de tan grande autoridad, procuró ganarle la voluntad, y rogarle que volviese a su reino; y lo mismo hicieron los señores y prelados principales de él, juzgando que con su presencia las cosas de aquel reino se asentarían. Pero cuando el rey entendió el decreto que el Papa había hecho en Roma, acerca de la provisión o investidura de los Obispados, se turbó en gran manera y concibió extraño odio a San Anselmo y le mandó confiscar los bienes de su arzobispado, y quiso que volviese a Roma a deshacer con el Sumo Pontífice Pascual II, que había sucedido a Urbano II, lo que se había hecho y decretado en el Concilio de Roma; y como san Anselmo no quisiese venir en ello, ni tomar a su cargo cosa tan perjudicial a la libertad eclesiástica, alcanzó el rey de él, que a lo menos fuese con los embajadores que él enviaba a Roma a tratar de este negocio: y el Santo Prelado por excusar mayores males, se dejó persuadir y volvió a Roma, en donde fue recibido esta segunda vez del Papa y de toda aquella ciudad con grande honra y respeto, como lo había sido la primera; pero los embajadores, no pudiendo alcanzar del Papa lo que pretendían, aunque le amenazaron y dijeron que el rey Enrico no consentiría ni obedecería aquel decreto, aunque hubiese de perder el reino: y su santidad con gran valor respondió que él no consentiría cosa contra la libertad de la Iglesia, aunque por ello hubiese de perder la vida; y con esta resolución despidió a los embajadores del rey: y aunque él estuvo terco y bravo, y persiguió a San Anselmo algún tiempo; al cabo, tocándole Dios en el corazón, conoció su culpa, y bajó la cabeza y obedeció a la voluntad del Papa, y dejó a la Iglesia lo que era suyo, y convirtió el odio que tenía a Anselmo en amor, y de allí adelante le favoreció con gran gusto y contento de todos los buenos de su reino; para que se vea, cuánto puede la constancia de los buenos prelados, cuando por servicio de Dios y sin pretensión alguna de la tierra, defienden la autoridad de la Iglesia, y no se dejan llevar de la corriente ni del deseo de dar gusto en las cosas injustas a los reyes. Y también se ve el favor que Dios nuestro Señor da a los mismos reyes, por el respeto que tienen a la Iglesia y a sus ministros, porque poco después que el rey Enrico se sujetó a la obediencia de la Iglesia, el Señor le sujetó sus enemigos, y le dio una ilustre victoria contra su hermano Roberto y su ejército, con lo cual quedó señor del ducado y provincia de Normandía: y en señal de agradecimiento hizo una dieta en Londres, en la cual con grandísima consolación de Anselmo, que se halló en ella, y de todos los buenos, renunció la investidura de las iglesias, dejando libremente la disposición de ellas al Papa y a sus ministros, mostrándose en esto verdadero y obediente hijo de la Santa Sede Apostólica.

Estando pues, San Anselmo con mucha paz y quietud en su iglesia, y haciendo oficio de santo y vigilante pastor, cargado de años y trabajos y merecimientos, vino a tener muchas enfermedades, especialmente del estómago, y tanta flaqueza que no podía decir Misa; y para poderla oír, se mandaba llevar cada día a la iglesia, y esto era con mucho trabajo y dificultad. Luego conoció el Santo que se acercaba el fin de su vida: y habiéndose armado con los Santos Sacramentos de la Iglesia, y dado la bendición a los que estaban presentes, y suplicando a Nuestro Señor que desde el Cielo la diese al rey y a la reina y a sus hijos y a todo el reino, y echado y tendido según la piadosa costumbre de aquellos tiempos, sobre el cilicio y la ceniza, dio su bienaventurada alma al que para tanta gloria Suya la había creado, el miércoles santo al alba, a los 21 de abril del año de 1109, a los trece de su arzobispado y a los setenta y seis de su edad. Fue enterrado con gran solemnidad y no con menos sentimiento de su iglesia y de todo el reino de Inglaterra, por haber perdido un padre, maestro y pastor tan santo, sabio, valeroso y venerable.

Ilustró Nuestro Señor a su siervo Anselmo con muchos milagros en vida y muerte. Estando orando de noche, fue visto cercado de una clarísima luz y todo resplandeciente. Un caballero nobilísimo, en los confines de Flandes, hallándose cargado de lepra y no menos de tristeza, por verse de aquella manera, fue avisado una noche del Cielo, que fuese al monasterio, donde San Anselmo era abad, y que bebiese del agua, en que el Santo hubiese lavado sus manos después de Misa; porque con esto quedaría sano. Lo hizo así, y luego cobró entera salud. Otro monje suyo que estaba muy doliente, rociándole el Santo con un poco de agua bendita, incontinenti quedó del todo sano. Haciendo la Señal de la Cruz contra un gran fuego que se había emprendido cerca de donde el Santo estaba, luego cesó. Estando uno de sus monjes muy afligido, tentado y confuso y sin remedio, por ver que no podía con medio humano salir de la angustia y agonía con que el demonio le apretaba y casi hacia desesperar, se fue a San Anselmo y le dijo las ondas que combatían y ahogaban su corazón; y el Santo con afecto amoroso y de padre, solamente le respondió estas palabras: «Dios te remedie;» y luego se serenó el monje, de manera que le parecía que no era él el que había sido, sino otro. Otros muchos dolientes de calenturas y de otras graves enfermedades, que se encomendaron al Santo, sanaron por sus oraciones, o por comer algunas sobras de los manjares que había comido. También tuvo el don de profecía; pero el mayor milagro de todos los que Nuestro Señor hizo por San Anselmo, fue el mismo Santo y su vida más divina que humana. Escribió muchos y admirables libros, con los cuales enriqueció la Iglesia Católica, y con singular ingenio, doctrina y don del Cielo, juntó la sutileza y alteza de las cuestiones teológicas, con la devoción y dulzura y suavidad del espíritu, cuyo catálogo se puede ver en el principio de sus obras y en el abad Tritemio, que hablando de San Anselmo, dice de él estas palabras: «Fue varón en las Divinas Escrituras eruditísimo, y en las seglares sobre todos los de su tiempo aventajado: en la vida y conversación santísimo: en el alma devoto, en la lengua fecundo, en la obra eficaz, en el rostro parecía ángel, en el andar grave y en la vida ejemplar, continuo en el estudio de la Sagrada Escritura, y adornado en todas las demás virtudes.»

La vida de san Anselmo escribió Edinero, que fue su familiar, y le acompañó en sus caminos y trabajos, en dos libros que refiere Surio en el segundo tomo; y también Edmundo, monje cantuariense, que añadió un tratado de las discordias que tuvo el Santo con los reyes de Inglaterra. Hacen mención de él Tritemio en el libro de los varones ilustres de la orden de San Benito, el autor de los escritores de Inglaterra, el Martirologio romano, Juan Molano en las anotaciones de Usuardo y otros muchos.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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Programa de Reparación Abril 2018 – Tercer Viernes de Mes – (21º Reparación Abril 2015)

Apostolado de la Preciosa Sangre
¡Consolar es Adorar!

El Programa y los Mensajes del Tercer Viernes de Reparación de Abril 2018 es el mismo de Abril 2015.

Apariciones de Jesús y María

VIDENTE BERNABÉ NWOYE / OLO, ESTADO DE ENUGU, NIGERIA
BernabéNigeria3
A continuación presentamos el 21º (Vigésimo primer) Programa de Peregrinación y Reparación, que se llevará a cabo desde el jueves 16 al viernes 17 de Abril de 2015, —Tercer Viernes del Mes—, en Tierra Santa de Adoración y Renovación, Estado de Enugu, Nigeria, y que ha sido pedido por la Santísima Virgen y Nuestro Señor Jesucristo a Bernabé Nwoye, como Día de Reparación y como parte de la Devoción a la Preciosísima Sangre. 

Las Pereginaciones de Reparación comenzaron en el mes de Agosto de 2013, en Nigeria, y las estamos publicando semanalmente desde el comienzo. 

Cada Programa de Oración tiene Mensajes distintos y el horario se puede adaptar  para realizar la Reparación de la mejor manera desde nuestros hogares  o parroquias. La Virgen le dijo a Bernabé el 15 de enero de 2004:

“Que todas las rodillas se doblen en reparación. Que…

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29 de Agosto: Revelaciones de Jesús a Sor Lucía en Rianjo (1931)

29 de Agosto
Año: 1931 / Lugar: RIANJO (Galicia), España
Aparición de Nuestro Señor Jesucristo
Vidente: Sor María Lucía de Jesús Dos Santos (1907-2005)

sor lucia_pontevedra

Ubicación…

Nuestro Señor se quejó a Sor Lucía por la tardanza de
Sus ministros que demoraban la Consagración de Rusia

En agosto de 1931, debido a una enfermedad, la Hermana Lucía estaba pasando una temporada en una casa amiga en Rianjo, España, una pequeña ciudad marítima cercana a Pontevedra, para descansar y recobrarse. Fue en la capilla de allí que la Mensajera de Fátima iba a recibir una vez más una comunicación del Cielo.

Iglesia de Santa Comba en Rianjo donde Sor Lucía recibió las revelaciones de Nuestro Señor.

Nuestro Señor se quejó a la Hermana Lucía por la tardanza de Sus ministros, quienes demoraban la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María, como había pedido Nuestra Señora de Fátima el 13 de Junio de 1929, dos años y dos meses antes. La Hermana Lucía informó a su Obispo la importante revelación:

29 de Agosto de 1931. Señor Obispo: Mi confesor me manda que participe a V. Excia. lo que hace poco ocurrió entre mí y Nuestro Buen Dios: pidiendo a Dios la conversión de Rusia, de España y Portugal, me pareció que Su Divina Majestad me dijo:

“Me consuelas mucho pidiéndome la conversión de esas pobres naciones. Pídelo también a Mi Madre, diciendo muchas veces: Dulce Corazón de María, sed la salvación de Rusia, de España y de Portugal, de Europa y del mundo entero.

Y otras veces: Por vuestra Pura e Inmaculada Concepción, oh María, alcanzadme la conversión de Rusia, de España, de Portugal, de Europa y del mundo entero.

Participa a Mis Ministros que, en vista de que siguen el ejemplo del rey de Francia[1], en la dilación de la ejecución de Mi Petición, también lo han de seguir en la aflicción. Nunca será tarde para recurrir a Jesús y a María.”

El 13 de junio de 1929 Nuestra Señora ya le había dicho:

“No han querido atender Mi Petición… Al igual que el rey de Francia[2] se arrepentirán, y la harán, pero ya será tarde. Rusia habrá ya esparcido sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia. ¡El Santo Padre tendrá que sufrir mucho!”

Para cumplir el encargo de Nuestra Señora, el Papa Pío XII consagró, el 31-10-1942, todo el género humano al Corazón Inmaculado de María.


[1] Nuestro Señor estaba haciendo aquí una referencia explícita a los pedidos del Sagrado Corazón, hechos el 17 de Junio de 1689, al Rey de Francia, por intermedio de Santa Margarita María de Alacoque.
[2] Se refiere al rechazo del rey Luis XIV (1638-1715) —al igual que el rechazo, tanto de su hijo como de su nieto, los reyes Luis XV (1710-1774) y Luis XVI (1754-1793)— a consagrar públicamente a Francia al Sagrado Corazón de Jesús, como fue pedido por el Cielo. Ya el rey Luis XIII (1601-1643), había esbozado una forma de Consagración de Francia a la Virgen de Notre Dame, aconsejado por su confesor, el Padre Caussin, y en noviembre de 1637, el texto finalmente se presentó al Parlamento que fue firmado por el Rey, el 10 de febrero de 1638, conocido como el famoso voto de Luis XIII. El padre Caussin, propuso al rey promulgar la consagración de Francia tan pronto como no haya duda sobre el embarazo de la reina (del futuro rey Luis XIV). El 17 de Junio de 1789, Fiesta del Sagrado Corazón, exactamente a cien años del día en que Santa Margarita Mª Alacoque había escrito el gran designio del Cielo para el rey de Francia, se alzó el Tercer Estado (el pueblo llano) y se proclamó una Asamblea Nacional, despojando al rey Luis XVI de su poder legislativo. El 21 de enero de 1793, Francia decapitó, como si fuera un criminal, a su rey cristiano Luis XVI, llamado por los revolucionarios, Luis el Último o Luis Capeto.

Fuente:
http://www.fatima.org/span/essentials/facts/rianjoapariciones.asp

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17 de Abril: Apariciones de la Virgen en el Monasterio de la Santa Dormición de POCHAIV, Ucrania

17 de Abril Años: 1340 – 1559 – 1675
Lugar: Monasterio 
Lavra de la Santa Dormición de POCHAIV, Ucrania
Apariciones y Milagros de la Madre de Dios de Pochaiv
Videntes: Dos monjes y un pastor

Milagroso Icono de la Madre de Dios de Pochaiv

Ubicación…

Apariciones y Milagros de la Madre de Dios de Pochaiv


Primera Aparición

El lugar donde ocurrió la primera aparición de la Virgen dejando marcada Su huella sobre una roca se encuentra en la Lavra de la Santa Dormición de Pochaiv, en Ucrania Occidental. 

En el año 1340 se instalaron dos monjes en la colina donde se encuentra el monasterio de Pochaiv. Uno de ellos fue a orar a la cima del monte; después de la oración, apareció una columna de fuego, de pronto vio a la Madre de Dios de pie sobre una roca, rodeada de fuego. Él convocó al hermano para que viera esa maravilla. Un tercer testigo de la aparición fue un pastor llamado Iván Bosoi. Éste corrió hasta la colina, y los tres juntos glorificaron a Dios.

 

Vieron a la Santísima Madre de Dios, rodeada por las llamas y de pie sobre una roca. Cuando finalmente la aparición desapareció, vieron que en el lugar donde estaba la Virgen, la roca se había derretido dejando la huella del pie derecho de María marcado en ella. Desde la roca apareció un manantial de agua clara.

Milagros de la Virgen

En 1559 el Metropolitano Neófito de Constantinopla, viajando a través de Volynia (región donde se halla Pochaiv), visitó a la noble Ana Goiskaya que vivía en su propiedad de Orlya, no lejos de Pochaiv. Como bendición de despedida, él le dejó a Ana un ícono de la Madre de Dios traído desde Constantinopla. Comenzaron a notar que del ícono emanaba una luminosidad.

Comenzaron a notar que del ícono emanaba una luminosidad.

El carácter milagroso del ícono se presentó casi de inmediato, ya que sólo un corto tiempo después de su llegada, el hermano ciego de Anna recuperó la vista.

Cuando Felipe, hermano de Ana fue sanado en presencia de un monje en 1597, ella entregó la imagen milagrosa al monje, que vivía en la colina de Pochaiv. La santa imagen fue colocada en la iglesia erigida en honor de la Dormición de la Madre de Dios. Más tarde, allí se estableció un monasterio, en su mayor parte con la contribución de Ana Goiskaia.

Tercera aparición

En el año 1675 ocurrió un evento prodigioso en la guerra de Zbarazh, cuando los turcos invadieron la zona y asediaron el monasterio. En respuesta, los monjes, junto con los refugiados que allí había, comenzaron a cantar el himno Akáthistos ante el Icono de Pochaiv, suplicando la asistencia y la protección de la Madre de Dios. Para el asombro de los turcos, apareció por encima de Pochaiv la misma Reina de los Cielos con las manos abiertas, en una brillante luminosidad, acompañada de San Job.

La radiante Virgen puso su velo de protección sobre el monasterio y fue rodeado por una multitud de Ángeles armados con espadas para la batalla. Los invasores trataron de atacar a los Ángeles, lanzando miles de flechas al aire, pero las flechas cayeron de vuelta, matando a los hombres que habían disparado contra ellos.

Cuarto prodigio

Ocurrió durante la construcción de una gran iglesia en Pochaiv en 1780. Un monje corrió a la iglesia exigiendo que todo el mundo saliera. Después de que cerca de doscientos trabajadores habían abandonado la construcción, el techo se derrumbó.

En el monasterio se han registrado 139 milagros, según las crónicas.

Después de la muerte de Anna Goiskaya, su heredero, un sobrino que en la Reforma se había convertido en luterano, saqueó el Monasterio de Pochaiv y se llevó al ícono. Su esposa despreció a la santa imagen y a los ortodoxos, gritando insultos al ícono. Por ello fue castigada por tormentas demoníacas. El sufrimiento de la pobre mujer sólo se detuvo cuando ella finalmente devolvió la sagrada imagen a su legítimo lugar en el monasterio.


Fuente:
http://www.apariciones.cl/apariciones-por-tema/44-virgen-de-pochaev
http://teoforos-orientecristiano.blogspot.com/2011/08/el-milagroso-icono-de-la-madre-de-dios.html

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12 de Abril: Apariciones de la Virgen de la Revelación a Bruno Cornacchiola (1913-2001)

12 de Abril 
Año: 1947 / Lugar: Abadía TRE FONTANE – ROMA, Italia
Apariciones de la Virgen de la Revelación
Vidente: Bruno Cornacchiola (1913-2001)

Ubicación…

Virgen de La Revelación

La Santísima Virgen se aparece a Bruno Cornacchiola y sus tres hijos el día 12 de abril de 1947 en un lugar de las afueras de Roma, llamado Tre Fontane. Bruno, después de su servicio militar en 1936, se había hecho comunista y anticlerical. No había querido casarse por la Iglesia, pero su esposa le había insistido tanto que aceptó casarse en la sacristía, pero sin misa y sin confesarse ni comulgar. Después se fue a combatir en la guerra civil española. Allí se hizo amigo de un protestante alemán que le inculcó un gran odio al Papa y a la Iglesia católica. Por eso, compró un puñal en Toledo y en él escribió: “A morte il Papa” (muerte al Papa). Cuando regresó de la guerra, convertido en feroz anticatólico, cogió todos los rosarios, libros e imágenes de su casa, especialmente un crucifijo, y los despedazó y los quemó. Ese crucifijo roto lo verá en la gruta, a los pies de la Virgen en el momento de la primera aparición. Junto a él había también una sotana, la de un sacerdote a quien él se la había roto, al cerrarle bruscamente la puerta del tranvía, cuando era tranviario en Roma. Ese sacerdote anciano se cayó y se rompió el fémur. Años más tarde, al ir a visitar enfermos como fervoroso católico, encontrará a este sacerdote y le pedirá humildemente perdón y le ayudará a misa.

Al poco tiempo, después de quemar todas las imágenes de su casa, entra en la secta de los adventistas y es tan activo que él mismo convierte a otros 135. El día de la primera aparición estaba preparando con su Biblia un sermón contra la Inmaculada Concepción. María se le aparece con la Biblia en la mano para indicarle que de Ella habla la Biblia, el libro de la Revelación. Y le dice que rece el rosario todos los días, porque “las Avemarías dichas con fe son como flechas que llegan al corazón de Jesús”.

Aquel día se sentía tan feliz que decía: “Quien ha tenido la alegría excepcional de ver la belleza tan celestial de María no puede hacer otra cosa que desear morir para poder gozar de tanta felicidad en el cielo”. María le habló de los tres puntos blancos del amor y de la unidad. Primero, la Eucaristía (hostia blanca y pura). Segundo, la Inmaculada Concepción (blanca pureza de María). Tercero, el Papa, vestido de blanco. Por eso, él dice: “He aquí la verdadera Iglesia de Cristo, la Iglesia que vive de Jesús Eucaristía, que reconoce a María Inmaculada y que obedece y defiende al Papa… El que no quiere vivir esta unidad de amor y de obediencia con Cristo Eucaristía, María Inmaculada y el Papa, se opone a la voluntad de Jesucristo”. Pero veamos lo que dice de aquel día de la primera aparición:

“Fui a dar un paseo con mis tres hijos, Carlos, Gianfranco e Isola a Tre Fontane. Mientras mis hijos jugaban a la pelota, yo aproveché el tiempo para preparar una charla contra la Inmaculada Concepción, buscando argumentos en la Biblia, que llevaba conmigo. En un cierto momento, Gianfranco e Isola me invitaron a buscar la pelota, que habían perdido en una de las cuevas. En una de ellas, encontré a Carlos, de rodillas, en éxtasis, como petrificado, blanquísimo, con las pupilas dilatadas. Decía: ¡Hermosa Señora! ¡Hermosa Señora! Al llegar los otros dos, cayeron de rodillas, igualmente en éxtasis.

Pensando que era una trampa diabólica grité aterrorizado: Señor, sálvanos. En aquel momento, la gruta como que desapareció y vi una figura de mujer bellísima. El rostro era de tipo oriental, el pelo negro, recogido con un manto verde, que desde la cabeza le llegaba hasta los pies. Bajo el manto tenía una túnica blanquísima con una faja color rosa. Con la mano derecha sostenía un libro contra su pecho y con la izquierda me indicaba una sotana negra en el suelo y una cruz rota. Con una voz suavísima, como de música, me dijo:

Yo soy la que estoy en la Trinidad divina. Soy la Virgen de la Revelación. Tú Me persigues: ¡Ya basta! entra en el redil santo. Te han salvado los nueve primeros viernes de mes del Sagrado Corazón que hiciste antes de entrar en el camino de la mentira. Obedece la autoridad del Papa… Mi cuerpo no se corrompió ni podía corromperse. Mi Hijo y los Ángeles Me vinieron a tomar en el momento de Mi tránsito (Dogma de la Asunción)…

Y me recomendó el rezo diario del rosario por la conversión de los pecadores, de los incrédulos y por la unión de los cristianos…

El coloquio celeste duró desde las tres y veinte hasta las cuatro cuarenta. Lo extraño es que de este extraordinario discurso no he podido olvidar ni siquiera una sílaba y, aunque no hubiese escrito enseguida un resumen, me hubiera quedado igualmente impreso en el alma”.

Inmediatamente después de la aparición, sienten en la gruta un perfume maravilloso. Bruno limpia la gruta, que estaba llena de suciedad, y graba con una llave estas palabras: “El 12 de abril de 1947 se apareció en esta gruta la Virgen de la Revelación al protestante Bruno Cornacchiola y a sus hijos”. Después, caminando a su casa, entran en la Iglesia de la abadía cercana y mostrándoles el sagrario les dice a sus hijos: “Hijos míos, antes siempre os he dicho que Jesús no está ahí y os he prohibido rezar, pero ahora os digo que Jesús está ahí, que habita ahí, dentro de esa casita. Adoradlo”.

Su hija Isola le dice: “¿Rezamos alguna oración?” Isola sabía el Avemaría y la repitieron todos juntos con lágrimas en los ojos, con amor a la dulce Madre María. Al llegar a casa, le cuentan todo a Yolanda, su esposa, y ella le recuerda: “La Virgen ha cumplido su promesa de salvarte. ¿No comulgamos, haciendo los primeros viernes?”. Y rezan juntos el rosario.

Al día siguiente de la aparición, Bruno fue a colocar a la gruta esta inscripción: “Yo era colaborador del mal, enemigo de la Iglesia y de la Santísima Virgen, el 12 de abril de 1947, en este lugar, se me apareció a mí y a mis hijos la Santísima Virgen de la Revelación.

Me dijo que yo debía, con las señales y revelaciones que me daba, volver de nuevo a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana…

Amad a María, nuestra dulce Madre. Amad a la Iglesia. Ella es el manto que nos protege del infierno. Rezad mucho. Rezad”.

A partir de ese día, Bruno Cornacchiola, con sus 34 años, renunció a su fe adventista y retornó a la Iglesia Católica. En vez de predicar sermones contra la Inmaculada Concepción, hablaba de María Inmaculada y Asunta al cielo, como Ella misma se lo reveló. Desde entonces, ha recorrido el mundo, dando miles y miles de conferencias sobre el amor a María y a la Iglesia, la obediencia al Papa y el amor a Jesús Eucaristía (los primeros viernes lo salvaron).

El Milagro del Sol

María se le siguió apareciendo unas 26 veces más a lo largo de los años. El 12 de abril de 1980, 33 años después de la primera aparición y ante treinta mil personas reunidas en la gruta, en el momento de la consagración de la Misa, ocurrió el milagro del sol, durante media hora. El sol podía mirarse directamente sin que dañara la vista y giraba vertiginosamente sobre sí mismo, irradiando diversos colores. El sol apareció como una gran hostia blanca y en el centro se veían las letras JHS para indicar la presencia de Jesús en la hostia blanca de la Eucaristía. Este prodigio se repitió el 12 de abril de 1982.

Actualmente en Tre Fontane (Roma) existe un gran santuario, construido en 1957, cuya custodia está encomendada a los Padres franciscanos. Allí se realizan grandes milagros de curaciones y conversiones para gloria de Dios. El santuario está dedicado a la Virgen de la Revelación, es decir, a la Virgen de la Biblia.

Los Papas han apoyado esta devoción sin declaraciones oficiales. El mismo año de la aparición, el 5 de octubre de 1947, el Papa Pío XII bendijo una estatua de la Virgen, que fue llevada triunfalmente hasta Tre Fontane por más de cien mil personas. El mismo Papa, el 1º de noviembre de 1950, proclamó solemnemente el dogma de la Asunción de María a los cielos, del cual Ella le había hablado en la primera aparición.

María quiso aparecerse a un protestante en Roma, en el corazón de la cristiandad, para indicarle el camino de la verdadera fe y, como Ella dice, evitar el camino de la mentira.


Fuente:
Ángel Peña O.A.R. Lima, Perú, 2001. APARICIONES Y MENSAJES DE MARÍA, Primera Parte, Apariciones Aprobadas por la Iglesia”.

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13 de Abril: San Hermenegildo (564 †585) Mártir de la Eucaristía

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1855 – Tomo I, Abril, Día 13, Página 523.

Ubicación…

San Hermenegildo, Príncipe de España

San Hermenegildo, príncipe de España y mártir glorioso, fue hijo de Leovigildo, godo, y hereje arriano, rey de España, el cual tuvo dos hijos: a Hermenegildo, que era el mayor, y príncipe y heredero del reino, y como a tal le dio el título de rey; y a Recaredo, que por muerte de Hermenegildo, su hermano, sucedió en el reino. Se criaron estos dos príncipes con la leche ponzoñosa de la herejía arriana, que tenía su padre, y los godos habían traído a España, hasta que habiendo crecido Hermenegildo en edad y discreción, conoció su engaño, y alumbrado del Señor, y enseñado de San Leandro, Arzobispo de Sevilla, se convirtió con entero corazón a la Santa Fe Católica, detestando la herejía. Entendieron esto los católicos, que ya había muchos en España, y se aficionaron extrañamente a Hermenegildo, no solo como a su príncipe, sino también como a caudillo y defensor valeroso de la fe católica, por cuyo medio pensaban que podrían prevalecer y librarse de la tiranta de los herejes arrianos y del mismo rey Leovigildo, que cruelmente los perseguía. Hubo entre el rey Leovigildo y príncipe, su hijo, algunos debates y diferencias, al principio mansamente, y después con rompimiento de guerra; porque el rey, a más de querer sustentar en el reino, su falsa creencia y error, temió que por este camino su hijo se apoderaría del reino, y le desposeería: y el príncipe Hermenegildo, como conocía la verdadera y pura religión católica, juzgaba que estaba obligado a ampararla, y si fuese menester, morir por ella: y así en una carta quo escribió a su padre le dijo estas palabras: «Si os enojáis porque sin vuestro parecer he osado trocar religión, yo os suplico que me deis licencia para tener justa pena, por ver que aun no me concedéis que yo tenga más cuenta de mi salvación que con las otras cosas de esta vida. Y sabed que estoy aparejado, si fuere menester, a dar la sangre y la vida por mi alma; porque no es justo que el padre carnal pueda más que Dios, ni que tenga más fuerza con su hijo que la propia conciencia.»

Finalmente, después de muchos trances que pasaron entre el padre y el hijo, faltándole a Hermenegildo los socorros que aguardaba de fuera de España, y la lealtad, celo y calor de los que en ella le seguían, vino a manos de su padre, el cual preso y aherrojado le hizo llevar a Sevilla, y ponerle en una torre, donde por mandado de su mismo padre fue martirizado por Cristo, de la manera que San Gregorio escribe en el libio de sus Diálogos, por estas palabras, que por ser suyas me ha parecido a la letra poner aquí.

«Hermenegildo, dice, rey e hijo de Leovigildo, rey de los visigodos, por persuasión de Leandro, Arzobispo de Sevilla, dejó la secta arriana, y se convirtió a la fe católica, lo cual sabido por su padre, procuró de reducir a su hijo a la herejía, que había dejado, con grandes promesas y amenazas: mas el santo mozo estuvo fuerte y constante, y respondió: Que por ninguna cosa dejaría aquella fe y religión, que una vez había conocido por verdadera, y tomado. Por lo cual el padre le privó del reino, y le despojó de todos los bienes que tenía. Y como esto no bastara para ablandar y vencer aquel pecho fuerte de Hermenegildo, le mandó poner en una estrecha cárcel, y cargarlo de hierros y cadenas. Estando en la cárcel el Santo mozo, comenzó a tener en poco el reino de la tierra, y a desear mucho el del Cielo: y para alcanzarle, no contentándose con las prisiones y penas que sufría, se vistió del cilicio, haciendo continuamente oración al Señor, suplicándole que le diese esfuerzo para pasar con alegría aquellas persecuciones y trabajos que padecía, menospreciando la gloria vana y transitoria del mundo, con ánimo igual al conocimiento que Él le había dado, de cuán nada era todo lo que había perdido, y su padre le había podido quitar.

Vino la festividad de la Pascua, y aquella noche el pérfido rey Leovigildo envió un obispo arriano a la cárcel, para que su hijo recibiese la comunión del Sacratísimo Cuerpo de Cristo de la mano sacrílega de aquel hereje, prometiéndole, si lo aceptaba, de admitirle en su gracia. El santo mozo, aunque estaba atado y afligido en el cuerpo, estaba libre y despierto en el alma: y estimando en más la gracia de Dios que la de su padre, echó de sí al obispo arriano reprendiéndole, y diciéndole las palabras que merecía oír. Cuando el padre supo lo que había pasado al obispo con su hijo, salió de sí; y arrebatado de la saña y furor, envió sus soldados y ministros para que allí donde estaba le matasen, y así se hizo; porque entrando en la cárcel le dieron un golpe con una hacha en su santo cerebro, y le quitaron la vida corporal, que el mismo Santo con tanta constancia había menospreciado. Más para mostrar la gloria de su martirio, hizo Dios algunos milagros; porque en el silencio de la noche se oyó una música celestial sobre el cuerpo del rey y santo mártir, que por serlo fue verdaderamente rey. Y también se dijo que aparecieron muchas lumbres encendidas sobre el mismo cuerpo: entendiendo los fieles por estas señales, que debían reverenciarle como a cuerpo de mártir glorioso: y el padre pérfido, y homicida de su hijo, tuvo dolor y arrepentimiento de lo que había hecho, mas no de manera que le aprovechase para alcanzar la salud eterna; porque puesto caso que conoció que la fe católica es la verdadera; pero no se atrevió a confesarla públicamente, por temor de sus súbditos, y por no perder el reino: y cayendo enfermo, y estando para morir, encomendó a Leandro, Obispo, a quien antes gravemente había afligido, que tuviese mucha cuenta con Recaredo, su hijo, que dejaba por sucesor, y procurase, con sus consejos y amonestaciones, reducirle a la fe católica, como antes lo había hecho con su hermano Hermenegildo; y con esto acabó su vida.» Todo esto es de San Gregorio, el cual atribuye la conversión del rey Recaredo a la fe católica, y la de todo su reino, que se hizo en el tercero concilio toledano, a la sangre y merecimientos de San Hermenegildo, su hermano, que alcanzó de Dios Nuestro Señor, con su muerte, lo que había pretendido en vida; habiendo sido como un grano de trigo, que sembrado en la tierra y muriendo produce muchas espigas, lo cual no haría si no muriese.

Dicen que el verse trocado Leovigildo, y deseado que su hijo Recaredo fuese católico, y encargado a San Leandro que pusiese cuidado en ello, fue parte por el dolor que tuvo de la muerte de San Hermenegildo, su hijo, conociendo que era inocente y sin culpa, y parte por algunos milagros verdaderos que obró Dios por los católicos y por otros falsos y fingidos, que para engañar más al rey pretendieron hacer los herejes arrianos: porque a más de que el soldado, llamado Sisberto, que hirió y mató a San Hermenegildo, dentro de breves días murió desastrada y miserablemente, acaeció que robando los soldados de Leovigildo un monasterio de San Martín, que estaba cerca de Cartagena, y queriendo uno de ellos herir al abad, que solo había quedado en él, en castigo de aquel pecado luego el soldado cayó allí muerto: y disputando un católico con un hereje, para prueba de su verdad, tomó en las manos un cerco de hierro ardiendo sin quemarse, y el hereje no se atrevió a hacer otro tanto, para confirmación de su mentira: y habiendo un obispo arriano concertándose con otro hombre de su secta que se fingiese ciego, y cuando le viese en público acompañando al rey le pidiese a grandes voces que le restituyese la vista, como amigo de Dios y santo, haciéndolo así aquel hombre, y poniendo el obispo sus manos sobre los ojos, perdió la vista que tenía, y quedó totalmente ciego; y el hombre a gritos descubrió la maldad, y el rey vino a entenderla, y el artificio y embustes que usaban los de su secta. Pero todo esto no bastó para que públicamente confesase lo que tenía en el corazón, como dice San Gregorio, e imitase la fortaleza y constancia de su hijo, que pospuso el reino y la vida al amor de Dios y al culto de Su Santa Religión; porque el afecto y deseo desordenado de reinar es muy poderoso, y es menester gran gracia de Dios para que el hombre deje lo que tiene entre las manos, por la esperanza de otros bienes mayores que han de venir.

Fue coronado de martirio San Hermenegildo, según Baronio, el año del Señor de 584, a 13 de abril, y aquel día el Papa Sixto V mandó que se celebrase en toda España su fiesta, por un Proprio motu, dado a 12 de Febrero 1586, en el primer año de su pontificado, suplicándoselo el rey católico don Felipe II de este nombre, y el príncipe don Felipe, su hijo, que ahora reina: y mandaron traer la cabeza de San Hermenegildo del monasterio de Nuestra Señora de Sijena, que es de la Orden de San Juan, en el reino de Aragón, donde estaba, al insigne y real templo de San Lorenzo del Escorial, donde es reverenciada con aquel culto y honra que a tan glorioso mártir y príncipe de las Españas se debe.

De San Hermenegildo escribió San Gregorio, Papa, Lib. III, Dial., c. 31; Gregorio Turonense, de Gloria Conf., cap. 12, 13 et 14; Adon in Chron., aetate 6, ann. 583; Surio t. II; Vaseo in Chron. ann. 584, y el P. Juan de Mariana de nuestra Compañía en su Hist. t. 5, c. 12.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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11 de Abril: Martirio y Milagros de San Estanislao de Cracovia (1030-1076)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Mayo, Día 7, Página 41.

Ubicación…

San Estanislao, Obispo y Mártir

El bienaventurado San Estanislao, Obispo y Mártir, nació en la ciudad de Cracovia, cabeza del reino de Polonia, de padres ricos y nobles, los cuales, habiendo sido casados ya treinta años, sin tener hijos, por sus oraciones y lágrimas impetraron del Señor a San Estanislao. Desde niño comenzó a mostrar lo que había de ser, así en habilidad e ingenio para todo género de letras, como en la vergüenza, modestia y honestidad de sus costumbres. Estudió primero en la ciudad de Guiesna, y después en la universidad de París, las artes liberales, el derecho canónico y la sagrada teología, con grande aprovechamiento; y volviendo a Polonia, siendo ya muertos sus padres, repartió a los pobres el rico patrimonio que le habían dejado. Tuvo deseo de renunciar a todas las cosas del siglo y hacerse religioso; pero Nuestro Señor, que se quería servir de él en otro ministerio, ordenó que fuese canónigo y predicador, y después Obispo de la Iglesia de Cracovia, y que sucediese en ella a Lamberto, lo cual aceptó con gran repugnancia y dificultad, y por no resistir a la Voluntad del Señor, que le llamaba y lo quería poner sobre el candelero, como una hacha resplandeciente, para alumbrar con la luz de su vida y doctrina a todos aquellos pueblos que Él le encomendaba.

Admirable fue la santidad, vigilancia, prudencia y valor de este Santo en el gobierno de su obispado, y la caridad y misericordia para con los pobres y necesitados. Era el más humilde de todos, blando con los flacos, severo con los rebeldes, piadoso con los afligidos, manso en sus injurias, celoso y terrible en las cosas de Dios. Era rey de Polonia en aquella sazón Boleslao, hijo del rey Casimiro, el cual, habiendo dado al principio muestras de valeroso príncipe en las guerras que trabó con los rusos, después con el regalo se estragó y se dio a todo género de vicios y deshonestidades, y se convirtió en una bestia, no sólo carnal, sino también fiera y cruel y derramadora de sangre humana. Y como los vicios de los príncipes son más notados y más dañosos, todo el reino de Polonia estaba muy escandalizado y afligido por el mal ejemplo y tiranía de su rey. Le pareció a Estanislao que tenía obligación de avisar, como padre espiritual, a Boleslao de sus desafueros. Lo hizo con humildad y grave modestia, suplicándole una y muchas veces que se reportase, y se fuese a la mano y considerase que los pecados de los reyes son mucho más feos que los de las personas particulares, así por la mayor obligación que tienen a Dios, que los ha hecho reyes, como por el mayor daño que se sigue a todo el reino: el cual, con el mal ejemplo de su rey, se inficiona. Que si no se enmendaba, supiese cierto que Dios le castigaría, y por ventura le quitaría el mando y la corona, y le privaría del reino que Él mismo le había dado. Salió fuera de sí Boleslao por esta tan santa y justa amonestación del Obispo, porque no quería desistir de su mala vida, ni que hubiese persona en su reino que se atreviese a reprenderle. Determinó perseguir a Estanislao y hacerle callar mal de su grado, y echarle de su iglesia, y como no hallase ocasión verdadera para poderlo hacer, buscó una fingida y aparente.

Había comprado el Santo Obispo una heredad de un hombre rico, llamado Pedro, para su iglesia, y pagado enteramente el precio de ella; pero no tenía bastantes escrituras para poderlo probar. Era ya muerto tres años antes el dueño de la heredad de quien él la había comprado, y los herederos del difunto, por dar gusto al rey y aprovecharse de la ocasión, pusieron pleito al Obispo, diciendo que aquella heredad que él había usurpado era suya de ellos. Se vio el negocio en cortes delante del rey, y como al Obispo le faltasen los recaudos necesarios, y los testigos que sabían la verdad no lo quisiesen decir por temor del rey, fue condenado, mandándole que restituyese la heredad. Pidió tres días de término para traer allí, a Pedro, tres años antes, como se ha dicho, difunto, que se la había vendido. Se los dieron haciendo burla de él. Mas el Santo ayunó, veló y oró con gran fervor a Nuestro Señor, suplicándole que pues aquella era causa Suya, Él la defendiese; y al cabo de los tres días, habiendo ofrecido el Santo Sacrificio de la Misa, se fue a la sepultura donde Pedro estaba enterrado, e hizo quitar la losa que estaba encima, cavar la tierra y descubrir el cuerpo, y tocándole con el báculo pastoral, le mandó que se levantase. Al mismo punto obedeció el muerto a la voz del Santo vivo, y se levantó, y por su mandato le siguió hasta el tribunal donde estaba el rey, y los grandes y jueces de su corte. Les dijo Estanislao. «He aquí a Pedro, el que me vendió la heredad, el cual de muerto ha resucitado y está presente. Preguntadle si es verdad que yo le pagué enteramente lo que para la iglesia me vendió. El hombre es conocido, la sepultura está abierta, Dios ha sido el que le ha resucitado para confirmación de la verdad, su palabra debe ser más firme y cierto argumento de ella, que todos los dichos de los testigos ni escrituras que se pueden alegar.»

De este milagro tan grave y tan manifiesto quedaron atónitos y helados los adversarios del Santo Obispo, y no tuvieron qué decir, porque Pedro les declaró toda la verdad, y amonestó a sus deudos que hiciesen penitencia de su pecado, y de las molestias que contra justicia habían dado a Estanislao; el cual le ofreció que si quería vivir algunos años, él se los alcanzaría del Señor. Y Pedro escogió antes volverse a la sepultura y tornar a morir, que quedar en una vida tan congojosa y peligrosa, diciendo al Santo que él estaba en el Purgatorio, y le quedaba poco tiempo para acabar de purgar los pecados que había cometido en esta vida; y que más quería estar seguro de su salvación, aunque fuese padeciendo las penas que  le restaban por padecer, que ponerse en contingencia de perderla, volviendo al golfo y tormenta del mar tempestuoso de este siglo. Que lo que le suplicaba era que rogase a Nuestro Señor que le remitiese aquellas penas, y le llevase presto a gozar de Sí entre los bienaventurados. Con esto, acompañándole el Obispo y gran número de gente, volvió Pedro a la sepultura, y compuso sus miembros, y pidiendo a los circunstantes que le encomendasen a Dios, murió la segunda vez para vivir con Dios eternamente. ¿A quién no convirtiera un milagro tan ilustre y tan evidente como éste? ¿Qué pecho tan duro y empedernido puede haber que no se ablande y enmiende, viendo a un hombre resucitado y que quisiera antes tornar a morir que vivir en esta frágil y miserable vida? Mas estaba el corazón del rey tan abrazado con sus vicios y tan encarnizado en sus deshonestidades y crudezas, que todo esto no bastó para reducirle y rendirle a Dios; antes como una fiera se relamía en la sangre inocente de sus súbditos, y como animal inmundo se revolcaba en el cieno de sus torpezas, con notable escándalo de su reino.

Tomó Estanislao primero todos los medios suaves y blandos que pudo para sanar aquella llaga tan encancerada del rey, y viendo que todos le salían en vano, vino a tomar el postrero del hierro y fuego, y a excomulgarle apartándole de la comunión de los fieles, como miembro podrido, para que con este golpe, o volviese en sí y se enmendase, o de tal manera se perdiese, que no perdiese juntamente consigo el reino. Pero el rey, como otro Faraón, con los azotes Dios más se endureció, y sabiendo que el Santo Obispo iba a decir Misa a una iglesia de San Miguel, envió sus soldados y ministros que le sacasen de ella, y le arrebatasen del altar si fuese menester, para matarle. Fueron, y queriendo poner las manos en el Santo, que estaba celebrando el Misterio de nuestra Redención, espantados con una súbita y excesiva luz del cielo, cayeron en tierra sin poder ejecutar su maldad. Y lo mismo sucedió la segunda y tercera vez a otros soldados que el rey había enviado para el mismo efecto. Habiendo ido Boleslao para hallarse presente a aquel detestable espectáculo, y recibir contento viendo por sus propios ojos la muer te del que tenía por cruel enemigo; y como los sayones despavoridos volviesen atrás sin poder ejecutar lo que su señor les había mandado, y reprendiéndoles de flojos y pusilánimes, arremetió al Santo, y él mismo por su mano le dio con la espada un golpe tan terrible en la cabeza, que los sesos se esparcieron por las paredes; y luego, los de su guarda, allí en el altar donde estaba le acabaron de matar; y le hicieron pedazos; arrojando aquellos miembros sagrados por los campos, para que fuesen comidos de los perros y de las fieras. Mas el Señor envió de cuatro partes cuatro águilas de notable grandeza, que se pusieron allí cerca del santo cuerpo, y milagrosamente le defendieron dos días enteros; y fueron vistas muchas luces de noche en el aire sobre aquellas santas reliquias.

De aquel milagro, movidos algunos Sacerdotes y personas piadosas, que al principio estaban encogidas por miedo del cruel tirano Boleslao, tomando ánimo, recogieron los miembros de su santo cuerpo esparcidos, y los compusieron y tornaron a juntar; y con otro milagro, por Voluntad del Señor, vinieron a unirse y trabarse entre sí, tan sólida y enteramente como si nunca hubieran sido divididos ni apartados, y sin quedar rastro ni señal en ellos de las heridas. Enterraron el cuerpo entero a la puerta de la misma iglesia de San Miguel, donde había sido muerto: de allí a diez años le trasladaron a la ciudad de Cracovia, y con grande honra le sepultaron en medio del templo de la fortaleza de aquella ciudad.

No se puede fácilmente creer el sentimiento que hubo en el reino de Polonia y en los otros de la cristiandad, de un caso tan lastimoso y abominable, y lo que todos los buenos pronosticaron de los desastres y calamidades que habían de llover sobre aquel desventurado rey. Pero el que hizo mayor demostración fue el Sumo Pontífice Gregorio VII, el cual, queriendo castigar un caso tan atroz y la injuria tan extraña que se había hecho a la Iglesia, puso entredicho en todo el reino de Polonia. Excomulgó y anatematizó al rey Boleslao, y le privó del reino, y mandó a los Obispos que sin su licencia no ungiesen ni coronasen a nadie por rey: y a todos los que intervinieron en la muerte del Santo Obispo y Mártir los excluyó a ellos, y a todos sus descendientes hasta la cuarta generación, de todos los oficios, beneficios y rentas eclesiásticas. Y el miserable rey, aborrecido de todos, y atormentado del verdugo cruel de su propia conciencia, huyó de Polonia a Hungría, donde no mucho después, no pudiéndose sufrir, él mismo se mató: aunque otros dicen que yendo a caza cayó del caballo, y fue comido de los perros. Y no falta quien diga que hizo penitencia, y sin ser conocido estuvo en un monasterio sirviendo en la cocina, hasta que acabó su vida.

La muerte de San Estanislao (según Martín Cromero) fue el año del Señor de 1079, y fue a los 11 de abril. Y después se trasladó su cuerpo a los 8 de mayo; aunque por estar este día ocupado con la Aparición de San Miguel, celebra la Iglesia su fiesta a los 7 de mayo. Después, por los años de 1253, ciento setenta y cuatro años después de su muerte. Inocencio IV, Sumo Pontífice, le canonizó, y le puso en el catálogo de los Santos, habiendo precedido algunos singulares milagros que Dios obró para honrar y magnificar al Santo Obispo Mártir. Y nuestro muy Santo Padre Clemente VIII mandó que la fiesta de San Estanislao se pusiese en el Breviario romano, y que se celebrase con Oficio de duplex en toda la Iglesia Católica. Se sacó esta vida de fray Lorenzo Surio en el segundo tomo de las Vidas de los Santos, a los 11 de abril, de Juan Longino, canónigo de Cracovia, y de Wandalia de Alberto Krancio, en el tercero libro, a los capítulos doce, trece y catorce, y de Martín Cromero, autor muy grave, en su Historia de las cosas del reino de Polonia, al fin del cuarto, y en el principio del libro nono, y de las lecciones aprobadas con la autoridad de la sede apostólica.

(P. Ribadeneira.)


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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Visiones sobre los Últimos Tiempos que Impactan a la Iglesia, por el Padre Wilson Salazar

MENSAJE DE DIOS PADRE
Al Padre WILSON SALAZAR
Colombia, 14/02/2011

El Amor de Dios Padre Creador, el Amor de Dios Salvador, el Amor de Dios Santificador esté con todos vosotros.

Os cubro y os bendigo en el Corazón Purísimo de vuestra Madre, la Reina Purísima que tanto ora por vosotros. Ella es el Refugio de los últimos tiempos, la elegí para ser la Capitana que guíe Mi ejército en los últimos tiempos. En Ella he depositado toda Mi confianza para los últimos tiempos. ¿Qué haríais sin Ella? ¿Qué haréis  sin Mi Hija predilecta? Ella es quien  recluta las almas para los últimos tiempos.  Os lo aseguro, el que no esté unido a la Reina no alcanzará el Reino, Ella es quien los cubrirá en Su Santo Corazón en los últimos tiempos, en Ella estaréis seguros y firmes en la verdad de Mi Iglesia.  

Escrito está en Mi Palabra, Ella es la Mujer vestida de sol, con la luna bajo Sus pies  y una corona de doce estrellas sobre Su Cabeza: Mi Iglesia. Ella es la encargada de guardar la Iglesia, Mi Verdadera Iglesia. Es la encargada de llevar el resto fiel a los pastos y al  agua viva, Ella es vuestra Barca de Salvación, Ella es el Arca de los últimos tiempos; es el Refugio de vuestro corazón, los sencillos serán refugiados en Su Corazón, los humildes, los que Me aman de verdad, pero cierro las puertas de Mi Reino a los orgullosos a los soberbios y arrogantes, a los que destruyen Mi Iglesia con sus falsedades, a los soberbios por sus elucubraciones, ideas, teorías y falsos razonamientos humanos; les cerraré el Reino de los Cielos a los que Me retan cambiando Mi Palabra eterna por sus teorías modernistas infiltrándolas en Mi Iglesia, no verán la Luz del Reino de los Cielos.  

¡Ay!,  de los que han creído en sus falsas teorías, ay de ellos que suplantan Mi Evangelio acomodándolo a sus propios intereses e interpretando mal Mi Evangelio aboliendo Mi Ley y poniendo leyes falsas, que se atreven a negar la Sagrada Escritura con sus teorías, ideas  y elucubraciones, con sus creencias y falsedades; ay de los teólogos de los últimos tiempos que se ufanan de decir que la Iglesia debe cambiar, que Mi Iglesia debe caminar con el  mundo moderno y acomodarse a la modernidad, compaginándose con las ideas  protestantes que son obra del demonio,  con ideas y doctrinas falsas que jamás YO di y que no son Mías, que jamás inspiré Yo; jamás cambiaré Mi Palabra Santa por los deseos e intenciones de los falsos profetas, de los modernos teólogos; jamás cambiaré Mi Santa Verdad por los reformadores y teólogos modernos que se ufanan de conocerlo todo creyéndose dioses en Mi propia Iglesia.

Jamás cambiaré Mi Palabra Eterna por lo que vive el mundo moderno, Yo no soy un Dios relativista ni falso, Soy un Dios Verdadero y lo que he dicho en Mi Palabra es Palabra Eterna. Yo no soy un Dios que cambie como cambia el mundo y acepte todas las abominaciones y pecados que se han convertido en vivencias comunes y aceptadas por el mundo, Soy un Dios serio y radical que no cambia Su Verdad Eterna por lo que el mundo desea, Soy un Dios celoso y firme y no cambio  Mi Palabra con los tiempos, Mi Palabra es Mi Verdad incambiable, Mi Verdad indivisible  y Mis Mandamientos son eternos y no los cambiaré jamás como quieren los traidores e infieles teólogos y protestantes en Mi Iglesia. Son Judas infiltrados por demonios que desean cambiar Mis Leyes y Mi Verdad, ¿y  acaso no  han cambiado ya Mis verdades Eucarísticas por la pestilencia del demonio? ¿Acaso no han infiltrado en Mi Eucaristía sacrilegios y profanaciones y herejías tocando el Cuerpo de Mi Hijo quienes no he mandado? ¿Quién mandó eso? ¿Acaso fui Yo? ¿Yo mandé que a Mi Hijo lo tocara cualquiera? Eso no lo mandé Yo, son falsedades de los falsos y Judas infiltrados en Mi Iglesia. ¿Yo mandé instaurar esas falsedades en Mi Iglesia infiltrando cosas peores en el Divino Sacramento del Altar?  Traidores, traidores, traidores son esos que desean cambiar Mi Sacerdocio infiltrando maldades y aberraciones demoníacas. A esos innovadores teólogos y modernistas  que cambian Mis Mandamientos por aberraciones demoníacas, a esos que no Me aman pero sí aman a Santanas queriendo destruir Mi Iglesia, a esos que han corrompido Mi Iglesia, a esos Judas que venden Mi Iglesia a este mundo moderno y sus complacencias perversas y demoníacas, a esos que quieren cometer la abominación de los primeros padres que se han dejado seducir por la antigua serpiente,  a esos falsos que han dejado seducir su vida como Adán y Eva comiendo del fruto prohibido queriendo ser dioses de sí mismos y de Mi iglesia, queriendo hacer su voluntad cambiando Mi Verdad Eterna, Mi Santa Palabra en Mi Santa iglesia, a esos les cierro las puertas del Reino de los Cielos; a esos que están infiltrando toda clase de abominaciones en Mi Iglesia Verdadera los rechaza Mi Corazón, a esos los rechazo y no entrarán en Mi Reino, traidores de la verdad, de Mi Iglesia, a esos no le daré parte en Mi Reino, Judas orgullosos y soberbios que se creen dioses cambiando Mis Leyes Santas prescritas en Mi Santa Palabra para Mi Iglesia.

 Yo Soy un Dios Verdadero, discernid los últimos tiempos, ¿acaso no los veis? ¿Acaso no veis lo que está pasando en la humanidad?  ¡Me duele Mi Iglesia! Cuántos traidores hay al lado de Mi Papa, cuánto sufre Mi Vicario, Mi representante en la Tierra, cuántos falsos hay en contra de Mi Verdad que sólo sirven para hacer perder miles y miles de almas en el infierno. Yo, vuestro Padre, os los digo, preparaos, hijos, preparaos; preparaos porque el Señor de Universo castiga este mundo. Lo que estáis viendo por los medios de comunicación, los cambios políticos, las guerras en las naciones, las catástrofes y todo aquello, eso no es nada para lo que se viene sobre el mundo. Oídme bien, cumplid Mi Sagrada Escritura, ¿acaso no os lo dijo Mi Hijo que todo se cumpliría? No pasara una tilde sin que se cumpla Mi Palabra. Cielo y Tierra pasarán, mas Mi Palabra no pasara. Se cumplirá hasta la última tilde de Mi Palabra.

¡Ay!, de los gobiernos orgullosos, soberbios, ¿qué os habéis creído? Os derrumbaré de vuestros pedestales y renovaré esta humanidad.  Purificaré este mundo con mano poderosa y brazo extendido y veréis la renovación más grande que jamás se haya visto en la historia de la humanidad. Derrumbaré la soberbia de los que se creyeron dioses de este mundo y retaron Mi poder. Os habéis encumbrado como Torre de Babel queriendo tocar al mismo Dios y haciéndoos dioses de este mundo; hipócritas y falsos que pensáis que sois dioses, os derrumbaré con Mi Poder, Yo os derrumbaré por vuestra soberbia y por haber creído más en el mismo demonio que en Mí, el Dios Verdadero. Os habéis dejado guiar por los demonios inmundos y os creéis dioses, pues os derribaré con mano poderosa y os cierro las puertas de Mi Reino, soberbios y arrogantes. Habéis destruido el mundo con vuestra masonería infernal guiada por el demonio, pues Yo os castigaré por vuestras maldades e iniquidades, por haber seguido al señor de las tinieblas y no al Señor del Cielo y de la Tierra. Caeré este mundo por el castigo misericordioso del Creador. Yo Soy el Único Señor y no Me amáis como al Señor. Este mundo será purificado con Mi poder misericordioso de tanta maldad y falsedad, porque todo lo que he dicho en Mi Palabra Santa se cumplirá. Yo Soy un Dios verdadero y todo lo escrito se cumple porque es Mi Palabra y se debe cumplir, porque Soy un Dios Verdadero. Yo Soy Dios y Yo mismo pastorearé Mi Iglesia manteniéndola firme en la Fe; el que cree en Mí no morirá para siempre.  

¡Ay!, de los Pastores. ¡Ay!, de los pastores que no aman a Mi Hijo en la Eucaristía, que no aman a Mi Hijo en la Eucaristía. ¡Ay!, de los sacerdotes malos, de los pastores traidores y pecadores que tocan a Mi Hijo con manos impuras, en pecado mortal, llenas de crímenes y pecados, más les valdría no haber nacido. ¡Ay!, de ellos, que con manos impuras Lo tocan y no Le aman; manipulan a Mi Hijo y Lo tratan como cualquier cosa, Lo levantan como cualquier cosa y lo dan a cualquiera para que Lo toque. Llegará el día en que recibirán Mi castigo.

¡Ay, de Mi Iglesia, Yo Soy Dios! ¡Ay!, de los pastores que se apacientan a sí mismos acomodándose a este mundo y dejando perder Mis almas, dejándolas a merced del enemigo para su perdición y llevando sacrilegios en Mi Iglesia. ¡Ay!, de los pastores que han corrompido Mis Sacramentos y manipulan a Mi Hijo haciendo sacrílego lo más Sagrado que se les dio en sus manos, más les valdría no haber nacido. Traicionan lo más Sagrado que encomendé a Mi Iglesia: Mi Hijo amado. ¡Ay!, de los pastores que se apacientan a sí mismos, porque Me darán cuenta del rebaño y Yo se los quitaré por sus maldades. 

¡Ay, de Mi Iglesia, vengo con poder a purificarla! El cisma que habrá en la Iglesia, que se viene sobre Mi Iglesia será grande y nefasto y servirá también  para comprobar quiénes son los fieles a la Verdad, y quiénes son los Judas traidores. Llegará el día, hijos Míos, y ya ha entrado en Mi Iglesia la abominación de la desolación en el Templo Sagrado, y llegará el día que querrán abolir el Sacrificio Sagrado por compaginar con la falsa religión, la masonería del demonio, que los amos del mundo desean implantar en la humanidad; falso ecumenismo, falsa religión, que desea quitar a Mi Hijo Amado del Divino Sacrificio de la Cruz. El que tenga oídos para oír que oiga, y discierna los signos de los tiempos, no permitiré que Mi Iglesia sea arrasada por las mentiras e infiltraciones del demonio con su masonería maldita.

¡SOY EL REY DE REYES!, y vengo con poder a castigar el mundo y a purificar Mi Iglesia. No temáis, pequeño rebaño, manteneos fieles al Papa, Mi Papa que sufre por Mi Verdad y está rodeado de traidores Judas. Manteneos fieles; manteneos fieles, pequeño rebaño, manteneos fieles, fieles. Os cobijo en el Corazón de María Reina, Ella es la Capitana del ejército de los últimos tiempos; con Ella, con Ella, con María, en María, os refugio en la Verdad y nadie os tocará porque a los pequeños y humildes les revelo Mis grandes Misterios, a los soberbios y orgullosos los aparto de Mi vista y no les doy Mi Verdad. El que tenga oídos para oír que oiga. ¡Amad a vuestra Iglesia! Amadla en la verdad y luchad por la verdad en ella. Sed valientes y radicales a Mi Verdad en la Sagrada Escritura, en Mi Iglesia.

Veréis Mi castigo amoroso sobre esta humanidad; lo veréis, es el castigo amoroso que todo lo purificará y lo renovará. No temáis, pequeño rebaño, os cubro en el Corazón de María, os doy todo Mi Amor, os doy toda Mi bendición, os doy toda Mi Presencia a los que son fieles a  la Fe auténtica de los Apóstoles guiados en la Verdad de la Iglesia por la Sagrada Escritura, los cuidaré y os llevare a Mi Reino. Os llamo a la Verdad, os llamo a la valentía, os llamo a estar firmes y valientes para que podáis ver los Cielos y la Tierra Nueva.

Os doy toda Mi Bendición de Amor. Mi Paz os dejo, Mi Paz os doy.  Os amo, os amo, os amo. AMÉN. AMÉN. AMÉN.

El Sagrado Corazón de Dios Padre.


LAS VISIONES SOBRE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS
QUE IMPACTAN A LA IGLESIA.

Padre Wilson Salazar de Colombia.

Amados hijitos de Dios y de Mamita María, estos mensajes los doy a conocer bajo la obediencia a Dios, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos, en el Corazón de María. Quien desee puede divulgar estos mensajes si lo ve conveniente por el bien de las almas en la Santa Iglesia…
Padre Wilson Salazar


PRIMER MENSAJE
:

Estando en oración en uno de los Santuarios más grandes del mundo en donde se apareció la Santísima Virgen María, mi vida fue transportada al lugar de la Aparición y en el cielo aparecieron rayos luminosos azules y un Santo Ángel se posó en el lugar santo con una espada inmensa.

Vi a la Santísima Virgen vestida de azul y Sus manos se extendieron resplandecientes, y todo se tornó de una luz indescriptible a la inteligencia humana; yo, postrado, sólo pedía Misericordia al Altísimo Dios.

La Santísima Virgen dirigió Su mirada sobre mí y me dijo palabras de amor; yo lloraba profundamente pidiendo perdón al Señor, y Ella me decía palabras de bendición y palabras personales que sólo debo guardar en mi corazón, muchas de ellas, sobre los últimos tiempos, pero que por obediencia a la Virgen Santa no puedo revelar en este momento.

Sólo revela esto que te diré ahora sobre la Santa Iglesia, y aunque Me duela el Corazón, debo decirlo para que muchas almas se conviertan y vivan la santidad de la Divina y Santa Iglesia de Dios:

Las puertas de la Iglesia están cerradas al Señor, ya no dejan entrar ni al mismo Señor porque le han cerrado las puertas a la fe, a la esperanza y al amor; le cierran las puertas a la Verdad, al Santo Evangelio de Mi Hijo amado; le cierran las puertas a la Fe verdadera, a las Santos Mandamientos de Dios, a los Divinos Sacramentos.

Hoy, más que nunca en la Iglesia, los ministros del Señor consagrados le cierran las puertas al Señor para hacer su propia voluntad humana y no la Voluntad Divina. Hoy los ministros sagrados se han profanado con orgullo y soberbia, llenos de mentira y falsedad; escasean los Sacerdotes santos y fieles al Evangelio, viven bajo las garras del demonio y siguen sus mentiras y perversidades como si nada pasara, y dicen que todo en la Iglesia está bien, cuando crecen los escándalos y las infidelidades por haber abandonado al Señor, pero ellos siguen proclamando que todo está bien.

Hoy los ministros de Mi Hijo han sacado al Señor de los templos con sacrilegios, herejías, apostasías, dándose a espíritus engañadores. Las puertas de la Iglesia se cierran cada vez más a la única y santa Verdad de Mi Hijo amado en la Cruz, que pocos son los Sacerdotes que se crucifican con el Señor Jesús, y son miles los que viven de los placeres de mundo y de la carne olvidando la verdad sobre la cual se edificó la Divina Iglesia. Los ministros sagrados le cierran las puertas a Mi Hijo Jesús con sus infidelidades y desobediencias a la única verdad del Evangelio y se las abren al demonio y su ejército, y convierten los templos en moradas de orgullo y placer donde no se hace la Voluntad de Dios sino las de sus propios caprichos; convierten los templos en cueva de ladrones donde todo los Sagrado se vende y se negocia. Cierran las puertas a la Verdad única de la Palabra de Dios y la Tradición, y las abren a las falsedades del mundo moderno diciendo que la Santa Iglesia debe modernizarse. Se ve claramente que nunca leen el Evangelio donde Mi Hijo amado vino a proclamar la verdad contra todo lo que no era divino.

Hoy muchos ministros sagrados cierran las puertas a la Madre Santa, ya no Me aman ni proclaman Mi devoción; hasta hay ministros consagrados que se burlan de Mis devociones y se las prohíben al pueblo, como lo es el Santo Rosario, hasta llegan a negar Mis Santos Dogmas.

La Iglesia Santa de Dios se derrumba cada día más porque no hay santidad ni pequeños que deseen ser santos; cuánto Me duele el Corazón ver a la Iglesia de Dios abriendo las puertas a la maldad y acomodada al mundo moderno. Por eso el Reino de los Cielos es para los pequeños, los humildes y sencillos de corazón que se dejan amar por el Señor.

Sé que son duras estas Mis palabras, pero son la realidad que se vive hoy día en la Iglesia del Señor y aunque la verdad duela, Yo, la Madre Santa, estoy puesta por Dios para hablar en estos últimos tiempos y llamar a la verdadera conversión. Llamo a las almas puras, humildes y sencillas que se unan a Mi Corazón Inmaculado por la salvación de la Santa Iglesia. Oren, ayunen, reparen y pidan Misericordia por los Sacerdotes hijos predilectos de Mi Corazón. Orad por los ministros sagrados a quienes tanto amo para que su corazón vuelva a la Casa del Padre, en la verdad que debe reinar en la Santa Iglesia de Mi Hijo.

Os amo y os bendigo, haced penitencia y oración, Yo os amo y os acompaño en los tiempos difíciles por los que pasa la Iglesia del Señor. Os amo.


SEGUNDO MENSAJE
:

Entonces, un Santo Ángel del Señor me trasladó fuera de este mundo y pude ver al mundo en toda su dimensión, y me dijo el Ángel del Señor:

Siervo de Dios, mira.

Y vi cómo una oscuridad inmensa se abatía sobre la Tierra, eran sombras negras y oscuras, seres terribles; eran como serpientes, dragones, seres gigantes, horribles a la visión humana que no puedo describir con palabras ante la fealdad de dichos seres; eran millones y millones que se abalanzaban sobre la Tierra, y a su paso todo se iba oscureciendo, el sol, la luna, las estrellas y todo a su paso era devastado y oscurecido, cada uno tenía nombres terribles de diferentes pecados; muchos se llamaban muerte y destrucción, ruina, peste, enfermedad, plagas y muchos más. Todo se iba cubriendo de pestilencia y olores fétidos, todo iba siendo destruido.

Y entonces vi cómo la Santísima Virgen extendía Su Santo Manto sobre la humanidad, y vi a San Miguel Arcángel con un ejército de Santos Ángeles en orden de batalla para combatir ese ejército maligno. Una lucha se entabló entre el Cielo y la Tierra, pero los mortales no se daban cuenta porque su estupidez era tal, que parecían convivir con los seres terribles como si nada pasara.

Me dijo el Santo Ángel:

No te asustes ni te acobardes, sigue mirando.

Entonces, vi a la Santísima Virgen cuidando el mundo y la Santa Iglesia con San Miguel y sus Santos Ángeles, pero se veía cómo el mundo y la Iglesia rechazaban tal cuidado, porque se sentían bien con los seres que convivían. Los demonios entraban y salían de los templos como si fuera su casa, los ministros sagrados convivían con esas sombras funestas, con los pecados de la carne, del tener y del poder, asmodeo y mammon era su nombre. Muchos demonios conducían a sacerdotes que todo lo desacralizaban y no creían ya en las verdades de la fe y hacían que la piedad y la devoción no estuvieran más en los templos del Señor.

Veía con mucho dolor, cómo la Santísima Virgen María lloraba viendo como el mundo no deseaba amar a Dios, y con su vida lo sacaba admitiendo a los demonios que llevaban toda clase de maldad y perversidad en todo el mundo, con leyes, normas y formas de vida que son contrarias a los Mandamientos del Señor. Eran tan pocos los que se veían amando a Dios y cumpliendo Sus Mandamientos, sólo pocas luces se veían en medio de tantas tinieblas, todos guiados por María Santa.

El Ángel me dijo:

Hijo, estos son los últimos tiempos y nadie está preparado porque el demonio y los suyos han acomodado la humanidad y parte de la Iglesia al pecado y la comodidad de la vida

¡Ay!, de la tierra y del mar, porque el diablo ha bajado sobre ella sabiendo que le queda poco tiempo. ¡Ay!, de los vivientes, porque les esperan los más terribles castigos del Cielo. La Misericordia de Dios castigará al mundo, ¿y quién está preparado? Sólo los santos se salvarán, los que vivieron el testimonio de Jesús y los Santos Mandamientos, sólo los que se refugien en el Corazón de la Santísima Virgen María. ¡Ay!, de la tierra y del mar, porque el diablo ha bajado sabiendo que le queda poco tiempo.

He visto a la Santa Iglesia, y cómo la oscuridad se cierne sobre ella porque no vive radicalmente la Verdad, y ha dejado entrar el sacrilegio, la herejía, en el Altar Santo.

La Iglesia será purificada con mano de hierro. ¡Ay!, de los pastores, porque el Señor vendrá a pedirles cuentas de su rebaño y no son dignos de Dios por su traición a la Verdad. ¡Ay!, de la Iglesia, porque le esperan las más grandes persecuciones por no vivir la santidad del Señor que la fundó.

¡Ay!, de la humanidad, porque el Rey de reyes está cerca, y las profecías divinas se cumplen en estos tiempos. ¿Quién podrá resistir cuando el Señor los visite? El mundo y la Iglesia no están preparados para los terribles castigos que se vienen porque no creen en las santas revelaciones del Cielo.

¡Ay!, cuando el Señor os visite, ¿quién podrá resistir? Vigilad y orad porque no sabéis ni el día ni la hora.


Visión después de la Santísima Comunión,
en una Santa Eucaristía de un Domingo.

De pronto me encontré en un espacio mediano, alguien estaba a mi lado con mucha luz; era mi Ángel de la Guarda que me conducía, pero no me decía nada y sólo me conducía en silencio, casi no o podía mirar por el resplandor que salía de él, y me dijo:

Mira.

Cuando miré vi que era una iglesia en ruinas, sin techo, unas vigas muy podridas y llenas de ramas podridas que colgaban de ella. Se veían muros muy desechos y arruinados, llenos de mugre, y tan deteriorados que parecían tambalear para caer. Miré el piso, y estaba muy sucio muy deteriorado y resquebrajado por todas partes, lleno de basura y como si nunca le hubieran hecho aseo; todo era tan sombrío, yo me encontraba en la mitad de esa iglesia en ruinas mirando tanto deterioro pero no decía nada, y no se me ocurría preguntarle al Santo Ángel, qué era aquello. Me sentía como aturdido, cuando de pronto me dijo el Ángel:

Mira.

Levanté un poco la mirada y me indicó el fondo del presbiterio, miré y vi que no tenía Altar, sólo un pedazo viejo y casi destruido, como si lo hubieran arrancado a golpes y hubieran dejado un pedazo que no se pudo arrancar con nada. Y vi una luz que salía del fondo de donde estaba el Sagrario, y el Ángel me dijo:

Mira bien con los ojos del alma.

Miré bien y era el Señor en el Santísimo Sacramento, una pequeña Hostia, y dije: Ay, Dios mío; ay, Dios mío, estás aquí. Y el Ángel me dijo:

¿Qué esperas? Póstrate, humíllate y adora la Divina Majestad.

Yo me postré y anonadado y pedía perdón por mis pecados y los del mundo, y sentía mucho dolor en mi alma. El Ángel Santo me dijo:

Quédate así, postrado, pero levanta un poco tu vista y mira:

Es la Virgen María, le dije, es la Virgen.

Ella estaba vestida de manto azul, y el vestido era blanco, hermoso. Sus manitos abrazaban el Santísimo como cuidándolo y Su mirada era muy triste, le salían Lágrimas de Sangre y suspiraba. Me pareció escuchar que susurraba en baja voz y suspiraba, diciendo:

Te amo, Te amo.

De pronto aparecieron unas personitas muy devotas que se postraban en adoración y lloraban ante el Santísimo, pero no veían nada, sólo adoraban con amor; eran solo tres personitas llenas de amor por el Señor. De pronto me dijo el Ángel Santo:

Levántate con reverencia, quiero que mires.

Me levanté como me dijo, y me indicó las entradas ruinosas de la iglesia y de la sacristía, y de pronto empezaron a salir Sacerdotes de todas partes, revestidos con los ornamentos sagrados, como si celebraran los Sagrados Misterios, y también muchos religioso con hábitos muy diferentes; entraban y salían, como si trabajaran allí y ejercieran su ministerio allí todos. Yo solo miraba, hasta que me dijo el Ángel:

No tengas miedo a lo que vas a ver.

Yo intenté mirarlo, pero no podía; no era posible mirarlo, sólo sentir que estaba allí. Me dijo:

Abre los ojos de tu alma, mira bien.

Cuando de pronto, empezaron a salir serpientes de toda clase, grandes y pequeñas pero monstruosas, y animales terribles salían del techo, de las paredes, del suelo, de todas partes toda clase de animales raros y horrendos; yo me asuste mucho, pero sentí seguridad porque sentía el Ángel a mi lado, él me dijo:

Son demonios, demonios.

Esos demonios, en todas sus formas, se reían, y parecían estar en su casa; olían asquerosos y dejaban como una baba por donde pasaban, y se burlaban; no miraban al Santísimo ni a la Virgen, pero emitían grandes carcajadas y por donde se metían, destruían.

Y veía cómo los sacerdotes, que eran muchos, y hasta obispos y jerarcas, y muchos religiosos de muchas comunidades, y mucha gente, aparecían como trabajando en sus cosas eclesiásticas dentro de la iglesia y no veían nada; no veían a los demonios entraban y salían, y los demonios, muchos, iban con ellos, y parecía como si convivieran sin ningún problema a su lado. Y muchos de esos horrendos seres parecían que guiaran a muchos eclesiásticos, y les decían cómo convivir. Yo sólo miraba, no decía nada. El Ángel Santo me dijo:

Mira, mira, mira.

Y yo miré al frente, pasaban por en frente del Santísimo y no hacían ni reverencia, sólo ocupados y ocupados en sus quehaceres; todos revestidos con ornamentos santos, nadie se fijaba en el Santísimo en ruinas. Y vi con dolor, cómo muchos eclesiásticos eran abrazados por esos terribles seres, y en la misma Casa de Dios cometían inmoralidades, infidelidades y adulterios; y muchos pecados capitales eran como abrazados por esas serpientes de muchas cabezas y se reían todos como si nada. Yo sentía mi corazón y empecé a decir: Perdónanos, perdónanos, perdónanos, Señor, somos muy pecadores. El Santo Ángel me dijo:

Calla, hijo, calla, que te van a hablar. Póstrate, póstrate.

Y sentí que él se postró, y yo caí de bruces, sin fuerzas, en cruz, y sentí una luz que se acercó y me cubrió; sentí algo indescriptible, y una Voz poderosa me dijo:

Hijo, hijo, hijo, lo que has visto es Mi Iglesia. Así está Mi Iglesia, ¿quién Me ama? ¿Quién Me ama? ¿Quién Me ama? ¿Tú Me amas?

Yo sólo decía, desde el fondo de mi alma: Perdóname, Señor, perdóname. Perdón, perdón, misericordia. De nuevo me dijo:

Mira a Mi Iglesia, ora y repara; ora y carga la Cruz. Te bendigo.

Ama a Mi Madre, y sufre y repara con Ella. Te bendigo.

Mantente en la Verdad de Mi Corazón Eucarístico y Mariano, las fuerzas del infierno no prevalecerán contra ella. Te bendigo.

El Juicio se acerca, el castigo misericordioso es inminente, ora en María. Te bendigo.


Visión dada por Dios Santo Sacrificio de la Eucaristía
Después de la Consagración, en la Santa Misa.

Sentí la Mano de Dios sobre mí, una luz me cubrió y caí boca abajo. Cuando caía, vi la Santa Iglesia representada en el Vaticano; era blanca, hermosa, grande, inmensa, en el centro tenía a los Doce Apóstoles del Señor y los cubría el Manto de la Santísima Virgen María, pero habían muchos seres negros que caminaban presurosamente por la Iglesia y no se veía nada bien. Y al lado de ellos vi muchos eclesiásticos, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y andaban con esos seres dentro de la Iglesia y vivían con ellos como algo normal. La Virgen los miraba y lloraba con mucho dolor, y lo mismo los apóstoles en el centro miraban con dolor y oraban guiados por la Santa Madre de Dios.

La Iglesia seguía resplandeciendo, y yo no sabía por qué si estaban tantos demonios aun dentro de ella; eran miles de millones, incontables, que estaban con los eclesiásticos. Y yo miraba asustado y no sabía por qué aún la luz seguía tan brillante; sólo había pocos eclesiásticos postrados en oración, a los cuales los demonios no los podían tocar, y también algunos fieles postrados resplandecían mucho en medio de todos.

Cuando vi debajo de la Iglesia unas Manos grandes, doradas, hermosas, que sostenían la Iglesia; de ella salía una Cruz esplendorosa y de ambos la Luz que a la Santa Iglesia. Y una voz me dijo:

Es Dios, es Dios, es Dios el sostiene Su Obra. Es el Padre con Sus Manos Santas, el Hijo con Su Cruz Poderosa, y el Espíritu Santo con Su Luz Esplendorosa.

Y de pronto sentí venir sobre la Iglesia una sombra inmensa, oscura, tenebrosa. Y yo, asustado, buscaba dónde esconderme, pero no pude; me recosté sobre una base de la iglesia iluminada y esa sombra furiosa se vino sobre mí, y era el demonio; lo vi, lo vi, me asusté tanto, temblaba todo mi ser, pero me apoyaba en la columna de la Iglesia y sentí los rayos esplendorosos de la Iglesia que me cubrieron. Y el demonio se acercó hasta muy cerca de mi cara, y me gritó:

Te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar.

E intentaba con sus garras hacerme daño, y gritaba fuerte:

La destruiré como sea, acabaré con la Iglesia, la destruiré con mi poder.

Pero no podía hacerle daño. Yo me cubría el rostro, pero el demonio no podía tocarme ni dañar la iglesia; el demonio miró tras de mí y yo seguí su mirada, y grito muy duro:

Te voy a destruir, te voy a destruir. Haré lo que sea para destruir a la Iglesia.

Estaba mirando a la Iglesia, y dentro de ella había una pequeña comunidad; era muy pequeñita, parecía insignificante. En toda la Iglesia estaban cubiertos por una lucecita azul y ellos no se inmutaban, estaban postrados en oración y nada los perturbaba y seguían así con mucho amor a Dios. Y el demonio gritaba mas fuerte:

Te voy a matar; los voy a destruir, acabaré con la Iglesia.

Y me dio miedo, mucho miedo, y decía groserías horrendas. Y yo invoqué a Mamita María, pero el demonio no me tocaba.

Cuando de pronto sentí delante de mí y de la Iglesia una Luz grandísima que venía como un rayo, y se puso en medio, entre el demonio y la Santa Iglesia. Era San Miguel Arcángel, sacó su espada delante del demonio y su escudo, cubrió toda Santa Iglesia y plantado delante del demonio, con rostro poderoso y enérgico dijo:

¿Quién como Dios? ¿Quién como Dios? ¿Quién como Dios? Las fuerzas del infierno no la derrotarán.

Y el demonio calló su voz infernal y se esfumó como aturdido y desolado, dejando un olor fétido y gritando con gemidos inenarrables, muy fuertes.

Y San Miguel quedó allí plantado con poderosa presencia. Y yo miré otra vez a la Santa Iglesia, y una voz me dijo:

Vigilad y orad por la Santa Iglesia. Velad y orad, porque el demonio ha infiltrado su infernal ejército para hacerle daño; ya lo viste, ya lo viste, ya lo viste su ejército infiltrado. Orad y vigilad, como María en el Cenáculo con los Apóstoles, orad y vigilad.

Vigilad y orad, porque no sabéis ni el día ni la hora. Son los tiempos, son los tiempos, son los tiempos. El fin se acerca y nadie está preparado.

Vigilad, los tiempos se terminan y satán ha desencadenado con furia su poder para hacer daño a la Iglesia Santa, y ha infiltrado maldad en la Iglesia haciéndola pasar por verdad.

Vigilad y orad, los tiempos del apocalipsis están aquí; el que tenga oídos que oiga. Convertid los corazones y amad a la Iglesia en la verdad. Dios está cerca.


Visión dada por Dios después de la Santa
Consagración de la Santa Misa.

De pronto, me encontré en una Iglesia grande, con columnas doradas, resplandeciente de luz. Estaba yo parado con las vestiduras santas del Sacerdocio; eran doradas blancas y rojas, signos del Padre (blanco), del Hijo (rojo), del Espíritu Santo (dorado). La iglesia estaba vacía, yo miraba para todas partes la hermosura de la Luz de la Iglesia, que no era artificial sino venida del Cielo. Todo estaba en silencio, un silencio muy especial, muy celeste cuando de pronto, al lado mío, se apareció un Santo Ángel grande y resplandeciente. No le podía mirar el rostro por su resplandor, se le veían sus alas hermosas que desplegaban un brillo sobrenatural, y me dijo:

Sacerdote del Señor, toma y lee. Toma y lee. Toma y lee.

Y me entregó un pergamino dorado. Yo tomé en mis manos el pergamino y cuando lo desenrollé, empezaron a salir palabras grandes de él. Y el Ángel me dijo:

Lee en voz alta. Lee lo que se te manda leer desde el Cielo.

Y volví a mirar el pergamino, y decía:

††† Vigilad y orad. Preparad el camino del Señor. Está cerca el Señor de los señores †††

Le dije al Ángel Santo: ¿Y qué pasará? Y el Santo Ángel me dijo:

Mira y lee. Mira y lee. Mira y lee.

Miré y aparecieron otras palabras que decían:

††† Los signos de los tiempos están presentes, los Ángeles del flagelo divino están actuando en el mundo, y vienen cosas terribles aun, pero nadie hace caso a los signos que se presentan en todo el mundo. La naturaleza se rebela contra el hombre por su crueldad, para decirle que debe volver su corazón al Creador que tiene Misericordia, pero nadie hace caso. Son muy pocos los que se convierten, pocos creen en el llamado de Dios y piensan que no es verdad, y siguen con su vida de pecado. Se avecinan calamidades y catástrofes grandes en el cielo y en la tierra, pero nadie presta oído a la Voz del Señor para convertir su vida. El tiempo se agota, y el Señor de los señores se acerca.

¡Ay!, de los corazones débiles, pues no serán salvados. ¡Ay!, de los pecadores de doble vida, pues no serán preservados. ¡Ay!, de los que juegan a ser dioses, la Mano del señor pesa sobre ellos. ¡Ay!, de los que siguen su vida de pecado, a la hora de la venida del Señor morirán sin remedio. ¡Ay!, de los cobardes que nunca Me siguieron y se unieron a enemigo infernal viviendo de su mal inmundo, no serán salvados. ¡Ay!, de los que pensaban que todo era tan natural y se burlaban de Mis mensajes santos; recibirán severo castigo. ¡Ay!, de los incrédulos; no serán preservados cuando venga la gran oscuridad sobre la Tierra. Los días de oscuridad se acercan y pocos están preparados, piensan que son cosas de piadosos visionarios, pero llegará de repente. Y ¡ay!, de los que no aceptaron Mi Misericordia cuando se les dio por medio de los signos que, en la Sagrada Escritura dicen que pasarían antes del fin y por medios de Mis videntes calificados por Mí.

Soy un Dios Misericordioso, pero muy pocos aceptan Mi Misericordia y se convierten con todos los signos que muestro a la humanidad, y siguen en sus graves pecados que claman venganza divina. Se acerca el Día. Se acerca el Día. Se acerca el Día. Vigila y orad. Vigilad y orad. Vigilad y orad, cuando menos penséis vendrá el Hijo de Dios a pedir cuentas a esta pobre humanidad pecadora, aceptad Mi Misericordia mientras está con vosotros †††

Cuando acabé de leer, mi corazón palpitaba tan fuerte; sentí un dolor profundo y no podía hablar. Y el Santo Ángel me dijo:

Dame el rollo y mira.

Le entregué el rollo y miré. De pronto, empecé a ver que entraban en la Iglesia unas personas vestidas de blanco, con ramos en las manos; eran personas hermosísimas, no eran ángeles; eran personas que resplandecían por su luz, entraban en orden y llevaban ramos de rosas de colores hermosísimos, y cantaban el Ave María. Entraban por tres puertas que tenia la Iglesia, y se veían hermosísimas. Yo le pregunté al Santo Ángel, ¿quiénes son?, dime; ¿quiénes son? Y me dijo:

Son los hijos del Ejército de Dios, en María Santísima; son los que están preparados para la Hora del Hijo de Dios, cuando venga lo que tiene que venir sobre el mundo. Son el Ejército de María Santa, que creyó en la Verdad de la Santa Iglesia y en la misión de María Reina, y fueron fieles a la Verdad.

Seguían entrando muchas almitas, todas cantando el Ave María, y diciendo después de cada Ave María: ¡Oh, Señora mía, oh Madre mía, oh Reina mía, oh Capitana mía, hágase en mí la Santa Voluntad del Señor, firmes hasta la muerte.

De pronto, me dijo el Ángel Santo:

Mira otra vez.

Y miré, y empezaron a caer rayos del cielo terribles, y vientos fuertes pasaban furiosos por fuera de la Iglesia. Y un terremoto empezó a sentirse fuera de la Iglesia, pero no dentro, y las gentes empezaron a gritar y a llegar hasta la Iglesia. Y aunque la deseaban entrar no podían, y el terremoto destruía todo, y muchas personas sucumbían porque la Tierra se abría, pero en la Iglesia no se sentía nada. Y los que estaban dentro de la Iglesia estaban postrados orando, sin mirar hacia atrás, postrados ante el Santísimo. Y una Imagen de la Virgen Santa vestida de azul y con Tres Corazones en Su pecho, y de Sus manos salían dos rayos dorados que decían:

Dios Uno y Trino, misericordia.

Y fuera la gente iba vestida con sus vestidos normales, y el Ángel me dijo:

Esto pasará en el mundo cuando sea la Voluntad de Dios, pero los signos están cerca.

Y entonces, le pregunté al Ángel Santo: ¿Y por qué no pueden entrar esas personitas? Y él me dijo:

Hijo, porque no están vestidos de la Fe verdadera y nunca quisieron creer en lo que Dios tanto anunció, y en los signos de los tiempos; ellos no pueden estar aquí. El que cree se salva, el que no cree se condena, Dios ha dado y sigue dando oportunidad de conversión por Su Misericordia, pero muy pocos lo aceptan porque piensan que hay mucho tiempo por vivir; pero los tiempos se acercan, y el momento de la cosecha está muy pronto. Ora, y vigila. Oren y vigilen. María Santa es el Arca de la Salvación, como en tiempos de Noé.

Terminada la visión, debes postrarte ante Jesús Sacramentado y reparar por los pecados del mundo.

Vigilad y orad, porque a la hora que menos penséis vendrá el Señor. Amén. Amén. Amén.


Fuente:
http://uncioncatolica.blogspot.com/2010/08/ultimos-tiempos-padre-wilson-salazar.html

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Los Falsos Dioses y sus Mentiras – Padre Wilson Salazar Hernandez

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5 de Abril: San Vicente Ferrer, Confesor (1350-1419)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo II, Abril, Día 5, Página 18.

Ubicación…

San Vicente Ferrer, Confesor

El glorioso San Vicente Ferrer, de la Orden de los Predicadores, luz y espejo de predicadores, gloria de toda España, ornamento de su patria y varón apostólico, nació en la nobilísima ciudad de Valencia, cabeza de aquel reino, de padres nobles, según la carne, de la antigua familia de los Ferrers, pero mucho más ilustres por sus cristianas y loables costumbres: porque entre las otras muchas virtudes, que tuvieron, eran muy benignos y misericordiosos, y al cabo del año daban a los pobres, todo lo que les sobraba de su honesto sustento. Su padre se llamaba Guillermo Ferrer, y su madre Constancia Miguel. Tuvieron estos caballeros tres hijos: el mayor se llamó Pedro, que fue casado y vivió en matrimonio virtuosamente: el segundo fue Bonifacio, el cual fue gran jurista, y también tomó mujer, y ella muerta, entró en la Orden de la Cartuja, y por sus grandes merecimientos vino a ser prior general de aquella sagrada religión: el tercero fue nuestro San Vicente, escogido de Dios para honra de su casa, y gloria y exaltación de Jesucristo, y bien de toda Su Santa Iglesia. Esto es lo que comúnmente se escribe y está recibido; aunque el padre Francisco Diago, de la Orden de los Predicadores, en la vida que escribe de San Vicente, dice, que fue de más edad que su hermano Bonifacio, y que sus padres tuvieron cuatro hijos y cuatro hijas. Pero siguiendo el hilo de nuestra historia, estando su madre preñada de San Vicente, hubo grandes señales, que había de parir un niño, que sería de la Orden de Santo Domingo, y con su predicación alumbraría el mundo: porque su padre tuvo en sueños revelación de esto; y su madre, fuera de que no sentía peso en el preñado de Vicente, como lo había tenido en el de los otros hijos, oyó algunas veces ladridos como de algún perrillo dentro de sus entrañas: y comunicando esto con el arzobispo de Valencia, que era deudo suyo, le dijo, que sin duda pariría un hijo, que sería gran predicador y pregonero de Jesucristo, que con sus ladridos espantaría los lobos de su ganado; como también se lee del glorioso patriarca Santo Domingo. Después que nació, llevándole a bautizar, hubo gran contienda entre los parientes sobre el nombre, que se le había de poner al niño. El Sacerdote, ministro de aquel sacramento, viendo, que no concordaban, dijo, que él quería poner el nombre, y que se llamase Vicente; y todos lo tuvieron por bien, aunque no había ninguno de tal nombre en su familia. Le crio a sus pechos su misma madre con gran cuidado. Desde su niñez fue muy agraciado, y tan agradable, que todos los que le miraban, se aficionaban. Comenzó a aprender las primeras letras, y de edad de diez años se aventajaba, y sabia más que todos los otros, que andaban con él a las escuelas: y como quien se ensayaba, para lo que después había de ser, algunas veces juntaba otros muchos muchachos sus compañeros, y les decía: Oídme, niños; y juzgad, si soy buen predicador: y haciendo la Señal de la Cruz en la frente, refería algunas razones, de las que había oído a predicadores en Valencia, imitando la voz y los meneos de ellos tan vivamente, que dejaba admirados a los que le oían. Estudió gramática y lógica en breve tiempo, y pasó a la teología, y con su agudo ingenio, y feliz memoria, y perseverancia en los estudios, alcanzó gran ciencia y tanta opinión en la ciudad de Valencia, que no había ninguno de su edad en ella, que se le igualase. No por esto él se ensoberbecía, antes era humildísimo y muy obediente a sus padres, devoto y amigo de oración, y de ir a las iglesias. Cuando en los sermones oía nombrar a la Sacratísima Virgen María, Nuestra Señora, se regalaba y regocijaba mucho; y cuando se trataba de la Pasión de Nuestro Señor, se enternecía y resolvía en lágrimas. Ayunaba dos veces cada semana, la una de ellas, que era el viernes, a pan y agua. Iba creciendo cada día de virtud en virtud; y por su buena y amable condición, era muy amado de todos. Pero en llegando a edad de diez y ocho años, considerando la vanidad, mutabilidad y peligros de las cosas del mundo, y los lazos, que el demonio tiene armados en todas ellas, determinó darles libelo de repudio, y abrazarse con Jesucristo crucificado, y tomar el hábito del glorioso Santo Domingo; y así lo declaró a sus padres, y ellos vinieron en ello, porque eran siervos de Dios, y se acordaban de las prendas, que el Señor les había dado de haberle escogido para ministro Suyo, y lustre y gloria de aquella sagrada religión. Le recibieron en Valencia el prior y frailes del Convento de Predicadores, con extraordinario contento y alegría, como quienes adivinaban lo que aquel mozo había de ser. Le dieron el hábito, y él le tomó con extraña devoción y ternura, como quien sabía lo que tomaba, y el tesoro inestimable, que está escondido debajo del pobre hábito de la religión. En viéndose fraile, luego se puso a leer con atención la vida de su padre Santo Domingo, para tomarle por dechado, e imitarle en todo lo que él pudiese. Se ocupaba en todas las obras de humildad: maceraba su carne con ayunos y penitencias: se daba todo el tiempo que podía a la oración: asistía al coro con gran cuidado: obedecía a sus superiores pronta y puntualmente: era raro su silencio, su modestia, afabilidad y madurez; finalmente, su vida era un perfecto retrato de la vida religiosa. Acabado su noviciado, le encomendaron los superiores, que leyese un curso de lógica a algunos religiosos del convento, y a los que venían de fuera a oírle, que eran setenta: y él lo hizo escogidamente, y con tan rara modestia y virtud, que los discípulos, mirándola, quedaban más aprovechados en el temor de Dios por su ejemplo, que en la ciencia que de él oían; aunque esto era mucho. Después le enviaron a los conventos de Barcelona y de Lérida, donde había famosos letrados de la Orden, para que tratase con ellos, y aprendiese de tan excelentes maestros todas las buenas letras, dignas de tan grande capacidad e ingenio: y él se dio tanta prisa a estudiar, que cuando llegó a edad de veinte y ocho años, le graduaron de maestro en teología en la universidad de Lérida. La manera de su estudio era mezclando la oración con la lección, en la forma, que él mismo enseña, que se debe hacer, por estas palabras: «Ninguno, por excelente y agudo ingenio, que tenga, ha de dejar, lo que le puede mover a devoción; antes ha de referir a Jesucristo, todo lo que lee y aprende, hablando con Él, y escuchándole, y pidiendo la declaración de lo que lee. Cuando actualmente está leyendo en algún libro, aparte muchas veces los ojos de él; y cerrándolos, métase en las Llagas de Jesucristo: y hecho esto, vuelva a seguir su lección. Cuando se deja de estudiar, póngase de rodillas, y envíe al Cielo alguna breve y encendida oración, según el ímpetu de su espíritu le enseñare: en la cual con gemidos y suspiros, que salgan del fervor del alma, pida favor a Dios, descubriéndole sus deseos. Pasado aquel movimiento de espíritu; que comúnmente dura poco, puedes, hermano, encomendar a la memoria, lo que poco antes leíste, y Dios te dará más claro conocimiento de ello. Luego torna al estudio, y del estudio vuelve a la oración, yendo y tornando por sus veces de lo uno a lo otro; porque con estas mudanzas y variedad, hallarás más devoción en la oración, y en el estudio más claridad.» Todas éstas son palabras de San Vicente, en el tratado de la Vida espiritual, Cap. 12.

2 Volvió a Valencia, donde fue recibido con grande regocijo de toda la ciudad, y a ruego de ella comenzó a predicar la Palabra de Dios, en que gastó seis años, con grandísimo aprovechamiento del pueblo y autoridad suya, y de su religión: porque en toda Valencia a él solo llamaban el docto, el santo, y siervo fidelísimo de Jesucristo; y él lo era tan de veras, que en sus sermones nunca se buscaba a sí, ni el aplauso y aura popular, sino la gloria del Señor, y bien de las almas, que él había comprado con Su Preciosa Sangre: y su blanco era, no deleitar, ni enternecer, ni mover a admiración los oyentes; sino quebrantar los corazones duros, compungirlos, e inflamarlos en el amor de Dios.

3 Temiendo el enemigo del linaje humano la vida santa, y la predicación tan fervorosa y provechosa de San Vicente, y entendiendo los daños que de ella se le podían seguir; determinó derribarle, s¡ pudiese, y hacerle caer en algún pecado grave, e infame, para que perdiendo a Dios, y el buen crédito que tenía, no pudiese levantar a los pecadores, ni dar mano a los caídos. Para esto, estando el Santo, acabados los maitines, haciendo oración una noche delante de una imagen de Nuestra Señora, y suplicándole afectuosamente, que le alcanzase de Su muy bendito Hijo el don de perseverancia; se le apareció el demonio en figura de un venerable viejo ermitaño, con una barba negra, que le llegaba a la rodilla. Parecía en su aspecto un San Antonio Abad, o un San Pablo, primer ermitaño, o uno de aquellos santos monjes, que tan extremada aspereza, y admiración del mundo, vivieron en el yermo: y le dijo, que él había morado en Egipto entre aquellos padres, y hecho rigurosa penitencia; pero que le hacía saber, que en su mocedad había sido muy desenfrenado y disoluto, y soltado la rienda a todos sus gustos y apetitos sensuales, y que después, tocado de la mano de Dios, había vuelto en sí, y se había convertido, y hecho penitencia de sus pecados, y que el Señor por Su clemencia lo había perdonado, y le había dado perseverancia, y después el premio de la vida eterna: que le aconsejaba, que no se matase ni afligiese tanto con los ayunos y penitencias, como hacía, sino que dejase aquello para la vejez, y que mientras era mozo, se holgase y se entretuviese en los gustos de esta vida; porque después podría convertirse a Dios, y llorar sus pecados, y alcanzar misericordia de ellos, como él la había alcanzado: porque le hacía saber, que el hombre es tan flaco, y trae consigo un enemigo tan doméstico, que es imposible que no caiga en los vicios sensuales en la mocedad, o en la vejez: y que es menos mal, que siendo mozo viva como mozo, quo no, siendo viejo, caiga en los vicios de la mocedad.

4 Entendió el Santo, que aquel no era ermitaño venido del cielo para alumbrarle, sino demonio con máscara de ermitaño venido del infierno para engañarle: y haciendo la Señal de la Cruz, y encomendándose a Nuestra Señora, le rechazó, y le dijo: ¡Oh, antigua serpiente!, ¿piensas que no te conozco? ¿Creíste, que podías derribar al nuevo soldado que está armado con la virtud de Cristo, cuyo soy, y a quien he consagrado mi mocedad, y mi vejez y toda mi vida? Con estas palabras desapareció aquel monstruo, dejando un abominable hedor de sí, para ser más conocido.

5 Otra noche también, estando orando delante de un Crucifijo, se le puso delante el demonio en figura de un negro de Etiopía, grandísimo y feísimo, y le dijo: No te dejaré de perseguir, hasta que caigas torpemente, y quedes vencido y corrido. Respondió el soldado valeroso del Señor: No temeré tus amenazas, oh enemigo, mientras que Jesucristo estuviere conmigo. Le replicó el demonio: No estará siempre contigo; que no hay cosa más dificultosa que perseverar en gracia hasta la muerte; y así, cuando tu Cristo te dejare, yo te haré conocer mis fuerzas. A esto respondió el Santo: Mi Señor Dios, que me ha dado gracia para comenzar, me la dará para perseverar en Su servicio.

6 Otra vez leyendo el libro admirable, que escribió San Jerónimo, de la perpetua virginidad de la Sacratísima Virgen María, Nuestra Señora, suplicando a la misma Virgen que le fuese buena Medianera con Su preciosísimo Hijo, y le alcanzase gracia para morir virgen, como por Su gracia hasta aquel punto lo estaba; oyó una voz, que le dijo: No da Dios a todos esa gracia de la virginidad, ni tampoco tú la alcanzarás; antes la perderás muy presto. Se afligió el Santo sobremanera, oyendo tan tristes nuevas; y con el corazón angustiado, y los ojos llorosos, se volvió a la misma Virgen, suplicándole, que le consolase, y le descubriese, quién había sido el autor de aquellas palabras lastimeras. Le apareció entonces la Reina de los Ángeles con mucha gloria, y le avisó, que todas aquellas eran asechanzas del enemigo, que hacía su oficio: y que no le temiese; porque Ella le había tomado debajo de Su amparo y protección, y le favorecería hasta la muerte, sin que las fuerzas infernales le pudiesen empecer, ni quitar lo que tanto deseaba: y con este regalo y favor de la Virgen quedó San Vicente muy consolado. Mas como el demonio vio, que por sí mismo en tantos combates y peleas no le había podido vencer ni derribar, pensó poderlo hacer más fácilmente por medio de algunas mujeres perdidas, para que picando, como en cebo, en las blanduras y caricias con que ellas suelen engañar, tragase el anzuelo, y quedase cogido. Era San Vicente muy agraciado y de gentil disposición, y no menos honesto y puro en sus costumbres, y en Valencia había una mujer noble y hermosa, la cual instigada del demonio, se aficionó sobremanera al Santo, y comenzó a visitarle, y a tratar las cosas de su alma con él, para ablandarlo poco a poco, y tentar el vado, y por aquel camino entrar disimuladamente en su corazón. Fue continuando algunos días en este trato: y el Santo, como era tan puro de alma y cuerpo, y tan afable y caritativo, juzgando, que aquella era devoción de la piadosa mujer, que se quería aprovechar de sus consejos para servir más a Dios, pasó por ello. Como la desventurada mujer no halló entrada por este camino, ciega y loca con su pasión, fingió que estaba enferma de una grave dolencia, y envió a llamar a San Vicente, con achaque de quererse confesar con él: y estando ella en la cama y a solas con el Santo, como quien la quería confesar, le descubrió su mal intento, y la causa porque le había mandado llamar, declarándole el incendio que abrasaba sus entrañas, y que si él no la socorría, y le apagaba, consintiendo a su voluntad, ella se consumiría y se tornaría ceniza, o se mataría con sus propias manos; y diciéndole esto, hizo otras cosas abominables para provocarle más. Quedó el Santo asombrado, cuando oyó los silbos de aquella serpiente infernal, y vio el lazo que por ella le había armado el demonio, y volvió el corazón y los ojos al Señor suplicándole que le librase de él; y confortado y fortalecido con Su Espíritu, reprendió gravemente a la miserable mujer, afeándole su desvergüenza y osadía, y exhortándola a penitencia, y dándole a entender, que él había dedicado la limpieza de su alma y cuerpo a Dios, y que antes padecería mil muertes, que ofenderle: y con esto se desasió de ella y se partió. Mas aquella llama de Satanás, viendo, que no le había salido su mal intento como pensaba, comenzó a dar voces para infamar al Santo, y publicar que la había querido hacer fuerza: pero el Señor, que tiene cuidado de sus siervos, permitió que el demonio, que primero había entrado en su alma, entrase luego en su cuerpo, y la atormentase. Los criados y la gente de casa, que estaban aguardando afuera, oyendo las voces de su ama, acudieron a la cama donde estaba, para saber la causa, y hallaron que estaba endemoniada: llamaron sacerdotes y exorcistas, que con las ceremonias de la Santa Iglesia echasen al demonio de aquel cuerpo, y no pudieron: porque todas las veces que le conjuraban, respondía el demonio: que no saldría de aquel cuerpo, hasta que viniese a echarle de él aquel, que estando en el fuego, no pudo ser quemado. Y aunque no entendieron, lo que el demonio quería decir; pero pensando que San Vicente había confesado a aquella señora, y que después de la confesión el enemigo se había apoderado de ella, rogaron al Santo que viniese a verla, y él lo hizo, armándose primero con la oración y confianza en Dios, por no descubrir la maldad de aquella mujer, si se excusara, o dar a la gente qué sospechar. Entrando en el aposento donde la mujer estaba, el demonio dio un grande alarido y dijo: «Éste es el hombre que no se quemó en medio de las llamas: ya no puedo estar más aquí;» y diciendo esto, se partió dejando medio muerta la mujer.

7 No se sosegó, ni quedó confuso esta vez el demonio; porque es bestia inquieta, y furiosa: antes buscó otra nueva manera, para armar nuevo lazo, y enredar al Santo por medio do algunos hombres desalmados, y ministros suyos, que, o por probar la virtud del Santo, o por ventura, porque en el púlpito reprendía sus deshonestidades, y era fiscal de su rota vida, se concertaron con una mujer, no menos lasciva, que hermosa, para que una noche estando San Vicente en la iglesia, haciendo oración, la mujer secretamente entrase en su celda, y se echase en la camilla, donde él solía reposar. Ella lo hizo, y él la halló tendida, volviendo de la iglesia: cuando la vio, creyendo, que no era mujer, sino demonio en figura de mujer, que lo venía a engañar, con grande enojo, le dijo: ¿Qué haces aquí, demonio maldito? ¿Por qué te has transformado en mujer para tentarme, como sueles hacer con los siervos de Dios? Entonces la mujer, o por mejor decir, el demonio en la mujer, le declaró, quién era, y a lo que había venido: y diciéndole palabras amorosas, y llegándose blandamente a él, procuraba provocarle a mal: pero él la reprendió tan ásperamente, que ella se compungió, y prometió enmendar su vida, declarando los autores de aquella maldad, y lo que le habían prometido, si le hiciese caer en deshonestidad: y después salió de la torpeza, en que vivía, y se casó, y vivió honestamente, y publicó lo que le había pasado con San Vicente; aunque él la había mandado, que lo callase, por no infamar a los que la habían inducido a tan gran maldad. ¡A dónde no llega la malicia del demonio, y la desvergüenza, y desatino de una mujer apasionada, y embriagada del vino del amor! ¡Y en qué abismos de abominaciones está sumido, y como anegado el corazón humano, cuando se aparta de Dios! Pues vemos en estos ejemplos el lazo, que el demonio armó a San Vicente por medio de una mujer, ciega por la pasión, y sin freno de vergüenza; y que los hombres, que le habían de reprimir, incitaron a otra, para que le hiciese caer, y perdida la castidad, no pudiese reprender sus torpezas, y deshonestidades: mas también vemos en estos mismos ejemplos, cuánto más puede el alma del siervo de Dios, armada con Su gracia, que todos los embustes de los hombres, y astucias y ardides de Satanás. Otras veces asimismo le asaltó, para afear la limpieza de su alma, y obscurecer la gloria, con que en los ojos de la gente resplandecía: mas todas sus máquinas y ardides salieron vanos; porque el Señor le tenía debajo de Su sombra, y lo amparaba, y él se guardaba con gran recato de todas las ocasiones de tratar con mujeres, si no era para cosas de su alma, sabiendo los daños irreparables, que por ellas han venido al mundo: y con haber tenido tantas, y tan ilustres victorias de la deshonestidad, como hemos referido, no por eso se tenía por seguro; antes estaba más temeroso, y cauto, procurando, no solamente ser limpio en el alma, y cuerpo, sino que todas sus cosas oliesen a la castidad. Treinta años estuvo, sin ver cosa de su cuerpo, ni aun los dedos de los pies, si no eran solas las manos. Cuando había de mudar la túnica de lana, que traía sobre sus carnes, se entraba en algún lugar obscuro, por no verse desnudo. Por la calle iba con los sentidos tan recogidos, y especialmente los ojos, y tan dentro de sí, y tan compuesto, que solo el verle componía, y edificaba a los que le miraban.

8 Pero volvamos a Valencia, y a lo que San Vicente en ella, y en todas partes del mundo, hizo con su admirable predicación. Estando en Valencia esta vez, vino a ella don Pedro de Luna, Cardenal de la Santa Iglesia de Roma, que después, en tiempo de un cisma se llamó Papa Benedicto XIII, y rogó a San Vicente, que le acompañase en una embajada, que iba a hacer a Francia; y el Santo le acompañó: y acabada aquella jornada, dijo el Cardenal, que le deseaba llevar consigo; pero él se volvió a Valencia, y continuó su oficio de predicar: lo cual hizo no solamente en aquella ciudad y reino, sino también en los otros reinos de toda España, y en Francia, Inglaterra, Escocia, Irlanda, Piamonte, Lombardía, y buena parte de Italia, con tan extraordinario y maravilloso fruto de las almas, que no se puede con pocas palabras decir, y apenas creer. En España convirtió a la fe de Cristo, Nuestro Señor, con sus sermones más de veinte y cinco mil judíos, y diez y ocho mil moros, de los que en aquel tiempo vivían en ella: y para convertirlos, algunas veces estando predicando, tenía revelación de Dios, que habían de venir a oírle; y él se entretenía, y pasaba como arrobado en el púlpito, haciendo tiempo, y aguardándolos, estando todo el auditorio maravillado, porque no sabía la causa de aquel silencio, y suspensión.

9 Otras veces le inspiraba Dios, lo que había de decir a propósito de convencerlos, y reprobar sus malas sectas, y le hacía predicar, lo que antes no había pensado. Pues ¿qué diré de los vicios, y pecados públicos, que desarraigó de la república? ¿Qué de las mujeres infames, que quitó? ¿De las usuras, de los tablajes, de las blasfemias, y juramentos, que desterró? ¿Qué de las enemistades entre personas particulares, y entre príncipes, y pueblos enteros, que compuso, y concertó? ¿Qué del uso de orar, y comulgarse, que introdujo? ¿Qué de las penitencias, y disciplinas con que se afligían, y mostraban el dolor interior, y gran contrición, que tenían de sus pecados, los que oían sus sermones, y de aquella reformación de costumbres, y mudanza de vida, tan nueva, y tan maravillosa? Vino una vez a confesarse con San Vicente un hombre, que había cometido un gravísimo, y abominable pecado: y después de haberle oído, lo mandó hacer siete años de penitencia. Estaba el hombre tan lastimado, que le pareció poca la penitencia para tan grave pecado, y le dijo: Oh, padre mío, ¿y pensáis, que con esto me podré salvar? Sí, hijo, —le dijo el Santo: ayuna solo tres días a pan, y agua. Lloraba el pecador amargamente su culpa, y no acababa de creer, que con tan pequeña penitencia podía alcanzar perdón de sus pecados: y vista su contrición, le tornó San Vicente a decir, que rezase sólo tres Pater Noster, y tres Ave Marías; y en acabando de decir el primer Pater Noster, murió allí de puro dolor, y apareció al Santo, y le dijo: que estaba en la gloria, sin haber pasado por el Purgatorio, por haberle tomado Dios aquel dolor en cuenta por sus pecados. Pues ¿qué diré de los hospitales, monasterios, y casas de piedad, que se edificaron por consejo, o industria de este santísimo varón? ¿Qué de la muchedumbre innumerable de gente, que de pueblo en pueblo le seguía, por oírle, como a varón apostólico, venido del cielo para alumbrar, y reformar el mundo? Porque verdaderamente parece, que era como un nuevo sol del mismo mundo, que venía a alumbrarle con la luz de la doctrina, y encenderle con el fervor, y calor de su admirable vida, y para espantar a los mismos demonios: los cuales veían que San Vicente, como David con los osos, y leones, se tomaba a brazo partido con ellos, y les sacaba de entre las garras, y de la garganta, las ovejas del rebaño del Señor, que ellos tenían casi tragadas, y engullidas. Se vio ser esto verdad en lo que aconteció a un clérigo: el cual, por desesperación, u otro loco respeto, encomendó su alma al demonio, y le hizo, y le dio cédula de ello, firmada de su nombre: pero después, conociendo, y llorando su culpa, acudió a San Vicente; y él tomó a su cargo el suplicar a Nuestro Señor, que le perdonase: y fueron de tanta fuerza sus oraciones, que estando él predicando, el demonio delante de todos le volvió la cédula del clérigo, para que la rompiese; y él lo hizo, y tomó al clérigo por compañero, y le encargó, que recogiese los niños, y les enseñase la doctrina cristiana, y ciertas coplas, y canciones de la Pasión de Cristo, y de Nuestra Señora, para que las cantasen por las calles. Este tan raro, y tan estupendo fruto, que hacía el bienaventurado San Vicente con sus sermones, nacía primeramente de la elección particular, con que Dios Nuestro Señor le escogió por predicador de Su Evangelio, y lo mandó, que lo sembrase por tantas provincias, y tierras: porque estando el Santo en Aviñón (1398), en la corte del Papa Benedicto XIII, cuyo confesor fue, y maestro del sacro palacio, muy apretado de recias, y peligrosas calenturas, le apareció Cristo Nuestro Señor resplandeciente, y glorioso, acompañado de muchos Ángeles, y Santos, y entre ellos Santo Domingo, y San Francisco, y le aseguró, que no moriría de aquella enfermedad, y le mandó, que como singular pregonero de Su Evangelio le predicase por el mundo, y discurriese con pobreza por España, y Francia, enseñando a los pueblos penitencia, y enmienda de la vida; porque aunque tendría muchas contradicciones, persecuciones, y adversidades, él le daría victoria de todos sus enemigos, y le coronaría, después que hubiese sembrado la semilla del Cielo, y recogido en sus trojes copiosas, y abundantes mieses: y en señal de amor, y familiaridad, le tocó el Señor blandamente el rostro con Su mano: y aun algunos dicen, que fue este toque de tanta eficacia, que le quedó en la cara la señal de los dedos de la mano de Jesucristo: y el Santo animado, y alegre con esta visión, e incitado con tan sublime mandato, lo puso luego en ejecución. De esta misma elección manaron, como de su fuente, las otras causas del extraordinario y maravilloso fruto, que por medio de sus sermones obró el Señor: el cual, cuando escoge a uno para un oficio, le da los talentos, y requisitos, para que le pueda bien ejercitar; y así dio a San Vicente un entendimiento despierto, un ingenio agudo, memoria rara, doctrina singular, conocimiento, e inteligencia de la Sagrada Escritura, y de las exposiciones de los sagrados doctores admirable, la voz fuerte, blanda, sonora, y penetrante, y la acción en el púlpito, que representaba bien lo que decía, y con una breve elocuencia de palabras, y sentencias, movía al auditorio, y le persuadía todo lo que quería.

10 Pero aunque estos dones naturales eran tantos, y tan grandes, no fueran tan eficaces, ni tan fructuosos, si no fueran acompañados con una singular gracia del Señor, que resplandecía admirablemente en su vida; porque andando tantos caminos, como anduvo, por espacio de tantos años, no perdió un punto de su religión. Guardaba al pie de la letra la regla y constituciones de la Orden: y como se dice en el proceso de su canonización, no se hallará novicio tan cuidadoso de guardar todas sus ceremonias, por muy ligeras que fuesen, como él. Era amigo de la santa pobreza: no tenia sino una saya, un escapulario, y una capa de paño basto, ni llevaba consigo, sino un breviario, y una biblia: no aceptaba dones, ni presentes; y cuando era constreñido a aceptar algún dinero, luego lo mandaba repartir a los pobres. Todo el tiempo que vivió en la Orden, jamás comió carne sino por pura necesidad: ayunó poco menos de cuarenta años cada día, excepto los domingos: dormía comúnmente vestido sobre algunos sarmientos, y estando enfermo, sobre un pobre colchón. Desde mozo se disciplinaba cada noche, si se hallaba con fuerzas; y cuando le faltaban, rogaba a alguno de sus compañeros, que le disciplinase, conjurándole de parte de Jesucristo Nuestro Señor, que no le tuviese lástima. Andaba siempre a pié, hasta que estando después malo de una pierna, iba a caballo en un jumentillo, a imitación de Cristo. Huía en gran manera la conversación de gente seglar, si no era para edificarlos con su doctrina. Era dado a la oración, y contemplación, en la cual era industriado, y enseñado de lo que había de predicar; y la eficacia de sus sermones, más procedía de la fuerza y luz del Cielo, que no del estudio, y lección de los Santos, ni de la gravedad de las sentencias, ni ornato, y copia de palabras. Por donde una vez, que había de predicar a un gran príncipe, que le deseaba oír, puso más conato, que solía, en estudiar los Santos, y predicó un doctísimo sermón; mas no contentó tanto al príncipe, como otro día, que siguiendo su estilo ordinario, se dio más a la oración, que a la lección: y quedando maravillado el príncipe, le preguntó la causa de esta diversidad; y el Santo respondió: Señor, ayer predicó Fr. Vicente; y hoy predicó Cristo. Continuó la predicación con tanto fervor y continuación, que por espacio de diez y ocho años no dejó de predicar sino quince días. Finalmente, la vida de San Vicente era vida apostólica, y que movía a los oyentes más que sus palabras, y Dios Nuestro Señor, que, como dijimos, le había escogido para tan alto ministerio, con algunos prodigios divinos le hacía más admirable; porque predicando en las plazas, y en los campos a innumerable gente, grandes y pequeños, viejos y mozos, pobres y ricos, doctos e indoctos, hombres y mujeres; le oían, y percibían lo que decía, así los que estaban lejos, como los que estaban cerca: y aun aconteció a algunos, que le tenían particular devoción, y deseaban hallarse presentes a sus sermones, y no podían, oírle claramente, y entenderle, cuando predicaba, estando algunas leguas distantes: y predicando en su lengua valenciana, a personas de diferentes naciones, y lenguas, y que no sabían sino la suya, le entendían, como si predicara en la lengua de cada uno: que es don raro y apostólico. A más de esto, estando predicando, fueron vistos sobre su cabeza Ángeles en forma humana: y con estos prodigios no es maravilla, que fuesen sus palabras, y sus obras tan eficaces, especialmente, que el Señor, con otros innumerables, e insignes milagros, le hizo glorioso en vida, y en muerte, y confirmó su predicación.

11 Los milagros que Nuestro Señor obró por San Vicente, fueron tantos, que Pedro Rauzano, fraile de su Orden, que por mandado del maestro general de ella, escribió su vida en cinco libros, dice: que fueron más de ochocientos y sesenta, los que se sacaron de solos cuatro procesos, que se habían hecho en Aviñón, Tolosa, Nantes, y Nápoles, sin los demás. En la bula de su canonización, el Papa Pío II, que la despachó, por muerte de Calixto III, dice estas palabras: «La Divina Virtud hizo por él muchos milagros, para confirmación de su predicación, y vida, así por la imposición de sus manos, como por las demás reliquias suyas, y tomamiento de sus vestidos, y promesas de votos, que le hicieron. Porque a muchos demonios echó de los cuerpos humanos: a muchos sordos restituyó el oír, y a muchos mudos el hablar: alumbró ciegos: limpió leprosos: resucitó muertos; y dio salud a otros, que estaban afligidos con muchas enfermedades.» Éstas son las palabras del Sumo Pontífice. Y siendo tantos los milagros, sería cosa larga, y fuera de mi propósito, quererlos aquí referir: uno solo escribiré yo, por ser raro y extraordinario, de un niño que resucitó, medio crudo, y medio cocido; y fue de esta manera.

12 En la villa de Morella, cerca de Valencia, había un hombre honrado, virtuoso, y devotísimo de San Vicente, que tenía una mujer moza, y hermosa, y de buen linaje; pero lunática, y que a tiempos perdía el juicio, y se embravecía: y cuando volvía en sí, estaba muy mansa y sosegada. Fue San Vicente a predicar a Morella: y como no había allí convento de Santo Domingo, aquel buen hombre le rogó con grande instancia, que se dignase entrar en su casa, y echarle su bendición, y comer, después del sermón, en ella. Lo aceptó el Santo; y el marido se fue con toda su familia al sermón, dejando a su mujer (que a la sazón estaba sana) sola en casa con un niño que tenía, mandándole que aderezase algunos peces, para que San Vicente comiese. Permitió Nuestro Señor, para mayor gloria de Su siervo, y manifestación de su gran santidad, que la mujer en aquel mismo tiempo súbitamente se embraveció con mayor furia que solía, y arremetió al niño, hijo suyo, y le mató e hizo pedazos, y echó a cocer parte de él, guardando lo demás. Cuando el marido volvió a su casa, y supo lo que había hecho su mujer, no se puede creer el sentimiento y dolor que tuvo, y lamentándose mucho, y deshaciéndose en lágrimas, casi le pesaba de haber convidado a San Vicente a su casa; pues por él había venido tan gran calamidad sobre ella. Mas el Santo, cuando entendió el caso, con un rostro sereno y grave, dijo a su huésped, y a los demás, que se sosegasen; porque semejante caso no podía suceder, sino para hacer bien, y querer Nuestro Señor mostrar Sus maravillas, en pago de las buenas obras, que se hacen en su servicio. Con esto mandó traer todos los miembros, y partes del cuerpo de aquel niño, cocidas y por cocer, y las juntó entre sí en sus lugares, e hizo esta oración: «Jesús, Hijo de María, salud y Señor del mundo, que crió de nada el alma de este niño, la restituya a su cuerpo, para loor y gloria de Su Santo Nombre.» Dijo estas palabras, e hizo la Cruz sobre el cuerpecito despedazado: se juntaron los miembros, y se unieron entre sí; y el alma volvió a dar vida al cuerpo, que estaba despedazado y muerto; y con un milagro tan raro y estupendo, quedó la gente asombrada, y el mundo admirado, reconociendo la santidad de Vicente, y glorificando al Señor, que le había enviado para bien de Su Iglesia, y ensalzamiento de Su Santo Nombre. Estos milagros ablandaban los corazones de los hombres, y los enternecían a llorar sus pecados, y a creer, que era más que hombre aquel, por quien Dios los obraba, y a tomar sus palabras, como palabras de Dios, y obedecer a sus santos consejos y amonestaciones; especialmente, que le tenían por hombre alumbrado de Dios, e ilustrado con muchas revelaciones, y por profeta, que con Luz Divina veía las cosas ausentes, como si las tuviera presentes; y las que estaban por venir, como si las tuviera delante de los ojos: y de esto tenían muy bastantes pruebas, por lo que en el mismo púlpito le habían oído decir.

13 Una vez predicando en Zaragoza, y estando en medio del sermón, comenzó a llorar amargamente, y de allí a un poco se enjugó los ojos y calló; y después de haberse sosegado un poco, dijo, que en aquella hora había expirado en Valencia su madre: y que aunque se había entristecido, por haberla perdido; pero que se alegraba porque Dios le había revelado que los Santos Ángeles habían llevado su alma al cielo, y poco después se supo ser verdad su muerte.

14 Otra vez predicando en Alejandría de la Palla, que es en Lombardía, y estando presente un mozo de Sena, que se llamaba Bernardino, dijo a los que se hallaron en el sermón; Hermanos míos, unas buenas nuevas os traigo: sabed, que en este auditorio está un mancebo, que será gran lustre de la Orden de San Francisco y de toda la Italia, y luz de la Iglesia: la cual primero le honrará a él que a mí; y cuando yo me parta de Italia, le dejaré el cargo de predicar. Este mozo fue San Bernardino de Sena: el cual tomó el hábito de San Francisco el año siguiente, y fue persona admirable en santidad y púlpito, y fue canonizado el año de 1450, por Nicolás, Papa, V de este nombre, cinco años antes que Calixto III canonizase a San Vicente.

15 Otra vez predicando en Barcelona, en tiempo de grandísima hambre, estando la gente muy afligida, y sin esperanza de remedio, les dijo, que se alegrasen, porque antes de la noche llegarían al puerto navíos cargados de trigo, con que se remediaría la necesidad; y así fue. Y como éstas, le sucedieron otras cosas, con las cuales mostró, que tenía el don de profecía; y entre ellas se cuenta, que al Papa Calixto III, siendo mozo, le profetizó, que había de ser Sumo Pontífice; y él lo tuvo por tan cierto, que antes de serlo prometió hacer guerra a sangre y fuego a los turcos, en sentándose en la Silla de San Pedro. A un fraile de la Orden de la Merced, que le acompañaba, le mandó volver a su convento, y que antes de partirse se confesase, y por el camino no se descuidase de alabar a Dios. Todo lo hizo el religioso, como San Vicente se lo ordenó; y llegando a las puertas de su convento, dio su espíritu al Señor, entre las manos de sus mismos frailes, que le habían salido a recibir, y se fue al Cielo, y el Santo tuvo revelación de ello, y lo contó a sus discípulos. La misma revelación tuvo otra vez diciendo Misa, de la muerte de su padre: y otra de un compañero suyo, habiendo muerto los dos en lugares muy distantes, de donde estaba. Y el saberse esto, y ser tan notorio, y tenerle todos, como dicho es, por varón con luz soberana ilustrado de Dios, inclinaba los corazones de los que le oían y seguían, a hacer lo que él, como ministro Suyo, les predicaba.

16 A más de esto la misma forma, y traza de su predicar era rara, y a propósito para mover el auditorio; porque fuera de la grande autoridad que tenia, como comisario del Papa, y de la plenísima potestad para absolver cualesquiera pecados, llevaba consigo muchos religiosos de diversas Órdenes, y clérigos dignos de tan santa compañía, para que le ayudasen en aquel soberano ministerio, y confesasen a los pecadores, que se convertían, y los instruyesen y encaminasen para el Cielo: y él guardaba comúnmente esta orden, y distribución en su vida. Daba a su fatigado cuerpo a la noche un poco de reposo, y todo el restante de ella le gastaba en estudio, oración y contemplación. A la mañana iba al lugar donde había de predicar, que comúnmente era alguna gran plaza, o campo, por la muchedumbre de la gente, que le estaba aguardando para oírle. Allí, después de haberse confesado, él mismo cantaba la Misa con gran solemnidad, y aparato, y órganos que llevaba consigo; porque todo esto le parecía que despertaba a la devoción, y disponía y ablandaba los ánimos de los oyentes, para imprimir en ellos más fácilmente la doctrina evangélica. Acabada la Misa, subía al púlpito y predicaba, no como hombre de la tierra, sino como hombre venido del Cielo. El principio de su predicación, comúnmente era, el que tomaron Cristo Nuestro Señor, y San Juan Bautista en la suya, exhortar a la penitencia. Después daba tras algún vicio y pecado, declarando la fealdad y gravedad de él, con tan grande encarecimiento y sentimiento, que él mismo se enternecía, y lloraba, y hacía llorar a los demás, especialmente a los que estaban tocados de aquel vicio. Y aunque no hubiese en el auditorio sino uno de estos, fijaba los ojos en él, y le estaba mirando, como si a él solo le hablara y leyera el corazón. Porque entre los dones admirables, que este Santo tuvo de Dios, uno fue el abrirle los corazones y descubrirle las llagas interiores y ocultas de las personas, con quienes trataba, para avisarles de ellas y remediarlas. Con esto no había pecho tan duro ni obstinado, que no se rindiese; especialmente, cuando trataba en el púlpito de la Pasión de Cristo Nuestro Redentor, o del juicio final, o de las penas del infierno; porque entonces, se enternecía y encendía él mismo, de manera, que parecía que temblaba, y hacía temblar a los demás. Y le aconteció alguna vez predicar del juicio final, con tanta fuerza y vehemencia, que muchos de los pecadores que allí estaban, se levantaron del sermón, y se postraron en tierra, y con grandes lágrimas confesaban públicamente sus pecados, y pedían perdón de ellos. Acabado el sermón, le traían los enfermos para que los bendijese: y él hacía la Señal de la Cruz sobre ellos; y muchos sanaban. Se añadía a esto, que muchos de los pecadores que se convertían, y otra gente sin número, le seguían de pueblo en pueblo para oír sus sermones: y eran tantos, que hubo vez, que se hallaron ochenta mil, y fue necesario para que no les faltase la comida, señalar proveedores y sobrestantes para que se la procurasen: e iban con tan gran fervor tras él, que muchos de los que lo seguían, hacían en los pueblos, adonde llegaban, procesiones muy devotas y solemnes, disciplinándose terriblemente, y derramando mucha sangre en memoria de la Pasión del Señor, y en satisfacción de sus pecados: y eran tantos los disciplinantes, que había tiendas de disciplinas, como si fuera feria de azotes: y ellos se disciplinaban con tanto rigor, que se hallaban en sus ropas pedazos grandes de carne: y este espectáculo, que era muy ordinario , movía a los demás y los dejaba compungidos y llorosos, y deseosos de imitar aquella rigurosa penitencia, o a lo menos la enmienda de la vida. Y no solamente tenía San Vicente cuidado de enseñar y reformar a los hombres grandes y letrados, sino también de instruir y catequizar a los niños y simples, cómo se habían de santiguar, y el Pater Noster, y el Ave María, el Credo, y la Salve Regina, la Confesión, e invocar muchas veces el Dulcísimo Nombre de Jesús, y el de la Sacratísima Virgen María, Nuestra Señora, y que rezasen dos veces cada día, una por la mañana y otra por la tarde, y que procurasen oír Misa, y que la oyesen, estando ayunos, por reverencia de tan alto Sacramento. Por estos caminos y medios hizo Dios Nuestro Señor tan raro y maravilloso fruto en el mundo, por la predicación de este nuevo apóstol Suyo y santísimo varón, y causó tan grande admiración y reverencia para con él en todo género de personas, grandes y pequeños, eclesiásticos y seglares, que algunas veces, cuando había de entrar en alguna ciudad, se salía toda ella a recibirle, los clérigos con sus capas y cruces: los obispos, vestidos de pontifical; y el magistrado con sus insignias le iban al encuentro, viniendo él en un pobre jumentillo, con su hábito humilde y pobre; pero más glorioso y rico, que todos los que le salían a honrar, y triunfando de la vanidad y grandeza del mundo, con la ignominia y abatimiento de Jesucristo. En España, hasta los mismos reyes de Aragón salieron algunas veces personalmente a recibirle: y era tanta la devoción del pueblo, y el deseo que tenían todos de besarle la mano, o el hábito, o cualquiera cosa suya, que apenas le podían defender que no le atropellasen: y hasta los pelos del asnillo, en que iba, tomaban algunos, cuando otra cosa no podían, y los guardaban por reliquia. El Santo, al principio por su humildad, llevaba mal esta honra, y se enojaba, y reprendía gravemente a los que se la hacían: mas después, viéndose, por la gracia de Nuestro Señor, libre de la vanagloria, que aquella honra pudiera engendrar en su alma, si no fuera tan humilde, y considerando que por aquel medio la Palabra de Dios se acreditaba, y tenía más fuerza para penetrar y sanar los corazones de los que le oían; pasó por ello, y en medio de aquel aplauso y honra popular, estaba como si fuera de piedra, y no tocara a él lo que por él se hacía.

17 Mas con haber tenido el glorioso San Vicente tan próspero curso en la navegación de su predicación, no le faltaron borrascas y contrarios vientos; porque el demonio, por sí mismo, y por sus aliados y ministros, procuraba turbar el mar, y desasosegar al Santo, para que no navegase con tan favorables vientos. Estando un Domingo de Ramos predicando en Murcia a poco menos de diez mil personas, se vieron venir tres caballos por una calle desaforados y muy furiosos, relinchando y echando humo por las narices, que iban a dar sobre la gente que oía el sermón; la cual se espantó, y llena de pavor y grima, quería echar a huir: mas el Santo la detuvo, diciéndoles, que hiciesen la Señal de la Cruz, y aquellos demonios desaparecerían; y así fue.

18 Otra vez un jumento estaba paciendo allí cerca, donde el Santo predicaba; e instigándole el demonio, comenzó a rebuznar tantas veces, y tan fuertemente, que no podía la gente oír el sermón: le mandó San Vicente, que callase; y el demonio quedó corrido, y obedeció.

19 Otra vez tomó figura de un ermitaño muy viejo, penitente, y venerable, y se juntó con alguna gente, que acompañaba, y seguía a San Vicente, diciéndoles, que movido de la fama de su gran doctrina, le venía a oír para aprovecharse de ella. Fue recibido de los demás con mucho amor, por su aspecto, y venerables canas: y cuando hubo ganado las voluntades, y movido la gente con su ejemplo, que exteriormente mostraba, y fingía, comenzó a sembrar cizaña, y a descubrir lo que era, y a decir, que el maestro Fr. Vicente con sus embaimientos los traía engañados, y les enseñaba muchas cosas contra la Ley de Dios; y pudo tanto con sus persuasiones, que algunos simples, creyéndolas, se apartaron de la compañía del santo: y pasara más adelante el daño, si la justicia, por atajarle, no echara mano del falso ermitaño, y no le encarcelara, con intento de castigarle severamente. Pero cuando quisieron hacerlo, y fueron a la cárcel para ejecutar el castigo, no le hallaron, sino las prisiones: y refiriendo, lo que había pasado a San Vicente, y diciéndole, cómo aquel ermitaño había desaparecido, respondió él, sonriéndose: No tengáis pena, que ése no era hombre, sino el demonio en figura de ermitaño.

20 Otra vez movió el demonio a un superior de cierta Orden, para que, o con envidia, o con falso celo se mostrase contrario a la persona, y doctrina de San Vicente: pero después lo alumbró Dios Nuestro Señor, y le abrió los ojos, para conocer su error (por ventura por las oraciones del mismo Santo): y arrepentido, se fue al mismo San Vicente: se echó a sus pies, y confesó lo que había hecho contra él, y le pidió perdón; y él con gran mansedumbre le respondió, que ya había muchos días, que él le había perdonado, y que Nuestro Señor también le había perdonado; porque no vinierais vos, dijo, con tanto dolor de corazón, si primero Dios con Su gracia, y misericordia no os hubiera ablandado. Pero le avisó, que se confesase, y se aparejase; porque no tardaría su muerte, como no tardó: porque en despidiéndose de San Vicente, para irse a su casa, apenas había andado dos leguas, cuando dio su alma a Dios.

21 Otra vez incitó el demonio a unos hombres perdidos, y desalmados, para que matasen al Santo, porque les había quitado una mujer, con quien vivían torpemente. Salieron al camino: y él los conoció, y entendió a lo que venían, y mandó a sus compañeros, que se apartasen, y le dejasen a solas con ellos. Los malhechores echaron mano a su espadas para matarle, y San Vicente a la suya, que era la Cruz, para defenderse; y fue tan grande su virtud, que perdieron luego sus fuerzas, y pasmados con la novedad del milagro, se derribaron a sus pies, y le pidieron perdón, y enmendaron sus vidas.

22 Pero volviendo al hilo de nuestra historia, y al fruto, que San Vicente hizo con su predicación, fue tan extraordinaria la opinión, y estima, que los grandes príncipes tuvieron de San Vicente, que en algunos casos gravísimos, que sucedieron en su tiempo, le tomaron por árbitro y por juez, para determinarlos. Murió el rey don Martín de Aragón, el año de 1410, sin dejar hijo legítimo, que le sucediese en aquella corona. Ordenó en su testamento, que se diese a quien de derecho le competía. Había muchos pretensores del reino, y grandes dificultades en averiguar bien la justicia de cada uno de ellos. Finalmente, después de varias disputas convinieron las cortes de Aragón, Valencia, y Cataluña, en nombrar nueve jueces, tres de cada uno de estos reinos, los cuales oyesen a las partes de su derecho, y después juzgasen, y declarasen, según Dios, y su conciencia, a quién de justicia pertenecía el reino; y el que ellos declarasen, fuese tenido, y obedecido por rey. Entre los tres, que fueron nombrados por el reino de Valencia, fueron los dos hermanos, Bonifacio Ferrer, prior general de la Cartuja, y San Vicente Ferrer, a quien todos los demás miraban, como a tan Santo, y tan sabio, y tan amigo de Dios: y así se le dio el cargo de publicar la sentencia, y declarar por rey de aquellos reinos al infante de Castilla, hijo del rey de Castilla don Juan el primero, nieto de don Pedro de Aragón, y padre del rey don Alonso de Nápoles, y del rey don Juan de Aragón, y Navarra, y abuelo del rey don Fernando, el Católico, de gloriosa memoria: y el mismo San Vicente con sus palabras, y razones, persuadió a los diputados de los reinos, que el dicho don Fernando era el que más les convenía, y sosegó los alborotos, y contiendas, que en caso tan importante pudieran suceder.

23 En otra cosa así mostró San Vicente la autoridad, que tenía en estos reinos; porque habiendo por los pecados del mundo permitido Dios Nuestro Señor un lastimoso cisma en la Iglesia, que por un Papa tuviese tres, que se llamaban Papas, y que cada uno de ellos tuviese diversos reinos, y provincias, que los obedecían: y entendiendo San Vicente, que don Pedro de Luna, que era uno de los tres, y se llamaba Benedicto XIII, tenía mejor derecho, y era el verdadero, y legítimo Papa; aconsejó al rey don Fernando de Aragón, que le diese la obediencia: y así lo hizo, y lo mismo el rey de Castilla. Pero como el derecho, que cada uno de los Papas alegaba en su favor, fuese obscuro, y muy enmarañado, y dudoso, y no se pudiese bien averiguar, aunque grandes letrados de aquel tiempo escribieron sobre ello, para acabar un cisma tan prolijo, peligroso, y pernicioso, por el cual toda la Santa Iglesia Católica, que es una, y universal, estaba dividida en tantas partes; se tomó por medio, que cada uno de los tres Papas renunciase el Sumo Pontificado, y el derecho, que pretendía tener en él, y que se eligiese un nuevo Pontífice, como en sede vacante, que fuese cabeza, y pastor universal en toda la Iglesia, y ella le reconociese por tal. Hicieron esto Gregorio XII, y Juan XXIII en el concilio de Constancia, que eran los competidores de Benedicto; pero él nunca lo quiso hacer, ni ceder el derecho, que decía tener, por mucho que el emperador Sigismundo, que vino a esto de Alemania a Perpiñan, y el rey de Aragón don Fernando en persona, y otros príncipes, y embajadores se lo rogaron. Entonces San Vicente aconsejó al rey don Fernando, que quitase la obediencia a Benedicto por su contumacia, y rebeldía; y así lo hizo: porque su autoridad bastó, para que le diese la obediencia, y para que se la quitase; y vacando la sede apostólica, el concilio do Constancia eligió por Sumo Pontífice, y Vicario de Cristo Nuestro Señor a Martino V, que fue excelente Pontífice; y de esta manera se extinguió aquel miserable cisma, que había afligido tantos años la Iglesia del Señor. Y puesto caso, que San Vicente a los principios siguió la parte de Benedicto, que era el verdadero Pontífice; la causa fue, como dice San Antonino, porque el derecho era dudoso; y a San Vicente, y a otros muchos grandes letrados, el de Benedicto les pareció más cierto, y seguro. Pero entendida la verdad, y vista la obstinación, y dureza de Benedicto, el Santo le dejó, y aconsejó a los reyes de Castilla, y Aragón, que dejasen su obediencia, y se adhiriesen al concilio de Constancia, y tuviesen por verdadero Sumo Pontífice, al que en él canónicamente fuese elegido, como se hizo. En el mismo concilio de Constancia hubo antes de la elección de Martino V grandes disputas, y debates sobre ciertas cosas muy importantes, y dificultosas: y no pudiéndose averiguar lo que en ellas se había de hacer, por ser muchos y contrarios los pareceres; determinó el concilio consultarlas con San Vicente, que a la sazón predicaba en Borgoña: y para esto se envió a Pedro Aníbal, Cardenal de San Ángel, acompañado de dos teólogos, y otros canonistas, para saber del Santo, lo que le parecía, que se debía hacer. Él, como humilde, se corrió de tan solemne embajada, y de que el concilio no le hubiese mandado llamar; y resolvió con la luz, que tenía del Cielo, lo que se le propuso: y con gran facilidad desenmarañó las dificultades, que tantos, y tan doctos letrados, con ciencia, y prudencia humana, no habían podido entender, y declarar: tanta era la opinión de la santidad, y sabiduría , que todos tenían de este varón apostólico, a quien acudían en sus dudas, como a oráculo, y boca de Dios. Este mismo respeto le tuvieron los otros reyes, y príncipes, así eclesiásticos, como seglares. El emperador Sigismundo, el rey de Inglaterra, que le envió a llamar, y hasta el rey de Granada, con ser moro, le envió a convidar, para que fuese a predicar a su reino; y él lo hizo: y los mismos reyes le miraban, y respetaban, como a hombre más divino que humano, y tomaban sus consejos, y aceptaban sus amonestaciones, y aun reprensiones, sin enojarse por ellas: porque aunque las daba con grande libertad, y espíritu: pero iban acompañadas con tan grande humildad, modestia, y comedimiento, que se echaba bien de ver, que solo el celo de la gloria de Dios le movía, y que sus reprensiones no tenían otro blanco, sino el bien de los mismos, a quienes reprendía.

24 Pero ¿qué maravilla es, que los hombres de la tierra honrasen con tan ilustres testimonios a San Vicente; pues los Santos del Cielo tanto le alabaron y ensalzaron. Porque estando una vez en la villa de Cervera, en Cataluña, echado en su pobre camilla, le apareció una noche el padre Santo Domingo, vestido de una maravillosa claridad, y le dijo quién era, y que Dios le había enviado para avisarle que perseverase hasta el fin en lo que había comenzarlo; porque delante del acatamiento del Señor valían mucho sus obras, y que era digno de reposar en el Cielo con el mismo Santo Domingo; porque le parecía mucho, no solo en traer el mismo hábito, y en ser doctor y predicador de la doctrina evangélica, enviado por Jesucristo, y en ser virgen, como él lo había sido; sino también por serle semejante en todas las buenas costumbres y obras, como buen hijo y vivo retrato de su padre: pero que en una sola cosa le hacía gran ventaja, que él era el tronco y la raíz de la Orden de los Predicadores; y San Vicente una flor o rama de ella. Luego que San Vicente conoció a su Santo Padre, se derribó a sus pies y se los quiso besar; mas Santo Domingo no lo consintió, antes quería echarse en la misma camilla en que su hijo estaba, para mostrarle más amor y familiaridad. Estas pláticas, que los dos Santos tuvieron entre sí, oyeron los compañeros de San Vicente, y vieron la claridad con que resplandecía la celda, y después se lo dijeron al mismo Santo, conjurándolo por reverencia de Dios, que les declarase todo lo que había pasado; y él, aunque al principio procuró encubrirlo, al fin les descubrió la verdad, rogándoles, que lo callasen y tuviesen secreto.

25 De esta manera regaló Dios a san Vicente, y le hizo glorioso en el cielo y en la tierra, porque era humildísimo, y el Señor levanta a los humildes; y tanto más, cuanto ellos más se humillan y menosprecian. Pues ¿quién podrá explicar la profundísima humildad que tuvo este siervo del Señor, y como estaba tan dentro de sí, y en la consideración de su propia vileza y nada, que ni la honra le levantaba, ni el aplauso y alabanza de los hombres le desvanecían, ni las maravillas que Dios obraba por él, eran parte para engendrar en su ánimo un pelo ni repunta de vanidad, sino mayor luz de la Bondad y Misericordia del Señor, que le había tomado por instrumento; y mayor confusión y empacho suyo, pareciéndole que no correspondía con el debido agradecimiento a tan inmensa liberalidad? Quiso el Papa hacerle Obispo de Lérida, y Arzobispo de Valencia, y Cardenal; y no hubo remedio con él para que aceptase las dignidades que le ofrecía: porque por su humildad se tenía por indigno, y estimaba más ayudar a salir una alma de pecado, que todas las grandezas del mundo; y le parecía, que tan honrosos cargos serían para él unas como cadenas y grillos dorados, que le tendrían atado y preso en la corte, y le estorbarían el andar predicando el Evangelio pobremente, como Dios se lo había mandado.

26 También mostraba su humildad en otras dos cosas: la una, que teniendo plenísima potestad de los Sumos Pontífices, para estar, y para predicar en cualquiera lugar do toda la cristiandad, que quisiese; en llegando a cualquiera pueblo, donde había convento de su Orden, se iba a posar en él, y a presentarse al prior y darle la obediencia, como si fuera su súbdito: la otra, que nunca predicaba, sin tomar primero la bendición y licencia del Obispo en cuya diócesis de nuevo entraba, guardando a los prelados el respeto que se les debe, como a sucesores de los apóstoles del Señor. Pues ¿qué diré de las otras admirables y excelentísimas virtudes, con que Dios Nuestro Señor adornó, hermoseó y enriqueció el alma de este glorioso confesor? ¿Qué de su paciencia en las enfermedades? ¿Qué de su perseverancia y fortaleza en los trabajos? ¿Qué de la mansedumbre en las injurias? ¿Qué de la ternura y compasión para con los pobres? ¿Qué de la severidad y libertad para con los ricos y poderosos? ¿Qué de la benignidad y suavidad para con todos? ¿Qué del rigor y severidad para consigo? ¿Qué de la pureza virginal de su bendita alma y cuerpo? ¿Qué de su oración continua y fervorosa? ¿Qué de la mortificación perfecta de todos sus apetitos y sentidos? ¿Qué de aquella sed insaciable del bien de las almas, y celo tan encendido, y fervoroso de la gloria del Señor? Mucho habría que decir de cada una de estas virtudes, y se podría escribir un libro; pero dejémoslas, y vengamos a su dichoso tránsito y bienaventurado fin.

27 Habiendo, pues, este predicador divino sembrado la semilla del Cielo en tantas y tan diversas provincias y reinos, y regado la tierra con las corrientes de sus copiosas y saludables aguas; fue a una provincia de Francia, que llaman la Menor Bretaña, para ilustrarla con sus rayos, como había hecho a las demás. Allí estuvo dos años cultivando toda aquella provincia, y arrancando de ella las espinas y malas hierbas de vicios, y plantando, como buen hortelano, las virtudes. Hallábase ya muy viejo y cansado de los muchos y santos trabajos de tantos años, y debilitado con sus continuos ayunos y penitencias, y no por esto dejaba do ayunar y predicar; y era cosa maravillosa ver, que antes que subiese al púlpito, apenas por su flaqueza se podía mover, y en subiendo y comenzando a predicar, lo hacía con tanta fuerza, como cuando era mozo. Le aconsejaron y le rogaron mucho sus compañeros, que se volviese a morir en Valencia: y como el santo era benigno y suave de condición, condescendió con ellos, y porque no hubiese ruido ni estorbo, se partió de noche de la ciudad de Nantes (otros dicen de Vanes), donde estaba, y tomó su camino para España con sus compañeros. A la mañana, cuando pensó haber andado algunas leguas, se halló a la puerta de la misma ciudad, y entendió, que el Señor quería llevarle presto para Sí, y que muriese en aquella ciudad; y así lo dijo a los que le acompañaban, y que no le sabía resistir, sino obedecer en todo a Su Santísima Voluntad. Entró en la ciudad con gran regocijo y fiesta de todos, y al cabo de pocos días lo dio una calentura muy recia: y aunque él estaba muy aparejado, y toda su vida había sido una continua meditación de la muerte; todavía se confesó generalmente con un fraile de su Orden, y recibió la indulgencia plenísima, que el Sumo Pontífice Martino V para aquella hora había concedido. Después, habiendo cumplido con el obispo y magistrado, y gente principal de la ciudad, que con gran sentimiento habían venido a visitarle, y encargándoles, que se acordasen y guardasen fielmente, lo que él en aquellos dos postreros años les había enseñado; porque haciéndolo así, él desde el Cielo les ayudaría con sus oraciones, y Dios los favorecería; mandó que cerrasen las puertas, para que los muchachos, que venían a tomar su bendición, no interrumpiesen su oración, ni turbasen la paz y quietud de su alma: porque quería gastar aquellos últimos días de su enfermedad en regalarse y entretenerse con su Amado; y así lo hacía, estando absorto y como arrebatado en la contemplación del Sumo Bien, y anhelando a aquella patria, para la cual él había caminado con tan acelerado paso a tan grandes jornadas.

28 Finalmente, habiendo recibido con maravillosa devoción y abundancia de lágrimas los santos sacramentos, y mandado leer la sacratísima Pasión de Nuestro Redentor, como la escriben los cuatro evangelistas, y recitar los siete salmos y la letanía; luego en acabando la letanía, con un júbilo de su bendita alma, y alegría exterior más que humana, juntando y alzando las manos, y los ojos al cielo, dio su espíritu al que para tanta gloria Suya le había creado, un miércoles antes del Domingo de Ramos, del año del Señor de 1418, según la común opinión; y según la verdad, del año de 1419, como lo dice Martín de Alpartil, autor del mismo tiempo, y que comunicó y conversó con el santo varón. Y se ve, que no pudo ser la muerte de San Vicente el año de 1418, como se dice, porque aquel año la Pascua de Resurrección cayó en el mes de marzo, según el cómputo eclesiástico; y el Santo murió doce días antes de Pascua, a los 5 de abril, como lo notó el P. M. Fr. Justiniano Antiste, en la vida, que escribió de San Vicente, y el Cardenal Baronio en las anotaciones del Martirologio romano a 5 de abril. El cuerpo de este glorioso Santo, por no haber allí a la sazón convento de Santo Domingo, fue enterrado en la iglesia mayor de la misma ciudad de Nantes, estando el duque de Bretaña don Juan, y otros muchos señores y príncipes presentes; y concurriendo de toda aquella ciudad y comarca, tanta gente para ver y reverenciar el sagrado cuerpo, que por espacio de tres días no se pudo sepultar, derramando de sí una fragancia admirable y olor suavísimo: y después de muerto hizo Dios tantos, y tan grandes milagros por intercesión del Santo, como los había hecho, siendo vivo. Y la duquesa de Bretaña, hija del rey de Francia, y devotísima suya, y que lo había asistido y servido en su enfermedad con extraordinario cuidado y diligencia, habiendo lavado el santo cuerpo, como allí es costumbre, guardó el agua, con que le habían lavado, por una preciosa reliquia: la cual agua no se corrompió, ni tuvo mal olor; antes daba de sí muy buen olor, y dio salud a muchos enfermos que la bebieron, hasta que se consumió, o exhaló en el mismo vaso, donde estaba: y el colchón, en que este glorioso santo estuvo enfermo, o murió, sanó más de cuatrocientos enfermos de calenturas y otras diversas enfermedades, echándose con devoción sobre él. Y en Mallorca escriben que hay una capilla de su hábito, que llevó el Santo, cuando navegó por aquella isla, la cual con solo tocarla echa a los demonios de los cuerpos, y libra muchas mujeres de partos peligrosos, y a enfermos de varias dolencias. Murió de setenta y cinco años, según Gerónimo de Zurita: según el P. Fr. Vicente Justiniano Amiste, de setenta y ocho: y según el P. Fr. Francisco Diago, de solos setenta; porque este padre dice, que nació San Vicente el año de 1340; y cada uno trae sus razones, para aprobar su opinión. El Papa Pío II, en la bula de su canonización dice, que murió de más de setenta años: Septuagésimum aetatis annum transcedens: pero esto de la edad hace poco al caso, para lo que yo pretendo. Escribieron su vida Pedro Rauzano, palermitano Obispo, y fraile de su Orden, y casi de su mismo tiempo, en cinco libros; San Antonino, Juan Antonio Flamiano, Leandro, y Silvio Caseta, general de su Orden; el P. Fr. Vicente Justiniano, el P. Fr. Juan de Marieta; y últimamente el P. Fr. Francisco Diago, todos frailes de la Orden de Santo Domingo; y hacen mención de él el Martirologio Romano, y el Cardenal Baronio en sus anotaciones, y el Papa Pío II, en su Cosmografía, Lib. II, Cap. 58.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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