11 de Noviembre: San Martín, Obispo de Tours (316-402)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Barcelona, 1866 – Tomo III, Noviembre, Día 11, Página 389.



San Martín, Obispo y Confesor

El bienaventurado San Martín, Obispo y dechado de Santos Obispos, nació en un pueblo de Hungría, llamado Sabaria, y se crió en Italia, en la ciudad de Pavia. Sus padres fueron gentiles, y según el siglo nobles. Su padre fue soldado y maestre de campo, y deseó que su hijo se inclinase a las cosas de la guerra y de la gentilidad como él; pero Martín siendo de diez años contra la voluntad de sus padres se fue a la Iglesia y pidió que le hiciesen catecúmeno, y siendo de doce años trató de retirarse al yermo, y lo hubiera hecho si su tierna edad no se lo estorbara; mas con la voluntad siempre se inclinaba a las cosas de piedad y devoción, frecuentando las iglesias y apartándose del bullicio del siglo y conversando más con Dios que con los hombres.

Sucedió que el emperador Constancio mandó que todos los hijos de los soldados viejos se escribiesen y pusiesen en lista para la guerra. Y puesto caso que Martín se pretendió excusar, no le fue posible, porque su mismo padre le descubrió, y así fue forzado de tomar las armas e ir a la guerra, llevando consigo un criado, a quien trataba, no como a criado, sino como a compañero, sirviéndole tanto como era servido de él, descalzándole, limpiándole los vestidos y dándole a comer en la mesa. Se guardó con gran cuidado de los vicios que comúnmente acompañan a los soldados. El tratamiento de su persona era llano y moderado, y más parecía de monje que de soldado. Era muy sufrido y muy caritativo. Socorría las necesidades de cada uno como podía, consolaba con gran caridad y gracia a los afligidos, visitaba los enfermos, repartía liberalmente lo que tenía a los pobres, y particularmente se enternecía cuando veía alguno desabrigado y desnudo. Y en este género de piedad fue notable un ejemplo que nos dejó de su gran misericordia; y fue así que, estando un día de invierno en compañía de otros soldados a la puerta de la ciudad de Amiens (que es cabeza de la provincia de Picardía, en Francia), vino un pobrecito desnudo, temblando y tiritando de frio, pidiendo alguna limosna para abrigarse; y como los demás soldados no le socorriesen, Martín, entendiendo que Dios le enviaba aquella ocasión para merecer, no teniendo otra cosa que dar al pobre, sacó su espada de la vaina y cortó por medio la clámide y vestidura militar que llevaba, y dio una parte de ella al pobre, y con la otra parte lo mejor que pudo se cubrió. Dio este hecho mucho que reír a los hombres livianos y vanos, y que llorar y materia de compungirse a los cuerdos y graves. Se vio bien cuán agradable había sido a Dios aquella obra, porque la noche siguiente le apareció Cristo, Nuestro Señor, cubierto con aquel pedazo de capa, diciéndole que mirase bien si aquella era la vestidura que él había dado un día antes al pobre; y volviéndose a una muchedumbre de Ángeles que le acompañaban, con Voz alta les dijo: «Martín, siendo aun catecúmeno, Me ha cubierto con esta vestidura.» Tanto estima el Señor lo que se hace con el pobre por Su Amor y tan bien paga cualquier servicio que se le hace. No se desvaneció Martín con este favor del Señor, antes reconociendo y magnificando más la Gracia del Cielo, se determinó de retirarse a vida perfecta; y mientras que no podía romper las cadenas que le tenían con el cuerpo en el siglo, vivir con el corazón y con el deseo en el Cielo, y así lo hacía.

Le apareció Cristo, Nuestro Señor, cubierto con aquel pedazo de capa, diciéndole que mirase bien si aquella era la vestidura que él había dado un día antes al pobre; y volviéndose a una muchedumbre de Ángeles que le acompañaban, con Voz alta les dijo: «Martín, siendo aun catecúmeno, Me ha cubierto con esta vestidura.»


Se mostró bien que Dios le guiaba y le tenía de Su Mano, porque militando en el ejército de Juliano Apóstata, primo hermano de Constancio, emperador, y habiendo entrado los alemanes con un poderoso ejército en Francia, pidió Martín licencia para dejar las armas y recogerse; y atribuyendo esto Juliano a cobardía y al temor de la batalla que el día siguiente se había de dar a los enemigos, Martín con grande ánimo le respondió que para que entendiese si el pedirle licencia nacía de deseo de servir a Dios o de temor, que él estaba aparejado el día siguiente de ponerse al punto de la batalla delante de la vanguardia, sin rodela ni celada, ni otra arma alguna, sino de la Señal de la Santa Cruz, y con ella armado entrar por medio del escuadrón de los enemigos. Enojado Juliano de estas palabras, y pareciéndole que eran de soldado fanfarrón, le mandó prender para el día siguiente ponerle desarmado al encuentro de los enemigos. Mas estando todos suspensos e interpretando cada uno según su afecto este hecho y aguardando el suceso, luego a la mañana vinieron embajadores de los alemanes, pidiendo paz a Juliano y sujetándose a su obediencia. Lo cual se atribuyó a la santidad y a las oraciones de San Martin, que alcanzaron de Dios que trocase los corazones de aquellos bárbaros y diese una tan señalada victoria sin sangre a Juliano, para librar suavemente a Martín del peligro que pudiera tener entre las espadas y lanzas, aunque de ellas le podía librar con Su Brazo Poderoso.

Se despidió de la guerra San Martin, y entendiendo que el bienaventurado San Hilario, Obispo de Poitiers, florecía en doctrina y santidad, se fue a él y se le dio por discípulo, deseando ser guiado por su mano y llevado a la perfección. Quiso San Hilario ordenarle de Diácono, y él nunca lo consintió, teniéndose por indigno; y al fin le hizo Exorcista, y San Martín lo aceptó por ser oficio (aunque eclesiástico) no de tanta honra y estima. Estando en esto tuvo revelación de Dios de volver a su patria para ayudar a sus padres, que todavía eran idólatras; y él por obedecer al Señor bajó la cabeza, y tomando la bendición de San Hilario, con muchas lágrimas de ambos se despidió de él y de los otros compañeros, avisándoles que en aquella jornada había de tener grandes trabajos y dificultades.

No se engañó, porque al pasar de los Alpes cayó en manos de ladrones, que le quisieron matar, y uno de ellos había ya alzado la espada para descargarla en la cabeza del Santo; pero fue detenido por Voluntad del Señor de otro que no era tan inhumano, y en efecto le prendieron y le ataron para despojarle. Preguntado quién era y si tenía miedo, respondió que era cristiano y que nunca había estado más seguro y con menor temor, porque sabía que en los mayores peligros está Dios más presente para ayudar a los que confían en él. Pudo tanto con el ejemplo de su constancia, y con las palabras que dijo a uno de aquellos salteadores, que se convirtió y se hizo religioso, y fue el que contó lo que en aquel trance les había pasado con San Martín.

Siguiendo su camino y pasando a Milán, se le apareció el demonio en forma humana, y le preguntó a dónde iba. El Santo le respondió que iba a donde le llevaba Dios. Entonces el demonio le replicó: «Do quiera que tú vayas y cualquiera cosa que tú emprendas, ten por cierto que el demonio te será contrario.» Aquí San Martin dijo aquel verso del Profeta: Dominus mihi adjutor: non timebo quid facial mihi homo: El Señor es mi ayudador, y por eso no temeré lo que el hombre puede hacer contra mí. Y diciendo estas palabras, el engañador súbitamente desapareció.

Llegado a su patria procuró con gran cuidado de reducir a sus padres al conocimiento y amor de Dios verdadero; y la madre se convirtió, y su padre se quedó con su ceguedad y dureza, con no poco sentimiento del santo hijo, aunque Dios le consoló con otros muchos, que por sus exhortaciones y ejemplos entraron por las derechas sendas de nuestra santa religión. También padeció mucho en esta jornada por la defensa de la fe católica, porque habiéndose extendido tanto y tomado muchas fuerzas la herejía arriana, él con grande espíritu y celo se opuso a los herejes, de los cuales fue cruelmente perseguido, y preso, azotado y afrentado públicamente, y con varias injurias y penas maltratado. De manera que fue forzado a volverse a Francia en busca de su buen maestro San Hilario. Pero habiendo entendido que él también había sido desterrado de ella por la fe católica, se fue a Milán con intento de hacer un pequeño monasterio y estarse allí hasta que Dios le descubriese otra cosa.

Era en aquella sazón Obispo de Milán Auxencio, grandísimo hereje y cabeza de los arrianos; y fueron tantas las molestias y malos tratamientos que hizo a San Martín, que le echó de la ciudad, y él determinó de esconderse con un Sacerdote, gran siervo de Dios, que le hizo compañía en una isleta desierta del mar Tirreno, llamada Galinaria. Allí estuvo sustentándose de las yerbas del campo, hasta que supo que San Hilario era tornado de su destierro a Francia, a donde le fue a buscar, y fue recibido de él con singular gozo y alegría. Aquí, fuera de la ciudad de Poitiers, hizo San Martín un pobre monasterio para sí y para algunos de los que le seguían. Entre estos fue un catecúmeno, el cual, estando una vez San Martín fuera del convento, cayó en una enfermedad tan recia, que dentro de pocos días le quitó la vida, y murió sin ser bautizado. Volvió el Santo a su casa y halló a sus monjes muy afligidos por lo que había sucedido, y el cuerpo del difunto ya a punto de darle sepultura. Se llegó a él triste y desconsolado, le miró atentamente con gran sentimiento, y con impulso particular de Dios mandó que todos se saliesen de aquel aposento, y cerradas las puertas se extendió sobre el cuerpo frío del difunto, y haciendo oración fervorosa suplicó al Señor que le diese vida; y el Señor lo hizo de manera que, entrando en el aposento los que estaban aguardando, hallaron vivo con grande admiración y espanto, al que estaban para enterrar. Con esto el catecúmeno resucitado recibió luego el agua del Santo Bautismo, y vivió muchos años; y contaba como habiendo salido su alma del cuerpo había sido presentada delante del Tribunal de Dios, y que había sido condenada a estar en lugares oscuros y tenebrosos; mas que después, entendiendo de los Ángeles que San Martín suplicaba por ella, el Juez se la mandó entregar para que le restituyesen la vida y la presentasen de su parte a su siervo Martín.

Otra vez, habiendo entendido que un criado de un hombre honrado y rico, llamado Lupicino, se había ahorcado, movido de lástima y compasión de aquel hombre desventurado y de las lágrimas de una gran muchedumbre de gente que le salió al camino, llorando y lamentando este caso, se entró en el aposento donde estaba tendido el cuerpo muerto, y haciendo oración por él, se levantó Lupicino vivo, y tomando por la mano al Santo le acompañó hasta la puerta de la casa en presencia de toda aquella multitud de gente que, llena de gozo y de maravilla, no cesaba de glorificar en San Martín la inmensa Bondad y Omnipotencia del Creador.

Estatua de San Martín, Obispo de Tours, después de la restauración.

Con estos milagros tan grandes y tan evidentes de dos muertos resucitados comenzó el pueblo a tener a San Martín por Varón Apostólico y en las obras, muy poderoso, y como en este mismo tiempo, por la muerte del Obispo, vacase la Iglesia de Tours, todos pusieron los ojos en San Martín, deseando que él fuese su Prelado y Pastor. Mas porque sabían que él lo rehusaría y que no le podrían sacar fácilmente de su monasterio, un ciudadano, llamado Rubico, fingiendo que su mujer estaba gravemente enferma, y suplicándole que viniese a darle la bendición, le sacó del convento con engaño, le tomaron como preso con la mucha gente que tenían puesta en celada, y le llevaron a la Iglesia para hacerle Obispo, con suma alegría y contentamiento universal de todo el pueblo; aunque no faltaron algunos que repugnaron, diciendo que era persona vil y de poca presencia, desgreñado, mal vestido y al fin indigno de ser Obispo. Pero como el negocio era de Dios, prevaleció la elección que él había hecho en el Cielo, y fue confirmada en la Tierra, no sin algunas Señales Divinas. Y San Martín fue puesto en la silla, saltando todos de placer y júbilo, y solo él llorando por verse tan honrado y puesto en una dignidad de la cual él se tenía por tan indigno.

Pero ¿quién podrá explicar las cosas que este Santísimo Pastor hizo en apacentar y acrecentar el rebaño que Dios le había encomendado, y cómo supo conservar la virtud de hombre particular, y añadir las excelencias de hombre público, y juntar en uno la humildad de monje y la vigilancia de Prelado, y la acción de Marta con la contemplación de María? Porque, además de haber levantado en Francia monasterios de monjes, fue el primero que en ella juntó la vida monacal con la clerical, como lo hizo San Agustín en África. Y de tal manera hermanó los ejercicios de los monasterios con los de la Iglesia, que de su escuela salieron muchos Obispos excelentes en lo uno y en lo otro, en la contemplación y en la acción.

En el tratamiento de su persona no hizo mudanza alguna: la comida era la misma que antes, el vestido pobre y vil como solía. Se retiró a un monasterio que edificó como media legua de la ciudad, en un lugar algo fragoso y cercado del río Luera, donde vivía con sus monjes, que eran ochenta, y por la mayor parte de sangre noble y criados antes con mucho regalo: los cuales por amor de Cristo se habían abrazado con Su Cruz, y movidos con el ejemplo de San Martín vivían en la tierra como unos ángeles del Cielo. La habitación que tenían era estrecha, y las celdas angostas y cavadas en la peña, y más para meditar la muerte que para conservar la vida. Ninguno tenía cosa propia, todos vivían en común: comprar o vender a nadie se permitía. Pocas veces salían de la celda, sino para hacer oración en común. Comían todos juntos a la tarde, habiendo ayunado todo el día. Ninguno gustaba vino sino por enfermedad. Su vestido era por la mayor parte de pelos de camello, huyendo de los paños delicados y de precio, como escandalosos y contrarios al espíritu de religión. A todos sus discípulos era dechado San Martín, y con sus ejemplos los incitaba a toda perfección, y no menos con sus palabras y consejos. Recibía a los huéspedes que venían de varias partes a visitarle con extraordinaria caridad y humildad; y él mismo les lavaba los pies y les daba aguamanos y servía. Y después de haberles dado con templanza la refección del cuerpo, daba al espíritu su pasto y un convite suavísimo con sus razonamientos espirituales. Nunca perdía tiempo de día, y las noches las gastaba en vela y en oración. Dormía en el suelo, cubierto de un áspero cilicio. De la comida y del sueño no daba más a su cuerpo de lo que pedía la extrema necesidad.

Se guardaba con gran cautela de juzgar las intenciones de otros, e interpretaba cuanto podía sus acciones y las echaba a la mejor parte, mirando siempre por la fama y reputación de sus prójimos. Compensaba las injurias que le hacían con oraciones y con llorar muchas lágrimas por los que se las hacían, dando siempre bien por mal a los que le agraviaban. Nunca le vieron reír vanamente, ni estar triste, sino siempre con un mismo semblante y con la misma paz del alma y gravedad de rostro en cualquiera variedad de cosas, prósperas y adversas, alegres y tristes. La misericordia y limosna para con los pobres parece que había nacido con él, y que no era en su mano dejar de socorrer a cualquiera menesteroso de la manera que podía.

Una vez, yendo a la Iglesia a decir Misa una mañana de invierno, topó a un pobrecito desamparado que se moría de frio: mandó al arcediano que le vistiese, y entró en la iglesia, y hecha oración al Señor se recogió a la sacristía para vestirse. El arcediano, o por descuido, o por no tener con qué, no remedió al pobre, el cual se entró en la sacristía y se puso delante del Santo Obispo, quejándose de que no le hubiesen proveído como él lo había mandado. Lo sintió mucho, y haciendo apartar al pobre se quitó la túnica y se la dio, sacándola como pudo debajo de la casulla que ya tenía vestida; y saliendo después a decir Misa, quiso Nuestro Señor honrarle y mostrar cuán grata le había sido aquella caridad que había usado con el pobre, haciendo que de la cabeza del Santo, el tiempo que estaba en el Altar, saliesen rayos de luz y una como llama de fuego, la cual vieron (entre innumerable pueblo que allí estaba) solos tres monjes, y un clérigo y una santa doncella.

Pues ¿qué diré de la paciencia, sufrimiento y mansedumbre de este Santo Varón, y de los modos que tenía Dios para manifestarle, honrarle y magnificarle en la Tierra? Iba una vez visitando su diócesis (lo cual hacía con sumo cuidado y edificación), y los que le acompañaban se quedaron atrás. Se topó el Santo con una carroza de soldados que caminaba muy aprisa: se espantaron los caballos viéndole, y se embarazaron de manera que los soldados se embravecieron y con el enojo salieron del coche y juntamente fuera de sí, y dieron muchos palos a San Martin sin conocerle, y le maltrataron de suerte, que cayó en tierra medio muerto, sin abrir el Santo la boca para quejarse, ni decir palabra, ni mostrar sentimiento ni amargura. Le hallaron, los compañeros que le seguían lleno de heridas y ensangrentado, y con gran dolor le pusieron sobre el jumento en que iba; mas el Señor castigó aquellos soldados que con tanta impiedad habían puesto las manos en Su siervo. Porque los caballos, como si fueran de piedra, quedaron inmobles, sin poderlos mover ni hacerles dar un paso. Y conociendo que era castigo de Dios, preguntaron quién era un pobre caminante de tales y tales señas y entendiendo que era San Martín (cuyo nombre era más conocido que la persona), se echaron a sus pies, pidiéndole humildemente perdón de su atrevimiento y locura: y el Santo, que había tenido revelación de lo que había de suceder, y lo había dicho antes a sus compañeros, los recibió amorosamente y alcanzó con sus oraciones de Dios que pudiesen partirse libremente.

No es menos notable la paciencia y mansedumbre que usó con Bricio, uno de sus clérigos, el cual, habiendo sido antes criado loablemente en vida religiosa, después que se hizo clérigo comenzó a desmandarse y a darse a gustos y entretenimientos y vanidades del siglo. Le avisó San Martín, como padre, del escándalo que daba con su vida, y el pobre hombre, no solamente no se enmendó y compungió con las palabras blandas del Santo, antes tomándolas por afrenta e injuria vino al monasterio echando llamas de fuego por los ojos, y con el rostro turbado y como fuera de sí, delante de mucha gente dijo mil injurias y baldones a San Martín, y faltó poco que no pusiese en él las manos. Había visto el Santo antes que Bricio llegase al monasterio dos espíritus malignos que le llamaban y le atizaban para que se vengase de él. Y por esto y por su acostumbrada suavidad le trató con tan grande mansedumbre, que Bricio quedó confuso y le pidió perdón, y con sus oraciones alcanzó de Dios que se enmendase y le sucediese en el Obispado; y así se lo dijo él mismo, y que en él padecería mucho. Y aunque cuando él lo dijo pareció cosa de risa, y Bricio hizo burla, teniendo a San Martín por insensato; mas, muerto que fue se cumplió todo lo que él había profetizado, y con gran concordia del Clero y del pueblo fue elegido Bricio por Prelado de aquella Iglesia; y él la gobernó tan santamente y padeció tantas y tan graves persecuciones, que se cumplió bien lo que San Martín le había pronosticado, y fue Santo, y como a tal le celebra la Iglesia a los 13 de Noviembre.

Todo este buen suceso alcanzó San Martín con su singular paciencia y mansedumbre, con la cual sufrió a Bricio y le ganó para Dios. Nunca se pudo acabar con él que le privase del grado que tenía, ni le castigase, como muchos se lo persuadían; a los cuales respondió el Santo: «Jesucristo sufrió a Judas, y ¿vosotros no queréis que yo sufra a Bricio?» Con esta misma mansedumbre nunca se vengaba de las injurias y agravios que se le hacían. Con ésta perdonaba muy fácilmente a los que se reconocían, y admitía a reconciliación y penitencia a los pecadores que lloraban sus culpas; y él perpetuamente se olvidaba de ellas, en tanto grado, que el demonio, como enemigo de nuestra salud, una vez le reprendió de ello y le dijo que Dios no perdonaba a los que le volvían las espaldas y caían en graves pecados. Al cual el Santo respondió con gran seguridad y confianza en Dios: «Si tú, desventurado, dejases de tentar a los hombres y te arrepintieses, yo, confiado en la Bondad de Dios, con gran seguridad te prometería Su Misericordia.»

¿Qué diré de las otras heroicas y esclarecidas virtudes de este Santísimo Varón, especialmente del celo ardentísimo que tuvo de conservar y amplificar en todas partes la fe católica, y de aquella sed insaciable de ilustrar y extender la cristiana religión, y extinguir las reliquias de la gentilidad, que en su tiempo aun duraban en algunas partes? Yendo una vez a la ciudad de Chártres, hubo de pasar por una aldea que era toda de gentiles, los cuales por la fama del Santo salieron todos a verle, y concurrió tanta gente, que los campos estaban cubiertos de labradores idólatras y sin conocimiento de Dios verdadero. Cuando los vio el Santo Prelado se enterneció en gran manera, y con entrañable afecto, poniendo los ojos en el Cielo comenzó a predicarles la Palabra de Dios y convidarlos a la salud eterna, con un sentimiento y con unas palabras, voz y energía tan grande, que se veía bien que no era él el que hablaba, sino Dios en él. El cual para dar eficacia a las palabras de San Martín, y confirmarlas con Su Brazo Poderoso para bien de toda aquella gente rústica y ciega, ordenó que una mujer le trajese allí delante un hijo único que poco antes se le había muerto, suplicándole que le restituyese la vida, pues era amigo de Dios y tan fácilmente lo podía hacer. Se juntaron con los ruegos y con las lágrimas de la madre los sollozos y la intercesión de todo aquel pueblo; y San Martín, juzgando que aquel milagro sería ocasión para que se convirtiese a la Fe de Cristo, hizo oración y le resucitó, y le volvió vivo a su madre (que estaba pasmada y como atónita y fuera de sí de alegría), en presencia de toda aquella gente, que movida de lo que había visto, alzando un grito al Cielo, corrió con grande ímpetu y se echó a los pies del Santo, pidiéndole que los hiciese cristianos, quedando él más contento por haber ganado aquellas almas al Señor que si hubiera conquistado un reino o alcanzado cualquiera otra cosa temporal.

Con este mismo celo procuró desarraigar la memoria de toda gentilidad y culto profano, sin tener cuenta con la dificultad de la empresa, ni con el odio de los gentiles, ni con su peligro, ni con la magnificencia y suntuosidad de los templos y edificios que se ponía a derribar. Y Dios, Nuestro Señor, le favorecía visiblemente para que saliese con su intento y acabase cualquiera cosa en que ponía su mano, por más difícil e imposible que pareciese. Quiso derribar una torre alta y de ricas piedras, labrada con grande arte y costa, porque había sido dedicada a un ídolo. Y habiéndolo encomendado a un clérigo, llamado Marcelo, y entendido que él no lo había hecho (porque no tenía aparejo para derribar una máquina y un edificio tan fuerte), San Martín gastó toda la noche en oración, y luego a la mañana vino un torbellino de vientos, truenos, relámpagos y rayos sobre él, y le arrancó sus cimientos y le asoló con espanto y admiración de todos.

En otro lugar estaba una columna altísima, y encima de ella un ídolo, y queriendo el Santo arruinarlo, y no teniendo forma para hacerlo, acudió a sus acostumbradas armas, que eran la oración, y súbitamente apareció en el cielo a vista de todos los que allí estaban otra columna, la cual, cayendo con grandísimo ímpetu sobre esta otra de piedra, la desmenuzó e hizo polvos el ídolo que sobre ella estaba.

En otro lugar, habiendo asolado un templo de los gentiles, quiso echar en tierra un alto pino que allí estaba dedicado al demonio. Se le opusieron los gentiles, y uno de ellos, más atrevido y agudo, alzando la voz le dijo: «Si tú tienes tanta confianza en tu Dios, nosotros mismos cortaremos ese árbol, con tal que tú, cuando cayere, le sostengas y sustentes con tus hombros.» Aceptó el partido. Cortaron el árbol y ataron al Santo Pontífice por los pies para que no pudiese huir; y él como una estatua se estuvo quedo sin moverse, con gran seguridad, hasta que inclinándose el árbol y viniendo con gran ruido a caer sobre él, sin turbarse alzó el brazo e hizo la Señal de la Cruz, y luego al momento el pino se revolvió a la parte contraria, y faltó poco que no oprimiese y matase a los mismos gentiles que le habían cortado. Los cuales por un prodigio tan extraño y tan repentino, alzando las manos y las voces al Cielo, se rindieron a la voluntad de San Martín y se convirtieron a Cristo. Y de esta manera en poco tiempo, por la diligencia y vigilancia del Santo Prelado, se desarraigó de toda aquella tierra la idolatría, y no quedó lugar que no fuese de cristianos y lleno de Iglesias y Monasterios.

Porque solía el siervo de Dios en arruinando un templo de demonios edificar luego en el mismo sitio una iglesia de Dios verdadero, o un convento de religiosos, para que en él fuese adorado. Otra vez, habiendo pegado fuego a un antiguo y noble templo de ídolos, se levantó un aire recio que llevaba el incendio a las casas a él vecinas, con peligro de extenderse en las demás, y se temía que con el sentimiento de su daño particular aquellos gentiles se armarían para vengar la destrucción del templo y la ruina de sus dioses. Entonces San Martín, armado con la fe de Cristo, Nuestro Redentor, subiendo al tejado se opuso contra la llama que venía con gran furia, la cual en viendo al Varón de Dios, en un momento volvió atrás y se retiró contra la violencia del viento, y de esta manera quedaron las casas libres del fuego y del peligro, y San Martín con su sola presencia hizo lo que todo el pueblo con el agua y con otros remedios no pudiera hacer.

Otra vez, queriendo asolar otro templo de ídolos muy famoso por las muchas riquezas que había en él y por la gran superstición con que era venerado, los gentiles le resistieron y le echaron con ignominia y afrenta. Se retiró el Santo a hacer oración en un lugar allí cerca, donde estuvo tres días continuos ayunando, vestido de cilicio y cubierto de ceniza, y al cabo de ellos le aparecieron dos soldados de la Celestial Milicia, armados con escudo y lanza, y le dijeron que venían a ayudarle en el Nombre del Señor, contra toda aquella muchedumbre de paganos; que volviese seguramente a su empresa y no temiese. Volvió San Martín y asoló el templo, destruyó los altares y deshizo los ídolos, estando toda la gente atónita, pasmada e inmoble; y conociendo que aquella no era obra de hombre sino de Dios, se convirtió a aquel Señor que por medio de Su siervo la había obrado, confesando que no eran dioses los que no habían podido resistir a un solo hombre, y que sólo era verdadero Dios el que predicaba San Martín.

No es menos de maravillar lo que le sucedió otra vez en la provincia de Borgoña, donde queriendo el Santo destruir un templo de paganos, una grande muchedumbre de labradores le hacían resistencia, y uno de ellos, desenvainando la espada, vino para herir al Santo, y él, sin turbarse, súbitamente echó el manto y tendió el cuello desnudo para que le hiriese; y alzando el impío el brazo para hacerlo, cayó allí de espaldas delante de todos, y quedó tan despavorido y asombrado, que se postró a sus pies y le pidió perdón. Y otra vez, en otro semejante caso, queriendo un hombre malvado matarle, se le cayó el arma que tenía en las manos y no apareció más.

De esta manera andaba San Martín ejercitando su gran celo en desarraigar la idolatría del mundo y amplificar el Nombre y Gloria de Dios; y el mismo Señor le iba a él amparando y defendiendo por una parte, y por otra ilustrándole y ensalzándole con tantos y tan grandes milagros, y haciéndole glorioso, no solamente en los ojos de la gente común, sino también de los príncipes de la Tierra, como se vio en lo que le acaeció con un señor principal y procónsul, llamado Tetradio, que era gentil y tenía un criado gravísimamente atormentado del demonio. Éste rogó a San Martín que pusiese las manos sobre su criado y le sanase. Mandó el Santo que se le trajesen; mas el demonio se hizo fuerte y no fue posible sacar al criado fuera de la casa de su amo. Entonces Tetradio suplicó a San Martín que fuese a su casa y curase aquel pobre hombre; pero el Santo no lo quiso hacer, diciéndole que no quería entrar en casa de hombre gentil y profano; y con esto Tetradio prometió de hacerse cristiano si libraba a su criado del maligno espíritu que le atormentaba, y San Martín entró y le sanó, y Tetradio se bautizó y reconoció siempre a San Martín por padre de su alma, y como a tal le reverenció.

Más admirable cosa es la que le sucedió con un conde que se llamaba Adiciano, hombre cruel y áspero de condición, y que más parecía fiera que hombre. Éste entró en la ciudad de Tours una vez con ánimo de destruirla, atormentando a muchos de ella con varios géneros de penas y suplicios. La noche antes del día en que el conde había de ejecutar su crueldad, siendo San Martín avisado de su mal intento, estando todos reposando a sueño suelto, se fue solo a la puerta del palacio del conde y se puso en oración. Dormía Adiciano muy sosegado, y oyó una voz que le dijo: «El siervo de Dios está tendido en el suelo a tu puerta, y ¿tú duermes?» Despavorido con esta voz saltó de la cama, y llamando a sus criados les dijo que San Martín estaba a su puerta y les mandó que luego le buscasen. Los criados (como suelen) apenas salieron de los primeros aposentos y volvieron a su señor, haciendo burla de lo que les había dicho, porque había sido sueño y no había tal hombre a su puerta. Lo creyó Adiciano; se tornó a dormir, y de nuevo se sintió reprehender con mayor fuerza y espanto. Se levantó luego, y él mismo salió fuera de su casa y halló al Santo que buscaba. Se echó a sus pies y le dijo que no tenía necesidad de decirle palabra, porque él haría todo lo que le mandase; que le rogaba que se partiese luego para que la ira de Dios no viniese sobre él. Se partió el Santo, y el conde llamó luego a sus oficiales y les mandó soltar todos los presos que tenía para atormentarlos; y él se salió de la ciudad, quedando toda muy alegre y como respirando y alabando al Señor porque la había librado por medio de Su Pastor de los dientes de aquel lobo carnicero. Lo era tanto, que no se hartaba de sangre humana, y solamente parecía hombre en no ser tan cruel cuando estaba presente San Martín. El cual vio un grandísimo demonio a las espaldas de Adiciano, y con el soplo le ahuyentó y echó de allí; y desde aquella hora comenzó Adiciano a ser más blando y benigno.

No es de menor admiración lo que acaeció a San Martín con el emperador Valentiniano el Mayor, que de su condición era severo, y tenía una mujer hereje arriana, que le instigaba contra los católicos. Por esto, habiendo sabido que San Martín iba a tratar con él algunos negocios de que él no gustaba, mandó que no le dejasen entrar en palacio, por no tener ocasión de negarle lo que le venía a pedir. Fue San Martín una y dos veces, y no pudo haber audiencia, y no por eso perdió el ánimo, antes se armó de oración, cilicio, ceniza y ayuno. El séptimo día de su oración y penitencia vino un Ángel del Cielo que le dijo que se fuese a palacio, porque hallaría las puertas abiertas y al príncipe más blando y humano. Hizo el Santo lo que el Ángel le ordenó, y halló la entrada tan desembarazada, que sin que ninguno le pusiese estorbo entró hasta el aposento donde estaba el mismo emperador; el cual en viéndole se enojó, y con rostro severo reprendió a los criados que le habían dejado entrar, sin hacer algún género de cortesía y de buena crianza con el Santo Obispo; y él se estaba quedo, asentado sin responderle. Mas súbitamente cercó la silla en que estaba asentado una llama de fuego, y comenzó a llegarse al cuerpo de Valentiniano; y él, conociendo que aquella no era cosa humana, se levantó despavorido, y se humilló y reverenció al Santo, y sin esperar más le concedió todo lo que deseaba, y después le trató con mucha familiaridad, y le convidó a comer, y le ofreció varios y ricos presentes: los cuales San Martín (como fiel amigo de la pobreza) no quiso aceptar; y con mucha edificación del emperador y de su corte se volvió a su Iglesia.

Así como no se dejaba vencer de las dificultades y agravios en las cosas que emprendía por servicio del Señor, así tampoco se desvanecía con las prosperidades y favores de los príncipes, antes siempre guardaba un mismo tenor de vida, y con una apostólica majestad ajustaba la religiosa modestia, como parece en lo que le sucedió con el emperador Máximo. Habiendo ido San Martín para tratar con él de algunos negocios de gran caridad y gloria del Señor, fue recibido de Máximo con suma veneración, y regalado y servido como un hombre venido del Cielo. Entre otras cosas que hizo el emperador para favorecer a San Martín fue convidarle a comer consigo, y habiendo finalmente alcanzado de él con muchos ruegos e instancia que lo haría, se sentaron a la mesa, primero el emperador, luego el Santo Obispo a su lado, y otros tres grandes, el uno cónsul, y otro hermano, y el tercero tío del emperador: entre los cuales se sentó el clérigo que San Martín llevaba en su compañía. Yendo el convite adelante, trajeron una copa grande de vino a la usanza de la Tierra, y la pusieron delante del emperador para que bebiese. Él, por el respeto que tuvo a San Martín, mandó que se la diesen a él la copa para que bebiese primero, pretendiendo después recibirla de su mano. Mas el gran Prelado, gustado que hubo el vino, luego dio la copa a su clérigo, juzgando que en la mesa no había persona (aunque fuese la del emperador) que se debiese anteponer al Sacerdote. Y aunque pareció cosa nueva y no usada de otros Obispos (que algunas veces con andar indignamente en las cortes y procurar la gracia de los ministros de los príncipes apocan y envilecen su dignidad), todavía el haber sido en tal caso como despreciados, dio su edificación al emperador y a los otros señores que allí estaban, porque tenían a San Martín por un hombre más divino que humano.

No fue de menos estima y admiración la honra que le hizo la emperatriz, mujer de Máximo. Se halló esta princesa muchas veces con su marido a oír los razonamientos del bienaventurado Obispo y las palabras de vida que les decía para despertarlos al menosprecio de las cosas inciertas de este siglo, y enamorarlos y encenderlos al deseo de las eternas. Y reverenciando con viva fe y afecto castísimo en Martín la persona de Cristo (además de estar muchos ratos a sus pies como otra María Magdalena a los de Cristo), quiso ejercitar con él también el oficio de Marta. Para esto le suplicó y le importunó que se dejase servir y tomase una sobria refección de su mano, y habiéndoselo negado muchas veces el Santo (porque no gustaba de semejantes regalos de mujeres), interpuso la autoridad del emperador, al cual se rindió el Santo Prelado por tenerle más grato para las cosas del Servicio Divino que de él pretendía. La devota emperatriz ella misma por sí le hizo sentar a la mesa y le dio aguamanos, y trajo la vianda que ella misma había aderezado, y le sirvió la copa, y estuvo en pie mientras que duró la comida, haciendo oficio de humilde criada, con los ojos bajos y con el corazón gozosa y atenta a servir al Santo Obispo. Después levantó la mesa y recogió las sobras, hasta las migajas de pan, teniéndolas por preciosas reliquias y por un gran tesoro. Raro ejemplo por cierto en una princesa tan grande de la reverencia que se debe a los Santos y del respeto con que se han de tratar los Sacerdotes y Prelados; y mucho para notar en tiempo tan estragado y perdido como al presente tenemos.

Admirable fue la humildad y devoción de la emperatriz para honrar en su siervo al Señor y testificar la estima que tenía de aquel santísimo Prelado a quien servía y veneraba en la Tierra como si fuera venido del Cielo. Pero (aunque con diferente camino) no es menos admirable lo que una santa doncella hizo por San Martín, no por menospreciarle, sino por aprecio y guarda de la castidad. Había una doncella principal y de extremada virtud, la cual por vivir en mayor recogimiento, apartada de los ojos y peligros de los hombres, se había retirado a una casa suya de campo, donde había vivido muchos años con gran fama de santidad. San Martín, yendo camino, pasó por allí cerca donde aquella virgen moraba, y queriendo el Santo honrarla y animarla a llevar adelante sus santos propósitos, determinó de visitarla y hacer con ella lo que nunca solía hacer con otras mujeres, porque no las solía visitar. Ya que llegaba a la puerta de su casa, avisaron a la doncella de la gran merced que Dios le hacía, yendo a visitarla un varón tan eminente y admirable. Creyeron todos que había de alzar las manos al cielo y recibirle como a tan gran ministro de Dios, y tomar por testimonio de su recogimiento el ver a San Martín en su casa. Pero ella estuvo tan en sí, que envió a suplicar al Santo que no la viese, para que la puerta de su casa quedase más cerrada a todos los otros hombres, pues no se abría al que era más que hombre. El Santo aceptó la excusa y la alabó, y entendió cuán recatada y cuán celosa era de guardar su honestidad la que no quería ser vista de hombre aunque fuese de Martín. Le envió después la santa doncella un presente y refresco, y el Santo le recibió con gran voluntad, diciendo que no era justo que el Sacerdote desechase lo que aquella santa virgen le enviaba, pues merecía ser preferida a muchos Sacerdotes. Y los que iban en su compañía se maravillaban que lo recibiese, porque nunca solía recibir presente que se le enviase. Acabando de contar San Severo Sulpicio el ejemplo de esta virgen, dice estas palabras: «Oigan las vírgenes este ejemplo, y para que los malos no rodeen sus puertas, ciérrenlas también a los buenos, y para que no lleguen a ellas con libertad los ruines, no tengan empacho de excluir a los Sacerdotes con recato. Todo el mundo sepa que una doncella no consintió que San Martín la viese. No desechó solamente a cualquier Sacerdote; pero no quiso ver al que daba salud a los que le veían.» Esto es de este autor.

Pero ¿qué maravilla es que haya tenido San Martín tan gran paciencia, tan extremado sufrimiento, tan excelente mansedumbre, tan ardiente celo de la gloria de Dios y de propagar su religión, tanta fortaleza y constancia en los disfavores, y tanta humildad y modestia en los favores de los príncipes, y un espíritu excelso, magnánimo y superior a todos los casos prósperos y adversos de la Tierra, pues aunque estaba con el cuerpo en ella, con el corazón habitaba siempre en el Cielo, y por medio de la oración se regalaba y entretenía con el Señor y con los espíritus bienaventurados de Su Corte Celestial? Siempre tenía a Dios presente, y en todas las criaturas veía a Dios, y ellas le servían de un libro en que leía y contemplaba las infinitas Perfecciones del Creador, y de todas las cosas sacaba conceptos delicados y documentos provechosos y semejanzas acomodadas a la edificación de los que trataban con él. En la iglesia estaba con tan grande devoción y reverencia, que ninguno le vio en ella sentado; siempre estaba de rodillas o en pie, y con un rostro amarillo y temeroso; y preguntada la causa, decía: «¿No queréis que tema que está aquí Dios?»

Era muy visitado de los Santos Ángeles, de San Pedro, de San Pablo, de Santa Tecla, de Santa Inés y de la Reina de los Ángeles y Señora nuestra, la Virgen María. Ofreciendo el Santo Sacrificio de la Misa fue vista su mano adornada de riquísimas piedras preciosas; y en todo era muy regalado y favorecido del Señor. Y tenía tan clara y tan soberana luz por medio de su oración, que no se le escondía cosa, y con grande facilidad distinguía las tinieblas de la luz, y los embustes y lazos de Satanás de la verdadera y sólida visitación Divina, como se ve en lo que una vez hizo. No lejos del monasterio de San Martín había un lugar muy frecuentado de la gente, por pensar que había en él algunas reliquias de los mártires y haber puesto los Obispos pasados un altar en honra de ellos; y como San Martín inquiriese el origen de aquella devoción, y no hallase ni fundamento de ella, la tuvo por sospechosa, y determinó de no ir a aquel lugar por no autorizarle con su presencia, ni quitar su devoción al pueblo. Pero un día, llevando consigo algunos pocos de sus frailes, se fue a él e hizo oración a Dios, suplicándole que le revelase lo que había en aquel sepulcro. Vio luego una sombra horrible y espantosa, a la cual mandó que dijese quién era. Respondió que era el alma de un ladrón que había sido muerto por sus delitos, y era celebrado como mártir por engaño del pueblo; pero que él no tenía que ver con los mártires, porque ellos estaban en la gloria, y él en las penas del infierno. Con esto el Santo mandó derribar el altar y libró a su pueblo de aquel engaño. Y por este ejemplo y algunos otros que han sucedido, hace la Santa Iglesia tan grande examen de la vida y milagros de los que ha de canonizar, para no proponer a los fieles por Santos sino a los que es muy cierto y averiguado que lo son.

Pretendiendo el común enemigo engañarle, un día, estando San Martín en su celda orando, vino a él rodeado de luz, vestido con ropas reales, y con una corona de oro y piedras preciosas, y el calzado rico y dorado a maravilla, con un rostro sereno y alegre, y que ninguna cosa parecía menos que lo que era. Estuvo San Martín algo suspenso a la primera vista, hasta que el demonio le dijo que era Cristo, que bajaba del cielo a la tierra, y que le había querido visitar y manifestarse primero a él que a otros. Y el Santo, entendiendo por revelación de Dios que aquel no era Cristo, sino anticristo y enemigo de toda verdad, le respondió: «Nuestro Señor Jesucristo no dijo que había de venir vestido de púrpura y coronado y adornado de diadema, ni yo jamás creeré que es Cristo el que no viniere con el hábito y figura en que Cristo padeció, y no trajere las Señales de la Cruz en Su Cuerpo.» A esta voz desapareció como humo aquel enemigo del género humano, dejando un olor tan sucio y abominable en la celda, que solo bastaba para declarar quién era y lo que pretendía.

Fue tanto lo que esta bestia temía a San Martín, y él la menospreciaba y corría, que no se puede fácilmente creer. Por donde, habiendo engañado a un monje, llamado Anatolio, con varias ilusiones, por las cuales el pobre daba a entender que los ángeles le visitaban, para probar que esto era verdad, una noche apareció entre los otros monjes muy resplandeciente, vestido con una ropa labrada con extremada arte y primor, y estando todos sospechosos, y temiendo que no fuese, como era, engaño del enemigo, llevando al monje así vestido, como por fuerza, a San Martín, aquella ropa desapareció, y el demonio descubrió la maraña, y no se atrevió a aparecer delante del Santo, entendiendo que toda aquella oscuridad se había de deshacer en presencia de tan grande luz. Porque tenía San Martín tan grande imperio sobre los demonios, que cuando llevaban a la iglesia los que de ellos eran atormentados para que el Santo los sanase, en saliendo de la celda de su monasterio para venir a la ciudad, eran tan espantosos los gestos que hacían y tan horribles los alaridos que daban, que luego se entendía por cierto que el Santo Obispo venia a la Iglesia. Y no echaba a los demonios con amenazas, voces y espantos (como lo hacían los otros exorcistas); mas vestido de un áspero cilicio y cubierto de ceniza se postraba en tierra, y con las armas de la Santa Oración los rendía y sujetaba.

Fueron tantos los milagros que San Martin hizo en este género, y todos los demás para salud de las almas y de los cuerpos, y para remedio de todos los males de los que a él se encomendaban, que no se pueden en pocas palabras referir. Véalos quien quisiere en San Severo Sulpicio, que con escribir muchos dice que son pocos respecto de los que deja; y en San Gregorio Turonense, que escribió cuatro libros enteros de los milagros de San Martín. A nosotros nos basta decir brevemente, que fue tan milagroso y tan enriquecido de prodigios divinos este santísimo Varón, que parece que Dios le había hecho señor de todas las criaturas, y dado dominio sobre los demonios y sobre los hombres, sobre los cielos y sobre los elementos, sobre todas las enfermedades y sobre la misma muerte, sobre las aves, los peces y los animales, y que con su oración, con su palabra, con su invocación, con óleo por él bendito, y con las cerdas de su cilicio, y polvos de su sepulcro, y con solo el nombre de Martín, hizo innumerables milagros el Señor en su vida y después de muerto, para hacerle más glorioso y venerable en todo el mundo.

Y no solamente hizo el Señor milagros por intercesión de San Martín para beneficio de muchos otros, sino también para librarle a él de los peligros y males en que estaba. Como le aconteció una vez que, estando durmiendo en el suelo, se pegó fuego al aposento en que estaba, y despertando el Santo, y viéndose cercado por todas partes de las llamas, y queriendo abrir la puerta que estaba cerrada, no pudo; y volviéndose a Dios se puso en oración en medio de las llamas, las cuales se retiraron y recogieron, y huyeron, y el incendio se apagó, y él quedó libre y sin lesión alguna. Se acusaba después por haber tardado tanto en recurrir a la oración y hacer la Señal de la Cruz, y por haber tomado antes otros medios humanos.

También tuvo el don de profecía, y alumbrado con el Espíritu del Cielo anunció las cosas que habían de suceder mucho antes que sucediesen; entre las cuales dijo a Máximo, emperador, que no pasase a Italia, porque si pasaba, aunque al principio alcanzaría victoria de Walentiniano, emperador, el Mozo, después sería vencido y perdería, como se perdió y pereció.

Con haber sido este gloriosísimo Pontífice tan admirable y tan grande en los ojos de Dios, permitió él que cayese en una culpa para ejemplo y aviso nuestro: y fue así que, habiendo el emperador Maximiano mandado matar a Prisciliano, hereje, por acusación y celo indiscreto de algunos obispos, que le hicieron juez de aquella causa eclesiástica, y siendo por ello excomulgados, y comunicando con él los otros obispos por lisonjear a Máximo, San Martín vino a Tréveris, donde el emperador estaba, para tratar con él algunos negocios de grande importancia para bien de la Iglesia. Y no queriendo al principio comunicar y tratar con aquellos obispos por verlos apartados de la comunión de la Iglesia, después se dejó vencer; porque el emperador sentía mucho que no lo hiciese, y deseaba ganarle la voluntad para alcanzar de él más fácilmente el buen despacho de los negocios que traía. Mas después lloró tanto esta culpa, que para consolarle fue menester que Dios le enviase un Ángel que le dijo que con razón se compungía y lloraba aquella culpa, aunque había tenido alguna excusa por la ocasión y fin de hacer mejor los negocios de Dios; pero que se enmendase y cobrase su antigua constancia. Y como después no echase los demonios de los cuerpos, ni sanase a los enfermos con tanta facilidad como solía, decía con muchas lágrimas que por haber comunicado con aquellos obispos, apartados de la Iglesia (aunque por tan breve tiempo y compelido de la necesidad), Dios le había castigado y disminuido la gracia de hacer milagros; y los diez y seis años que después de esto vivió se apartó con gran cuidado de las juntas de los Obispos, por no caer en otro semejante peligro.

Había ya llegado nuestro Santo Obispo a edad de ochenta y seis años con grandes ansias de verse libre de las miserias de esta vida y de gozar en la otra de la vista del Señor, y tuvo revelación que Dios le quería cumplir sus deseos, y que se llegaba ya su fin, y claramente lo dijo a sus discípulos; mas no por esto dejó de velar sobre su grey y de hacer oficio de vigilante y solícito Pastor. Porque habiendo sucedido en aquellos días cierta discordia entre los clérigos de un lugar que se llamaba Condato, determinó ir por su persona a pacificarlos, juzgando que no podía acabar más dichosamente su vida que dejando todas sus iglesias en buena paz y concordia. Habiendo, pues, ido y con la Divina Gracia concertado las cosas a su gusto, estando para volverse a su monasterio comenzó a sentir una gran flaqueza y falta de fuerzas; y juntando sus discípulos les dijo que ya aquella su casa de barro estaba para caer, y que necesariamente los había de dejar. Levantaron luego todos un grito al cielo, y con tristes suspiros, sollozos y lágrimas le dijeron: «¿Por qué nos desamparas, Padre Santo? ¿A quién nos dejas desconsolados y afligidos? Los lobos hambrientos darán en este tu rebaño, y perdido el Pastor, ¿quién de sus dientes se podrá defender? Bien sabemos tus ansias y deseos encendidos de ver a Cristo; mas tu premio está seguro, y por dilatarse un poco no se disminuirá. Ten cuenta con nuestra necesidad, que quedamos en tan manifiesto peligro.» No pudo el siervo de Cristo dejar de enternecerse cuando oyó las palabras tan tiernas y dolorosas de sus discípulos, ni de llorar con los que lloraban, y volviendo los ojos con grande afecto al Cielo, dijo: «¡Oh, Señor!, si yo todavía soy necesario a Tu pueblo, no huyo del trabajo; hágase Tu Santísima Voluntad en todo.» En las cuales palabras mostró que estaba suspenso y que no sabía cuál de las dos cosas debía escoger, o quedar en la Tierra por Cristo, o dejar la Tierra por el mismo Cristo; y nos dio ejemplo que en todas las cosas nos debemos remitir a la Voluntad del Señor, y ponernos en Sus benditas Manos con grande indiferencia, para que haga de nosotros en todas lo que fuere servido. Y así, hablando San Bernardo de esta resignación de San Martín, dice estas palabras: «Ofrecido habéis, Santo glorioso, a vuestro único hijo Isaac, que tanto amabais, y de vuestra parte le sacrificasteis. Habéis inmolado con piadosa devoción el gozo singular de vuestro corazón, estando aparejado para volver otra vez a los peligros y pelear de nuevo, y tomar nuevos trabajos, sufrir tribulaciones, y alargar las tentaciones, y dilatar aquella tan gran felicidad y deseada compañía de los espíritus bienaventurados, estando ya a la puerta de vuestra gloria, tornar a las miserias de esta vida; y lo que es más dificultoso, estar más tiempo apartado de Cristo, si el mismo Cristo lo hubiera querido.» Esto es de San Bernardo.

Estaba muy fatigado de una recia calentura, sin aflojar un punto el rigor de su oración y meditación, echado en el suelo en aquella regalada cama de ceniza y cilicio, sustentando con la vehemencia del espíritu la flaqueza del cuerpo, afirmando que de aquella manera había de morir el cristiano, y el soldado con las armas en la mano. Y como estuviese echado de espaldas, mirando con grande atención al Cielo, le rogaron que a lo menos se volviese sobre un lado para descansar un poco; mas el Santo respondió: «Dejadme, hermanos, que yo mire antes al Cielo que a la Tierra para que el alma por su camino derecho vaya a su Creador.» Después de esto vio al demonio que se le puso delante, y él con grande espíritu y confianza, le dijo: «¿Qué haces aquí, oh bestia sangrienta? No hallarás en mí, traidor, cosa que sea tuya; el seno de Abrahán me recibirá…» Y con esta voz expiró.

¿Quién se tendrá por seguro a la hora de la muerte de tan mal encuentro, si no lo estuvo San Martín? ¿A quién de nosotros no acometerá el que acometió al que tantas veces y tan gloriosamente le había vencido? Quedó el cuerpo del Santo hermoso, con la cara resplandeciente, y todos aquellos miembros mortificados, consumidos y secos, tan blancos, frescos y tratables, que parecía que se iban trasformando en el estado de gloria. Y al mismo tiempo se oyeron en el aire voces de suavísima armonía que cantaban los Ángeles, y no solamente fueron oídas donde murió San Martín y en su cámara, sino también en la ciudad de Colonia el bienaventurado San Severino, Obispo, y un arcediano suyo, gozaron de aquella celestial consonancia. Y el mismo San Severino tuvo revelación que había durado aquella música todo el tiempo que los infernales ministros de la eterna justicia estaban al paso para detener y examinar (aunque en vano) a San Martín. De donde podemos sacar con cuánto rigor se tratan los pecadores en la otra vida, pues aun los justos son examinados tan por menudo. En sabiendo el glorioso tránsito de San Martín fue increíble el sentimiento que todos aquellos pueblos recibieron por haber perdido un tal Padre, Pastor y Maestro, y único refugio en todas sus tribulaciones. Vinieron llenos de tristeza y amargura a celebrar las exequias de su Santo Obispo, en las cuales se hallaron dos mil monjes, todos criados con la doctrina de tan Santo Pastor, y un coro de vírgenes castísimas, y una muchedumbre de gente innumerable que, viendo aquel cuerpo y acordándose de las virtudes de aquel espíritu que antes le regía y ahora gozaba de Dios, por una parte lloraban su pérdida y por otra se alegraban de su ganancia, y con himnos, salmos y cánticos eclesiásticos le llevaron con mayor pompa y triunfo que ningún emperador jamás triunfó.

Hubo grande contienda entre los pueblos de las ciudades de Poitiers y de Tours sobre cuál de ellas había de poseer el cuerpo de San Martín y gozar de tan precioso tesoro, alegando cada una de las partes sus razones; pero al fin los de Tours (cuyo Obispo el Santo había sido), durmiendo los contrarios y velando ellos, llevaron a su ciudad el santo cuerpo de su Obispo, y le sepultaron con grande honra, devoción y reverencia. Fue la muerte de San Martín a los 11 del mes de Noviembre, un domingo en la noche, el año del Señor de 402, siendo emperadores los dos hermanos e hijos del gran Teodosio, Arcadio y Honorio.

Vivió San Martín ochenta y seis años, aunque en lo de su edad hay varias opiniones, porque algunos le dan solos ochenta y un años; pero el cardenal Baronio prueba que nació San Martin el año de 316, y comenzó a militar de edad de diez y siete años, y que se bautizó de treinta y tres, y de cuarenta dejó de ser soldado, y que murió el año del Señor de 402, siendo de ochenta y seis, como lo podrá ver el que quisiere en las Anotaciones del Martirologio romano, que están enmendadas en esta postrera edición, y en el III, IV y V tomo de sus Anales. Y de esta verdad se sigue ser falso lo que algunos escriben, que San Ambrosio, estando en el altar para decir Misa, se arrobó y se halló presente en espíritu al entierro de San Martín, porque San Ambrosio murió cinco años antes que San Martín, y no pudo hallarse a su enterramiento.

La vida de San Martin escribió San Severo Sulpicio, Obispo, que (como dijimos) fue amicísimo y discípulo suyo, y muy elocuente varón; y San Paulino, Obispo de Nola, que también conoció a San Martín (y estando casi ciego de un ojo por una nube que se le había hecho en él, tocándole San Martín con una esponja, le sanó), escribió seis libros en verso de su vida, aunque otros hacen autor de estos seis libros a otro Paulino que vivió en tiempo de Perpetuo, Obispo de Tours, sesenta y cuatro años después de la muerte de San Martín. Y San Gregorio Turonense, que así mismo por intercesión de San Martin recibió la salud algunas veces milagrosamente, compendió en cuatro libros sus milagros. Lo mismo hizo Venancio Fortunato, Obispo de Poitiers, en otros cuatro libros en verso, en reconocimiento de haberle Dios librado de un dolor de ojos gravísimo por las oraciones de San Martín, untándose con el agua de su lámpara. San Odón, abad, escribió la historia de la traslación del cuerpo de San Martín a Borgoña y un tratado de sus alabanzas; y otros muchos santísimos varones ejercitaron sus ingenios y estilo en escribir la vida y milagros de este santísimo Varón, como Herberno, Obispo turonense, Riquerio Metense, Giberto Gembracense, Honorio Augustodunense; y de los griegos, Sozomeno y Nicéforo Calixto.

En todo el mundo ha sido celebérrima la memoria de este Santo, y hoy día lo es, y más en el reino de Francia, donde algunos escritores que escribieron después de la muerte de San Martín cuentan los años desde su muerte, como cosa tan señalada y notable. Todos los que hablan de él encarecen sobremanera sus virtudes, hazañas y milagros. El gran patriarca San Benito tuvo tan gran devoción a San Martín, que le edificó un oratorio en Montecassino; y San Mauro, abad, su discípulo, siguiendo las pisadas de su Santo Padre, junto a su monasterio le hizo una iglesia y se retiró en una casilla cerca de ella para aparejarse a morir y darse con más fervor a la contemplación, y allí estuvo dos años y medio hasta que dio su espíritu al Señor. Y san Willebrordo, Arzobispo, y San Suviberto, Obispo en la ciudad de Utrech consagraron la iglesia catedral en honra de San Martín.

San Gregorio Turonense dice de él: «¡Oh, bienaventurado Varón, en cuyo tránsito cantan los Santos, y los Ángeles se alegran, y toda la Corte Celestial le sale a recibir, y el demonio se confunde, y la Iglesia toma fuerzas, y los Sacerdotes tienen revelación de su gloria! San Miguel con los Ángeles le recibió y la Virgen Sacratísima con un coro de innumerables vírgenes y todo el Paraíso le tiene gozoso en compañía de los bienaventurados. Pero ¿qué podemos nosotros decir de él? La alabanza de Martín es aquel Señor a quien él nunca cesó de alabar.»

San Bernardo dice de él que fue muchas veces mártir con el afecto de una voluntad devotísima y ensalza sus virtudes en gran manera. El beato Pedro Damián le llama noble Confesor, gloria de los Sacerdotes, perla preciosa de los Obispos, regla de los Clérigos y lumbre y ornamento de los Monjes, de cuya fama está lleno el mundo; y creció tanto su virtud, que parece que llegó a igualar con la de los Apóstoles. «Por toda la redondez de la Tierra (dice) se ha extendido la memoria de tan gran Pontífice, y do quiera que resuena la fe de Cristo suena también la vida de Martín. El emperador es glorificado en su soldado, y el soldado es alabado en el emperador, y la Iglesia de Tours, por tener el cuerpo de Martin ha sido enriquecida de los reyes y adornada de los príncipes, y sublimada con prerrogativas y privilegios de los romanos Pontífices.» Y añade que algunas iglesias Catedrales se han fundado a honra y nombre de San Martín. Pero, no solamente se han fundado muchas iglesias con nombre de San Martín, sino también muchos pueblos han tomado este nombre por devoción y honra de este Santo. Odón, primer abad cluniacense, escribió un tratado de las alabanzas de San Martín, cuyo título es: Quod beatissimus Martinus par dicítur apostolis: Que el beatísimo Martín se dice que es igual a los Apóstoles; y lo va probando por la santidad de la vida, por la dignidad de Obispo, por el celo de las almas y por las innumerables que convirtió, y por la muchedumbre de milagros que hizo, guardando siempre el respeto a la cumbre y majestad Apostólica, a la cual reconocen todos los Santos.

Finalmente, todas las naciones, provincias y reinos han sido ilustrados con la vida esclarecida de este Santísimo Pontífice, y favorecidos con sus milagros, y los príncipes en la paz y en la guerra han experimentado cuánto vale delante de Dios su intercesión, y especialmente los reyes de Francia, que cuando salían a la guerra llevaban consigo el manto de San Martín, pareciéndoles que con tal prenda y defensor estaban seguros de la victoria. De San Martin, además de los autores arriba referidos, escribe el Cardenal Baronio en sus Anotaciones del Martirologio romano, y en el III, IV, V, VI, VII y VIII tomo de sus Anales.

(P. Ribadeneira.)

Basílica de San Martín de Tours.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

https://es.wikipedia.org/wiki/Bas%C3%ADlica_de_San_Mart%C3%ADn_de_Tours_(Tours)

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“Te buscaré, te buscaré día y noche, ovejita de Mi rebaño”

La vidente Isabel recibe Locuciones de Nuestro Señor Jesucristo respaldadas por su director espiritual y publicadas en el sitio: http://elpastorsupremo.es/

MENSAJE 53
2 DE NOVIEMBRE, 2018 

Te buscaré, te buscaré día y noche, ovejita de Mi rebaño,[1]para darte todo Mi Amor, el bien y la felicidad de todo un Dios que se anonadó en el seno de María[2]por ti, por tu amor y tu salvación.

¡Oh, Israel de Mi Corazón, cuánto tiempo esperando este momento de estar junto a ti, de contemplar tus calles, tu vida, tu bullicio, tu alegría, tu vida!; pero a ti te busco, te busco sin parar día y noche y no te encuentro[3], no te dejas encontrar por tu Dios y tu Salvador.

Estás ante Mí, Israel de Mi Amor, pero te escondes, te escondes sin parar, no quieres ver el rostro de tu Salvador, te avergüenzas de tu pecado de idolatría[4], de tu falta de fe.

¡Oh!, Jerusalén de Mi Amor, cuánto tiempo he deseado volver a vivir contigo, estar junto a ti, pero te escondes, te escondes por tu pecado, por tu ceguera que te impidió ver al Hijo de Dios que estaba ante ti[5], junto a ti.

No respondéis a Mi llamada de Amor; no respondéis, hijos, seguís en vuestras cosas y el tiempo pasa inexorablemente, pero no hacéis caso, estáis embotados en las cosas de esta vida, esta vida efímera que pasa y pasará, y no dejará huella; sólo vuestro amor quedará[6], vuestros actos de amor, vuestro perdón[7]a todos, sólo el amor quedará como huella imborrable en vuestras almas y en la de todos vuestros hermanos: el amor que recibisteis, el amor que disteis, todo el amor de vuestras vidas quedará[8]como huella imborrable, eterna, en vuestros corazones, en vuestras almas.

¡Sagrado Corazón de Jesús!, decís, y es agradable al Padre, pero ¿miráis, contempláis el fuego de Amor que arde en Mi Corazón? Es un fuego[9]que quema el pecado, que quema la idolatría en vuestras vidas, que purifica vuestras almas.

Sagrado Corazón de Jesús, decís, pero no os acercáis al Él, al fuego que arde en Mi Corazón por vosotros, por vuestro amor.

Cuánto tiempo, ¡oh Israel!, queriendo darte Mi Amor, pero tú lo rechazas una y otra vez, y Mi Corazón sangra de dolor, un fuego inextinguible de caridad, de amor, que quema hasta lo más profundo de Mis entrañas por vosotros, hijos, y no os acercáis a él.

Venid, hijos, benditos de Mi Padre[10], y calentaos en el fuego de Mi Amor, los que estáis ateridos del frío de este mundo de la soledad, del abandono, del dolor.

Venid, hijos, benditos de Mi Padre, y acercaos al fuego que no quema, pero arde con la fuerza del Amor Eterno, con el calor del Amor que no termina nunca, que es Eterno. Es para vosotros, hijos, es para vuestras vidas y vuestras almas.

Venid, hijos, venid, porque no encontraréis en este mundo más amor que el que arde en Mi Corazón, es el único Amor que llenará vuestras vidas y, con el Amor que arde en Mi Corazón, pondré en vosotros de Mí[11]para que deis a vuestros hermanos, a los que yacen en sombras de muerte[12]por el pecado de Satanás, que anda buscando vuestras almas para condenarlas al alejamiento del Sagrado Corazón de Jesús, quiere alejaros de Mi Santo Corazón[13], no le dejéis, hijos, no le dejéis.

Acudid al Sacramento de la confesión y acercaos a Mi Santo Corazón, calentaos en Mi fuego de Amor por vosotros, vivid la Caridad ardiente que brota de Mi Corazón por vosotros, irradiad después lo recibido[14]a todos, porque este mundo muere de frío y de inanición porque se ha alejado de la Vida, del Calor, del Alimento[15]para sus almas.

¡Oh!, hijos de los hombres, que buscáis el amor en vuestras vidas y no os acercáis Al que es el Amor, Al que os busca día y noche para daros todo Su Amor, Al que os puede salvar de la condenación eterna[16]. Dejad ya la bisutería barata de este mundo, dejad de seguir a los que os hablan de amor, pero no son poseedores de él, venid Al que muere por vosotros en la Cruz[17]por el Amor ardiente que arde en Su Santo Corazón: El Hijo de Dios[18], Jesús de Nazaret[19], el Hijo de María[20]y del carpintero José[21], el que se anonadó[22]en el seno de una Virgen[23]para daros la vida, para daros el Amor, todo el Amor.

¡Oh!, ciegos de este mundo, que buscáis entre el estiércol y la basura la felicidad en esta vida.

¡Oh!, ciegos de este mundo, que ponéis en los bienes de este mundo vuestra alma y vida[24]: ¡Qué pronto os daréis cuenta del vacío de vuestra búsqueda!, o lo que es peor, os enredaréis en ella y será vuestra perdición.

¡Oh!, ciegos de este mundo, que vendéis vuestra alma por un placer efímero de esta vida[25].

La condenación eterna será vuestra paga por tanto mal y pecado en vuestra vida, porque habéis rechazado el amor, el Único Amor y la Salvación que os vino a traer el Hijo del hombre.

¡Oh!, guías ciegos, que os tragáis un camello y filtráis un mosquito, siempre pensando y mirando las cosas de este mundo, y os saltáis el amor y la caridad[26]. No veláis por Mis hijos, sólo por las cosas de este mundo, y lo pagaréis ante el Hijo de Dios cuando venga en Gloria y Majestad[27], porque debéis velar por el alma de vuestros hijos, no por vosotros[28].

No es tiempo de buscar las cosas de este mundo, no es tiempo de seguir a los que os hablan de las cosas de este mundo, porque perderéis un tiempo que necesitáis para disponeros a estar ante el Hijo de Dios.

Velad, hijos, velad para no caer en tentación[29], porque Satanás persigue vuestras almas para alejarlas de Mí, el Santo de los santos, el tres veces Santo[30], el que os busca día y noche sin parar para daros una felicidad eterna junto al Hijo de hombre.

¡Oh!, Jerusalén de Mis entrañas, de Mi Amor, ¿cuándo reconocerás tu idolatría, tu falta de fe, y mirarás al cielo pidiendo perdón por tanto desamor, tanta crueldad con la que recibiste al Hijo de Dios[31], que vino a ti por tu Amor, por tu Salvación?[32]

Estad dispuestos, hijos, estad dispuestos porque el tiempo de la cosecha[33]se acerca y no encuentro racimos maduros[34].

La Sangre del Hijo del hombre vertida[35]por vosotros, el Amor de todo un Dios clavado en la Cruz[36], las lágrimas de Su Madre vertidas por el dolor y el sufrimiento de ver a su Hijo clavado en la Cruz[37], de ver vuestro odio al Salvador, a Su Hijo amado.[38]

¡Oh!, hijos, que os declaráis sin fe, acudid al horno ardiente de Mi Sagrado Corazón, porque vuestro pecado está ante Mi vista y las puertas del infierno se abren para vosotros cada día. Buscad la fe[39]en el camino del Hijo del hombre[40], buscadla y la hallaréis[41], pero si no la buscáis y la despreciáis seréis reos de muerte porque sucumbiréis ante los lazos de Satanás, el diablo[42], para el que sois presa fácil; os arrebatará de Mi mano, porque os dejaréis embaucar por el enemigo de vuestras almas. ¡Ojo, hijos, alerta debéis estar!

No presumáis nunca de no tener fe, porque es como el que presume de no tener ojos, de no tener corazón, ¿un muerto puede presumir acaso de estar muerto? Pues eso hacéis vosotros cuando presumís de no tener fe, presumís de estar muertos, de que vuestra alma esta negra como el carbón, vuestro cuerpo descompuesto y lleno de gusanos y alimañas, ése es el aspecto del que presume de no tener la Vida, la Gracia, y el Amor en su vida. Vuestros rostros desfigurados por el pecado: es lo que está ante Mi vista; no sigáis al que rompe la belleza[43]en vuestras vidas, en vuestras almas.

Venid, venid, hijos benditos de Mi Padre[44], venid a Mi Santo Corazón y guareceros en él de la inclemencia del tiempo, del mal de Satanás, de la perdición de vuestras almas.

Venid, hijos, y no hagáis sufrir más al Salvador de vuestras almas, al que os busca día y noche sin parar, por amor.

No es tiempo de esperar más, para revisar vuestra vida ante Mí; dadme vuestros pecados en el sacramento de la confesión, dádmelos, hijos, con todo vuestro amor y arrepentimiento que Yo, Jesús, los llevaré al abismo y allí los sepultaré y no los tendré en cuenta cuando estéis ante Mí[45]. Ese día llega, llegará, hijos, está llamando a vuestras puertas.

Venid, hijos, venid a Mí, que Yo, Jesús, os aliviaré[46]de vuestra carga[47], de vuestros pecados y os daré un Reino[48]Eterno de Amor. Hacedme caso, hijos, hacedme caso y no os lamentaréis aquel día.

Yo, Jesús, estoy con vosotros y no os dejo ni os dejaré nunca[49], no os separéis de Mí[50], venid a Mí.

Hablad a María, Mi Madre Santísima, pedidla su ayuda en vuestro caminar.

Un día clareará como nunca lo habíais visto antes, es el día, preparaos porque llego, llego y no tardo. Amén, amén. Preparaos, hijos de los hombres, para recibir a vuestro Salvador. Amén, amén.

Un día le veréis bajar entre nubes[51]: “Es el Día”, diréis, pero antes, hijos, os espero en vuestro corazón; allí estaréis ante Mí, ante el Hijo de Dios, vuestro Dios y Salvador.


[1] Jn 10, 1-16
[2] Lc 2, 26-38; Gál 4, 4
[3] Is 65, 2; Rom 10, 21
[4] Jer 10, 1-16
[5] Lc 2, 25-32; 7, 29-35;
[6] 1 Cor 13, 8
[7] Mt 18, 21-22.35
[8] 1 Cor 13, 13
[9] Lc 12, 49-50
[10] Mt 25, 34
[11] Rom 5, 5; 8, 38
[12] Lc 1, 79
[13] Rom 8, 35-37
[14] Mt 10, 8
[15] Am 8, 11
[16] Lc 19, 10; Sant 4, 12
[17] Mc 14 y 15; Gál 2, 20
[18] Lc 1, 32-33
[19] Mt 21, 10-11
[20] Mt 13, 55
[21] Mt 1, 18-25 ; Mc 6, 3 ; Lc 2, 1-7; Lc 2, 16
[22] Flp 2, 6-8
[23] Is 7, 14
[24] Lc 12, 19-31
[25] Lc 8, 14; 1 Tim 5, 6; 2 Tim 3, 1-5; Tit 3, 3
[26] Mt 23, 17-23
[27] Mt 25, 31
[28] Lc 12, 45-47
[29] Mt 26, 41
[30] Is 6, 3 ; Ap 4, 8
[31] Mt 11, 16-24; Lc 19, 41-44; Jn 1, 10-11
[32] Mt 26 y 27
[33] Ap 14, 14-20
[34] Mt 21, 43
[35] Jn 19, 34
[36] Lc 23, 33-38
[37] Jn 19, 25
[38] Lc 2, 35
[39] Heb 11
[40] Jn 14, 6
[41] Mt 7, 7-8
[42] Ap 12, 9
[43] Sal 45, 12
[44] Mt 25, 34
[45] 1 Cor 4, 5
[46] Mt 11, 28
[47] Mt 11, 30
[48] Jn 18, 36; 1 Pe 2, 9; Ap 1, 6
[49] Mt 28, 21
[50] Jn 15, 5
[51] Lc 21, 27

Fuente:
http://elpastorsupremo.es/wp-content/uploads/2018/11/MENSAJE-53.pdf

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2 de Noviembre: San Malaquías, Arzobispo de Irlanda (1094-1148)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Barcelona, 1866 – Tomo III, Noviembre, Día 3, Página 345.

San Malaquías en la Catedral de San Patricio en Armagh.



San Malaquías, Obispo y Confesor

El gran padre y devotísimo doctor San Bernardo fue muy grande amigo en esta vida de San Malaquías, Obispo de Irlanda, y se halló a su muerte y le enterró, y se gloría de haber recibido antes de ella su santa bendición, e hizo un sermón en su alabanza, y escribió su vida, de la cual nosotros tomaremos lo que referiremos aquí.

Nació san Malaquías en Irlanda, en la ciudad de Aidmaca, de nobles padres y generosos, y la madre era muy piadosa, y deseosa que su hijo creciese desde niño mas en devoción que en letras del siglo; aunque él era tan hábil y tan bien inclinado que en lo uno y en lo otro hacia raya a sus iguales, y daba satisfacción a su madre y a su maestro. Crecía con la edad el seso y la ciencia, y no menos la santidad. Parecía en la tierna edad viejo, porque siendo muchacho aborrecía las travesuras propias de aquella edad, no solamente por su buena inclinación, sino también y principalmente por la unción del Espíritu Santo que le había ya escogido para Sí, e interiormente le despertaba y estimulaba para que a menudo se retirase a algún lugar solitario a meditar la Santa Ley de Cristo, y hacer oración, y a irse a la mano en la comida, vencer el sueño, y (cuando no podía ir a la iglesia) a levantar el corazón al Padre Eterno, y adorarle con humillaciones exteriores, y guardarse de la vanagloria, que es certísimo veneno de la virtud. Con estos buenos principios pasó Malaquías su niñez, y llegó a la edad de mozo; y sintiéndose mover del Señor que le guiaba se fue a un hombre Santo, llamado Imario, que encerrado en una celda, cerca de la iglesia mayor, hacia una penitencia y oración continua para ser enseñado y enderezado en el camino espiritual por un hombre de vida tan austera, y que voluntariamente, siendo vivo, se había condenado a la sepultura. El hecho de Malaquías causó grande admiración entre la gente, y cada uno hablaba de él según su gusto y afición. Los más, mirándole con afecto humano, sentían mucho que un mozo bien nacido y bienquisto se hubiese obligado a tanta aspereza. Otros, atribuyéndolo a liviandad, le reprendían porque había tomado carga sobre sus fuerzas; pero estos no entendían lo que dijo el Espíritu Santo por el profeta, que está bien al hombre llevar el yugo del Señor desde su mocedad. Y tanto más se debe loar San Malaquías (dice San Bernardo) por haber abierto camino a los otros, y sido el primero que de aquella tierra dio ejemplo a los demás.

Se puso a los pies de Imario, sentado en silencio y su misión perfectísima de su entendimiento y voluntad, con entera obediencia y con una mortificación perpetua, y con todas aquellas artes e industrias que llevan a una alma fervorosa y mansa a la cumbre de la perfección evangélica. Ordenó el Arzobispo Celso, con consentimiento de Imario, de Diácono a Malaquías, y con esta Orden Sagrada se vistió de nuevo espíritu y comenzó a ejercitar todas las obras de piedad, y especialmente aquellas que son más asquerosas y molestas. Enterraba con particular cuidado a los pobres difuntos, pareciéndole que este oficio era juntamente de humildad y de humanidad. Tuvo en él gran contradicción de una hermana suya seglar, que tenía por afrenta ver a su hermano tan ocupado en aquel piadoso oficio; pero él no hizo caso de ella ni de sus dichos y contradicciones. Siendo ya de veinte y cinco años le ordenaron de Sacerdote con gran repugnancia suya, y el Arzobispo le encomendó el oficio de predicar y de enseñar el catecismo a aquella gente ruda y salvaje; y él se empleó tan de veras y con tanta ansia y diligencia en romper y cultivar aquella tierra inculta y por labrar, que, habiendo arrancado de ella las malezas, abusos y vicios que la cubrían, sembró leyes y reglas llenas de justicia y de honestidad, y plantó las Constituciones Apostólicas, los Concilios aprobados, y sobre todo las Tradiciones y usos de la Santa Iglesia romana, de lo cual todo antes carecía. Y porque los Santos Sacramentos de la Confesión, Confirmación y Matrimonio, o por malicia o por ignorancia de la gente estaban ya casi del todo olvidados, procuró que se restituyese y renovase el uso de ellos, y que se celebrasen con solemne música los Oficios Divinos.

Para acertar mejor y para que no se introdujese por descuido alguna cosa contraria a los ritos e institutos católicos, se fue en busca de un Santo, llamado Malco, que era Pbispo de Lesimor, ciudad de Mumania, parte austral de Hibernia, el cual era anciano en los años, santo en la vida, admirable en los milagros, adornado de celestial sabiduría, y por estos dones divinos tenido por un oráculo de verdad y por un común refugio de los afligidos. Después que con este Santo Obispo estuvo algún tiempo San Malaquías y gozó de su familiaridad y doctrina, volvió a su tierra llamado del Arzobispo Celso y de Imario, su maestro, y de otros muchos que le deseaban. En este tiempo sucedió la muerte de su hermana, la que llevaba mal que el Santo se ocupase en enterrar los muertos, y por esto y porque sus costumbres no le agradaban hizo voto de no mirarla ni tratarla más mientras viviese; pero después que pasó de esta vida comenzó a ver con los ojos del alma a la que antes ni había querido ver con los ojos del cuerpo. Estando una noche durmiendo le pareció que un hombre le avisaba que su hermana estaba vestida de luto fuera de la iglesia, y que en treinta días continuos no había comido. Despertó luego San Malaquías, y acordándose que en aquellos treinta días no había dicho Misa por su hermana, entendió que la hambre que la atormentaba no era corporal, sino espiritual, y tornó a hacer por ella los sufragios que había interrumpido, y poco después la difunta, que estaba en el umbral de la puerta de la iglesia, se apareció vestida como antes de negro, y que no la dejaban entrar. Mas perseverando el Santo hermano en ayudarla sin dejar pasar mañana ninguna que no ofreciese alguna Misa por ella, le tornó a aparecer con hábito blanquecino, y dentro de la iglesia; mas no la dejaban llegar al altar. Finalmente, no dejó de celebrar por su hermana hasta que le apareció dentro de la iglesia y junto al altar, vestida de blanco, entre un coro de espíritus bienaventurados, que con la blancura y claridad daban a entender que ya aquella alma estaba purificada y admitida a la compañía de los cortesanos del Cielo. De donde claramente se ve cuán gran fuerza y valor tiene el Sacrosanto Sacrificio de la Misa para borrar los pecados y librar de las penas del Purgatorio las almas que purgan sus culpas en él y llevarlas al Cielo a gozar de Dios. Grande alegría recibió San Malaquías por saber que su hermana había llegado a puerto de salvación, y no fue menor la que recibió por haber un tío suyo determinado de hacerse religioso. Tenía este tío una abadía rica, que había sido de un monasterio, fundado en un lugar, llamado Doncor, y destruido el monasterio por los bárbaros, y muerto en él y martirizado novecientos monjes, había quedado la renta en manos de seglares, y últimamente venido a las manos del tío de Malaquías, el cual se resolvió a dejarse a sí y a su abadía en manos de Malaquías para sustento de los religiosos que tenía consigo, que eran muchos.

Aceptó el Santo Varón al tío debajo de su disciplina y el sitio de su abadía para edificar en él. Mas como era amigo de la pobreza de Cristo, y en aquella sazón así convenía para la edificación de los fieles, no quiso aceptar las posesiones y tierras, sino que el pueblo diputase otro que tuviese cargo de aquella hacienda. En este lugar comenzó Malaquías con diez religiosos y algunos oficiales a poner mano en la obra, la cual se continuó, dando el Santo maravilloso ejemplo a sus compañeros de toda virtud, y siendo en vida y costumbres una perfecta regla y claro espejo y libro abierto de gloriosa conversación. No pudo sufrir esto el común enemigo, e incitó a un familiar de su casa por nombre Malco, que estaba enfermo, para que, entrando San Malaquías a visitarle (como solía) le atravesase un cuchillo por el cuerpo y le quitase la vida. Tuvo aviso de ello el Santo Padre, e hizo oración. Entró en el aposento del enfermo, y con la Señal de la Cruz le sanó de la enfermedad del cuerpo y de los malos pensamientos de su alma.

Quedó vacante la iglesia de Coneretch, que estaba cerca del monasterio de Doncor, y de común consentimiento eligieron a San Malaquías por Obispo, y aunque él lo repugnó e hizo cuanto pudo por no serlo, al cabo bajó la cabeza y obedeció a sus legítimos superiores, Celso e Imario, que se lo mandaron siendo ya de casi treinta años. Comenzó a ejercitar el oficio pastoral con grande espíritu, fervor y vigilancia; mas halló que aquellos hombres en su trato y manera de vivir no eran hombres, sino (quitando el bautismo) bestias indómitas; pero no por eso se espantó, ni dejó de avisarlos como Padre en público, ni de exhortarlos con lágrimas a cada uno en particular para domesticarlos y de lobos hacerlos ovejas. Usaba de blandura con unos y de severidad con otros, y cuando esto no bastaba se volvía a Dios en la oración y la acompañaba con profunda humildad y con rigurosas penitencias. Iba a pie y con mucho trabajo por los pueblos y por las aldeas para apacentar y curar aquel ganado, padeciendo en la visita de su Obispado infinitas tribulaciones, afrentas e injurias de aquellos malos hijos, hambre, sed, frio, desnudez y otras mil incomodidades, bendiciendo al que le maldecía y resistiendo con la paciencia a los malos tratamientos, rogando a Nuestro Señor por los mismos que le perseguían. Y tanto perseveró en llamar a la puerta de la Misericordia de Dios que al fin se la abrió, y por virtud del Todopoderoso se ablandaron las piedras y la barbaridad se mitigó, y poco a poco aquellos corazones rebeldes y empedernidos se rindieron y comenzaron a recibir los rayos de luz y la doctrina evangélica que el Santo les predicaba.

Después sucedió que los bárbaros aquilones entraron por aquella tierra, y la ciudad de Coneretch en gran parte quedó arruinada, de manera que San Malaquías con sus religiosos (que eran ciento y veinte) se partió para el reino de Momonia, donde hizo un lindo monasterio a costa del rey Comarco, con el cual (habiendo sido echado de su reino) el Santo había tenido antes grande amistad. En este monasterio, siendo San Malaquías Obispo y Maestro, como era para dar ejemplo a los demás, era el primero y que iba delante de todos en el trabajo y en la observancia de la regla. Servía cuando le tocaba en la cocina y en el refectorio, y en el coro no quería privilegio alguno, haciendo su parte en cantar las antífonas, lecciones y en las ceremonias, como el menor del convento. Y se mostraba tan fervoroso celador de la pobreza voluntaria, que puesto caso que había juzgado ser conveniente que el convento tuviese bienes en común para su sustento no permitía que los particulares tuviesen cosa propia ni contraria a la santa pobreza.

Catedral de San Patricio en Armagh.

Mas estando San Malaquías ocupado en las cosas que hasta aquí hemos referido sucedió la muerte de Celso, que era Arzobispo de Ardamaca, madre de todas las otras iglesias de Hibernia, y la más ilustre y reverenciada de todas, en la cual estuvo San Patricio, primer Apóstol y Padre de todas aquellas naciones, a cuyos sucesores, no solamente el resto del Clero y pueblo obedecía, sino todos los otros señores, hasta los mismos reyes. Pusieron los ojos en Malaquías para encomendarle aquella iglesia de tanta preeminencia y dignidad, y el mismo Celso en vida le nombró, señaló y ordenó que fuese Malaquías su sucesor para cortar el hilo de un abuso que se había introducido doscientos años antes, con que aquella suprema dignidad se daba siempre a los hombres de una familia, y cuando en ella no había persona eclesiástica que la mereciese, la daban a hombre lego de la misma familia. Por esto juzgó Celso que para cortar del todo aquella mala raíz y arrancar cosa tan perjudicial de la Iglesia no había otro remedio sino que Malaquías se encargase de aquella iglesia. El Santo rehusó cuanto pudo aquella carga y nunca la quiso aceptar, hasta que le prometieron que, después de haber allanado las muchas y gravísimas dificultades que en aquel negocio se le ofrecían, le dejarían volver a su primera iglesia, y renunciar esta otra que con tanto ahínco e instancia le encomendaban, siendo la una tanto más rica y preeminente que la otra. En lo cual se ve cuán apartado estaba de codicia y ambición, y cuán amigo era de humildad y pobreza.

No bastaron las razones y persuasiones que los hombres hicieron a Malaquías para aceptar aquella dignidad de Primado, si Dios, Nuestro Señor, no lo hubiera movido y mostrándole que aquella era Su Voluntad con una señal del Cielo; porque al tiempo que Celso estaba enfermo y Malaquías lejos y sin saber lo que Celso pretendía, le apareció una mujer venerable y de grande estatura y grave semblante, y preguntada por el Santo quién era, le respondió que era la esposa de Celso, y le puso en la mano la vara del gobierno y luego desapareció; y el mismo Celso, estando para morir, envió a Malaquías, como a su sucesor, una vara de la misma figura y muy semejante a la que le dio aquella mujer en la visión que había tenido. Y así por no repugnar a la Voluntad de Dios bajó la cabeza y aceptó el cargo, y comenzó a ejercitarle, no como hombre santo, sino como varón divino; mas tuvo grandes borrascas y espantosas contradicciones en la prosecución de su Oficio Pastoral, porque todos los de aquella familia, en que por espacio de doscientos años había estado aquella dignidad, que eran muchos y poderosos, se armaron de saña y furor, y se determinaron de quitar antes la vida a Malaquías que dejarle con la Primacía de Hibernia y perder ellos las honras y rentas de ella; y lo pusieran por obra si el Señor no volviera por Su siervo y no le amparara con Su Mano poderosa.

Vino una vez un caballero principal y cabeza de aquel bando, acompañado de gran número de gente armada y atrevida, para ejecutar esta maldad y acabarle, y puso su celada en el camino por donde había de pasar Malaquías, que iba a celebrar una junta de los Estados de Hibernia. Lo supo el Santo, se entró en la Iglesia, hizo oración, y al mismo punto comenzó a cubrirse el cielo, oscurecerse el aire, sonar truenos, despedir relámpagos y caer rayos, con un torbellino tan impetuoso y horrible, que parecía que amenazaba el Día de la Ira y del extremo Juicio del Señor. El capitán de aquella diabólica compañía, traspasado de un rayo, quedó allí muerto, y con él otros tres de los más principales; y el día siguiente se hallaron sus cuerpos secos y quemados sobre los árboles del campo; y los que iban con Malaquías, estando tan cerca de aquel lugar, no recibieron daño alguno. Con este buen suceso y con el haber cobrado dos reliquias sagradas, la una, el texto de los Evangelios, que había sido de San Patricio, y la otra un báculo cubierto y engastado en oro y ricas piedras, que llamaban el Báculo de Jesús, teniendo por cierto que Nuestro Salvador había usado de él, que eran las insignias de aquella dignidad, se sosegó aquella tempestad, viendo que Dios peleaba por Su siervo. Y así pudo el Santo ejercer su oficio más libremente, aunque no sin gran trabajo por no hallar ni lugar ni tiempo seguro de traiciones y de personas que le tachaban e infamaban en público y en secreto. Entre estos uno más atrevido y desvergonzado, y grande hablador, tomó por asunto el morder al Santo y ladrar contra él entre la gente más ilustre y señores más principales, cuya gracia había ganado con lisonjas y chocarrerías. A éste castigó Nuestro Señor, porque se le hinchó y pudrió la lengua de tal suerte, que por siete días continuos escupió gusanos; finalmente, echando mucha materia de la boca dio su alma y acabó infelizmente la vida.

Otra mujer de aquel mismo linaje y familia, estando el Santo predicando, alzó la voz y le llamó hipócrita y robador de la hacienda ajena, motejándole de calvo y diciéndole otras injurias, a las cuales el Santo, como sabio y manso, no respondió; mas el Señor respondió por él, y aquella pobre mujer perdió el seso, y frenética y furiosa daba voces continuamente, y clamaba que Malaquías la ahogaba, y de esta manera murió, y dentro de poco tiempo toda aquella desventurada casta que había perseguido al Santo se acabó y aniquiló, con grande admiración y temor de los que la conocían, para que sepamos el respeto que debemos a los Santos y que el Santo de los santos vuelve por ellos.

Habiendo, pues, el Santo Pontífice puesto en buen estado las cosas de aquella Iglesia se descargó de ella, y sustituyendo en su lugar a una persona de rara y experimentada virtud, que se llamaba Gelasio, se volvió a la suya de Coneretch, conforme al concierto que antes había hecho; y porque la Diócesis de Coneretch, por justos respetos se había dividido en dos Obispados, dejó la más noble y la más rica a otro calificado sujeto, y tomó para sí la de Duno, que era pobre, pequeña y de poca estima; y para dar mejor cuenta a Dios de aquella iglesia quiso tener cabe sí un colegio de clérigos reglares, con deseo de retirarse y darse a la contemplación y a la vida religiosa.

Pero para acertar más en todo el Señor le movió a que fuese a Roma, no solamente para visitar las Reliquias y Santuarios de aquella santa ciudad, sino particularmente para conferir y representar al Sumo Pontífice y Vicario de Cristo todas las cosas que se le ofrecían para el establecimiento de nuestra Santa Religión y buen gobierno de las iglesias de Irlanda. Y puesto caso que todo el Clero y pueblo procuró de tenerle y persuadirle que no hiciese aquella larga y trabajosa jornada, no fue posible, porque Dios le guiaba. Llegó a Roma a tiempo que Inocencio, II de este nombre, gobernaba la nave de San Pedro, del cual Malaquías fue recibido con singular benevolencia y favor; y la primera cosa que le suplicó fue que le descargase del oficio de Pastor y diese el Obispado a otro, y a él le dejase morir quietamente en el monasterio de Claraval, donde San Bernardo era abad. Pero el Papa, no solamente no le concedió lo que tanto deseaba, mas le hizo su lugarteniente y Legado Apostólico en toda la isla de Irlanda; y quitándose el mismo Papa la mitra de la cabeza la puso sobre la de Malaquías, y le dio de sus propios ornamentos pontificales con que decía Misa, una estola y un manípulo, y le concedió otras muchas gracias, y con su bendición apostólica y grandes favores le envió a su Iglesia, habiendo estado el Santo en Roma un mes, visitando con singular devoción aquellos lugares consagrados con la Sangre de tantos Pontífices, Apóstoles y Mártires. A la ida a Roma y a la vuelta posó el Santo en el monasterio de Claraval, donde se consoló por extremo con la comunicación del Santo Abad Bernardo y de los otros sus hijos, que vivían en aquel sagrado convento como ángeles venidos del Cielo; y ellos con la presencia de San Malaquías, y con su bendición y maravillosos ejemplos, quedaron más alentados y con nuevo fervor y brío para anhelar y correr con mayor ímpetu a la perfección.

Mas volviendo de Roma dejó en Claraval cuatro de sus clérigos para que allí se criasen e instruyesen en la vida religiosa, y volviendo a Irlanda la plantasen en aquella isla; la cual, aunque tenía noticia de monjes, hasta aquel tiempo no había visto ninguno, y estos cuatro fueron como semilla del Cielo que se sembró en aquella inculta tierra. Porque, habiendo sido admitidos a la religión de San Bernardo, fueron de él enviados a su patria, y después otros y algunos hijos del mismo San Bernardo y discípulos de aquella escuela, los cuales fundaron en Irlanda un convento con su abad, y de él se derivaron, como de fuente, otros cinco, multiplicándose los seminarios y creciendo cada día el número de religiosos.

Mas llegado San Malaquías a su tierra fue recibido con increíble gozo y regocijo de todos aquellos pueblos, que de todas partes venían a recibir su bendición y a darle la enhorabuena de su venida; y él, para no tener sin provecho la gracia que el Papa le había dado, celebró en algunas ciudades concilios nacionales, y en ellos se hicieron utilísimos decretos y cánones para establecer más la religión Católica, estando siempre el Santo muy atento a remediar las necesidades particulares de cada uno, ya con dulzura, ya con severidad; y no había quien se atreviese a repugnar a sus mandamientos, o a despreciar sus saludables amonestaciones, antes todos las recibían como medicina y como constituciones venidas del Cielo; y no es maravilla, porque su vida era celestial y divina, y los milagros con que el Señor le ilustraba eran tantos y tan gloriosos, que el contradecir a Malaquías era contradecir a Dios.

De la santidad de su vida dice San Bernardo estas palabras: «Dejando aparte el hombre interior, cuya hermosura, valor y sinceridad resplandecían en la vida y en las acciones de Malaquías, ¿qué diremos del exterior y de aquellas maneras uniformes, pero siempre decentísimas y modestísimas que guardó sin que jamás se viese en él la menor cosa del mundo que pudiese ofender los ojos de los que le miraban? Vengamos a la lengua: cierto es que el que no resbale en el hablar es varón perfecto. Pues ¿qué hombre hubo tan curioso que notase en Malaquías, no digo palabra, sino un sí o no ocioso? ¿Quién le vio mover el pie o la mano con vanidad? O ¿en qué cosa no daba él edificación al prójimo, en el andar, en el mirar, en el hábito y en el semblante? Tenía una perpetua severidad en el rostro, tan igual, que ni la tristeza ni la alegría nunca la pudieron alterar. Era enemigo de burlas, mas no austero ni encapotado; alegre cuando convenía, mas nunca disoluto; en ninguna cosa descuidado; mas a su tiempo sabía disimular. Era pacífico y quieto, más no perezoso. Desde el primer día de su conversión hasta la postrera boqueada nunca tuvo cosa propia, ni renta, o eclesiástica o seglar; y aun siendo Obispo no tenía cosa cierta para su mesa obispal, ni habitación determinada, como aquel que toda la vida gastaba en visitar sus parroquias y feligreses, sirviendo al Evangelio y sustentándose del mismo Evangelio, según el orden del Señor; y muchas veces por no ser cargoso a nadie se sustentaba él y sus compañeros del trabajo de sus manos, como lo hacía San Pablo; y siendo ya hombre de edad y Legado del Sumo Pontífice nunca dejó su antigua costumbre él y todos sus compañeros de ir a pié cuando iba a predicar: forma verdaderamente evangélica, y tanto más de estimar en Malaquías, cuanto menos es imitada de otros. Pero el que de tal manera vivía con razón se puede llamar legítimo heredero y sucesor de los Apóstoles.» Todo esto es de San Bernardo.

Pues ¿qué diré de los milagros con que el Señor le honró y ensalzó? El mismo san Bernardo dice que fueron innumerables, y cuenta muchos; yo referiré algunos pocos que nos puedan enseñar y mover a imitación, más que no a sola admiración, pues para esto escribimos las vidas de los Santos. Había una mujer gravemente atormentada del demonio; hizo oración San Malaquías y mandó al demonio que saliese de aquel cuerpo, y le obedeció; pero entró en otra mujer que estaba allí presente, y Malaquías dijo al demonio: «No te mandé yo salir de aquella mujer para que entrases en ésta: deja esta también.» Salió de la segunda, y volviendo a la primera y echándolo de ella, tornó a la segunda; y de esta manera andaba el demonio haciendo burla del Santo, hasta que él, cobrando nueva fuerza del Cielo, echó aquel inicuo poseedor de las dos mujeres. Y el haber tardado tanto en echarle no fue (dice San Bernardo) por la fuerza que tuvo el enemigo en resistir; mas por dispensación Divina para que más se conociese la presencia del enemigo y la victoria de Malaquías, como se ve en el milagro siguiente.

Había posado el Santo en una casa donde después estuvo un enfermo y endemoniado, y una noche comenzaron los demonios a hablar entre sí y a decir: «Mira que este desventurado no toque la paja en que durmió aquel hipócrita, y por esta manera se nos escape de las manos.» Oyó estas palabras el enfermo, y entendiendo que hablaban de San Malaquías, débil como estaba del cuerpo, más fuerte en la fe, comenzó lo mejor que pudo a llegarse a la paja, y al momento se sintieron en el aire voces penosas que decían: «Tenle, apártale, que perdemos nuestra presa.» Mas por, la Divina Misericordia en llegando el pobre a la paja en que había dormido Malaquías se halló súbitamente sano de todos sus miembros y libre de los temores y espantos diabólicos que padecía, y los demonios, dando aullidos y bramidos, le dejaron y desaparecieron de aquel lugar.

Le trajeron una pobre mujer que había quince meses y veinte días que estaba preñada, sin hallar remedio humano para hacerla parir. Movido San Malaquías de tan nuevo y extraño caso se puso en oración, y luego la afligida mujer sin dificultad parió.

Un soldado del conde de Ulidia, sin vergüenza ni respeto alguno, tomó por amiga la que lo había sido de un hermano suyo; le avisó el Santo Pastor con caridad de padre del peligroso estado en que estaba. Pero el soldado estaba tan encarnizado en su vicio que con gran bravura respondió que jamás la dejaría e hizo juramento de ello. Entonces Malaquías, lleno de celo de justicia, respondió: «Dios a tu pesar te la quite…» No pasó una hora que ciertos enemigos suyos le mataron a puñaladas, mostrando el Señor con este hecho cuán presto se ejecutaba la sentencia de Malaquías, y avisando con él a otros hombres desalmados, de los cuales algunos escarmentando en cabeza ajena se convirtieron y enmendaron.

Dio salud a un muchacho paralítico y ordenó a su padre que le dedicase al servicio de Dios, y el padre se lo prometió, mas no lo hizo; y así le tornó la misma enfermedad por no haber cumplido lo que al Santo había prometido.

Había una mujer de tal manera poseída y tiranizada del espíritu de la ira y del furor, que no solamente los parientes y los vecinos huían de su conversación, mas sus propios hijos no podían habitar con ella: en cualquiera parte que estaba no se oían sino voces, gritos y una tempestad de palabras coléricas y de ira; era atrevida y temeraria, echaba llamas de fuego, mordía con la lengua, jugaba de manos, y era insufrible y odiosa a todos. No hallando otro remedio la llevaron sus hijos delante de San Malaquías, llorando amargamente su infelicidad y la de su madre. El Santo mansa y benignamente le preguntó si había confesado alguna vez en su vida, y ella respondió que no. Entonces la dijo que se confesase. Se confesó con él, y habiéndole dado la penitencia que le pareció conveniente le mandó de parte de Cristo, Nuestro Señor, que no se enojase más de allí adelante. Parece cosa increíble, pero es verdad. Le infundió Dios súbitamente tanta mansedumbre y tan gran paciencia que todos entendieron que aquella verdaderamente era mudanza del Cielo; y después vivió algunos años con una paz y quietud de su alma tan extraña, que ningún trabajo, tribulación o daño que le viniese la podía turbar. San Bernardo, después de haber contado que San Malaquías había resucitado a una mujer muerta, dice que fue mayor milagro a su parecer el haber mudado el corazón de la mujer brava que el haber dado vida a la mujer muerta, pues en la una resucitó al hombre interior y en la otra al exterior.

Vino a San Malaquías un hombre lego y calificado muy triste por la sequedad que decía sentir en su alma; le suplicó que le alcanzase don de lágrimas del Señor. Mucho se consoló el Santo por ver que un hombre lego le demandaba aquel don de Dios, y llegando su rostro como por benevolencia al rostro del hombre, le dijo: «Dios te dé lo que pides.» Desde aquella hora los ojos de aquel buen hombre fueron dos fuentes de lágrimas.

Yendo predicando llegó a una isla en que se solía pescar gran número de peces, y después por los pecados de los moradores de ella habían desaparecido los peces y ellos no tenían con qué sustentarse. Fue revelado a una mujer que el único remedio para que hubiese pesca era que Malaquías lo pidiese a Dios, y a este tiempo llegó el Santo a la isla, le cercaron luego los isleños, y echándose a sus pies le suplicaron que los librase con sus oraciones de aquel azote de Dios y tan extrema necesidad. Fueron tantos sus ruegos y sus lágrimas que hincadas las rodillas allí a la orilla del mar hizo oración al Señor, suplicándole que renovase Su Misericordia y echase Su Bendición a aquella gente; y luego al punto vino tan gran cantidad de peces cuanta jamás allí se había visto, y duró de allí adelante.

No es desemejante a este milagro otro que le sucedió. Habiendo llegado con otros tres Obispos a hospedarse en casa de un clérigo que no tenía qué darles de comer, porque en el río que estaba allí cerca ya de mucho tiempo no se hallaban peces, y los pescadores, como cosa desesperada, habían dejado su oficio, diciendo esto el clérigo a San Malaquías él le mandó que echase la red en el Nombre de Dios, y de aquella primera redada cogió doce salmones, y la segunda otros tantos, con los cuales los Obispos y toda su compañía tuvieron que comer abundantemente, y materia de alabar a Nuestro Señor; y para que se viese que ésta había sido obra suya volvió después la misma esterilidad y falta de pesca, y duró los dos años siguientes.

Hubo un clérigo en lo exterior de buenas costumbres y de agudo ingenio, pero vano y confiado de sí. Permitió Nuestro Señor que el demonio le engañase en materia de la fe, y en confesar la verdadera y real Presencia de Cristo, Nuestro Señor, en el Sacrosanto Sacramento de la Eucaristía. Le amonestó San Malaquías, primeramente a solas de su error, y no bastando esto para reducirle hizo dos veces una junta de otros clérigos y hombres doctos para desengañarle; y aunque todos los que allí estaban le reprendían y convencían su error con los lugares evidentes de la Sagrada Escritura, él estuvo tan obstinado y pertinaz, que le declaró por hereje y apartado del gremio de la Santa Iglesia; y viendo que aun no se reconocía, antes que, como soberbio e hinchado, se tenía por más sabio y docto que todos, encendido de santo celo Malaquías alzó la voz, y dijo: «Pues no quieres de grado confesar la verdad, Dios te haga confesarla por fuerza;» y el mismo hereje respondió: «Amén.» Vino después el desventurado hombre a tanto aborrecimiento de sí mismo, que no pudiendo vivir entre la gente se quiso ir como desesperado a lejanas tierras, y poniéndose en camino le sobrevino una enfermedad tan grande que no pudo pasar adelante, y viendo su peligro, a mal de su grado volvió a la ciudad, y haciendo llamar al Obispo confesó su culpa, detestó el error, recibió la absolución y luego espiró.

Altercaban dos pueblos y traían grandes pleitos sobre los términos y linderos, y queriendo llevar por armas aquel negocio se juntaron para pelear: envió el Santo (por estar ocupado) a otro Obispo para que en su nombre los apaciguase y sosegase aquella discordia. El Obispo, aunque de mala gana (por pensar que no haría nada, ni tendría la autoridad que era menester con aquella gente furiosa y armada) todavía obedeció; fue, y halló que estaban ya para venir a las manos, y con el nombre de San Malaquías los amansó y concertó, e hicieron sus capitulaciones. Pero después uno de los pueblos se embraveció de manera que quiso dar de repente en los contrarios y matarlos, sin que el buen Obispo los pudiese detener, porque corrían como caballo sin freno y desbocado. Se volvió entonces el Obispo con el corazón a pedir favor a San Malaquías, aunque estaba lejos, y de repente corrió una voz entre toda aquella gente furiosa que otros enemigos suyos habían entrado en su tierras y las destruían, y llevaban cautivos a sus hijos y mujeres. Oída esta voz, aunque falsa, al punto dejaron aquella empresa y se volvieron a sus casas, y no hallando a los enemigos entendieron que habían sido engañados por Voluntad de Dios por el poco respeto que habían tenido al mensajero de San Malaquías, el cual, habiendo ido él mismo a concertar a aquellos pueblos, y no habiendo podido acabar con ellos lo que deseaba (porque el otro pueblo, habiendo sabido lo que los contrarios habían pretendido hacer contra él, se quería vengar). Dios, Nuestro Señor, tomó la mano, haciendo crecer un pequeño rio que estaba en el camino, de tal manera que no le pudieron pasar ni ejecutar su mal intento.

Uno de los reyes de Hibernia vino a desabrirse con un caballero principal, y tratando de reconciliarse con el rey y volver a su gracia, no fiándose del rey, tomó a San Malaquías por medianero, y sobre su palabra que le dio el Santo se concertó aquella diferencia; mas estando el caballero sobre seguro fue preso por mandado del rey, que no podía vencer el antiguo enojo y enemistad que con él tenía. Lo sintió el Santo como era razón, acudió a Dios y cegó el rey. Con este manifiesto castigo conoció su culpa, pidió perdón y se rindió a la voluntad del Santo Pontífice.

Habiendo comenzado un oratorio de piedra de sillería conforme a la traza que le había sido mostrada del Cielo en la abadía de Doncor un caballero que tenía cargo de las rentas de la abadía, y un hijo suyo, de tal manera le persiguieron, tratándole de loco e insensato, por haber comenzado una obra tan suntuosa, siendo pobre y sin caudal para acabarla, que el Santo les dijo que la obra se acabaría y el hijo no la vería. Conforme a su profecía murió dentro de un año, y el padre fue castigado del Señor, porque un demonio le arrebató y le echó en el fuego, de donde le sacaron los de su casa, quemados sus miembros, perdido el seso, torcido el rostro, echando espumajos por la boca y dando terribles alaridos; y aunque el Santo compadecido de su mal hizo oración a Dios por él, y no murió, pero quedó con muchos malos accidentes, que le duraron por toda la vida, y la obra comenzada se acabó, según la grande confianza que Nuestro Señor había dado a Su siervo; y para cumplírsela (porque él era pobre y no tenía con qué), le descubrió un tesoro debajo de la misma plaza donde se hacía el edificio, del cual hasta entonces no se sabía cosa, ni había persona que de él tuviese noticia. Y así halló Malaquías en la bolsa de Dios lo que no hallara en la suya: que quien tiene viva fe tiene todas las riquezas del mundo. Porque, ¿qué otra cosa es el mundo sino un banco y una fuente manantial que no se puede agotar de la liberalidad del Señor? Nunca acabaríamos si quisiésemos referir todos los milagros de este Santo; basta que en los que hasta ahora hemos escrito y en los demás que dejamos hallaremos todas las maneras y géneros de los antiguos milagros, profecías, revelaciones, castigo de los malos, salud del cuerpo, conversión de almas y resucitación de muertos. Además de esto, por sus excelentes virtudes fue magnificado del Señor delante de los príncipes y de los reyes, y después de muchas y graves persecuciones quedó victorioso y superior a la envidia.

Pero vengamos a su dichoso fin y acabemos esta historia. Estaba un día San Malaquías con sus hermanos en santa recreación; comenzaron a tratar de la muerte y a decir cada uno de los que allí estaban el lugar y el día en que deseaba morir, y el Santo cuando lo tocó el responder dijo que si él había de quedar en Hibernia holgaría resucitar con San Patricio, Apóstol de ella; pero que si hubiese de morir fuera de aquella isla escogería la iglesia de Claraval para depositar en ella el saco de su cuerpo; y cuanto al día, tomaría el día de los finados por los muchos sufragios que por ellos ofrece la Santa Iglesia en su conmemoración. Esto dijo el Santo, y si fue deseo Dios se lo cumplió; y si fue profecía, salió verdadera de la manera que aquí diré.

Deseó San Malaquías que el Sumo Pontífice diese el palio a los Arzobispos Metropolitanos que había en Hibernia: el uno era el antiguo ardamacano y primado; y otro que el Arzobispo Celso había instituido, y el Papa Inocencio II confirmado, para más fácil gobierno de las almas. Juntó un Concilio para que en nombre de todo el Clero y de la isla se suplicase esto al Papa (que así había ordenado que se hiciese cuando San Malaquías estuvo en Roma), y el mismo Santo se encargó de esta jornada y de ir en persona a suplicárselo al Papa, que ya era Eugenio III, discípulo de San Bernardo y monje de Claraval. Con este intento se partió de Irlanda Malaquías, pasó por Escocia e Inglaterra, alumbrando con su vida, doctrina y milagros las partes por donde pasaba. Llegó al monasterio de Claraval, donde fue recibido de San Bernardo y de sus monjes como tan amigo antiguo y vaso escogido de Dios. De allí a cuatro o cinco días, habiendo dicho Misa con suma devoción en público, el día del glorioso evangelista San Lucas, le dio una calentura y se echó en la cama, y luego entendió que el Señor le quería cumplir sus deseos, y tuvo revelación de su muerte, y dijo que allí acabaría el curso de su peregrinación. Creció el mal, recibió el Viático y la Extremaunción, y para recibirla con mayor humildad y devoción bajó de la celda alta donde estaba, por su pié a la iglesia y volvió a la celda; y con estar la muerte tan cerca y como llamando a su puerta no tenía el rostro amarillo ni enflaquecido, ni la frente arrugada, ni hundidos los ojos, ni afilada la nariz, ni los labios cárdenos, ni traspillados los dientes, ni los otros accidentes mortales. Y finalmente, el día de Todos los Santos, habiendo celebrado aquella Fiesta tan bienaventurada y gloriosa con gran júbilo y alegría de corazón, y llamado a su presencia a los padres de aquella casa, y habiéndoles declarado que Dios le había cumplido los deseos de morir en ella, y prometiéndoles de acordarse de ellos en el Cielo, y echándoles su bendición, pasada la media noche dio su espíritu al Señor, el año de 1148, y a los cincuenta y cuatro de su edad, en el lugar y en el día que él mismo había escogido y profetizado. Quedó más como dormido que como muerto, con un semblante tan fresco, sereno y angélico, que más parecía haber recibido de la muerte mucha gracia y hermosura que fealdad. El sagrado cuerpo fue llevado en hombros de los abades que habían concurrido de diversas partes, con salmos e himnos y cánticos espirituales, y colocado en la capilla de la Sacratísima Virgen, como él mismo lo había deseado. Y hallándose allí un muchacho que tenía un brazo muerto que le colgaba de la espalda y no le podía menear, San Bernardo le llamó, y tomándole del brazo le hizo tocara la mano de San Malaquías, y luego quedó sano.

La vida de San Malaquías escribió (como dijimos) muy a la larga San Bernardo, y le escribió algunas de sus epístolas, que son las 315, 316 y 317. Hace de él mención el Martirologio romano a los 3 de Noviembre, porque aunque el Santo murió a los 2, mas por estar aquel día la Santa Iglesia ocupada en la conmemoración de los finados, trasladó al día siguiente el de su glorioso tránsito.

(P. Ribadeneira.)


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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“Hijitos, éste es un tiempo de gracia, un tiempo y un llamado a la conversión, para ustedes y las generaciones futuras.”

Medjugorje, Bosnia-Herzegovina
Mensajes de la Reina de la Paz

Mensaje, 25 de Octubre de 2018
Vidente Marija

“Queridos hijos, ustedes tienen la gran gracia de ser llamados a una vida nueva a través de los mensajes que les doy. Hijitos, éste es un tiempo de gracia, un tiempo y un llamado a la conversión, para ustedes y las generaciones futuras. Por eso los invito, hijitos, oren más y abran su corazón a Mi Hijo Jesús. Yo estoy con ustedes, los amo a todos y los bendigo con Mi bendición maternal.

¡Gracias por haber respondido a Mi llamado!”

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Mensaje, 2 de Noviembre de 2018
Vidente Mirjana

“Queridos hijos, Mi Corazón materno sufre mientras miro a Mis hijos que no aman la verdad, que la esconden; mientras miro a Mis hijos que no oran con sentimientos y con obras. Estoy muy triste mientras le hablo a Mi Hijo, que muchos hijos Míos ya no tienen fe, que a Él no lo conocen, a Mi Hijo. Por eso los invito a ustedes, apóstoles de Mi amor: procuren mirar en los corazones de los hombres hasta el fondo, y allí encontrarán, con seguridad, un pequeño tesoro escondido. Mirar así es misericordia del Padre Celestial. Buscar el bien, incluso donde se encuentra el mal más grande, tratar de comprenderse los unos a los otros y no juzgar, es lo que Mi Hijo pide de ustedes; y Yo, como Madre, los invito a escucharlo. Hijos Míos, el espíritu es más poderoso que el cuerpo, y llevado por el amor y las obras supera todos los obstáculos. No olviden: Mi Hijo los ha amado y los ama. Su amor está con ustedes y en ustedes cuando son uno con Él. Él es la Luz del mundo, y nadie ni nada logrará detenerlo en la Gloria final. Por eso, apóstoles de Mi amor, no tengan miedo de dar testimonio de la verdad. Testimónienla con entusiasmo, con obras, con amor, con su sacrificio y, sobre todo, con humildad. Testimonien la verdad a todos aquellos que no han conocido a Mi Hijo. Yo estaré a su lado, Yo los alentaré. Testimonien el amor que no cesa nunca, porque proviene del Padre Celestial que es Eterno y ofrece la eternidad a todos Mis hijos. El Espíritu de Mi Hijo estará a su lado. Nuevamente los invito, hijos Míos: oren por sus pastores, oren para que puedan ser guiados por el amor de Mi Hijo.

¡Les doy las gracias!”


Fuente:
https://rosasparalagospa.com/

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1° de Noviembre: Solemnidad de Todos los Santos

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Barcelona, 1866 – Tomo III, Noviembre, Día 1, Página 329.

La Fiesta de Todos los Santos

Entre todas las fiestas que la Santa Iglesia ha instituido por todo el año en reverencia de los bienaventurados que están en el Cielo, la más solemne y de mayor devoción es la que celebra el primer día de Noviembre en conmemoración y honra de todos los Santos, porque en esta fiesta los abraza a todos, sin excluir alguno, y se encomienda a ellos, e invoca y llama en su favor a toda aquella bienaventurada Compañía y Corte Celestial.

Instituyó esta Fiesta en Roma el Papa Bonifacio, IV de este nombre, en honra de la gloriosísima Virgen María, Nuestra Señora, y de todos los Santos Mártires, consagrando al Señor aquel famosísimo templo que, no Domiciano, emperador (como dice Adón), sino Marco Agripa, ciudadano romano y gran privado del emperador Octaviano Augusto, había dedicado a Júpiter Vengador (como dice Plinio) después de la batalla naval en que Octaviano venció a Marco Antonio y quedó señor absoluto del imperio romano. Llamó Agripa a este templo Panteón, que quiere decir casa de todos los dioses; porque en él todos los falsos dioses de la antigüedad eran venerados. Y dado que después que el emperador Constantino se convirtió a nuestra Santa Fe y comenzó a edificar templos a Jesucristo, Nuestro Salvador, los cristianos derribaron muy magníficos y maravillosos templos de los gentiles para que no quedasen en pie los lugares en que se habían ofrecido tan sucios y abominables sacrificios al demonio.

Por esta razón en Alejandría asolaron un templo de Serapis, en Gaza el de Marna; en Apamena el de Júpiter, en Cartago el de Celeste, y en otras partes otros muchos que eran tan soberbios y de tan excelente arquitectura, que se tenían por milagros del mundo. Todavía después juzgaron que era mejor (ya que estaba caída y rendida la gentilidad), que donde antes había sido servido el demonio fuese servido el verdadero Dios, y que los mismos templos profanos y abominables se purificasen con las ceremonias que usa la Iglesia Católica, y santificados y adornados con las reliquias de los mártires se consagrasen al Señor, como se ve en San Gregorio Magno, que en una epístola escribe al rey de Inglaterra, que poco antes se había convertido a la fe, que haga echar por el suelo los templos de los ídolos. Y después que ya la cristiandad había echado algunas raíces en aquel reino para que los flacos no se turbasen, mandó a Melito, Obispo, que no se arruinasen los templos de los paganos, sino que se convirtiesen en iglesias de cristianos. Siguiendo, pues, esta orden Bonifacio IV, que fue Sumo Pontífice poco después de San Gregorio (porque Sabiniano y Bonifacio III, que inmediatamente le sucedieron, aun no vivieron tres años), dedicó el Panteón que Agripa había edificado a todos los dioses en honra de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora, y de todos los Santos Mártires (que eran los que en aquel tiempo se celebraban en la Santa Iglesia), y llamó a aquella iglesia Santa María ad mártires, y hoy se llama Nuestra Señora la Rotunda; y mandó que se celebrase fiesta en Roma a los 13 de Mayo en que se hizo la Dedicación, y en este día la pone el Martirologio romano. El cardenal Baronio dice que en un libro antiguo de aquella iglesia, escrito de mano, halló que se levantaron y colocaron en ella con gran solemnidad veinte y ocho carros de huesos de Santos Mártires, sacados de diversos cementerios de aquella Santa ciudad. Esto es lo que mandó el Papa Bonifacio IV; mas después Gregorio, asimismo Papa IV, que murió por los años del Señor de 844, ordenó que la Fiesta que se hacía en Roma a 13 de Mayo en honra de Nuestra Señora y de todos los Mártires se hiciese por toda la cristiandad el primer día de Noviembre en reverencia de ellos, y juntamente de Todos los Santos Confesores y moradores del Cielo. Por esta causa se llama la Fiesta de Todos los Santos, y se guarda en toda la Iglesia, y particularmente en la de Nuestra Señora la Rotunda de Roma, con singular regocijo y devoción; y ésta es la primera causa de la institución de esta Fiesta. Pero otras hay de no menor consideración, entre las cuales una es la obligación tan precisa que tenemos de glorificar al Señor en Sus Santos, y de honrar los mismos Santos que tan bien le supieron honrar, y nos dejaron tan raros ejemplos en Su Santidad para que los imitásemos; y ahora con Sus Oraciones nos ayudan y sustentan.

Pero siendo como son los Santos innumerables, y que por ser tantos no se pueden todos en particular y cada uno por sí celebrar, fue cosa convenientísima que se instituyese un día para que en él a lo menos los alabásemos y pidiésemos su favor, y mostrásemos la piedad y devoción que tenemos con todos, sin excluir a ninguno. Otra razón es la que se escribe en el libro llamado Orden Romano: Ut quidquid (dice) humana fragilitas per ignorantiam, aut negligentiam in solemnilatibus, el vigitiis sanctorum minus pleno peregit, in hac observatione sancta servetur: Para que todo lo que la humana fragilidad hubiere faltado entre año en las fiestas y vigilias de los Santos, ahora sea por nuestra ignorancia, ahora por nuestra negligencia, se recompense en esta Fiesta y se supla con el mayor fervor de nuestra devoción.

Otra razón es la que la Santa Iglesia nos da en la oración del Oficio Divino que reza este día: Ut desideratum nobis tuæ propitiationis abundantiam, multiplicatis intercessoribus largiaris: Para que lo que por nuestros grandes pecados no hemos podido alcanzar del Señor por intercesión de cada uno de los Santos, hoy lo alcancemos por los ruegos de aquella corte y bienaventurada compañía, que postrada delante del acatamiento de la Santísima Trinidad le representan nuestras plegarias y oraciones, y con singular afecto y caridad le piden que nos oiga y otorgue lo que por medio de tantos y tan grandes siervos y amigos Suyos le suplicamos.

Pero la principal razón de la institución de esta Fiesta es animarnos a la imitación de todos los Santos, proponiéndonos su vida perfectísima y divina, y la gloria inenarrable que por ella alcanzaron (como dice San Bernardo), para que en nuestra conversación sigamos a los que con esta tan solemne Fiesta veneramos, y corramos con grandes pasos a la bienaventuranza de los que tenemos por bienaventurados, y seamos favorecidos con el Patrocinio de los que nos recrean con sus alabanzas. Y San Agustín dice: «Aquellos de verdad celebran las gozosas fiestas de los Santos Mártires que siguen las pisadas y ejemplos de los mismos mártires. Porque no son otra cosa las solemnidades de los Mártires sino unas encendidas exhortaciones, para que no seamos perezosos en imitar lo que celebramos con gloria.» Hasta aquí son palabras de San Agustín.

Para esto la Santa Iglesia nos lee hoy en la Misa el Evangelio de las bienaventuranzas, en que nos descubre el camino por donde todos los Santos anduvieron y nosotros debemos andar: la humildad y pobreza de espíritu, la mansedumbre y lágrimas, el hambre y sed de la justicia, la misericordia y las otras virtudes que tuvieron, y juntamente el galardón y posesión de la tierra de los vivientes, y Reino del Cielo que por ellas se les dio. Y porque los ejemplos de los Santos se deben leer en las vidas particulares de cada uno de ellos, y todos se resumen y están cifrados en estas bienaventuranzas, que son los medios para alcanzar la gloria y bienaventuranza de la patria que ahora poseen (la cual, aunque con diferentes grados, es una y la misma de todos), para que más nos inflamemos al amor de la virtud, y a imitar la vida de los mismos Santos, quiero aquí tratar del inmenso gozo y gloria inenarrable que ellos poseen, pues la Santa Madre Iglesia, celebrando su Fiesta, hoy nos lo representa.

Mas, ¿qué lengua, aunque sea de los mismos Santos, podrá explicar la gloria que ellos poseen, o qué entendimiento comprender aquel Bien que solo es bien y fuente y causa de todos los otros bienes? El Apóstol San Pablo dice que el ojo no vio, ni la oreja oyó, ni el corazón del hombre comprendió los bienes que Dios tiene aparejados para los que le aman. No puede el ojo verlos, porque no tienen color, ni la oreja oírlos, porque no tienen sonido, ni el corazón humano comprenderlos, porque aquellos bienes no son humanos, sino divinos, r infinitamente exceden su capacidad. El angélico doctor Santo Tomás enseña que tres cosas, que en sí son finitas, en cierta manera son de infinita grandeza y dignidad. La primera es la humanidad de Jesucristo, Nuestro Salvador, que por ser unida en una misma Persona con unión hipostática con la Divinidad, es de infinita dignidad, y no se puede decir que Cristo es pura criatura. La segunda cosa es la Sacratísima Virgen María, Nuestra Señora, la cual, aunque en sí es pura criatura, finita y limitada, mas por ser Madre de Dios y haber concebido en sus entrañas, y parido al Verbo Eterno, que es infinito e incomprensible, tiene en sí una cierta grandeza inmensa y una prerrogativa de infinita excelencia. La tercera es la gloria y bienaventuranza de los Santos, la cual, dado que en sí sea finita y tasada, porque los mismos Santos y bienaventurados también lo son, mas en cierta manera se dice ser infinita, porque ven y gozan eternamente de aquel Bien que es infinito, y que los mismos Santos no pueden entera y perfectamente comprender. Es tan grande esta bienaventuranza que el hombre que la posee en cierta manera se hace Dios, no por naturaleza, sino por gracia y participación, a la manera que dice San Pedro: Ut efficiamini divinæ consortes naturæ: Para que seamos particioneros de la naturaleza divina. Porque así como la bondad hace al hombre que la posee bueno, la justicia justo, la sabiduría sabio, la fortaleza fuerte, la hermosura hermoso, y las otras cualidades le califican y le dan el apellido de su nombre, así dice gravemente el alto y filosófico teólogo Severino Boecio que la propiedad de la Divinidad es hacer divinos, y de la deidad hacer dioses, y que éste es el premio que da Dios a los Santos en el Cielo, que es hacerlos en cierta manera dioses; para que se cumpla aquello del real profeta: Ego dixi: Dii estis, et filii excelsi omnes; porque así como los muy poderosos reyes se sirven de los grandes de su reino, y muchas veces de los que son de casta y sangre, así Dios, Nuestro Señor, en aquella Su imperial Corte, donde todos los Santos y bienaventurados le sirven para que más resplandezca Su Soberana Majestad y grandeza, quiere que todos ellos sean reyes, y en cierto modo parientes Suyos, comunicándoles por gracia lo que Él tiene por naturaleza, a cada uno conforme su capacidad, y dándoles una cierta semejanza Suya, de la cual dice el Apóstol San Pablo: «Todos nosotros, descubierto el rostro, contemplando la gloria del Señor, seremos transformados en la misma imagen y vestidos de Su Gloria y claridad, derivada en nosotros de la claridad, y gloria que Él tiene, y seremos como un espejo que recibe y representa la imagen del que le mira.»

Y el discípulo querido del Señor dice: «Cuando el Señor se apareciere, entonces seremos semejantes a Él.» De suerte que como una gota de agua, mezclada con gran cantidad de vino, toma el color y el sabor del vino, y como el hierro encendido y hecho ascua en la fragua, quedando hierro, deja las propiedades de hierro y se viste de las del fuego, y como el aire investido y penetrado de los rayos del sol se viste de su luz y resplandece con su claridad, y como el espejo que recibe derechamente los rayos del sol nos representa una semejanza del mismo sol, así los bienaventurados, alumbrados de aquella Lumbre Divina, y vestidos de aquella inmensa Luz de Dios, participan de Su Deidad y se trasforman en Su semejanza e imagen. Esta bienaventuranza de los Santos dicen los sagrados teólogos que se divide en dos partes. La primera es la Gloria esencial, que es la más principal y sustancial parte de su bienaventuranza. La segunda es accesoria y accidental, y menos principal, como más abajo declararemos. La Gloria esencial es una total conjunción y unión del alma con Dios, purísima, amabilísima e inexplicable, colmada de todos los bienes y apartada de todos los males. Esta conjunción y unión con Dios consiste en la vista clara del mismo Dios, de la cual dice San Agustín: Quæ visio est tota merces: Que todo el premio y toda nuestra bienaventuranza es ver a Dios. Porque aunque acá en la Tierra, por ver un hombre al rey no es rey, ni por ver cosas hermosas es hermoso, ni alegre por ver cosas alegres (porque todas estas cosas son bajas y limitadas, y fuera del hombre que las ve); pero Dios es un Bien tan inmenso, tan infinito e incomprensible, y tan lleno de infinitas Perfecciones, que al que le ve en la Gloria le arrebata y trasforma en Sí, y según su capacidad le llena de Sí Mismo y de todos los bienes que posee, y con esta gloriosa vista da al alma del bienaventurado una posesión eterna de Sí y un gozo sobre todos los gozos.

De esta vista dice el glorioso padre San Agustín estas palabras: «Ahí veremos, amaremos y alabaremos: veremos en nuestra lumbre, y ¿qué lumbre veremos? Una lumbre inmensa, incorpórea, incorruptible, incomprensible, que nunca se apaga, inaccesible, increada, verdadera, divina, que alumbra los ojos de los Ángeles, y alegra y conserva en su vigor a todos los Santos, y es Lumbre de todas las lumbres, y Fuente de Vida, que sois Vos, mi Dios. Porque Vos sois aquella Lumbre en cuya Luz vemos la luz, a Vos, en Vos; y con el resplandor de Vuestro Rostro os veremos cara a cara. Ver la cara de Dios vivo es ver el Sumo Bien, el gozo de los Ángeles y de todos los Santos, el premio de la vida eterna, la gloria de los espíritus bienaventurados, júbilo sempiterno, corona de hermosura, palio de felicidad, descanso abundantísimo, hermosura de paz interior, y exterior alegría, paraíso de Dios, Jerusalén celestial, vida beatífica, cumplimiento de toda bienaventuranza, gozo de eternidad y paz de Dios, que sobrepuja todo sentido.» Todo esto es de San Agustín.

¿Qué será ver aquella Esencia tan admirable, tan simplicísima y tan comunicable, y ver en ella de una vista el Misterio de la Beatísima Trinidad? ¿Ver al Padre en el Hijo, y al Hijo en el Padre, y en el Padre y en el Hijo al Espíritu Santo? ¿Ver sin sombras ni figuras, cómo el Hijo eternamente es engendrado del Padre, cómo el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, como de un principio; cómo ninguna de las Tres Personas es mayor, ni menor, ni más noble, ni menos noble que la otra; cómo el Padre no fue antes del Hijo, ni el engendrado es después del que le engendró; mas todas las Tres Personas son en todo iguales, coeternas y de infinita excelencia y dignidad? Allí ven aquel nudo indisoluble con que la divina naturaleza se juntó con la humana en una persona de Jesucristo, y de tal manera se unió el que es Infinito con lo finito, y Dios con el hombre, que se puede con verdad decir, hablando de Cristo, Dios es hombre, y el hombre es Dios. En esta visión de la Santísima Trinidad y del Misterio de la Encarnación del Verbo eterno consiste principalmente la bienaventuranza.

Pero no solamente los Santos ven a Dios en Dios, sino también ven a sí en Dios, y todas las cosas en Dios. Porque, como dice San Fulgencio, así como el que tiene un espejo delante ve el espejo y ve a sí mismo en el espejo, y ve todas las otras cosas que están delante del espejo, así los Santos, teniendo aquel espejo sin mancilla de la Majestad de Dios, ven a Él, y se ven en Él y todo lo que está fuera de Él, según el conocimiento mayor o menor que tienen de Él. Porque así como acá todas las criaturas son como un espejo (aunque oscuro e imperfecto) que nos representan a Dios, así allá el mismo Dios es como un Espejo lucidísimo, clarísimo y perfectísimo, que con una simplicísima vista representa a los bienaventurados todas las excelencias y propiedades de las criaturas, mucho más perfectamente que no están en ellas. Y los secretos y misterios escondidos de Dios, que los sabios y más altos ingenios, quemándose las cejas y quebrándose las cabezas, no pueden con todo su estudio y diligencia rastrear, escudriñar, ni de mil partes investigar, allí los ven claramente en Su Fuente y alcanzan el cumplimiento de su deseo. Allí ven como la tierra, el agua, el aire y fuego y todos los elementos fueron criados de nada; y el cielo adornado de tantas y tan esclarecidas lumbres y estrellas; y cada cosa colocada en su lugar con admirable orden y armonía.

Allí ven la sapientísima y maravillosa distinción, hermosura y disposición de los nueve Coros de los Ángeles repartidos en tres jerarquías. Allí ven como todas las gracias naturales y sobrenaturales de tal manera se derivan de aquella Fuente manantial y perenne, y descienden en las criaturas, que no se apartan jamás de su fuente (como el río de su origen), sino que siempre están en ella enteramente, como una luz que se comunica y se reparte en muchas luces, sin algún detrimento suyo o disminución. Ven como todos los dones de Dios siempre son nuevos, porque en Él no hay diferencia de tiemp0s, ni pasado ni porvenir, mas una eternidad, tiempo sin tiempo muy presente. Ven como siendo Dios un Bien simplicísimo, inconmutable e indivisible, unos participan de Él más y otros menos, a guisa del sol, que comunica más o menos su calor y su luz, según la disposición que halla. Pues ¿qué diré de los secretos Juicios de Dios y de los maravillosos efectos de Su Divina Providencia, que son un abismo sin suelo, y no se pueden apear, y agotan el humano entendimiento? ¿Por qué en esta vida uno es rico, otro pobre; uno sano, otro enfermo; uno robusto, otro flaco; uno hermoso y otro feo; uno de agudo y otro de rudo ingenio, y lo que es más, por qué una criatura muere antes del bautismo y va al limbo, y otra en recibiendo el bautismo, vuela al Cielo? ¿Por qué a uno de los ladrones que fueron crucificados con Cristo le dio tan extraordinaria Gracia para que le conociese y le confesase por Dios, y al otro dejó morir en su pecado? ¿Por qué permitió que cayese Judas en tan detestable y horrible maldad, y guardó a los demás Apóstoles para que no cayesen en ella? ¿Por qué (como escribe San Agustín) el bueno es pobre, y el malo es rico, y el malo anda alegre y contento, y el bueno triste, congojado y afligido? ¿Por qué el inocente y sin culpa sale del juicio condenado, y el perverso acusador triunfa y se alaba de haberse vengado del que no lo merecía; el pecador tiene entera salud, y el justo está consumido y podrido de enfermedades? ¿Por qué los que daban esperanza de ser provechosos con sus vidas son arrebatados de la muerte antes de tiempo, y otros, que no parece que habían de nacer, se logren y vivan largos años? ¿Por qué está asentado en el trono y sublimado en honra y dignidad el que es oprobio y escándalo de la república, y el que es justo, pacífico y provechoso está arrinconado y sepultado en perpetuo olvido?

Finalmente, allí ven que todas las obras de Dios son mezcladas con Justicia y con Misericordia, y que de todas saca el Señor Su Gloria; y que si permite algunas que a nuestros ojos flacos parecen desbaratadas y fuera de camino, no lo son, sino muy acertadas y convenientes para mayor bien nuestro, y gloria y ensalzamiento del que con tanta providencia y deseo de nuestro provecho las permite. Y no las permitiría, ni los males que vemos, si no fuesen instrumentos de los mayores bienes y materia para amplificar la Gloria de Dios, que por su gran Sabiduría e inmensa Bondad de los mismos males saca mayores bienes.

De la envidia de los hijos de Jacob, con que vendieron a los ismaelitas a José, su hermano, sacó la salud y remedio de los mismos hermanos que le habían vendido; de la muerte tan acerba e ignominiosa de Jesucristo, Nuestro Salvador, la Redención del mundo; del pecado de San Pedro, humildad para él y misericordia y compasión para nosotros; de la incredulidad de Santo Tomas, firme testimonio de nuestra fe; de la crueldad de los tiranos que perseguían la Iglesia, la gloria y constancia de innumerables mártires, la confirmación del Evangelio y ejemplo de todos los fieles. No hay contador tan diestro y ejercitado que pueda contar ni sumar las cosas que los Santos ven en la Divina Esencia, ni orador, por elocuente que sea, que las pueda explicar; ni entendimiento de hombre que las pueda imaginar; las cuales todas comprenden los Santos en una sola, simplicísima e indecible vista. De la cual nace un amor tan encendido, tan abrasado y tan fervoroso, que el alma bienaventurada se hace fuego por la participación de aquel incendio y Fuego Divino del Señor; de quien se dice que es Fuego que consume y convierte todas las cosas en Sí, y siempre arde y nunca se acaba. De este amor resulta la fruición y gozo inenarrable en la misma alma por la unión de su entendimiento con aquel Mar Océano de inmensa Sabiduría, y de su afecto y voluntad con el Sumo Bien, con el cual está tan abrazada, y tan apretada y asida que no se puede desasir. Ésta es la gloria esencial de los Santos, declarada, no como ella es (porque esto es imposible), sino como un rasguño y cosa mal pintada, a la manera que nuestra flaqueza, en la oscuridad de la noche de esta vida y de las tinieblas de nuestra ignorancia, por un vislumbre puede explicar.

No se acaba en este Sumo Bien el bien de los Santos, ni su gloria en la gloria que tienen con la vista, posesión y gozo del Sumo Bien; antes de este Sumo Bien, como de Su Fuente, manan otros cuatro bienes que pertenecen a la bienaventuranza accidental, segundaria y menos principal; los cuales son la gloria de sus cuerpos, la hermosura y excelencia del lugar donde están, la compañía de tantos cortesanos del Cielo, y la certidumbre de que aquella gloria será eterna y durará mientras que Dios fuere Dios. Porque primeramente de aquella gloria copiosísima y abundantísima del alma redunda en el cuerpo del bienaventurado toda la gloria, resplandor y hermosura de que él es capaz; y con una sujeción singular, hermandad y obediencia a la misma alma, que el cuerpo (como si no fuese corporal, sino espiritual) así la sigue en todo sin contradicción ni repugnancia. De manera, que así como mientras que vivimos acá en la Tierra (por ser nuestra alma forma del cuerpo y tan hermanada con él) parece que es de carne y con el peso de su mismo cuerpo se inclina y es tirada hacia bajo; así en el Cielo la carne, vestida de la gloria del espíritu, se levanta y sube a lo alto, y en cierta manera se convierte en espíritu. Y para esto da Dios al cuerpo cuatro dotes maravillosos, que son (conforme a la doctrina de San Pablo y de los teólogos) agilidad, sutileza, impasibilidad y claridad. La agilidad será tan grande y tan admirable, que a un abrir de ojos se hallará el cuerpo del bienaventurado donde su alma querrá. No hay caballo tan ligero que así corra, ni águila que así vuele, ni saeta que vaya con tanta velocidad, ni el mismo sol (que en tan pocas horas hace su curso y da vuelta al mundo), que se pueda comparar con la presteza con que el cuerpo glorificado se hallará donde quisiere. La sutileza será tanta, que no hay aire tan delicado, ni rayo de luz tan sutil, ni voz de hombre, ni cosa alguna de la tierra tan penetrante que la sutileza del cuerpo glorioso con grandes ventajas no la exceda. Pues ¿qué diré de la impasibilidad? Que es tanta, que a la manera que el rayo del sol no se puede con espada cortar, ni ahogarse en el agua, ni quemarse en el fuego, ni ensuciarse o mancharse con inmundicia alguna, así el cuerpo glorioso no puede padecer ni recibir lesión o daño alguno. ¿Qué de la claridad? Que sobrepuja a la de las estrellas, de la luna y del mismo sol; y todas las cosas claras y relucientes de acá son oscuridad cotejadas con ella. Esto toca a la gloria de los cuerpos de los bienaventurados. Mas, para declarar la excelencia, grandeza, riqueza y hermosura de aquel palacio real y morada perpetua de los Santos, sería menester que bajase uno de ellos del Cielo, y que como testigo de vista nos la pintase y nos la pusiese delante de los ojos. Porque el asiento de esta ciudad es sobre todos los cielos, y la anchura y grandeza de ella excede toda medida. Y si hay algunas estrellas que, según los astrónomos, son mayores sesenta y ochenta veces más que toda la Tierra, ¿qué tan grande será aquel Cielo que abraza a todas las estrellas y todos los cielos? No hay grandeza en el mundo que con ésta se pueda comparar. Y por esto el profeta Baruch, admirado de esta grandeza, atónito y como fuera de sí, exclamó y dijo: «¡Oh, Israel!, ¡cuán grande es la Casa de Dios e inmenso el lugar de Su Trono y asiento! Grande es y no tiene término; excelso es e inmenso.» Pues si preguntas por las labores de su edificio, no hay lengua que lo pueda explicar; porque si esto que parece por de fuera a los ojos mortales es tan hermoso, ¿qué será lo que allá está guardado a los ojos inmortales? Y si acá en este mundo visible nos deleita tanto la hermosura de la tierra, la llanura de los campos, la altura de los montes, la verdura de los valles, la frescura de las fuentes, la gracia de los ríos repartidos como venas por todo el cuerpo de la tierra, y sobre todo la anchura de los mares, poblados de tantas diversidades y maravillas de cosas, ¿qué será en aquella Casa Real y en aquel sacro Palacio que Dios edificó para solar y gloria de Sus escogidos?

De este lugar sobre todas las cosas lindo, admirable y divino, dice San Pedro Damián unas palabras recogidas de diversos y varios lugares de San Agustín, que quiero poner aquí. «¿Quién (dice) podrá explicar la alegría de aquella Patria soberana, donde los edificios son todos de piedras preciosas y vivas, y los tejados están cubiertos de oro purísimo, y las salas resplandecientes con maravillosa claridad, y toda la obra es de piedras de inestimable valor, y las calles de esta ciudad son enlosadas de oro más puro que el cristal, sin polvo, ni lodo, ni inmundicia alguna, en donde la aspereza del invierno y el ardor de estío no tienen lugar, antes las flores y rosas que no se marchitan hacen una perpetua primavera? Allí blanquean las azucenas y brotan mil fuentes de bálsamo, los prados están siempre verdes, y los sembrados hermosos, y corren ríos de miel en grande abundancia, y los ungüentos suavísimos y aromáticos echan de sí muy olorosa y divina fragancia. Allí las manzanas lindísimas están colgadas en aquellos bosques floridos para siempre. En aquella ciudad no hay variedad en la claridad de la luna, del sol y de las estrellas. Porque el Cordero es el que la alumbra sin jamás esconderse, y por eso no hay noche ni sucesión de tiempo, sino un día constante y perpetuo, y cada uno de los Santos resplandece como un sol.» Hasta aquí son palabras de San Pedro Damián, las cuales se han de entender, no como suenan materialmente, sino por otra manera más alta, barruntando y sacando por estas cosas que nosotros conocemos, y en que acá nos deleitamos, cuánto más espirituales y excelentes son las de allá.

Pues ¿qué diré de los ciudadanos de esta ciudad, de su muchedumbre, de su nobleza, de su buena condición y de la caridad y concordia que tienen entre sí? El número es sin número y tan grande, que San Juan en el Apocalipsis dice que vio en espíritu una innumerable compañía de bienaventurados, que no bastaría nadie para contarlos, la cual había sido recogida de todo el linaje de gentes y pueblos, y lenguas, y estaban en presencia del Trono de Dios y de Su Cordero, vestidos de ropas blancas y con palmas triunfales en las manos, cantando a Dios cantares de alabanza. Con lo cual concuerda lo que el profeta Daniel significa de este sagrado número, diciendo en el Cap. 7: «Millares de millares servían al Señor de la Majestad, y diez veces cien mil millares asistían delante de Él. Y con ser tantos, no hay entre ellos confusión, antes cuanto es mayor el número, tanto es mayor el orden y armonía. Porque cada uno con maravilloso concierto está en su lugar y gloria, según su merecimiento.»

Pues ¿qué diré de la nobleza de estos ciudadanos del Cielo, siendo (como son) todos reyes e hijos de Dios? ¿Qué de su condición suavísima, de su unión y concordia entre sí? Todos ellos son una ánima y un corazón; y así viven en tanta paz, que la misma ciudad tiene por nombre Jerusalén, que quiere decir visión de paz. Allí la virtud de la caridad (a la cual pertenece hacer todas las cosas comunes) está en toda su perfección, y todos los Santos más unidos entre sí que los miembros de un mismo cuerpo. Porque todos participan de un mismo espíritu que les da un mismo ser y una bienaventurada vida. Pues siendo esto así, ¿qué gozo tendrá allí un bienaventurado de la gloria de todos los otros, pues a cada uno de ellos ama como a sí mismo? Porque, como dice San Gregorio, aquella heredad celestial para todos es una y para cada uno toda. Porque de los gozos de todos recibe cada uno tan grande alegría como si él mismo los poseyese, y (como dice San Agustín) si en el corazón del hombre apenas puede caber el gozo que tiene de su solo bien, ¿cómo cabrá en él la inmensidad de tantos y tan grandes gozos que tendrá del número casi infinito de los bienaventurados? Porque cierto es, que cuanto el hombre ama a otro, tanto se goza de su bien. Si supiésemos que un gran Santo ha bajado del Cielo como un San Pedro o San Pablo, San Juan Bautista o San Juan Evangelista, u otro cualquiera de aquellos grandes príncipes de la corte celestial, y que está entre nosotros, y que por algún rato le podríamos hablar y tratar familiarmente, ¿quién no se desembarazaría de todos los otros negocios por verle, por oírle y comunicar sus cosas con él? Y si la que hubiese bajado fuese la Reina de todos los Ángeles y de todos los Santos, Nuestra Señora, la Virgen María, ¿con cuánta mayor devoción y cuidado nos daríamos prisa para gozar de Su gloriosa vista, y aunque fuese por breve tiempo recrearnos con Su presencia? Pues ¿qué júbilo, qué gozo y qué alegría debe tener una ánima que puede tratar, no con un bienaventurado, sino con todos los Santos que están en el Cielo, no por una hora ni por breve tiempo, sino toda la eternidad, y conversar con ellos como con compañeros, como con hermanos, con amigos y miembros unidos de un mismo cuerpo con tan estrecha caridad?

¿Qué será gozar de los más altos espíritus y más allegados a Dios, que son los Serafines, y de la caridad de su contemplación y del muy ferviente ardor de su amor? ¿Qué de los Querubines, donde están encerrados los tesoros de la Sabiduría de Dios? ¿Qué de los Tronos y Dominaciones, y de todos los otros Coros de los Ángeles? ¿Qué de los Santos Patriarcas, qué de los Profetas, qué del Colegio de los Doce Apóstoles, que son los doce fundamentos y las doce puertas de aquella Santa Ciudad? ¿Qué de aquel ejército glorioso de los Mártires, vestidos de ropas blancas, con sus palmas en las manos y con las insignias de sus victorias y triunfos? ¿Qué de aquella escuela de sapientísimos Doctores, de perfectísimos Prelados, de humildes y penitentes Confesores, y de aquel Coro más blanco que la nieve de Vírgenes purísimas, y de la bienaventurada compañía de las viudas y casadas y continentes, y finalmente, de toda aquella muchedumbre de todas las Almas escogidas de Dios, que desde el principio hasta el fin del mundo en cualquier estado, condición y edad ha habido? Pues ¿qué será ver en Su Trono a la serenísima Reina de los Ángeles, que sola Ella hace coro por sí, porque no tiene par ni semejante? ¿Qué ver la Santísima Humanidad de Jesucristo, que preside sobre todos como Rey y Cabeza, y Príncipe universal de todos los Santos, y está sentado a la diestra de la Majestad de Dios en las alturas?

¿Qué será sobre todo eso ver las fiestas y triunfos que cada día se celebran con los nuevos hermanos, que vencido ya el mundo y acabado el curso de su peregrinación entran a ser coronados con ellos? ¡Oh, qué gozo se recibe de ver restaurarse aquellas sillas y edificarse aquella ciudad, y repararse los muros de aquella noble Jerusalén! ¡Con cuán alegres brazos los recibe toda aquella Corte del Cielo, viéndolos venir cargados de los despojos del enemigo vencido! ¡Oh, cuán dulcemente sabe entonces el fruto de la virtud, aunque un tiempo amargas sus raíces! Dulce es la sombra después del resistero del medio día, dulce la fuente al caminante cansado, dulce el sueño y reposo al que mucho ha trabajado; pero más dulce a los Santos la paz después del peligro, y el descanso perdurable después de la fatiga de los trabajos de esta vida, como bien dice el padre fray Luis de Granada.

Pero ¿qué es todo esto que decimos, o todo lo que podemos decir con nuestra lengua de carne y tartamuda, de la gloria de los Santos y de aquel Sumo Bien que solos los que le poseen le conocen? El cual más es para ser considerado y contemplado con atenta y continua meditación, que no para ser escrito. Porque a las almas nobles y generosas ninguna cosa les enciende más al menosprecio de la Tierra y al aprecio y deseo del Cielo que la consideración de lo que hay en él, y Dios ha aparejado para los que de veras le aman?

Para rastrear algo de esto se puede tomar uno de tres caminos. El primero, considerando la grandeza, el poder, excelencia y riquezas infinitas de este Rey Soberano, y que aquella es su Corte y Palacio real, fabricado para manifestar Su Gloria en Él y honrar a todos Sus escogidos, y galardonar los servicios que de ellos ha recibido. Porque así la medida de la grandeza y majestad de los reyes debe ser el resplandor de Su Gloria y de Su Corte; siendo Dios Todopoderoso y el que con sola una Palabra creó esta máquina tan admirable del mundo, y con otra sola le puede destruir, ¿qué tan grande pensamos que será la fiesta y el convite que tiene aparejado para manifestar Su Grandeza? ¿Qué tal será la obra en que concurren la Omnipotencia del Padre, la Sabiduría del Hijo y la Bondad del Espíritu Santo; donde la Bondad quiere, la Sabiduría ordena, y la Omnipotencia puede todo aquello que quiere la Infinita Bondad y ordena el Infinito Saber, aunque todo esto sea uno en todas las Divinas Personas? Si la casa y corte del rey Salomón de tal manera admiró y robó el corazón de la reina Sabá, que casi la sacó de sí y la hizo perder los pulsos, ¿qué será el Palacio y Corte del verdadero y pacífico Salomón, en cuyo muslo está escrito: «Rey de los reyes y Señor de los señores?» Y si el rey Asuero celebró aquel solemnísimo convite en la ciudad de Susa con tanta opulencia y grandeza para descubrir por este medio a todos sus reinos, sus riquezas, tesoros y poder, ¿cuánto más aventajado será aquel Banquete real y divino que Nuestro Dios, no por espacio de ciento y ochenta días, como Asuero, sino de toda la eternidad, hace para manifestar en Él la inmensidad de Sus riquezas, de Su sabiduría, de Su largueza y de Su bondad, y juntamente para glorificar en el Cielo a los que le honraron en la Tierra? Porque si aun acá en esta vida, que no es propia de galardón, sino de trabajo, honra Dios tanto a Sus Santos, ¿qué tal será la gloria que Él tiene deputada para honrarlos y para ser honrado en ellos, y para pagar los servicios que le hicieron? Porque Dios en todas las cosas ha de ser Dios: Dios en honrar a los Santos, y Dios en pagar, y Dios en todo lo demás; y así la paga que da es el mismo Dios: porque no hay otra que sea digna de los trabajos que con Su Gracia tomaron los Santos por Su servicio.

Y si la magnificencia de este Señor es tan copiosa que ha dado tantas diferencias de cosas indiferentemente a los justos e injustos, ¿qué bienes tendrá guardados para solos los justos? Quien tan graciosamente dio a todos la común posesión de este mundo sin deberlos, ¿qué tesoros dará a quien los tuviere debidos? Quien tan liberal es en hacer mercedes, ¿cuánto más lo será en pagar servicios? Y si en esta cárcel provee a todos con tanta abundancia, ¿qué hará con Sus escogidos en Su Palacio real? Y si en este día de lágrimas tanto nos consuela, ¿qué hará en el día regocijado de las Bodas? Espiritualmente considerado lo que esta gloria cuesta al hombre y mucho más lo que costó a Dios; porque al hombre le cuesta todo cuanto tiene, cuéstale llevar perpetuamente su cruz, abnegar su voluntad y mortificar los apetitos de su carne, hacer diversión con todos los gustos y deleites contrarios a la Ley de Dios, y ofrecérsele en sacrificio y holocausto. Y con hacer el hombre de su parte todo cuanto puede, dice Dios que le da la gloria de balde; y así dice por San Juan: «Yo Soy Principio y Fin de todas las cosas; Yo daré al que tuviere sed a beber agua de vida de balde.» Pues ¿qué bien será aquel por el cual tanto nos pide Dios, y después de todo esto dado dice que nos le da de balde? ¿Qué bien será el que compró San Juan Bautista con tan larga y áspera penitencia de toda la vida, y con su muerte, dando su cabeza por predicar la verdad; el bien que compró San Pedro con su cruz, San Pablo con su sangre, e innumerables mártires con exquisitos y tan atroces géneros de tormentos y muertes (de los cuales unos fueron apedreados, otros aserrados, otros asados, otros desollados, y todos cruelísimamente consumidos y acabados) si después de haber padecido lo que padecieron se les dio este bien de balde? Porque mirando lo que nuestras obras por sí valen, y no por el valor que tienen por parte de la Gracia, no pueden llegar a merecerlo; y porque es tan grande y tan inmenso, que por mucho que se dé por él de nuestra parte, parece que el que le compra le lleva de balde.

Pero aun mucho más se echa de ver la grandeza de la gloria de los Santos por el precio que para dársela quiso Dios, que es la Sangre y Muerte de Su Bendito Hijo. De manera, que por la muerte de Dios se da al hombre vida de Dios, por las tristezas de Dios, alegría de Dios, y por haber estado Dios desnudo entre dos ladrones en una Cruz, se da al hombre que esté vestido de gloria entre los Coros de los Ángeles. Pues ¿qué bien será el que se compró con un precio tan precioso e inestimable, y qué gloria la que se compró con la ignominia de la Cruz del Unigénito Hijo de Dios? No hay cosa que así nos declare la Grandeza de aquel Sumo e Infinito Bien, como el Precio infinito que por Él se dio, por el cual nuestras obras (que de su cosecha no tienen valor) le cobran y merecen la vida eterna. Y ésta es la primera manera de estimar Su Grandeza e Inmensidad.

Otra manera es por los males que en esta vida padecemos, los cuales y todos los otros que se pueden imaginar están desterrados de aquella bienaventurada y gloriosa eternidad. Las miserias y calamidades de esta vida frágil y mortal son tan grandes y tan sin cuento, que ellas mismas nos predican la felicidad y la gloria de la otra que esperamos. La pobreza, la enfermedad, la tristeza, la infamia, la muerte, el dolor, los agravios, injusticias, peligros, desastres, y finalmente el diluvio de desventuras y miserias que por todas partes nos cercan, no son sino unos despertadores y como unas voces del Cielo que nos avisan que no es ésta nuestra patria, sino lugar de destierro, valle de lágrimas y cárcel oscura y penosa en que vivimos, o por mejor decir, cada día morimos, hasta que lleguemos a aquella verdadera Vida que es vida vital.

Porque de esta vida presente dice el glorioso Padre San Agustín estas palabras: «Mucho me cansa, Señor, esta vida, y me angustia esta prolija y triste peregrinación. Mas ¿por qué la llamo yo vida y no muerte, pues es vida falsa y muerte verdadera? Esta vida es vida miserable, vida frágil, vida incierta, trabajosa, inmunda, señora de los pecadores y reina de los soberbios, llena de afanes y de engaños, y que más se puede llamar muerte que vida, pues cada momento morimos, y con los acaecimientos varios de esta nuestra mutabilidad cada hora nos acabamos con diversos linajes de muerte. ¿Cómo podemos llamar vida a ésta que vivimos, pues los humores la alteran, los dolores la enflaquecen, los calores la secan, el aire la inficiona, el manjar la corrompe, el ayuno la fatiga, los placeres la trastornan, los pesares la consumen, el cuidado la ahoga, la seguridad la destruye, las riquezas la levantan, la pobreza la derriba, la juventud la desvanece, la vejez la aflige, la enfermedad la quebranta, la tristeza la acaba, y a todos estos males sucede la muerte furiosa por remate y fin de todos los contentos de esta frágil y miserable vida, de manera que cuando se acaba parece que no ha sido? Esta tal vida, muerte viva se puede llamar, o vida mortal.» Y contraponiendo a esta penosa vida la otra que esperamos en otro lugar, dice: «¡Oh, vida que el Señor ha aparejado a los que le aman, vida vital, vida bienaventurada, vida segura, vida tranquila, vida hermosa, vida limpia, vida casta, vida santa, vida que no se sabe que es muerte ni tristeza, vida sin mancilla, sin dolor, sin congoja y corrupción, sin turbación, sin variedad y mudanzas, vida llena de lindezas y majestad, donde no hay enemigo que persiga, ni flaqueza de carne que ablande, sin algún temor, y un día eterno, y uno el espíritu de todos, a donde Dios cara a cara se ve, y con este suavísimo manjar de vida el alma se harta sin hastío!» Hasta aquí son palabras de San Agustín.

De suerte que todos los males y molestias de esta vida nos deben ser motivos y estímulos para desear la otra y anhelar a ella como a puerto seguro, a donde no llegan las alteraciones y tormentas de este mar tempestuoso, ni las miserias que en él tanto nos fatigan. Y los mismos males, cuando los padecemos, nos deben consolar con la esperanza que se acabarán presto, y que sufridos con paciencia nos llevarán al lugar de descanso y alegría, donde no hay rastro ni memoria de aquellos ni de otros algunos. Y no solamente los males que sufrimos, sino también los bienes de que gozamos en esta vida, nos pueden ser incentivos para levantar el corazón a nuestra Patria y para conjeturar algo de la gloria y felicidad de los Santos. Y éste es el tercer modo de que podemos usar para considerarla y entender algo de ella. Porque así como San Dionisio Areopagita y los sagrados teólogos enseñan que hay dos maneras para conocer a Dios, una afirmativa que afirma y confiesa que todas las perfecciones de todas las criaturas están juntas con infinita eminencia y ventaja en el Creador, y otra negativa que niega todas las perfecciones de Dios, y no de la manera que nosotros las concebimos y se las atribuimos, sino por otra manera más alta y muy diferente de lo que todos los entendimientos creados pueden alcanzar, así de la gloria de los bienaventurados, por una parte hemos de apartar y negar todo mal y confesar que no le hay ni lo puede haber en ella, y por otra atribuirle todo el bien que se puede imaginar o desear. Y así cuando el hombre está contento y se goza de tener vida, salud, fuerzas, hermosura, nobleza, cargos, estados, dignidades; cuando se deleita en la vista de cosas amenas y lindas, en oír músicas concertadas y de excelentes voces, en oler cosas olorosas y suaves, en gustar las dulces y sabrosas, en tocar las blandas y delicadas, y mucho más cuando el entendimiento se alegra por la especulación y conocimiento de aquella verdad, y la voluntad por el amor y cumplimiento de su deseo en alcanzar algún gran bien, de su mismo contento puede sacar el contento que tendrá en el Cielo, donde todos los contentos están juntos y amontonados en uno, y todas las cosas que acá nos le dan sin comparación y con infinitas ventajas allá son más perfectas y más excelentes y divinas. Porque aquella Vida es una vida sobre toda vida, y una Luz sobre toda luz, que no ven nuestros ojos, y una Hermosura sobre toda hermosura que no alcanzan nuestros entendimientos, y una Suavidad que sobrepuja toda suavidad, que no alcanzan nuestros sentidos. Y por esto todas las cosas que nosotros podemos entender, pensar o imaginar de aquella incomparable gloria y bienaventuranza de los Santos son tan cortas y tan rateras y semejantes a las de acá, que con verdad más se las debemos negar que atribuir. A la manera que San Dionisio, y aun el filósofo Platón, hablando de las perfecciones divinas dicen que Dios no es bueno, sino Sobre Bueno; que no es poderoso, sino Sobre Poderoso; que no es sabio, sino Sobre Sabio; a este modo nosotros, cuando por las cosas hermosas que vemos, se levantare nuestro corazón a contemplar la hermosura de la Corte del Cielo, entendamos que no es hermosa, sino Sobre Hermosa; que no es resplandeciente, sino Sobre Resplandeciente; y lo mismo debemos hacer en todas las cosas en que nos deleitamos, para hacer diferencia del gusto del Cielo al de la Tierra.

Y para resumir en pocas palabras a nuestro modo de entender la gloria de los Santos, hagamos cuenta que un hombre de muy lindo entendimiento y de afecto compuesto y moderado se pusiese atentamente a trazar una vida quieta, sosegada, apacible, deleitable y llena de todos los bienes que se pueden desear, y exenta de todos los males que le pueden inquietar y turbar. Si al paso que este hombre va trazando esta vida bienaventurada ella se fuese haciendo, y Dios se la fuese dando sin faltar punto de lo que él va imaginando y desea, especialmente si supiese que aquella vida para siempre le ha de durar en un mismo tenor, sin alteración ni disminución, ni mengua, ni temor de perderla, ¡qué felicidad tendría este hombre, qué gozo, qué deleite, qué alegría! Pues infinitamente es mayor que éste el bien que tiene cada uno de los Santos en el Cielo. Porque la traza de este bien y de su gloria no la hizo hombre mortal, frágil y finito, que en su dibujo y modelo se puede engañar, sino el mismo Dios, que es Sapiencia infalible, y el objeto de Su Bienaventuranza, y el que la ordenó ante todos los siglos, y quiso ser el Donador y el Don, el Galardonador y el Galardón, el que corona y la corona de todos Sus escogidos, y, como dice San Anselmo, el que mereciere reinar con Dios, todo lo que quisiere será en el Cielo y en la Tierra, y todo lo que no quisiere no será en la Tierra, ni en el Cielo, porque la gloria no es otra cosa sino un perfectísimo cumplimiento de la Voluntad del justo, y un gozo de todos los gozos, y un gusto de todos los gustos, y un bien de todos los bienes, sin mezcla de algún mal, y con seguridad que durará por toda la eternidad.

Y esta seguridad es la cuarta cosa que arriba dijimos que pertenece a la gloria accidental de los Santos, y sola ella basta para robar nuestros corazones e inflamarlos del amor de tan gran Bien que sabemos que jamás se acabará, ni se puede acabar, como se acaban todos los de la Tierra; los cuales además de ser frágiles, caducos, falsos, engañosos y muchas veces torpes y sucios, por mucho que duren, no pueden durar más que la misma vida, que es tan breve y momentánea. Pues si tales y tan grandes bienes promete Dios en premio de la virtud, ¿cuál es el ciego y desatinado que no se entregue a ella con esperanza de tan grande galardón?  «¿En qué te andas (dice el Padre Fray Luis de Granada), ¡oh, hombre miserable!, por la tierra de Egipto, buscando pajas y bebiendo en todos los charquillos de agua turbia, dejando aquella vena de felicidad y fuente de aguas vivas? ¿Por qué andas mendigando y buscando a pedazos lo que hallarás recogido y aventajado en este todo? Si deleites deseas, levanta tu corazón y considera cuán deleitable será aquel bien que contiene en sí los deleites de todos los bienes. Si te agrada esta vida creada, ¿cuánto más aquella que todo lo creó? Si te agrada la salud hecha, ¿cuánto más aquella que todo lo hizo? Si es dulce el conocimiento de todas las criaturas, ¿cuánto más el mismo Creador? Si te deleita la hermosura, Él es de cuya hermosura el sol y la luna se maravillan. Si el linaje y la nobleza, Él es el primer origen y solar de la nobleza. Si larga vida y santidad, allí hay Santidad y largura de días. Si hartura y abundancia, allí está la suma de todos los bienes. Si música y melodía, allí cantan los Ángeles y suenan dulcemente los órganos de los Santos de la Ciudad de Dios. Si te deleitan las amistades y la buena compañía, allí está la de todos los escogidos hechos un ánima y un corazón. Si honras y riquezas, gloria y riquezas hay en la Casa del Señor. Finalmente, si deseas carecer de todo género de trabajos y penas, allí es donde está la libertad y exención de todas ellas.» Todo esto es de este autor.

«Ciertamente (dice el Padre San Agustín) si nos fuese necesario padecer cada día tormentos, y sufrir por algún tiempo las penas del infierno para ver al Señor en Su Gloria, y gozar de la compañía de Sus escogidos, sería bien empleado pasar todo esto por gozar de tanto bien.» Y añade más: «Si para esto son menester trabajos, desde aquí os llamo a todos los trabajos del mundo que vengáis a dar sobre mí. Lluevan sobre mí dolores, fatíguenme enfermedades, aflíjanme tribulaciones, persígame uno, inquiéteme otro, conjúrense contra mí todas las criaturas, sea yo hecho oprobio de los hombres y desecho del mundo. Desfallezca en dolores mi vida, mis años con gemidos, con tal que después de esto venga yo a descansar en el día de la tribulación y merezca subir a aquel pueblo guarnecido y hermoseado con tanta gloria.» Todo esto es de San Agustín, que habla como quien tan bien entiende la brevedad y sueño de todas las cosas prósperas y adversas de esta vida, y la eternidad y firmeza de la que esperamos.

Pues esta sola consideración (aunque faltasen todas las otras, que son tantas y tan eficaces) debería bastar para dar (con la gracia del Señor), de mano a todos los vicios y abrazarnos con la virtud, y para romper las cadenas de nuestros apetitos desordenados, que nos tienen tan aprisionados y cautivos, y resistir a todos los combates de Satanás, a las blanduras de la carne, a los engaños y asaltos del mundo, a imitar a los innumerables y bienaventurados cortesanos del Cielo, que con tanto espíritu, valor y constancia nos abrieron el camino, y fueron delante de nosotros, y desde aquellas sillas reales nos convidan para que los sigamos, y nos muestran sus coronas y ayudan con sus oraciones. Para esto se celebra hoy la Fiesta de Todos los Santos; para esto se nos representa la gloria que ellos poseen, sus victorias y coronas, sus trofeos y triunfos. Saludémoslos a todos juntos, y cada uno por su nombre, y pidámosles el sufragio de su oración: saludemos también a muestra dulce Patria como peregrinos que andan desterrados de ella; enviémosle con los ojos el corazón, y digamos: «¡Oh, dulce Patria!, ¡oh, Tierra de los vivientes! Dios te salve, Puerto seguro, refugio de las almas acosadas, Paraíso de deleites, Reino de Dios, Casa de bendición, Palacio del Rey Soberano, Corte de inmensa majestad, Jardín de flores eternas, Plaza de todos los bienes, Premio de todos los justos, centro y fin de todos nuestros deseos. Dios te salve, Madre nuestra, Esperanza nuestra, Bienaventuranza nuestra, por quien suspiramos y damos gemidos y peleamos. Y vosotros, Santos bienaventurados y gloriosos, volved vuestros piadosos ojos sobre estos vuestros pobrecitos siervos y miserables hermanos, y desde vuestro triunfal Palacio mirad este triste valle de lágrimas en que vivimos. Peleado habéis y sufrido grandes batallas y salido de ellas con victorias; pues ayudad a los que ahora peleamos para ser con vosotros vencedores. En el Puerto estáis, no desamparéis a los que al presente nos hallamos en las tormentas y peligros en que vosotros muchas veces os hallasteis. Estáis en la Patria y gozáis de Dios; socorred a los que todavía estamos desterrados y vamos peregrinando por llegar a esa eterna Morada. Ya tenéis vuestra cosecha llena, colmada y abundante; favoreced a los que ahora siembran con lágrimas para recoger con alegría. Carne nuestra sois y huesos de nuestros huesos; probado habéis nuestra flaqueza y el poder, astucia y braveza del común enemigo; pues apiadaos de nosotros, y suplicad al común Señor que nos dé Gracia para pelear con Él de tal manera, que merezcamos llegar a ese Puerto de tranquilidad y dulcísima Patria nuestra, y recibir la corona y el copiosísimo fruto de nuestros pequeños trabajos. »

De la dedicación de esta Fiesta de Todos los Santos hacen mención el Martirologio romano y todos los demás, y de ella hay algunos sermones con nombre de San Bernardo y de Pedro Damián. De la gloria de los Santos escriben muchos autores, y especialmente el Padre Fray Luis de Granada en diversos lugares de sus obras, y trata esta materia con el espíritu, doctrina y elocuencia que suele las demás.

(P. Ribadeneira.)


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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29 de Septiembre: Historia de Nuestra Señora de Los Dolores de Licheń (1813)

29 de Septiembre 
Años: 1813 y 1850 / Lugar: LICHEŃ, Polonia
Apariciones de Nuestra Señora de Los Dolores de Licheń
Videntes: El soldado Tomasz Klossowski y el pastor MiKolaj Sikatka

Nuestra Señora de Los Dolores de Licheń.



Historia de Nuestra Señora de Los Dolores de Licheń

Licheń es un pequeño pueblo de cerca de 1500 personas en Polonia central. Ahí se encuentra la más grande Iglesia del país y una de las más grandes del mundo: El Santuario-Basílica donde se venera el Cuadro milagroso de la Virgen, Reina de Polonia. El cuadro está conectado a dos Apariciones de la Virgen María:


Primera Aparición
1813

Sucedió a principios del siglo XIX, cuando el soldado Tomasz Klossowski, en 1813 participaba en la batalla, cerca de la ciudad alemana de Leipzig. Tomasz fue herido en el campo de batalla. Estaba echado por tierra sin la posibilidad de recibir ayuda. Fue justo entonces cuando comenzó a rezarle a la Virgen, pidiéndole ayuda y tomando el medallón que llevaba al cuello, en aquel instante según lo que se cuenta por la gente, ve una Señora bellísima en una luz, que caminaba en el campo de batalla, vestida con un manto color amaranto (varios tonos del color rojo), con el símbolo de un Águila Blanca en el pecho. Cuando se acercó reconoció a la Virgen María quien le promete a Tomasz que regresaría a su casa. Le ordenó encontrar una Imagen que la representaba. Le pide además, colocar la Imagen en un lugar público.

Klossowski se salvó, regresó a su país, se estableció en el pueblo de Izabelin, en las cercanías de Licheń. Para mantenerse se convirtió en herrero y abrió una herrería. Se dirigió en peregrinaje a varios lugares de culto Mariano; rezó a varias y diversas Imágenes de la Virgen, pero ninguna representaba la Virgen que había visto aquella noche. Klossowski buscó en vano durante 23 años.

Finalmente en 1836, se dirigió en peregrinaje a Częstochowa. Durante el viaje de regreso, en el pueblo de Ligota, en las cercanías de Częstochowa, ve un grupo de peregrinos que rezaban delante de una Imagen de la Virgen, ubicada cerca de una capilla. Se acercó y notó que la Imagen representaba el semblante en el que él la había visto durante la Aparición. Con la aprobación del propietario, se la llevó y la colocó en su propia casa. La Imagen era pequeña, con medidas de 9,5 por 15,5 cm. Durante algunos años Klossowski rezó delante de la Imagen. Después de una breve enfermedad en 1844, decide colocarla en un árbol, en el bosque de Grablin. De tal modo que logró satisfacer la promesa hecha tantos años antes a la Virgen. En seguida, en 1848, Tomasz Klossowski murió.


Segunda Aparición
1850

Después de la muerte de Klossowski, probablemente la única persona que recordaba de la Imagen colocada en el bosque era el pastor MiKolaj Sikatka. Justo entre los años de 1850 y 1852, se le aparece algunas veces la Virgen, que lo elige como mensajero. El pastor tenía la tarea de transmitir a la gente las peticiones de oración y conversión que le hacía Nuestra Señora, y en especial del rezo del Santo Rosario. Además de las peticiones de la Santísima Virgen, Ella le promete a los polacos la misericordia en los momentos más difíciles.

Un testimonio de las palabras de la Virgen era el Águila Blanca en Su Pecho. Una tradición oral cuenta, que MiKolaj Sikatka escuchó estas palabras de la Imagen de la Virgen:

“Cuando lleguen los días difíciles, aquellos que vengan a rezar delante de esta Imagen, no morirán. Salvaré las almas y los cuerpos enfermos.

Todas las veces que esta Nación Me pida ayuda, no la dejaré nunca, la protegeré y acogeré en el Corazón como esta Águila Blanca.

Pido que esta Imagen sea transferida a un lugar más digno, y que tenga el respeto de la gente. Ahí llegarán peregrinos de toda Polonia y encontrarán resguardo.

Yo seré la Reina de Mi Nación por siglos. En este lugar será construida una espléndida Iglesia en Mi honor. Si no la construyen los hombres, mandaré a los Ángeles y la construirán ellos.”

Al principio la gente no creía en las palabras del pastor. De estas cuestiones se ocuparon las autoridades del Zar. Las autoridades rusas, preocupadas por lo que contaba MiKolaj, de que la Virgen se aparecía con un Águila Blanca en el pecho, decidieron meter al pastor en prisión. Temían que el contenido de lo que contaban podría influir de forma negativa en los polacos que se encontraban en prisión.

Bandera de Polonia.

Los ocupantes rusos querían que los polacos no tuvieran la esperanza ni la fuerza para combatir por la independencia. A pesar de las amenazas MiKolaj no retiró nunca su testimonio. Gracias al hecho que el médico escribió un certificado de enfermedad mental, MiKolaj logró salir de prisión. Después de salir llevó una vida muy humilde.

Dos años más tarde, cuando llegó la epidemia del cólera a la población, se acordaron de las palabras de la Virgen dadas al pastor Mikolaj. La gente acudió a arrodillarse ante la Imagen y los que rezaron fueron liberados de la muerte.


El Santuario

El 29 de Septiembre de 1852, la Imagen de la Virgen fue transferida solemnemente a la Capilla de Licheń. Por casi 150 años la Imagen se quedó en la Santa Iglesia Dorada. Pero los fieles, obedientes a las órdenes de la Santísima Virgen María y bajo la guía del Rector del Santuario, el Padre Eugeniusz Makulski MIC, decidieron ordenar la construcción de una Iglesia digna de Nuestra Señora de Licheń.

Fueron concluidas todas las formalidades y se eligió el proyecto. La construcción duró 10 años, de 1994 a 2004. Dos años después de la concluida la construcción, el 2 de Julio de 2006, la Imagen de la Virgen fue transferida a la Iglesia Dorada, en la Basílica de la Virgen de Licheń. De tal manera se cumplieron la palabras que la Virgen le había dicho a MiKolaj.

Basílica de Nuestra Señora de Licheń, la Iglesia más grande de Polonia, la 7ª de Europa y la 11ª del mundo, con 141,5 m de altura.


Fuente:
http://www.aparicoesdenossasenhora.org/es/avm/home
https://forosdelavirgen.org/300/nuestra-senora-de-los-dolores-de-lichen-polonia-29-de-septiembre/
https://es.wikipedia.org/wiki/Bas%C3%ADlica_de_Nuestra_Se%C3%B1ora_de_Liche%C5%84

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29 de Octubre: Historia de Nuestra Señora de Oropa (396)

29 de Octubre 
Año: 396 / Lugar: Valle de OROPA, Italia
Apariciones / Sanaciones / Milagros de
Nuestra Señora de Oropa

Madonna di Oropa



Historia de Nuestra Señora de Oropa

El Santuario de Oropa es el más importante y más grande dedicado a la Virgen María en los Alpes y es uno de los Santuarios más grandes de Europa. Está situado en un entorno único y natural, su valle es un clásico círculo de piedras celtas, formadas por cavernas errantes que constituyeron construcciones prehistóricas dedicadas a las matronas o divinidades femeninas que protegían los campos y las familias.

Allí San Eusebio, primer Obispo de Vercelli, introduce el culto a María en el siglo IV, llevando consigo una estatua de madera de la Virgen Negra con el Niño en los brazos. De acuerdo con la tradición, una estatua de leño traída de Jerusalén y tallada por San Lucas, fue llevada a Oropa en el año 396 por San Eusebio, cuando huía de Palestina a causa de la furia de la persecución aria. San Eusebio ocultó la estatua en un nicho, debajo de una gran roca, al abrigo de la intemperie, en el lugar donde construiría luego la Capillita de la Roca. Él tenía la intención de crear un lugar de refugio para sus discípulos y compañeros de retiro y penitencia. Al reparo del gran macizo, comenzó la construcción de una pequeña capillita, capaz de contener cerca de diez personas. Ésta aún hoy se conserva en la Basílica Antigua, bajo la cúpula y se la llama “el Refugio Eusebiano”.

La Basílica Antigua es el corazón espiritual del Santuario; bajo la cúpula se halla “el Refugio Eusebiano”, lugar donde estuvo oculta en un nicho debajo de una gran roca, la Estatua de la Virgen.

Desde entonces, la Virgen María extendió Su Manto para proteger a todos Sus hijos en un creciente número de milagros, prodigios, conversiones y gracias de orden sobrenatural. Ella defendió del acecho a muchas ciudades y ha protegido a la población de tres pestes. Restituyó la vista a los ciegos, hizo caminar a los cojos, oír a los sordos. Cada vez que las muletas ya no eran necesarias por la gracia obtenida, han quedado en el Santuario como testimonio silencioso.


Regreso del exilio

Luego de casi 20 años de exilio, San Eusebio regresa a su diócesis, e intenta trasladar la Imagen desde el refugio en las montañas a las ruinas del vecino Templo de Apolo, donde se comenzó a venerarla. En esos primeros tiempos, toda clase de animales salvajes infestaban la región de Oropa, dificultando el acceso a la misma de los pobladores de pueblos vecinos. A raíz de estos hechos, los canónigos de la ciudad de Biella decidieron llevar la imagen a una iglesia recién construida, pero la Santísima Virgen milagrosamente hizo que la estatua fuera tan pesada que no fue posible transportarla más de unos cientos de metros. Solamente cuando se decidió volver la Imagen a su primitivo lugar, su peso volvió a ser normal posibilitando el transporte, y volvió a ser colocada en el Monte de Oropa.

Durante la peste del 1600, la ciudad de Biella hizo voto a la Madonna de Oropa para permanecer incontaminada. Desde ahí que anualmente la ciudad lleva una procesión solemne a un pueblo de Valle d’ Aosta, aún conectado al Santuario por la antigua procesión, que cada cinco años asciende a través de un sinuoso camino de las montañas que separan a los dos valles, in observancia de aquel voto.


Maravillas de la Imagen

La imagen de la Virgen Negra de Oropa con el Niño en los brazos, es una talla de madera que data alrededor del año 350, recubierta de oro y piedras preciosas. Esta Imagen Santísima figura La Presentación del Niño Jesús en el Templo y Purificación de Su Santísima Madre.

Como dice San Lucas: “… Según está escrito en la Ley de Moisés: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor». También debían ofrecer en sacrificio «un par de tórtolas o pichones», como ordena la Ley del Señor. (Lc. 2:22-24).

Vemos en la Imagen de la Virgen, Su brazo derecho adelantado con los dedos hacia arriba, en señal de ofrecimiento, en los cuales Sus fieles colocaron luego el símbolo del mundo coronado con una Cruz. El Niño Jesús tiene en Su mano la paloma de la ofrenda.

Por varios escritores antiguos y modernos fueron señaladas algunas maravillas de la Sagrada Estatua de la Virgen de Oropa;

  1. La Imagen no se encuentra ni carcomida, ni marchita, ni corrupta

La antigua Imagen, tallada en madera, no presenta ninguna marca o indicio de que se haya comenzado a carcomer o a marchitar.
En 1621, el Obispo de Vercelli, Stefano Ferrero, escribe a propósito de ésta:
“Se puede decir razonablemente que en este hecho existe una virtud oculta y sobrenatural, siendo que el lugar donde ella está colocada es cerca al monte y, en consecuencia, friísimo y muy húmedo, donde los mismos mármoles y bronces han sufrido descomposición a través del tiempo y muchas veces los ornamentos de madera, aparte de pudrirse por la gran humedad, se vieron que goteaban de cada parte, y la Santísima Imagen siempre se ha preservado seca, ni después de largo tiempo se ha encontrado cubierta de una telaraña… Y en cuarenta años se pudrieron los pedestales sobre los cuales se encontraba apoyada la Estatua Sagrada, a pesar de haber sido hechos con madera solidísima…”
Desde entonces pasaron 387 años y la Virgen de Oropa ha permanecido ilesa; el tiempo y las circunstancias no han dejado en Ella ninguna huella.

  1. Los Pies de la Virgen no se han deteriorado

En ocasión de la coronación de 1720, el Prior Agostino Penna, Canónigo Teólogo de la Catedral de Vercelli, decía:
“Triunfadora por tantos siglos, hela aquí (la Sagrada Imagen) no gastada e ilesa. Desde que la muchedumbre la comenzó a venerar frecuentemente, la piedad y el deseo de los fieles los llevaban a tocar los pies de la Virgen con cualquier objeto devoto, tales como medallas, coronas, etc., y los pies han permanecido sin marcas de corrosión.”
Lo mismo declararon los Sacerdotes Domenico Mercando y Giovanni Bocca, encargados por muchos años de la Iglesia de Oropa en 1853:
“Se solía tocar los pies sagrados con coronas, medallas, cruces, libros y otros objetos de devoción…, y algunas veces friccionaban estos objetos en estos pies sagrados con cierto ímpetu; si observamos que gran parte de estos objetos son de cobre, latón y otros materiales duros y corrosivos, esos pies debieron haberse desgastado”.

  1. Sobre el Rostro de la Virgen y del Niño Jesús no se detiene el polvo.

Dice explícitamente el Canónigo Penna en 1720:
“Alcanza, sí, un mínimo polvo a cubrir las joyas de la preciosa tiara, a entrar en los pliegues del manto, a llenar la palma de la mano, el pecho, los tejidos y paños del vestido. Pero nunca ha logrado tocar la belleza del rostro adorado: nunca ha logrado penetrar en lo cóncavo de aquellas purísimas pupilas.”
En el año 1853 el Sacerdote Mercando:
“El suscrito, teniendo domicilio por siete años en el insigne Santuario de María Santísima de Oropa, mientras el oro, testifica que, mientras las coronas y las gemas estaban siempre llenas de polvo que no se veía su espléndido brillo, las caras estaban siempre limpísimas.”
Monseñor Davide Riccardi Arzobispo de Torino en 1858 cuenta:
“Fijando la mirada en el rostro de la Virgen y del Niño Jesús, los vislumbré lúcidos como el cristal, mientras que cada objeto, las coronas, las gemas y el cuerpo mismo de la Virgen estaban completamente cubiertos de polvo.”
El experimento fue repetido frecuentemente en presencia de Obispos, sacerdotes, seculares y el hecho aparece siempre claro e indudable.

  1. La Sagrada Estatua no se puede transportar

En el año de 1621 hubo dos intentos de transportar en diferentes momentos la Sagrada Estatua a la localidad vecina, Biella; uno a la parte de Cossila, la otra hacia Pralungo.
Pero los dos intentos fallaron: a poca distancia del Santuario la Estatua se volvió tan pesada que los cargadores no pudieron continuar el transporte. Perdió el peso sólo cuando decidieron regresarla a su capilla original.


Tres Milagros Reconocidos Jurídicamente por la Autoridad Eclesiástica

Al lado izquierdo de la Capilla de la Virgen de Oropa, se encuentran tres lápidas en mármol con leyendas en latín que se refieren a los tres milagros certificados por procesos canónicos oficiales. Estos son:

  1. Juan S. A. queda a los 8 años de edad sin parientes y privado de cualquier recurso, por lo cual no le quedó más que vivir de limosna. Su vida cambió cuando cuatro ladrones, después de haberle robado, le cortaron la lengua con unas tijeras. Así, mudo, vivió por 11 años de limosna y con el trabajo de sus propias manos. En el año 1661 se dirigió a Oropa y al suplicar a la Virgen Santísima, y recuperó la lengua.
    Conocido el hecho, el Obispo de Vercelli instituyó el proceso canónico. Fueron sometidos a un largo interrogatorio el que recibió el milagro y los testigos entre los cuales se encontraban: el podestá, el Párroco y el médico. Se consultaron los mejores teólogos de la Diócesis y se emitió la siguiente sentencia: “Exponemos, pronunciamos y declaramos que a Juan S. A. le fue restituida milagrosamente la palabra y la lengua que le fue amputada y que este hecho sucede sobrenaturalmente. Y es así que por, puro y verdadero milagro se debe juzgar y publicar, manifestando este hecho todas las condiciones requeridas para la existencia de un verdadero milagro”.
    Sobre la lápida situada en el exterior de la Capilla está escrito: “Juan S. A., de nacionalidad saboyana, nacido en Chambery, implorando con una oración sin lengua, la Virgen que dio al mundo el Verbo de Dios, le devolvió la lengua, cortada hasta la raíz años antes por la crueldad de algunos saqueadores; aquí en un instante y con su voz dio instrucciones de inscribir esta piedra para alabar a la Madre de Dios”.
  1. Giacomo Vallet, nace sano, pero a la edad de nueve años, adquiere una enfermedad que lo paraliza y lo lleva a una total inmovilidad. Permanece inmóvil por dieciocho años, después, en el año 1672, se encomienda a la Virgen con el voto de ir al Santuario de Oropa en caso de sanación. Hecho el voto, inmediatamente se curó.
    El Obispo de Aosta, Alberto Bailly, acompañado por nueve Teólogos y canónicos, instituyó el proceso canónico. Examinados los documentos, escuchados doctores y teólogos, se concluye con la siguiente sentencia: “Fue sanado en un instante y liberado… de la parálisis y por esto mismo aprobamos y declaramos como milagro la sanidad obtenida, del susodicho Giacomo”.
    En la lápida puesta al externo de la Capilla está escrito: “Giacomo Vallet, de Champorcher, Diócesis de Aosta, sufría de convulsiones en todo el cuerpo; privado de las capacidades naturales por dieciocho años, permanece inmóvil en una caballeriza; implorando a la Virgen de Oropa, en un instante le fue restituida su salud; venera grato a Su Benefactora”.
  1. Juan Bautista Perrone fue tomado prisionero por los turcos en el año de 1718; por su rechazo a renegar de la fe católica, le fue cortada la lengua. Los Padres Franciscanos lo rescataron y es así que regresa a Piemonte. Fue a Oropa par a la Coronación Canónica de María de Oropa y obtiene la gracia. En el instante en que Monseñor Gattinara, Obispo de Alejandría, puso sobre el manto de la Virgen la nueva tiara, sintió cómo le crecía la lengua, y recupera la palabra.
    Como en los casos precedentes, se instituyó un proceso canónico que se concluye en el año de 1724, aprobando como milagro “la recuperación de la lengua y de la palabra por parte de Juan Perrone”.


Otras Apariciones, Sanaciones y Milagros de La Virgen de Oropa

En 1620 una monja llamada Donna Anna Ludovica, se encontraba gravemente enferma en el convento de Santa Caterina en Biella. El 26 de julio, fiesta de Santa Ana, después de la Santa Comunión, notificó a su Padre confesor y a la Madre Superiora del Convento que se le habían aparecido en su celda y en gran esplendor dos Damas de grandísima Majestuosidad, la más joven tenía en brazos un bellísimo Niño. La más anciana le dijo: “Yo soy Ana, Madre de la gran Madre del Hijo de Dios, y esta que tú ves es mi hija, María, que engendró el Único Hijo del Padre Eterno. Y por esto te hago saber, que tú debes promulgar la Coronación que se trata de hacer a la imagen de Mi Hija y Madre de Dios en el Monte de Oropa; para Ella, y para Su dulcísimo Hijo, será extremadamente agradecida y aceptada… Y como señal de lo que te digo es verdad, partirás de la vida presente el séptimo día de tu enfermedad.” Añadió que la coronación la seguiría el último domingo de Agosto. Y así sucedió. Los restos de esta monja fueron llevados en 1920 a Oropa y sepultados en la Capilla del Sepulcro, en el primer piso de la Iglesia.

Enrico Gamarra encontrándose en el lecho, desahuciado por los doctores y creído muerto, vio en sueños a la santa Virgen de Oropa y lo curó. Así se despertó libre de todo mal.
El sacerdote Callabica sufría de fiebre sin esperanza de sanar. En ese estado rezó a la Virgen de Oropa para que lo curara y Ella le respondió asegurándole la gracia. Enseguida se despertó completamente sano.

En 1621 el escritor Bonfinio específica: “Siendo Biella asediada, aparece para defenderla la Santísima Virgen junto con San Estéfano, patrón de la Ciudad”.

En 1623, Guillermo Pera, que era mudo de nacimiento, vio una Mujer de belleza extraordinaria que le dice: “Ve con tu tío y pídele que recite contigo las oraciones a la Virgen y después regresa aquí”. Recitadas las oraciones regresó con el tío al lugar de la aparición. Apareció la Virgen que le dijo: “¿Por qué no vas a Mi Santuario de Oropa a cumplir el voto que has hecho? ¡Ve a Oropa y cumple fielmente tu promesa!” Guillermo, apenas llegó a Oropa, volvió a ver a la Virgen que le dijo: Yo te ordeno que hagas saber a Mi pueblo que procure santificar en el futuro, mejor que en pasado, el día del Señor…” Después desapareció y Guillermo recuperó la palabra.

En 1642, Nicolás Siletto sufría una grave enfermedad y fue desahuciado por los médicos, se le apareció la Virgen de Oropa que le aseguró su sanación. Apenas se despareció la visión se sintió enseguida mucho mejor y contó todo a su confesor, el Padre Todesco, dominicano. El día después estaba completamente sano y pudo dirigirse a Oropa para agradecer a la Virgen.

En 1658, Anna Margarita Vera vio soñó con la Virgen de Oropa durante ocho días y se sanó completamente, lo certifica también su hermano, y el Párroco Juan Bautista.

Carlo Antonio Brignone encontrándose en la cama con fiebre altísima hizo un voto a la Virgen de Oropa, enseguida se le apareció y lo curó. De esta forma, se dirigió a Oropa a darle gracias.

En 1674, Sor Etienne Brunet del Convento Santa Caterina de Aosta, estando enferma en etapa terminal, vio una noche aparecer a la Santísima Virgen de Oropa y sintió que le apoyaba la mano sobre las cobijas. En ese mismo momento fue librada de todo mal y recuperó la salud. El médico certificó que era un milagro sobrenatural.

En 1675, Bartolomeo Vigna estaba en cama con fuertes dolores. Apareció la Virgen de Oropa que le preguntó si deseaba ser liberado. El enfermo le pidió que le volviera el dolor más soportable. Entonces la santa Virgen le respondió: “Ten fe, hijo, eres libre”. Desapareció y en ese mismo instante Bartolomeo recuperó la salud.

En 1681, Sebastián Pérez fue condenado a muerte y en espera de la sentencia fue confinado en la torre del Castillo Gaone en Sevilla. Para salvarse, decide arrojarse de la Torre; mientras caía, vio a la Virgen de Oropa que lo acompañó hasta el suelo, donde se encontró sin ninguna herida.

En 1832, el capitán Giovanni Savia yacía inmóvil en su cama y sintió una Mujer que le decía: “Levántate, que no tienen ningún mal”. Se levantó de la cama al sentirse curado.

En 1813, Paolo Cimma estaba en batalla y se le apareció la Virgen de Oropa que le pidió no tener miedo. Así le salvó la vida.

En 1877, Caterina Rolla estaba ciega, sin memoria, y yacía en una cama por un mal que la atormentaba. La Virgen María se le apareció en sueño y le dijo: “Ven a Mi Santuario de Oropa; estarás contenta”… Transportada con fatiga a Oropa en la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y puesta enfrente de la Capilla la enferma escuchó las palabras de la Madre Celeste: “Levántate y camina”. Así obtuvo la completa sanación. Los documentos relativos y el certificado del médico que la seguía se encuentran en el Santuario de Oropa.


El Santuario

El Santuario creció y se ha desarrollado a través de los años, hasta convertirse en un espectacular conjunto arquitectónico de importantes edificios monumentales. Esto transformó a Oropa en un destino elegido por peregrinos devotos de la Virgen.

Los majestuosos edificios de Oropa se han edificado a lo largo de los siglos a partir de una unidad básica: La pequeña Imagen de la Virgen Negra.

La Basílica Antigua es el corazón espiritual del Santuario, construcción iniciada en el 1600 sobre la primitiva Capilla que custodia la Estatua de la Madonna; esto fue a raíz de la plaga que azotó a la población en 1599. Cuando la iglesia fue terminada en el año 1620, se celebró una solemne Coronación de la virgen, la primera de una serie que enriquecen la historia del Santuario cada cien años.

La Basilica Nueva fue construida sobres fines del 1800 sobre proyecto del arquitecto Ignazio Amedeo Galletti (1726-1791) prosiguiendo el desarrollo del Santuario hacia el Norte. Fue puesta la primera piedra en 1885, el trabajo prosiguió con mucha dificultad a través de las dos guerras mundiales. La solemne Consagración del nuevo Templo, magnifica construcción de 98 mts. de alto y 100 mts. de largo, tuvo lugar en el mes de agosto de 1960.

Santuario de Nuestra Señora de Oropa; al fondo, la Basílica Nueva.


Fuente:
http://mariamadrecelestial.blogspot.com/2013/10/29-de-octubre-nuestra-senora-de-oropa.html
https://forosdelavirgen.org/365/nuestra-senora-de-oropa-italia-29-de-octubre/
https://es.wikipedia.org/wiki/Sacro_Monte_di_Oropa

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4 de Marzo: Profecías y Remedios de Marie-Julie Jahenny (1850-1941)

4 de Marzo
Años: 1873-1941 / Lugar: LA FRAUDAIS, Francia
Apariciones de Jesús y María / Profecías / Estigmas
Vidente: Marie-Julie Jahenny (1850-1941)

Marie-Julie Jahenny (1850-1941)



Vida de Marie-Julie Jahenny

Marie-Julie Jahenny nació Coyault (Blain), Francia, el 12 de Febrero de 1850, en una gran familia campesina; posteriormente se unió a la Tercera Orden de San Francisco. Murió el 4 de Marzo de 1941, a la edad de 91 años, en La Fraudais (Blain), Francia.

Durante su vida, informó de varias Apariciones de la Santísima Virgen María y Jesucristo a través de las cuales recibió profecías sobre el fin del mundo, el Gran Monarca Católico, el castigo por los pecados del pueblo, la destrucción de París a través de la guerra civil, los Tres días de oscuridad y la venida del anticristo.

Desde la edad de veintitrés años (1873) hasta su muerte, ella llevaba los estigmas. Según el testimonio de testigos, ella experimentaba milagrosamente la Sagrada Comunión; períodos de varios años de ayuno milagroso, en los que no ingería ningún otro alimento fuera de la Sagrada Eucaristía; sufrió ataques sobrenaturales del diablo y recibió el don de profecía y milagros.

Marie-Julie predijo numerosos castigos por el pecado que caerían, primero en Francia, y luego en el resto del mundo. Estos incluyen: terremotos, destrucción sin precedentes a través de tormentas, cosechas malogradas, plagas desconocidas que se propagarían rápidamente; una “Lluvia de sangre” que caería durante siete semanas, una guerra civil en Francia que aparentemente sería iniciada por conspiradores en el gobierno, la persecución de la Iglesia Católica con el cierre total de todas las iglesias y casas religiosas, la persecución y la masacre de los cristianos, la destrucción de París, un período de dos días de oscuridad que vendría aproximadamente un mes antes de los tres días de oscuridad. La venida del Gran Monarca también sería anunciada por señales en el cielo. También tuvo visiones del Pontífice Angélico que reinaría al mismo tiempo que el Gran Monarca, y que estos dos grandes líderes estaban destinados a restaurar la Iglesia Católica.

Su casa se ha transformado en un Santuario, que lleva su nombre, en Blain, cerca de Nantes, donde está enterrada en el cementerio.

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Profecías de Marie-Julie Jahenny


Sobre el Castigo:

“Habrá prodigios diabólicos en los aires; los amigos del Señor no deben ir a ver esos prodigios de Satanás, que son el anuncio de la cólera de Dios y de los castigos.” (M. Servant, pág. 83).

San Miguel dice a la vidente:

“El infierno va a triunfar y los justos serán víctimas de un pueblo impío; el infierno ruge de espanto y de terror y Satanás, en su conquista nos dice: ‘A mí la victoria. Yo he conquistado la Francia casi entera’.

La desolación será tan grande y los castigos tan terribles que muchos se consumirán de espanto y se creerán en el fin del mundo.

Habrá tinieblas físicas durante tres días, y de día habrá una noche continua. Únicamente los cirios de cera benditos podrán dar luz durante esta terrible oscuridad. Un solo cirio bastará para los tres días, pero en las casas de los impíos ellos no darán ninguna luz; durante estos tres días de tinieblas los demonios aparecerán bajo las formas más horrorosas y las más espantosas. Escucharéis en el aire las blasfemias más horribles. Los rayos penetrarán en vuestras casas, mas ellos no extinguirán la luz de los cirios benditos. Ni el viento, ni la tempestad, ni los temblores de tierra podrán apagarlos.

Nubes rojas como la sangre recorrerán el cielo, el ruido del trueno estremecerá la Tierra, rayos siniestros surcarán las nubes en una estación donde ellos no se producen nunca.”

Otras Profecías

“La Tierra será removida hasta sus fundamentos. El mar levantará olas ruidosas (“mugissantes”) que se esparcirán sobre todo el continente. La sangre correrá con tanta abundancia que los hombres la tendrán hasta la cintura.

La tierra se tornará como un vasto cementerio. Los cadáveres de los impíos y de los justos cubrirán el suelo. El hambre será grande; en fin, todo será trastornado. Una cuarta parte de la humanidad perecerá.

La crisis explotará casi de repente. Los castigos serán comunes a todo el mundo y se sucederán sin interrupción.

Algunos tal vez se reirán de nuestra credulidad… Ellos harán creer que esta guerra no es una advertencia del Cielo. Los hombres han querido resolver sus asuntos por sí mismos, y entonces el Cielo estará cerrado.

Esto atraerá sobre Francia castigos de fuego. El cielo se abrirá por tres aperturas espantosas, y habrá un derramamiento de fuego de diferentes colores. Estos derrames espantosos serán percibidos por todo el pueblo… Habrá gritos horrorosos, llantos, gemidos y torturas de cuerpos. Los ojos percibirán figuras deformes… rasgos que no se parecerán a los hijos del Cielo… De los tres derrames de fuego saldrá un sonido lúgubre y es cuando el aire se volverá insoportable hasta para el olfato de los elegidos.

Será en este momento el gran diluvio y el juicio de la Sodoma culpable de los crímenes realizados… El suelo no será sino una tumba fundida, conteniendo sobre sus piedras ardientes cadáveres inanimados…

Nada quedará de esta casa donde se forjan las malas leyes, de donde brota la muerte de la fe en las almas, de donde se va a lanzar la última inmundicia en el alma de los niños, los cuales en su mayor parte ya están condenados a nunca jamás verme y nunca jamás amarme”.


Fiesta de Santa Margarita María Alacoque
17 de Octubre de 1877

El Divino Maestro, mostrándole la Llaga de Su Corazón, le dice:

“Hijos Míos, es Mi Sagrado Corazón que tiene el privilegio de las Gracias; en Él está el triunfo. Mas, antes de daros el triunfo, Yo os quiero probar. Yo os enviaré muchos males, vosotros veréis Mi Justicia caer sobre la Tierra. Vosotros veréis también signos precursores aparecer en el firmamento. Yo había prometido a la bienaventurada víctima de Mi Sagrado Corazón (Santa Margarita María Alacoque) dar el triunfo a Francia y a la Iglesia, por Mi Sagrado Corazón, a condición de que todos los hijos de Francia sean sumisos; si ellos fueren ingratos, los castigos debían ser más terribles. Yo había prometido a la víctima de Mi Sagrado Corazón que quizás Yo habría atendido doscientos años [antes] o más, si Mi pueblo hubiera sido dócil, Yo habría dado más temprano el Triunfo. Él no ha sido dócil. Mas, poco después de los doscientos años el triunfo tendrá lugar. Mi víctima, guarda esto en la memoria.

Yo he anunciado a muchas almas, que antes del triunfo de Francia habría una gran lucha entre todos Mis hijos, los buenos y los malos.”

“Que Mis hijos fieles no se dejen reducir por las armas de los malos; Yo deseo que ellos les resistan; por su fe y coraje ellos lo lograrán. Será el último esfuerzo de los malos, y es entonces que Yo los detendré. Ellos, entonces, intentarán lanzar la perturbación por medio de los enemigos de Mi Iglesia, profanar todo lo que es sagrado sobre la Tierra; será en vano. Recuerda Mi Promesa: Yo salvaré la Francia por Mi Sagrado Corazón, Yo la resucitaré por el Amor de Mi Sagrado Corazón.

Hijos Míos, una vez más, Yo os prevengo. Satanás va a satisfacer su rabia, que es tanto más grande (él lo sabe) cuanto los suyos serán vencidos. Yo quiero humillar a Mi pueblo, porque él no ha escuchado Mis palabras. Mas, inmediatamente Yo le daré una victoria completa, es decir, la resurrección de la hija mayor de la Iglesia. He ahí el momento, hijos Míos, donde la flor de lis blanca y la bandera blanca van a ser pisadas, mas no será sino por un tiempo, su triunfo vendrá enseguida.” (M. Servant, págs. 766-768).


En una revelación de 1903,
le dice el Señor:

“El fuego del cielo caerá sobre Sodoma y principalmente sobre esta sala del infierno, donde se fabrican las malas leyes. Ella será deglutida y su lugar será como una inmensa cantera de la cual hasta el fin del mundo no será posible aproximarse sin estremecerse de horror.” (M. Servant, págs. 347-348).


El 17 de enero de 1922,
Marie-Julie ve una Cruz brillante, más bella que todo lo que hay de más bello en la Tierra. De esta Cruz encantadora brotó una nube que se extiende a una distancia inmensa.

Dios le dice:

“Yo Me levantaré bien pronto en todo el esplendor de Mi Justicia… Yo trastornaré la Tierra, Yo fulminaré al alma culpable…

“En fin, cuando se lanzaren todas las cruces cabeza para abajo, cuando se impongan las leyes más satánicas, las más infames, al clero y a los fieles, allí Yo Me levantaré. La Tierra habrá sido destruida, todo lo que se encuentra en flores y en granos será destruido y quemado; todo lo que sea blanco y fresco será tiznado del humo de Mi Cólera.” (M. Servant, pág. 574).

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Escapulario para los Últimos Tiempos

Escapulario de Bendición y Protección.


Éxtasis del 23 de Agosto de 1878:

He aquí lo que me mostró la Santa Virgen sobre Su Corazón inmaculado: Es un Escapulario ancho, más ancho que los escapularios conocidos, un poco más ancho que la palma de la mano. Su color se parece al de la violeta, un morado muy bonito.

Aquí está lo que representa: En el medio, los tres Clavos que crucificaron a Nuestro Señor sobre la Cruz, pasando unos encima de los otros, sin formar una cruz. De la punta de cada uno cae una gota de Sangre bermeja. Encima de los clavos se ve una esponja cuyo aspecto recuerda el del cascabillo. Las tres gotas de Sangre se juntan para caerse en un pequeño Cáliz pintado de rojo que está rodeado por una Corona de Espinas. Se ven tres Crucecitas gravadas sobre la parte delantera del Cáliz. Es la parte del Escapulario que está sobre la capa de la Santa Virgen.

Noto que este Escapulario se mantiene por dos lazos morados, que pasan sobre cada espalda, hay tres nudos sobre la espalda izquierda y dos sobre la derecha.

El otro lado del Escapulario representa a la Santa Virgen María sentada, sosteniendo en Sus brazos a Su adorable Hijo. La boca y la cabeza de Nuestro Señor descansando sobre el Corazón de la Santa Virgen. En la parte baja del Escapulario, y casi a los pies de Nuestro Señor está un Ángel vestido de blanco, de pelo rizado, que lleva una corona blanca, su faja es roja. En sus manos lleva un paño que le sirve para secar los pies de Nuestro Señor. Encima del Ángel, por la parte derecha del Escapulario hay una escalera. Por la parte izquierda, detrás de Nuestro Señor, se ve la caña de la Pasión, pintada de rojo pero sin esponja. Corren las Lágrimas de la Santa Virgen, por la parte derecha de Su Pecho, y se van a parar a los pies del Ángel. Es bordado el Escapulario por un lazo rojo y son de lana los lazos.

Ahora, hija Mía, —me dijo la Santa Virgen—, voy a darte la explicación de este Escapulario. Me dirijo a ti, víctima Mía, y a Mi siervo (será el director espiritual de Marie-Julie Jahenny).

Hijos Míos de la Cruz, hacía mucho tiempo que Mi Hijo y Yo deseábamos dar a conocer este Escapulario de Bendición. Hijos Míos, este Escapulario es como si Mi Corazón le hiciera de modelo, pues es Mi Corazón el emblema de la simplicidad y de la humildad, lo que simboliza el color morado. Son poco venerados los clavos que traspasaron los pies y las manos de Mi Hijo, y son venerables; por eso Mi Hijo, en Su Divina Sapiencia pide la representación de los tres clavos en la parte delantera del Escapulario. Las tres gotas de Sangre y el Cáliz representan los corazones generosos recogiendo la Sangre de Mi Divino Hijo. Representará la esponja roja a Mi Divino Hijo bebiendo, en cierto modo, los pecados de Sus hijos pero Su adorable boca lo rehúsa. Deseo que el fondo (normalmente) negro del Escapulario sea morado, pero deseo Yo que los clavos, el cáliz, la esponja y la corona estén sobre un pedazo de franela rojo oscuro.

Esta primera aparición de este Escapulario será una nueva protección para el tiempo de los castigos, de las calamidades y de las hambres. Todos los que lo llevarán podrán aguantar las tormentas, las tempestades y las tinieblas, tendrán la luz igual que de día. Ésta es la fuerza de este Escapulario desconocido.

Presenta la Santa Virgen el Escapulario a Nuestro Señor, que dice entonces:

Me dirijo a ti, víctima Mía, también a mis victimas y a Mi siervo. Hijos Míos de la Cruz, os doy una idea, un pensamiento profundo: cuando Me quitaron de la Cruz, Me pusieron en los brazos de Mi Madre. Este descendimiento, este pensamiento, esta devoción, son poco conocidos. Quisiera Yo, que gracias a la reproducción de este Escapulario eso entrará en el corazón de los hijos de la Cruz, y ellos me saludarían diciéndome:

–   Te saludo, Jesús Crucificado, por dejarme la vida.
–   Te saludo con el júbilo de los Ángeles y de los Santos, cuando Te descendieron de la Cruz.
–   Te saludo con la tristeza de Tu Madre, cuando Te descansabas contra Su Corazón y sobre Sus rodillas inmaculadas.

Hijos Míos, muy pocas almas piensan en enjugar las adorables Heridas de Mis pies, cuando corre la Sangre y quisiera Yo que fuera conocida esta representación. Tampoco se piensa mucho en las Lágrimas derramadas por Mi Madre durante Mi Pasión; estas Lágrimas están a los pies del Ángel que seca Mis Pies Sagrados. Gracias a este Escapulario, quisiera Yo que pensarais en esta escalera, en esta caña y en estos clavos de Mi Pasión.

Hijos Míos, cada alma, cada persona que poseerá dicho Escapulario, verá su familia protegida, así como su casa, sobre todo de los incendios que nunca la incendiarán. Este Escapulario fulminará a los ingratos que blasfemarán Mi Nombre en la casa, en la cual estará expuesto. Si entra un impío, estará éste tan impresionado que próxima será su conversión. Todos los que lo llevarán estarán preservados del trueno, de muerte súbita y de accidentes. Estarán protegidos durante los castigos. Quienquiera que lo pondrá en el Templo Santo alejará a los impíos y las profanaciones.

El Señor añade también que se despertarán la fe y la convicción en el alma obstinada a la cual le será recordado este Escapulario en la hora de la muerte; que todos los que pensarán en él y lo amarán evitarán las penas del alma, y que quien lo llevará estará fuera de peligro como si poseyera el Cielo. Precisa también, que además este Escapulario servirá de pararrayos, bajo el cual la Ira de Dios se hará menos pesada.

Dice también Nuestro Señor, cualquier Sacerdote podrá bendecir este Escapulario. Tú, victima Mía, podrás hacer el modelo… Al ponerse este Escapulario se podrá rezar 5 ó 7 veces el Crux Ave y meditar durante 1 ó 3 minutos sobre Mi Santa Pasión…

Concederé muchas gracias a quien se vestirá de este santo Hábito.

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 Remedios Revelados a Marie-Julie Jahenny

Para los “Tiempos del Fin”

Remedios naturales y sobrenaturales revelados a Marie-Julie Jahenny, por Nuestro Señor Jesucristo y la Santísima Virgen, para usar contra las calamidades que amenazarán al mundo, cuyo comienzo será una revolución.[1]

  1. Los Tres Días de Tinieblas (27 Mayo 1880)

SÓLO LAS VELAS BENDECIDAS LUCIRÁN. Una de estas velas bastará para cada hogar durante los tres días de tinieblas. No alumbrarán en las casas de los impíos y blasfemos.

  1. Plagas Fatales

El único remedio para protegernos será: tragar un pedacito de papel muy fino en el que esté escrito: ¡OH!, JESÚS, VENCEDOR DE LA MUERTE; SÁLVANOS, O Crux Ave.

  1. Para Los Animales

Se les pondrá al cuello una medalla de San Benito. (La Virgen aconsejó a todos que llevarán una medalla de San Benito -Nuestra Señora de las Rosas, María, la ayuda de las madres)

  1. Durante el Periodo de Grandes Calamidades:

Terremotos, guerras, inundaciones, etc. Recitar la siguiente oración a la Santa Cruz:
“Yo Te alabo, Te adoro, Te abrazo, ¡oh! adorable Cruz de mi Salvador. Protégenos, guárdanos, sálvanos. Jesús, te amó tanto, que por Su ejemplo, te amo yo. Por Su Santa Imagen, calma mis temores y que sienta solo paz y confianza.”

  1. Grandes Tormentas

Deberá recitarse la siguiente oración a la Cruz, revelada por Nuestro Señor:
O Crux Ave, spes unica “Et Verbum caro factum est”. ¡Oh!, Jesús, VENCEDOR DE LA MUERTE, SÁLVANOS.

  1. Guerras y Revoluciones

Nuestro Señor le reveló durante un éxtasis:
“Para disipar todo miedo y terror, os colocaréis sobre la frente una medalla o estampa bendecida de María Inmaculada. Vuestro espíritu estará en paz. Vuestro corazón no temerá el terror de los hombres. Vuestro espíritu no sentirá los efectos de Mi gran JUSTICIA.”

  1. Enfermedades Desconocidas (Recibido durante un éxtasis)

“Una medalla de Mi Divino Corazón; una medalla que lleve Mi Cruz Adorable. Meteréis ambas medallas en un vaso con agua —tanto de cartón como de metal—. Beberéis esa agua que ha sido doblemente bendecida y purificada. Una sola gota en vuestra comida; una gota bastará para eliminar, no ya la plaga, sino el flagelo de Mi Justicia. (La MEDALLA MILAGROSA, por sí misma, reúne las condiciones necesarias). Daréis una gota de esta agua a las pobres almas que hayan sufrido el flagelo de enfermedades desconocidas; las que atacan al corazón, al espíritu y a la palabra.”

  1. Diversas Enfermedades

Para usar en infusión:
La hierba de San Juan (Glechoma hederacea) (enrededadera de exterior en árboles), especialmente para estados graves y para los dolores en el pecho y jaquecas intensas.
El espino (Craetagus oxyacantha), para usar en caso de cólera, que será frecuente y estará muy extendido [ver abajo, en el punto 13, la forma de usarla según las indicaciones de la Santísima Virgen].
Para fiebres desconocidas: la humilde VIOLETA (Viola odorata), el perfume y virtud de la  humildad, será efectiva.

  1. Epidemias y Epizoóticas (14 Mayo 1880)

El Señor concede al gran San Benito el poder de aliviar la gran calamidad. Una procesión fervorosa de la IMAGEN, sin miedo ni temor, puede detener esta calamidad.

  1. Fuego Terreno y Celestial (23 Febrero 1938)

El Sagrado Corazón de Jesús:
“El calor será terrible… al hacer la Señal de la Cruz con agua bendita se reducirá el calor y se alejarán las chispas.
Besaréis cinco veces pequeñas cruces con indulgencias… pequeñas cruces colocadas sobre las Cinco Llagas de Jesús Crucificado en una Imagen Sagrada. Tal protección beneficiará a las almas de los pobres pecadores que invoquen a Mi Madre Inmaculada, Madre de la Salvación, Refugio y Reconciliación de los pecadores.”

  1. Objetos Protectores

La Santísima Virgen:
“Tened siempre a mano vuestros objetos protectores: vuestras velas bendecidas, vuestras medallas, vuestras estampas y objetos sagrados de donde fluyen todas las gracias.”
Dice la Santísima Virgen (15 Abril 1900):
“Hijitos Míos: es la fe, es la confianza la más preciada de todas las oraciones y la que más obtiene.”

  1. Lugares de Refugio

Revelación del Divino Corazón de Jesús a  Marie-Julie:
“Queridos Míos: hay tres refugios (para el tiempo de la tribulación): Mi Divino Corazón, Mi Divina Cruz y Mi querida Madre Inmaculada.”
Santa Ana le dijo lo mismo a Marie-Julie, el  26 de Julio de 1923:
“Tendréis varios refugios a la hora del castigo: La Cruz, el Adorable Divino Corazón y el Corazón Virginal de Mi Hija Inmaculada.”

  1. Forma de usar el Espino, según indicaciones de Nuestra Señora (5 VIII 1880)

“Habrá una grave enfermedad que la ciencia humana no podrá aliviar. Esta enfermedad atacará primero al corazón; luego al espíritu, y al mismo tiempo, a la lengua. Será horrible. El calor que la acompañará será un fuego devorador insoportable y tan intenso que los miembros del cuerpo afectados se pondrán rojos, un rojo feroz. Después de siete días, esta enfermedad que habrá sido sembrada como la semilla en el campo (periodo de incubación) se extenderá rápidamente por todas partes, haciendo grandes progresos.”
“Hijos Míos, SÓLO HAY UN remedio que podría salvaros. Conocéis el espino que crece en casi todos los setos. Las hojas del espino (no sus ramas), pueden detener el avance de esta enfermedad…”
“Las hojas del espino, aunque secas, conservarán su eficacia. Las pondréis en agua hirviendo, y las dejaréis en remojo unos 14 minutos, cubriendo el recipiente para que no se vaya el vapor. Al comienzo de esta enfermedad este remedio deberá usarse tres veces al día.”
“Esta enfermedad producirá continuos vómitos y náuseas. Si el remedio se toma demasiado tarde, la parte del cuerpo afectada se pondrá negra, y en lo negro aparecerá una especie de raya pálida amarilla…”


[1] (Traducidos del libro francés: vol. 1: Veuillez-et-priez Car L’Heure Est Proche by Michel Servant, France; pp. 316-317)

Fuente:
http://www.marie-julie-jahenny.fr/escapulario-de-bendicion
http://www.euskalnet.net/jcgorost/aviso/remedios.htm
https://en.wikipedia.org/wiki/Marie_Julie_Jahenny

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“Es un acto de profanación en contra del Sacramento de la Santa Eucaristía permitir que manos No consagradas administren este Sacramento a Mi pueblo.”

Apariciones de Jesús y María

VIDENTE BERNABÉ NWOYE / OLO, ESTADO DE ENUGU, NIGERIA
(Con Aprobación Eclesiástica)

santa-misa_45616 de Noviembre de 2002 / Hora: 11:00 pm
Lugar: Mi Altar de Reparación, Awka. 

AYUDEN A ELIMINAR EL ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA.

En mi oración durante esta hora, tuve una visión del Rostro Agonizante de Jesucristo, que calmadamente y lleno de tristeza me dijo:

“Hijo Mío, he visto tu esfuerzo en tu estudio. Estudia duramente para alcanzar la excelencia. Mi Gracia permanece sobre aquellos que trabajan arduamente para el bien. Yo les prometo el éxito.

He venido para ofrecerte y al mundo entero el Mensaje que deben propagar a los líderes de Mi Iglesia. He escogido estos días en que Mi Iglesia en esta parte del mundo está celebrando Mi regalo de la Santa Eucaristía para llamarlos a dar fin al sacrilegio contra el Sacramento de la Santa Eucaristía.

Escuchen Mi Voz Agonizante todas ustedes, naciones…

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“Mi Agonía es grande cuando veo a muchos de Mis Sacerdotes, dejar Mi Sagrado Cuerpo y Sangre en manos no consagradas (no sacerdotales) para servir a Mi pueblo.”

VIDENTE BERNABÉ NWOYE / OLO, ESTADO DE ENUGU, NIGERIA
(Con Aprobación Eclesiástica)
[1]

12 de Noviembre de 1999 / Hora: 12:00 medianoche
Lugar: Mi Altar de Reparación, Olo

EL ANGUSTIOSO LAMENTO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.

Some days later, after I had done a little mortification, in a vision during my consolation hour of prayer, I saw the Holy Agonizing Face of Jesus Christ gazing at me in complete silence. As I was praying in consolation, Our Lord said to me,

Algunos días después que había hecho un poco de mortificación, en una visión durante mi hora de Oración de Consuelo, vi el Santo Rostro Agonizante de Jesucristo mirándome en completo silencio. Mientras le ofrecía las Oraciones de Consuelo, el Señor me dijo:

“My son, MY AGONY IS GREAT!

“Hijo Mío, ¡MI AGONÍA ES GRANDE!”

Then, I prayed and asked, “My Lord and my Saviour have mercy on me and be consoled. My Jesus, what will I do for you?” Our Lord answered,

Luego recé y le pregunté: “Mi Señor y mi Salvador, ten misericordia de mí y recibe consuelo. Mi Jesús, ¿qué puedo hacer por ti?” Nuestro Señor respondió:

“My son, stand for Me against the Evil Man and his fruits, so as to hasten the reign of My Glory on earth. STAND for Me against the errors, which the Evil Man pours into the Church so as to destroy it. The Holy Mass, which is My Calvary way of your redemption, is what the enemy is turning into a (mere) service.

“Hijo Mío, defiéndeme del hombre maligno y sus frutos, para acelerar el Reino de Mi Gloria en la Tierra. DEFIÉNDEME de los errores que el hombre maligno derrama en la Iglesia para destruirla. La Santa Misa, que es Mi Camino al Calvario para tu redención, es lo que el enemigo está convirtiendo en un (simple) Oficio.

My people no longer remember Me Who is in agony because of their sins. How then will they remember the Sacrificial Lamb Who is shedding Blood unceasingly in atonement for their sins, in the Holy Sacrifice of Mass? Like a sheep about to be slain, you dragged Me like a criminal from the Garden of Gethsemane to Mount Calvary where I shed My Blood on the Cross and died for you. Finally, I rose up from the dead and gave you the Holy Spirit. Son, in all these things, many of you rarely remember this Chalice I drank for you while at Mass.

Mi pueblo ya no Me recuerda, El que está en agonía por causa de sus pecados. ¿Cómo entonces, se acordarán del Cordero del Sacrificio que está continuamente derramando Su Sangre en reparación por sus pecados, en el Santo Sacrificio de la Misa? Como oveja al matadero Me arrastran, como un criminal, del Huerto de Getsemaní al Monte Calvario, donde derramé Mi Sangre en la Cruz y morí por ustedes. Finalmente, Resucité de entre los muertos y les di al Espíritu Santo. Hijo, todas estas cosas, muchos de ustedes raramente recuerdan durante la Misa, este Cáliz que bebí por ustedes.

My agony is great because My Suffering and Death have been forgotten in the hearts of My people.

Mi Agonía es grande porque Mi Sufrimiento y Muerte han sido olvidados en los corazones de Mi pueblo.

My agony is great when I see many receiving Me in unworthy souls. My agony is great when I see many of My Priests who leave My Sacred Body and Blood to the non-consecrated hands (non-priests) to serve My people. Remember, My son, that My Precious Body and Blood is greater than the Covenant I gave to Moses. All the Levites adored with fear and love My Presence in the Holy Sanctuary. How much more, My son, the Precious Blood of the New Covenant?

Mi Agonía es grande cuando veo a muchos recibiéndome indignamente. Mi Agonía es grande cuando veo a muchos de Mis Sacerdotes, dejar Mi Sagrado Cuerpo y Sangre en manos no consagradas (no sacerdotales) para servir a Mi pueblo. Recuerda, hijo Mío, que Mi Precioso Cuerpo y Sangre es mucho mayor a la Alianza que le di a Moisés. Todos los Levitas adoraron con temor y amor Mi Presencia en el Santo Santuario. ¿Cuánto más aún, hijo Mío, debería ser a la Preciosa Sangre de la Nueva Alianza?

My agony is great when I see My people receiving Holy Communion in the hand. The Holy Communion is My Body and Blood. It seals the New Covenant I gave the Israelites of old. Only My priests have the right to touch the New Ark of the Covenant. I am the Word, the Word is My Body and Blood, the Living Bread which all men will eat and get everlasting life.

Mi Agonía es grande cuando veo a Mi pueblo recibir la Sagrada Comunión en la mano. La Sagrada Comunión es Mi Cuerpo y Mi Sangre. Ella Sella la Nueva Alianza que le di a los israelitas de la antigüedad. Sólo Mis Sacerdotes tienen el derecho de tocar la Nueva Arca de la Alianza. Yo Soy la Palabra, la Palabra es Mi Cuerpo y Sangre, el Pan Vivo que todos los hombres comerán y tendrán vida eterna.

The Israelites of old prostrated with love and fear during the sacrifice of the burnt offering with the blood of goats and bull, when they saw the dazzling light of My Presence. Those who refused to fall down and worship the presence of their God during that hour were instantly put to death. How much more, My son, the great punishment that waits for those who refuse to adore, with love and fear, the only Sacrificial Lamb of God, whose Blood sealed the New Covenant. They will suffer greatly when they see the One Whom they crucified sitting with His Father in Heaven.

Los israelitas de la antigüedad se postraban con amor y temor durante el sacrificio de la quema de la ofrenda de cabras y toros, cuando veían la Luz deslumbrante de Mi Presencia. Aquellos que se negaban a postrarse y adorar la Presencia de su Dios en esa hora eran inmediatamente asesinados. ¿Cuánto más aún, hijo Mío, será el gran castigo que espera a aquellos que rechazan adorar, con amor y temor, al único Cordero del Sacrificio, cuya Sangre Selló la Nueva Alianza? Ellos sufrirán grandemente cuando vean Aquél que crucificaron sentado con Su Padre en el Cielo.

My agony is great when I see My Holy Temple being defiled, driving out the glory of your God. Son, disastrous ABOMINATION has filled the Church, setting up in the Holy Place. My son, your God is holy; His Temple must be holy as well.

Mi Agonía es grande cuando veo Mi Santo Santuario ser profanado, ahuyentando la Gloria de Dios. Hijo, desastrosa ABOMINACIÓN ha penetrado en la Iglesia, colocándose en el Lugar Santo. Hijo Mío, tu Dios es Santo, Su Santuario también debe ser Santo.

My agony is great when I see many women leaving their hair uncovered, dressing naked, imitating men in their dressing and still come to My Holy Temple for sacrifice in such prostitution habits. Son, their sacrifice pleases Me not. They greatly annoy the Holy Trinity, My Mother, the Angels and Saints that gather for the Holy Sacrifice.

Mi Agonía es grande cuando veo a muchas mujeres dejando su cabello descubierto, vestidas desnudas, imitando a los hombres en su vestimenta, y aún así, venir a Mi Santo Santuario en estos hábitos de prostitución. Hijo, su sacrificio no Me complace. Ellas enojan grandemente a la Santísima Trinidad, a Mi Madre, los Ángeles y los Santos que se reúnen para el Santo Sacrificio.

My agony is great when I see the plan of the Evil Man destroying My Church with the ordination of women as My priests.

Mi Agonía es grande cuando veo el plan del hombre malvado destruyendo Mi Iglesia con la ordenación de mujeres como sacerdotes.

My agony is great when I see the enemy filling the hearts of many of My Priests with desire, from hell, to marry. My son, these are the plans of the Evil Man to ruin the Church.

Mi Agonía es grande cuando veo al enemigo llenando los corazones de muchos de Mis Sacerdotes con el deseo infernal de casarse. Hijo Mío, estos son los planes del hombre malvado para arruinar Mi Iglesia.

STAND FOR ME AGAINST THESE ERRORS, IF YOU REALLY LOVE ME. With obedience and love, make My Will known to all men. Soon, after your persecution and rejection, I will come and refine the Church through you.

DEFIÉNDANME DE ESTOS ERRORES, SI REALMENTE ME AMAN. Con obediencia y amor, hagan conocer Mi Voluntad a todos los hombres. Pronto, luego de tu persecución y rechazo, Yo vendré y purificaré a Mi Iglesia a través de ti.

My agony is great when I see a large number of My people who belong to the cult; son, even among those who consecrated themselves to Me.

Mi Agonía es grande cuando veo a un gran número de Mi pueblo pertenecer al culto; hijo, aún entre los que están Consagrados a Mí.

My agony is great when I see the millions of souls who depart daily and nearly all go to Hell because of the sin of the flesh. My son, I suffer more greatly because of the flow of the blood of unborn babies that increases every day. Their blood disturbs Heaven more than the blood of Abel.

Mi Agonía es grande cuando veo las millones de almas que parten diariamente y casi todas van al Infierno por el pecado de la carne. Hijo Mío, sufro aún más, por el derramamiento de la sangre de los bebés por nacer que aumenta cada día. Su sangre perturba al Cielo más que la sangre de Abel.

My agony is great when I see the destruction awaiting all My people who are the Judases of this last age. Those who kill, because of money; who take bribe and those who cheat others, they are the Judases of the last age. They will greatly suffer.

Mi Agonía es grande cuando veo la destrucción que le espera a todos los de Mi pueblo que son los Judas de los últimos tiempos. Aquellos que matan por dinero, que cometen actos de corrupción y engañan a otros, estos son los Judas de los últimos tiempos. Ellos sufrirán grandemente.

My son, My agony is multiplying as the immorality increases. The cries of the poor and orphans disturb Me greatly.

Hijo Mío, Mi Agonía se multiplica al crecer la inmoralidad. El llanto de los pobres y de los huérfanos Me molesta mucho.

All these things are what the world, My people, My friends and My lovers, offer to Me as a loving gift for My Jubilee birthday of 2000 years. I invite you all. My son, let My people hear this message of Mine as they enter the new millennium. I am the Agonizing Jesus Christ, Who is in great agony for you over 2000 years”.

Todas estas cosas, son las que el mundo, Mi pueblo, Mis amigos y Mis amantes Me ofrecen como regalo de amor por Mi Cumpleaños Jubilar de 2000 años. Los invito a todos. Hijo Mío, permíteme escuchar este Mensaje que les He dado mientras entran al nuevo milenio. Soy Jesucristo Agonizante, que está en gran Agonía desde hace más de 2.000 años.”

(Silencio).

Then I asked: “My Lord and My Saviour, what would You like us to do about all these things?” Our Lord answered,

Luego pregunté: “Mi Señor y Mi Salvador, ¿qué quisieras que hiciéramos respecto a todas estas cosas?” Nuestro Señor respondió:

“My son, I want you and your people to stand for Me against the Evil Man and his fruits who are trying to destroy My Church. You shall be persecuted and rejected; but through your sufferings, persecution and rejection, I will refine the Church. Then comes My Glorious Reign. My son, be it known to you that before the Glorious Reign and the Kingdom of My Father on earth comes: Enoch and Elijah will come to bring My people back to Me. They will be persecuted and even killed. You are the Enochs and Elijahs of the last age. I will be with you, I will lead you to the battle, and I will give you victory.

“Hijo Mío, quiero que tú y tu pueblo Me defiendan contra el hombre maligno y sus frutos que están tratando de destruir Mi Iglesia. Tú serás perseguido y rechazado, pero a través de tus sufrimientos, persecuciones y rechazos, Yo purificaré a la Iglesia. Luego, vendrá Mi Reino Glorioso. Hijo Mío, debes saber que antes que el Reino Glorioso y el Reino de Mi Padre venga a la Tierra: Enoc y Elías vendrán a traerme a Mi pueblo de regreso. Ellos serán perseguidos y asesinados. Ustedes son los Enoc y Elías de los últimos tiempos. Yo estaré con ustedes. Yo estaré con ustedes. Yo los guiaré a la batalla y les daré la Victoria.

(Breve Silencio).

My son, if you mortify yourself for more days, I will come to teach you and answer more of your questions. Peace be with you. I bless you.”

Hijo Mío, si te mortificas a ti mismo por más días, vendré a enseñarte y a responder a tus preguntas. La Paz esté contigo. Te bendigo.”

Instantly, the vision passed

Inmediatamente la visión terminó.


[1] Con aprobación Eclesiástica: Los Mensajes desde 1997 a 2000 fueron revisados por una Comisión Teológica, ordenada por el Obispo Antonio Mbuji, de Enugu. Todos ellos han recibido el Nihil Obstat del Reverendo Franciscano, Esteban Obiukwu, encargado de la Propagación de la Fe.

NIHIL OBSTAT:
Rev. Fr. Stephen Obiukwu,
Censor Deputatus, Chairman, Doctrine and Faith Committee,
Archdiocese of Onitsha, Anambra State, Nigeria,
1 July 1999

El Libro de Oraciones,
 dictado por Jesús a Bernabé, ha recibido el Imprimatur del Obispo Ayo María Atoyebi, de la Diócesis de Ilorín.

IMPRIMATUR:
+ Ayo-Maria (OP),
Bishop of llorín Diocese,
Kawara State, Nigeria

Para descargar los Mensajes en PDF:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/mensajes-actuales/

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